Replicantes.

Replicantes.
España, 2009.

Sunset Boulevard

Sunset Boulevard
España, 2009.

El que Busca Encuentra

lunes, 21 de julio de 2008

¿Y Después?

EL BOLSILLO IZQUIERDO

Sigo en una especie de rencor mediático, no es que me haya percatado hace poco de lo funesto de estos, sólo que en esta gira del adiós, como irónicamente la he nombrado, me he centrado en las cosas negativas de esta sociedad que más notorias son. He aquí un relato más sobre esta paupérrima característica del país.

¿Y DESPUÉS?

Aún me da un tanto de pena y un tanto más de gracia (burda), el hecho de que nuestro entorno gire entorno de noticias que no deberían permutarse entre la información relevante para una sociedad moderna, pero así es. Somos, aparte de obstinados y contrastantes, arcaicos entes que no permiten que el desarrollo se abra paso por sus mentes. Cuales atormentados e inexpertos pobladores de un cuento Lovecraftiano nos negamos la existencia de los males y hacemos crecer a los monstruos gracias a nuestra tenaz y grácil ignominia cultural. Siendo el mexicano tan rico en contexto cultural, debido a la extensión tan exquisita de naturaleza y recursos de su territorio, no lo puede demostrar y se salvaguarda en los factores más denigrantes, creando el mentado y humillante estereotipo de nuestra sociedad en el extranjero; es decir, en el abuso, la corrupción, los vicios, la flojera y el desdén sentimental que ha de llevarnos a las citadas noches de alcohol y rondas de un buen cúmulo de desilusiones amorosas convertidas en pobres prosas de melodías evangelizadas. Himnos de la propia desgracia que han de servir para un momento de “felicidad” disfrazada antes de caer en el fausto suelo de la verdad. Quid de una mexicanidad cíclica que se escribe, se relata, se refiere y cuenta pero no muere, no cambia, no evoluciona, no nada. Persiste como el tiempo y con el tiempo ha de envejecer sin arrugas.
Desde hace tiempo me encuentro ya con un absurdo cada vez más creciente en los sitios de Internet (ese gran experimento tecnológico, gran fracaso de la humanidad como cultura) de información general. Sus rubros de titulares estan repletos de faltantes de interés se reconfortan con poner información acerca de rumores de estrellas y “famosos” o figuras públicas como ellos suelen nombrar. Resulta que ahora el llamado “periodismo” del espectáculo (del cual sigo negando su real existencia y mantengo mi concepto de ello como una baratez ambulante) es lo indispensable para el conocimiento cotidiano y regular de nuestra sociedad. Hasta la bandada de los gangsteriles políticos le han entrado con saña, peso y fuerza al juego. Nuestros representantes son representados para aportar nuestro juicio. Nuestra democracia es en parte chiste y es parte un juego de planos televisivos y fotos de primera plana en revistas que dan pena a alguien que tenga lo mínimo de educación. El rumor es esencial para la vida cotidiana, parecemos rezar.
Los mínimos y básicos placeres de escuchar un buen disco (con verdaderas y esmeradas composiciones), ver una buena película, comer sana y gustosamente, tener una charla alejada de la banalidad y donde el camaderismo vaya más allá de nuestros errores sino en el factor de complementación interpersonal de las amistades – con sus especialidades culturales debatiéndose alegremente con fundamentos que enriquecen a ambas partes – son mal vistas, son aburridas nos dicen, son elitistas se quejan, son símbolos que en los supuestos (siempre los rumores), estan propiciamente fabricadas para rebajar a otros. Los mínimos placeres, pues, se alejan y los vicios y vacíos cuerpos se moldean para las nuevas generaciones. Los nuevos modelos rejuvenecen aquello que debía de perecer, somos en parte ese camino que con cada roce de lluvia se quebranta y deja un bache para los consiguientes caminantes. Somos el reflejo de lo que tenemos, y da miedo al ver lo que poseemos; esos pobres, mediocres y vulgares medios, programas de televisión sin sentido (de la estética y de la formación que se requiere), de sus impresos ya discretos y de sus campañas que más parecen un chiste mala sepa. Un mero intento de sentirse bien consigo mismos, como bien lo dicen, pero el sentido es para sus adentros no para el nuestro. Meras buenas intenciones que ya no son necesarias cuando los hechos se piden a gritos.
Me da un tanto de pena, lo he dicho, y un tanto de gracia. Nacemos cono ese mentado “don” que no lo creo sea, acerca de poder reírnos de nuestras desgracias. Desgracia más.

lunes, 14 de julio de 2008

Blanco

EL BOLSILLO IZQUIERDO

Acepto el desencanto, la falta de inspiración y un tanto el rencor hacía con las razones varias de esta columna. En primera estaba en extrema cansado el día que tuve que redactarla, por tanto no tenía menor justificación que dejar caer ciertas opiniones que siempre he tratado de sobrellevar debido a la naturaleza de esta nación, dígase de otra manera; la corrupción, la mala educación y los mediocres medios de televisión con los que contamos. Así que sin mucha imaginación en la cabeza, decidí hablar sobre su nueva oleada de “buenos gestos”.

BLANCO.

Bien, muy bien, la cadena televisiva por “excelencia” en este país nos indica que seamos dignos para con nuestros cuerpos y para con la salud, pero ¿ellos nos han dado algo con lo que poder combatir en todo sus años de existencia?
Son pocas las ocasiones en que nos percatamos de aquello con lo que vivimos cotidianamente, por lo menos puedo indicarlo de manera personal, muy personal, personalísima. Había escuchado, oído, vivido, varios de estos absurdos comerciales, meros productos mediáticos (que más pueden hacer estos limitados seres), pero no me había percatado del todo de lo que significan. Es grosera toda esta campaña que tiene esta televisora en contra de la mala salud, la ignorancia y la mala vida, lo digo pues es ella una de las principales causales de estas atrocidades. Y no es que ahora quiera enmendar la situación, sino que ya es demasiada la broma de estos delincuentes del intelecto mexicano.
Conversaba con algunos queridos amigos sobre las angustias de esta sociedad nacional, y encontré dos elementos sustentables en cuanto a nuestras necesidades; digamos que nos hace mucha falta el valor de la exigencia, no demandamos calidad en ningún sentido, y para contrarrestar esto (o bien para darle más al traste en términos más que coloquiales) somos sumamente complacientes. Misteriosamente todo lo que hacen nuestros más cercanos colegas está bien y nunca tiene un pero para la crítica; todo está bien, bien, bien. Si lo vemos en escala, todos son amigos de alguien, entonces el mundo es perfecto. La envidia es algo que mata todo ese otro valor. Somos, como ya se sabe desde hace varias décadas, una sociedad de contrastes que está perdiendo su fervor folclórico en pos de la imitación, de la irritación, de la ignorancia.
Hemos sido educados en gran parte por el universo mediático que nos dice que hacer, que decir, que comprar y hasta que creer. Ahora resulta que estamos mal y debemos cambiar. Suena bien, claro, todo lo que indique un sentido positivo de desarrollo no se debe de tachar, sólo me pregunto; ellos que estan dando a cambio; ¿únicamente el resaltar más su ignaro proceso de “evolución” exhibiendo a sus más regordetes conductores? ¡Que barato!
Para colmo, esta productora de falsedades, hace uso de sus más viejos recursos para llevar a cabo su más reciente broma generalizada (en todos su “benditos” programas nos la recuerdan), es decir, nos colocan con sus ridículas canciones y demás estrategias de antaño sus mensajes que no conciben más que la idea alocada de alguno de sus directivos que cree salvar al mundo. Con alguno dueto o mezcla de éxitos del momento nos tratan de colocar su mensaje, su estrategia para con unos ideales ya vendidos por ellos y comidos por la gente que no tiene, lamentablemente, más que verlos y educarse con sus programas, noticiarios y bofas tramas de novelas. Ideales que nunca han sido tradicionales pero que ahora son parte de una reminiscencia de lo que será.
Bien, no niego tampoco el asunto que en efecto es necesario que este país cambie muchos de sus elementos radicales (“radical de raíz” si es que alguien recuerda esa maravillosa película de Raúl Busteros), entre ellos su alimentación, pero creo que sería más importante y más radical (de raíz) el intelecto. La educación lo indica todo, siempre lo diré y siempre apostaré por una formación cultural de envergadura ante todo esos juegos mediáticos mediocres como los que ahora podemos observar de gratis con tan sólo encender nuestro televisor.
Nos piden elegir, nos dicen que debes estar bien, nos ponen a dos atrocidades “musicales” de su repertorio a cantarnos sus ridiculeces (¿qué no una de esas muchachitas tenía serios problemas alimentarios?). Acepto la broma, acepto que nos recomienden, pero ¿por qué no eligen ellos mejor darnos una televisión de calidad?

lunes, 7 de julio de 2008

Cuevas

EL BOLSILLO IZQUIERDO

Dice la canción; sombras nada más, y en esta ocasión las elegí como quid de este escrito, donde describo un sentir un tanto bajo de lo que es nuestra naturaleza propia. Es decir, no podemos cambiar las razones ya establecidas para nosotros, pero tal vez podamos vérnoslas de mejor manera si nos disciplinamos, aunque es algo ya incierto.

CUEVAS.

El otro día observaba las sombras de las demás vidas que caminaban, al igual que sus dueños, por una de las calles principales del centro de esta ciudad (breve, siempre breve, lo he dicho). Permanecía de pie cerca del transitar de todos esos pares de brazos contorneándose al ritmo del que se encontraba enfrente en la fila improvisada que se crea en la cotidianeidad; así hasta las esquinas que dividen nuestra brevedad, la cadencia citadina de todos esos pasos, de todas esas parejas – conocidas y desconocidas – de todas esos cuerpos, de todos esos amos, de todas esas almas, de todas esas negruzcas siluetas. La observaba como ellos bien pudieron hacer lo mismo con la mía.
Es ilusorio y aparentemente interesante si lo observamos desde un punto virginal; animado por la imaginación, inanimado por el recurso del relato, cual Peter Pan que trataba de alcanzar la suya. Supongo que esa excéntrica idea ha de traer suficientes golpes si uno lo llevase a acabo, el caso aquí es que una sombra no es nada fantástico. Es tan sólo una región donde la luz ha sido bloqueada, donde la oscuridad ha quedado a merced de un obstáculo, un cuerpo físico que ha dejado sin oportunidad a la emisión del sol de llegar a todos lado de manera uniforme, si es que lo vemos desde el punto en donde yo me encontraba hace algunos días. Cada uno de nosotros hemos de detener el paso de otro objeto por naturaleza misma. Somos sombra y estorbo, estorbo y sombra, somos origen y tropiezo. Podemos causar pero no crearnos, podemos resolver pero no deseamos, tan sólo aspiramos a mejores cosas sin aportaciones argumentativas de peso, creamos a través de impedimentos y para salvaguardar el orden establecido de las cosas (dejémoslo así y no en el caché de la frase), debemos fabricar más. Entre opciones nos ahogamos y no llegamos a ninguna solución, somos como aquellos que no hacen más que pagar interese por el hecho de no querer gastar lo que se tiene. Siempre aspiramos a más y no debemos, no podemos, somos como este fachoso ejemplo que acabo de hacer, somos el reflejo de lo que consternamos como tradición, lo que juzgamos como pasado para seguir siendo futuro. Somos nuestra propia sombra y como niños, jamás nos la lograremos quitar.
Me encontraba detenido en un lugar “con sombra”, así le dicen, así le decimos. Era un lugar techado (algo obstruía la luz antes de que esta pudiese llegar a mí para el mismo destino), y todos afuera de este caminaban a la par que el resto, era una masa como bien se menciona en los libros de texto – en todo caso yo era parte de la masa inmóvil – y observaba sus siluetas seguir a cada unos de sus patronos, sin rostros ni gestos, sin coyunturas ni tonos; eran tan sólo un borrón. Del tipo de borrón que sería de mí cuando me hartase de no hacer nada, de andar de vouyerista anodino y me decidiese, al igual que los rayos del sol, ha realizar mi destino; a formar parte del mundo y salir a tratar de ganármelo sin merecimiento alguno. Ser una sombra o ser luz que ha de volverse sombrar al topar con algo, o acaso a algún.
El otro día me detuve a observar, el calor era un tanto exagerado para mí y decidí refugiarme de las altas temperaturas que han de cambiar, siempre cambian, ahora un tanto más (no hace falta que me expliquen). Me cobije en el mismo sitio que lo hubiera hecho si estuviera lloviendo o haciendo frió, me contuve, me amarré y no realice acción alguna por un par de minutos. Me hice en parte visor y en parte visible. Algo detenido frente a tanto movimiento es bastante peculiar.
Lo mismo hubiera sido si me hubiera ido a comprar un helado o sentado en aquella vieja banca de parque que siempre he de visitar. Si hubiera seguido la rutina, la costumbre de no hacer mucho y gozar poco. Un día lo es como tantos otros, como toda esa gente que camina y se lleva su sombra y se lleva las sombras de los demás entre sus rítmicos desplegados de ideas e ideales, y días, y noches.

lunes, 30 de junio de 2008

En Casa

EL BOLSILLO IZQUIERDO

Entre temas viejos y recientes, más de un pasado no tan lejano que de un presente que debería estar apartado de estos tiempos, es que redacté lo siguiente. Una critica sosa sobre el atraso colectivo y global. Sobre lo que ha pasado antes y lo que ha de pasar, seguir pasando y siendo olvidando y vuelto a cumplir un ciclo.

EN CASA.

Para sorpresas la experiencia misma de respirar –un estornudo puede considerarse como un presagio en ciertas mentes – uno aspira y respira de la misma capara airosa en que otros se dan el lujo (ya acostumbrado) de vivir y todo lo que ello implica también, que lo es todo o casi todo. Ciertos insultos pueden salir de la boca de algún ente meramente imaginario, pues no lo vemos todos, desconocemos y desconoceremos la mayor parte de nuestro bestiario universal (así como del cercano propio), y atravesar las capas que no lo son, pues es una; el aire, y mezclarlo con la básica experiencia de suspirar por un recuerdo acordado que yacía oculto en la sombra de un olvido generacional. La vida nos da sorpresas, sorpresas nos da la vida, reza una canción movidona, creo.
Extrañezas son las que uno encuentra a la vuelta de la esquina, las hay de muchos tipos pero siempre las catalogo en dos: las plenas de ficción, díganse irreales y las reales, que en la mayoría de las ocasiones deberían encontrarse con sus contrapartes en el mismo plano. Las dos las fabrica el humano en su ingenio natural, unas sobresalen por la imaginativa individual (o de grupo) y las otras por la ignorancia colectiva (o de masa). Ambas son risibles y festivas, como lo somos nosotros. Todos caemos en ellas pero pocas veces queremos percatarnos. Sin darnos cuenta, al querer salir librados de ellas no hacemos más que sumirnos otro tanto en el fango de la situación.
El otro día me enteré que algunos sudamericanos, peruanos para ser más exactos, se quejaron de la trama inverosímil (y medianamente llevada) de la última cinta del famoso arqueólogo de Lucas y Spielberg. Cosa que me trajo a la mente esa otra anécdota, ese otro recuerdo perdido generacionalmente, aquel también banal lamento que se tuvo en estas tierras por aquella trama fílmica del bastante venido a menos de Mel Gibson.
Risible como mencioné anteriormente, pues no creo que exista cabida para estos clamores, las cosas en contexto, por que todo parte de uno y se debe desarrollar en el, si en todo caso se quiere llevar a otro se deben esperar resultados de los más gallardos. Nunca he entendido la razón ni los argumentos del enojo manifiesto de algunas cintas que plenamente ostentan ficción, ciencia ficción y fantasía. No entiendo el porque de esa ansia de montarse sobre una polémica que no lo es, sobre el escaparate que brilla por encima de la montaña, del desconocimiento de los objetos y los objetivos.
El cine es un simple manifiesto de su autor (en lo que respecta a lo artístico), a un básica critica (en lo que respecta a la practica social), y en hollywood o la meca del cine comercial, pues a un mero divertimento cuando bien va, ya que sabemos que parte importante del éxito se valúa en lo redituable de la obra. ¿Por qué pelearnos con ese devenir?, tampoco son nuestra cultura, ¿por qué fusionar elementos que no corresponden? No creo contradecir los argumentos con el anterior cuestionamiento. Sí, ellos vienen pero no creo que mezclen, eso sería una tarea por mayor inteligible a lo que realizan, que es un mero asistir, observar, comparar y destruir para con sus objetivos. Al final, es algo que hacemos de la misma manera al quejarnos. Vamos, asistimos, observamos, comparamos y destruimos. Lo que es una cinta con expectativas de oro no es más que eso. Esperando que lo logré – o es que así nos han educando moralmente para con el prójimo. ¿Por qué todas las reglas del culto se encuentran en un vital enfrentamiento con lo que se nos hace natural?, ¿será mera falta de disciplina o un avistamiento más de que los tiempos en efecto nos han vencido? Me da un tanto de risa el asunto, porque yo aún no sé de nadie que se haya quejado de la cinta sobre los conquistadores que descubren que el mayor dios azteca es un tiranosaurio, que compré “pirata” el otro día en esa lugar donde todo es “pirata” y robado y del cual tampoco nadie se queja, salvo cuando la economía decae y todos ocultan la parte de corresponsabilidad que nos toca. ¿Y los muertos? leía el otro día, pues los muertos lo serán. Siempre. Olvido.

lunes, 23 de junio de 2008

Un par de Notas

EL BOLSILLO IZQUIERDO

Comenzando con la gira del adiós, pues me retirare de estos lares por lo menos por un año (esperemos un tanto más), esta semana decidí dedicar mí texto a ciertos gustos y temores personales que como tantas otras cosas, me contradicen cual debe ser para seguir siendo humano. He aquí un texto brevemente familiar con nexos a mí amor por el progresivo (rock) y mi temor a la tecnología.

UN PAR DE NOTAS.

Mi primo me visitó el otro día, trataba de que de alguna u otra manera le dijera como manejar su nuevo aparato, suele comprarse varios artilugios de alta tecnología que nunca logro asimilar, lo repito, son de avanzada, o por lo menos para mí, que en ocasiones batallo con los auto-estéreos comunes – de los autos más que comunes. Me visitó y me lo enseñaba repetidas veces para que le dijera si estaba en lo correcto al tocar aquello o al aceptar lo otro, era uno de esos celulares tan de moda que lo tienen casi todo, o bien todo - para mí - que cuento siempre con una visión limitada del futuro (como todos, pero en referencia al lado fashionista). No es que mí primo ignorase de mí oscuridad ante tales pomposidades, el otro día leía el cabezal de un artículo con referencia a tal artefacto; “el objeto del deseo” le nombraron, pero fue tal vez esa parte humana tan disoluble como sólida que encaja casi a la perfección en los entramados de la alegría y la tristeza, a veces en ambos, lo que le hizo venir; la soledad y su contrariado deseo de encuentro o repulsión. Tal vez no quería sentirse desolado cuando algo malo ocurriese, cuando por un descuido (o bien plena tosquedad, o bien rudeza, o bien miedo, mucho miedo) algo ocurriese que le quitará de las manos – de tajo – el control sobre su nuevo aparato. O bien, como es también costumbre humana (¿qué no lo es?) quisiera testigos del hecho para disminuir el agravante de la culpa. En todo caso yo tendría algo de responsabilidad también, en cualquier momento pude haber detenido la acción que mataría la ilusión de lo recién adquirido. Tal vez por eso nos enamoramos de seres humanos y nos alienamos de objetos, y nos habitamos a los hechos. Tal vez por eso nos encerramos como individuos y nos abrimos como estereotipos. Tal vez por eso algunos son monógamos y otros tantos no. ¿Qué se yo? Nunca he querido responderme ese factor, el de no querer estar en boga con todos los aditamentos nuevos que existen para la vida social. Asimismo tampoco deseo (ni como quimeras) ser un ermitaño. Tan sólo anhelo una casa con jardín de buen tamaño, donde no falté la música y el verde y el aire y el sueño y un tanto de azul. Los matices cada vez con más dudas. Todo tiene un matiz.
Mi primo vino el otro día a visitarme, él con su celular (si así le podemos llamar) y yo escribiendo sobre algún tema ya pasado de moda (o bien predestinado a) escuchando un poco de Krautrock, Faust para ser exacto, él observando como el mundo puede pasar por sus manos y yo retando los turnos, amaneando el tiempo con esa música hecha a base de ruido, esas tonalidades de principios de los 70s que no son asimiladas, que aún apresan a cualquiera (pues a pesar de su extrañeza no pasan desapercibidas) y que explotan la duda de cualquiera al preguntar el clásico ¿qué estas escuchando?, prediciendo al ¿de dónde es eso?, ¿cómo escuchas eso?, ¿de dónde lo sacaste? Mi primo con un universo de posibilidades en un rectángulo pequeño, yo con un etéreo sonido que cuesta aceptar a pesar de los avances. ¿Estaré entonces un tanto más cerca de la tecnología? No lo creo, nadie lo creería conmigo. Esa música es de locos, dirán. Soy un nostálgico de vanguardia si bien me va. Si me hubiera muerto en ese momento mi primo tal vez hubiese querido poner en mí epitafio: “Escuchaba ruidos”.
Mi primo vino el otro día, traía consigo uno de esos celulares nuevos, lo que en boga estan, los objetos del deseo actual, lo que ha de cambiar cuando las curiosidades den una vuelta más al mundo de las posibilidades (o viceversa). Quería que le ayudara a instalar algunas nuevas aplicaciones, quería sentirse apoyado mientras le metía mano a ciertos sistemas y seguir aprendiendo de su nueva adquisición. Yo estaba apunto de comenzar a escribir este texto, escuchaba un poco de música un tanto extraña, un tanto añeja. Ambas cualidades. Ambos nos sorprendimos, yo de lo que puede ser el futuro al ver el presente, él del presente al escuchar su añejamiento ante el pasado. Estuvo como por alrededor de 30 minutos y se marchó, como todo lo ha hecho o lo hará. Epitafios.

lunes, 16 de junio de 2008

Verde

EL BOLSILLO IZQUIERDO

Para esta ocasión decidí escribir de manera muy personal, en cuanto estilo, no obstante elegí un tema por lo más actual, actual presente y actual contemporáneamente. Es decir, que está libre en el aire de estos días, pero también desde hace ya un par de años (presentes). Escribí sobre esta división ideológica que abunda en el país.

VERDE.

Sentado en la banca del parque – la banca del parque de la que ya no escribo tanto pero a la que sigo asistiendo ocasionalmente, tanto en la imaginación como en sueños, tanto física como alejadamente – escuchando los comentarios de una ciudad breve, breve en todo sentido, y su igualmente infanta gente que camina con direcciones opuestas y pensamientos contrariados en la cabeza, nunca en la mente (siempre cerca nunca lejos, siempre excusados nunca profundos).
Sentado en la banca del parque, así me encuentro; como un apático testigo de la vida que se desarrolla frente a mis ojos, irónicamente, tal vez, esa sea parte de mí función en ese momento, ser un inerte prototipo de la calma, de lo vago, de lo no desarrollado. El tipo de a lado no parece estar igual, sonríe, ríe, se mantiene con una especie de alegría en el corazón. Señala frecuentemente a alguno de los caminantes. Veo lo que él observa pero desde mí ángulo, unos cuantos centímetros a su costado izquierdo, posiblemente sea la suficiente diferencia como para no encontrarle el mismo sentido. De otra manera, se encontraría en mí banca, la banca del parque público, donde no recuerdo si he visto reír a alguien que se encuentre sentado en ella, quizás porque siempre me encuentro en ella cuando me percato de este asunto, quizás porque cuando paso por el parque y la veo a la distancia siempre me figuro ahí y nunca reparo en quien se encuentra allí, en la banca, en eso que he hecho como mío en mis textos, que tanto son míos como de los míos “mí banca del parque”, así digo, escribo, imagino, atiendo.
Sentado, escucho y desfiguro lo real, lo vuelvo irreal (lo escribo) y lo desdibujó más, las anécdotas pesan cuando uno se da a la tarea de matar la pureza de una hoja en blanco, como alguien que ve en ella una oportunidad, la de asesinar creando. Irónicamente me encuentro como algo apático entre mí espacio y todo lo que se mueve, entre mi lado (que son dos pero uno para quien lo ve de perfil) y él individuo que ríe, sonríe y señala para seguir con esa feliz sensación de estar bien y que se encuentra a mí derecha, o yo a su izquierda y me ve de perfil. ¿De que ríe me preguntó?, ¿por qué no ríe? puede decirse él, acaso se pregunta algo de mí, acaso se ha dado cuenta de mí presencia. ¿Quién se percata de algo indolente, lento, indiferente ante la móvil y estorbada conformidad?
Soy sólo un lado aunque tenga dos que en realidad es uno y no debería ser ninguno. Soy algo para mí que para los otros no, me fragmentan, como cuando escribo y divago, soy vago en sí, por eso lo hago. ¿Quién quiere sentarse cuando todos caminan, quien quiere caminar cuando todos duermen, acaso sueñan que lo siguen haciendo; caminar, permanecer sentado, seguir soñando?
Sentado en la banca del parque escucho los comentarios de una ciudad breve, divididos en bancos de pensamiento que poco a poco incrementan sus intereses a la usanza de una vieja obra del teatro de lo absurdo. Alguien ríe, el hombre de a lado que ha decidió, como yo, sentarse a observar, talvez, no puedo saberlo, su risa les da un ritmo distinto a los pasos, a las pautas de ritmo de cada comentario; un poco más acelerado cuando estan optimistas, un poco más lento cuando se niegan ante la posibilidad. Soy sólo uno, como el que camina, que son varios, como el que ríe y se carcajea como dos, o tres, no cuatro, no tiene la capacidad tampoco de ser tan alegre. No me lleva más de tres años y se ve que ha sido educado de la misma manera en que lo fui yo.
No permanecí más de mis acostumbrados 15 – 20 minutos, él hombre que señala, que señala y ríe (y que también es sólo un lado para mí, su izquierda) era pasado, sus acciones ahora tendrían que ser conjugadas en pretérito. Se había marchado cuando levanté mí vista para divisar el árbol que nos cubría del sol, a los dos, a nuestros lados (que juntos eran cuatro) y que era inerte, más que yo, irónicamente más vivo y viejo que cualquiera en la escena. Me marché hiriente después de hallarme solo y empecé a reír.

martes, 10 de junio de 2008

La Crítica ha muerto. Larga Vida al Yo

VÍA LIBRE

Una estimada alumna me pidió el favor de escribir un texto para una revista (proyecto universitario) que habrían de realizar para una materia de diseño, el tema: “El Romanticismo”. Ahora bien, mí primera duda fue el hecho de hacía donde dirigir el tópico, uno nunca sabe a donde regirse en una institución privada, la lógica con que se manejan los conceptos es en ocasiones todo un ocultamiento de sensatez. Admito que al creer que este trabajo sería ejecutado “en equipo” podría bien tratarse de un contenido meramente sensiblero; el romanticismo como lo amoroso de la vida, visto claro desde el cliché de un 14 de febrero diario, pues. No obstante, de haber sabido que era un trabajo individual, hubiera entendido que se trataba, en efecto, del periodo cultural/artístico pues está querida alumna no es del todo vaga en sus nociones. El hecho no paso de la anécdota, pues al no preguntar la orientación (del texto en sí) cuando se me pidió el encargo, independientemente me autorice a escribir sobre el movimiento (no sobre el sentimiento) y no erré. Hace poco vi la mentada revista y me agrado, aunque creo que me extendí un tanto, era el texto más abarcador (permitiéndome de igual manera utilizar este termino). Bien, he aquí este texto (íntegro a la hora de la entrega) que ahora comparto con ustedes.

LA CRÍTICA HA MUERTO. LARGA VIDA AL YO.

A. Güiris V.

Ante una obra por completo finiquitada, un pequeño espacio para la reinterpretación, sobre todo, un breve respiro ante ese gran deseo – por completo humano – de anhelar una segunda oportunidad, una posibilidad de esclarecer ciertas dudas ante lo que posiblemente (con alto grado de certeza) nunca se este concretado. Al final de cuentas, siempre que el carpintero ve la mesa “concluida”, se le ocurre una manera distinta de hacer lucir más cierta veta – o bien, en su caso, creer que no debería haber tal.
Lo más divertido del humano – tanto de serlo como de darse cuenta – es nuestra naturaleza imperfecta que tratamos de ocultar bajo discursos que con el tiempo contradecimos por el simple factor de que se nos ha ocurrido una idea mejor. Lo entretenido de este universo es el hecho de que las cosas son en sí sencillas pero siempre las hemos permeado de una complejidad que no le pertenece; irónicamente las acomplejamos más. Asunto que me mantiene con una demencial suposición de duda, ¿el reír es factor fidedigno de la felicidad o algo que mejorar con los años?
El romanticismo bien basaba algunas de sus particularidades en el hecho de una duda – en una lectura personalísima claro. Esta vacilación a la que me refiero es en parte la razón que me dio pauta y libertad (hablando de los Románticos es pertinente este vocablo) de comenzar así este enredado texto: ¿las obras se concluyen en realidad?
La respuesta bien puede estar en el viento – como dijera aquel otro muchacho bonachón que al parecer siempre se encarga de hacer oscilar, entre géneros diversos, sus melodías cada que su ego gana la batalla ante la cotidianeidad – pero en efecto la posible solución no se encuentra tan oculta, sino que este a la vista de esta milenaria raza; ¿quién esta por completo conforme con el todo?, ¿quién no quiere renovarse?, ¿quién no quisiera que la experiencia de los años no viniera de la mano cronológica con que se suscitan? Es un sentir natural. A nadie le gusta del todo ser equívoco. Siendo sincero, confieso que cada que me veo al espejo me entra una fatal envidia con el afamado personaje de
Carlo Collodi; bien me gustaría poder tomar una lija y levantar un poco de aserrín o tal vez colocarme un buen barniz para obtener un buen brillo protector y hacer lucir mejor esa veta, esa veta tan indescriptible para el carpintero.
Lejos de creerme un experto en el tema, reinterpreto lo ya reinterpretado y trato de darle sazón al asunto con especias de contemporaneidad (concepto en lo personal también risible por el factor de su intermitente actualización); pues ante la naturaleza imperfecta, los románticos bien pudieron haber encontrado el gran pretexto para la critica especializada; indicativos educados de que la obra puede variar, exteriorizados en una falsa apariencia de un igualmente ilusorio acabado. Y guiándonos por la sabía popular, el artista, “siempre voz del pueblo y la sociedad, traductor de necesidades y opresiones”, puede llegar a revelar la verdad infinita del arte: que a cada obra siempre le harán falta esos ligeros detalles que posiblemente la hiciesen emerger como una gran pieza maestra, dado que nunca en realidad se podrá terminar. Empero, sí certificar que si se pudiese, sería de lo mejor; la obra de obras, la pieza de piezas, la verdad de las verdades, el arte sobre el arte mismo, la exaltación máxima del yo sobre la razón de lo ya dicho, expresado y/o manifestado. La entidad autónoma a la que tanto se apegaban. Es posible que encontremos en esta era de la humanidad los precarios cimientos de una burda estrella de rock, lo incoherente de su discurso, el entusiasmo por ser el virtuoso y hábil sujeto que no sólo se permite, sino que se obliga a enunciar lo no formulable; la verdad en sí. O mejor dicho, su versión personalísima (como el presente texto) acerca de lo que él cree es la verdad en sí. No nos podemos quejar, en el fondo es un simple humano que con el tiempo, cambiara de discurso y al voltear a ver sus primerizas creaciones, se percatará que en efecto no tienen el peso de la experiencia vivida y posiblemente piense en reinterpretarlas bajo la reflexión de que nunca estuvieron terminadas. Tierno y siempre virginal pensamiento que ha de volver a repasar los años por venir – así siempre.
Es por eso, que en mí burda – y carente de sentido – ética, siempre trato de representar al humano que todos llevamos por dentro, y por encima (y por los lados), como algo no evolucionado ni mutable, sino más bien como un simple factor de conformismo, dependiendo, claro, del contexto dado al que se le presione. Que más originalidad y creatividad se puede esperar de una sarta de individuos que creen encontrar bajo sus sentimientos, la conciencia de la humanidad.
La idea de los Dioses, por ejemplo, es irónica por todas partes, al final de cuentas es en sí una creación del hombre presuponiendo su propio génesis mediante seres milenarios, omnipresentes y extremadamente poderosos. Luego, claro, después de la bíblica reducción, todo el peso recayó en uno sólo, en la obra de obras, la verdad de las verdades, en el Dios real y supuesto autor, lo que bien puede haber exaltado la naturaleza del hecho, ya irónico en si. Suponiendo que el creador fuera un romántico, pues parte de su labor puede verse reflejada bajo sus particularidades fundamentales (entre ellas las que destacaría el exaltarse a si mismo), de vez en cuando habría de auto-recriminarse al ver una de sus obras más dejadas al vacío, menos concluidas, más libres, por ponerla en términos románticos – vivas para ser más lógicos – e ingeniando consecutivamente nuevas mejoras y reformas para hacerle entender un poco la lógica de su función. Lamentablemente ya no puede colocarlas, pues al dejar a su dinámica obra a la deriva, esta misma ha tomado fuerza. Aunque, claro, también podemos situar el asunto de nuestro lado (uno más razonado), la idea de Dios como parte de nuestras posibles y más complejas creaciones nunca concluidas y que cada cierto tiempo hemos de reformar para seguir sintiéndonos bien con nosotros mismos, fuera de una critica constante que nos acaricia siempre con los aromas y ritmos intermitentes de la guerra.
La critica, pues, bien puede concluirse, darse por muerta, bajo la semántica del romanticismo, sin la necesidad de estudios profundos, con una pequeña lectura hecha bajo sus propios fundamentos. Las obras no se acaban, ni la idea misma de la creación está concluida, por ende, claro, ni siquiera los creados. Siempre nos ha de faltar esos pequeños toques que nos hubieran dado la certeza, la experiencia de estar cómodos con nuestras débiles corazas, mentes e imaginaciones, siendo estas ultimas las más fuertes.
Aunque si lo vemos lejos del tema, en varios otros movimientos también podemos reflejar las mismas resultantes. Digamos que los cambiantes discursos de los seres humanos tienen siempre en parte gran significado para con sus necesidades básicas. Al final, sin la crítica seriamos más amenos, pero sin ella, no sabríamos que tanto lo somos. Algo, nuevamente, no concluido.
Ante una obra por completo finiquitada, en la convención de lo que la realidad permite, un breve respiro para poder solventar los defectos encontrados con el tiempo. ¿Qué mejor que una segunda oportunidad?, sin critica, sin remordimientos, sin conclusiones. Uno nunca sabe…