Replicantes.

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España, 2009.

Sunset Boulevard

Sunset Boulevard
España, 2009.

El que Busca Encuentra

martes, 16 de mayo de 2017

Alien: Covenant

REDONDO.

Alien: Covenant
Alien: Covenant (Ridley Scott, 2017)

Tratando de dar continuidad al discurso exploratorio que inaugurara Prometheus (2012) dentro del universo Alien, Scott se aventura con esta especie de secuela que deja tanto deudas como vacilaciones dentro de su hechura y entramado; un encadenado, sí, que se aqueja y adolece en la mayoría de sus aristas –más cerca del capricho que de una construcción cinematográfica manifiesta. Y es que a pesar de seguir las formulas impuestas por la saga predecesora, la película no encuentra forma alguna que pueda integrar al público. La espesura y parsimonioso ritmo  aniquila el interés de quienes no son seguidores de este universo, al tiempo que desvanece la curiosidad y disposición de los fanáticos más recalcitrantes. La producción se siente al vapor: alzada más como un llamamiento de taquilla a beneficio de la cartera que como una introspección a los temas que había dejado abiertos la pasada cinta. 

Resulta igualmente curioso como la mano de un director veterano como Scott, que si bien en ocasiones ha dado sus tropiezos, se nota endeble en casi todo el metraje. Sin muchos riesgos que tomar y siguiendo un guión sumamente carente de gracia que en su  gran mayoría se estanca en lugares ya no digamos comunes ante la saga, sino ante el  propio caminado andado y presentado desde los primeros minutos. El trabajo de John Logan y Dante Harper, pues, no sienta bases atrayentes tanto con el filme a realizar como con las puertas y cavilaciones que quedaron a medio abrir en Prometheus. No se exige ni demanda, se anida en sitios de referencia sin explorarlos con interés. Los roza de manera superficial apostando a que la estética le diera un volumen mucho más opulento y adecuado, pero esta tampoco lo logra y no sirve de mucho. 

La jugada de Scott resulta entonces una puesta en cámara que aleja a los personajes. Su ataque a las escenas es ajena a los miembros de la nave. No logra implicarnos, mucho menos identificarnos con ellos pues no hay una construcción precisa con sus histriones: no hay apego, casi nada en juego al cual unirnos con cada uno (o alguno) de ellos para asirnos a sus sentidos de supervivencia. Su apuesta, obviamente, queda centrada en el antagonista: Fassbender en dos roles que únicamente le auxilian a dar una actuación sumamente irregular y que le pasan factura en las escenas que debe compartir consigo mismo. Escenas que se notan como el emplazamiento clave en el aspecto discursivo; momentos pensados para armar la complejidad de los cuestionamientos y declaraciones expectantes para el armado de la lógica de lo que se planea como una segunda saga, pero estas terminan  lamentablemente por estar faltas de carácter: risibles, artificiosas y hasta cursis. Diálogos abigarrados y estridentes; líneas por demás explicativas y pomposas en pos de allanar un espacio pseudo-filosófico. 

Los elementos técnicos, por su parte, se acomodan a la mano propia del realizador. La partitura de Jed Kurzel pasa desapercibida por gran tiempo dentro del filme hasta que innegablemente es expuesta a leguas y por sobre la obra en si. La fotografía de Dariusz Wolski es eficiente pero no es sumada al predicamento de la cinta, su plástica queda relegada a un mero acompañamiento escénico. Mismas notas podríamos decir del montaje de Pietro Scalia; quien mantiene ese moroso ritmo que no hace avanzar a la cinta en varias de sus secuencias. Su mano es repetitiva y de una quietud no muy colaborativa. 

Ahora bien, si Ridley Scott aun mantiene un ritmo presumible en cuanto a producciones, es evidente que a sus casi 80 años un pequeño descenso marca sus más recientes películas. Alien: Covenant dista mucho de una obra bien manejada, su legado queda alejado de la cultura pop en la cual quedo inscrita de manera sobresaliente hace 38 años. Y aunque en partes pueda a llegar a ser entretenida, es triste ver como una tradición entrañable se desnuda ante nosotros para quedar en la plenitud de un desencanto.

Alien: Covenant de Ridley Scott

Calificación: 2.5 de 5 (Muy Regular). 

martes, 18 de abril de 2017

Aquarius

REDONDO.

Aquarius
Aquarius (Kleber Mendonça Filho, 2016)

En Aquarius, segundo largometraje ficción de Kleber Mendonça Filho, todo resulta pasmosamente natural. Cada rincón de su filme termina por absorber el carácter y la sencillez de los espacios a los que nos tendremos que cernir. Asimismo el sentimiento y la impresión de sus personajes que se convierten en puntos de vista plenamente honestos que el director logra inscribir en una obra sobresaliente: sus viñetas de la vida en Recife parecieran una ventana abierta al mundo para saborear los colores, sonidos e inquietudes de dichos parajes. La barrera de la pantalla se pierde en un pleno estado de franqueza para dejar de ser un espectador y formar parte de la vida de nuestra figura principal.

Bajo una preeminente estética que abraza desde los primeros minutos, las partes que conforman el encadenado aprietan un fuerte estado de nostalgia, lucha y herencia que habrán de irse desarrollando a base de altibajos durante el metraje y que, claramente, marcarán de forma racionada el ritmo (aveces opresor, aveces nativo) de la cinta. Aquarius, pues, resulta afín a la vida común, a la gente que está a punto de perder una parte importante de su pasado e historia y que habrá de luchar por el no desde las garras del sistema o el rencor, sino desde la pasión de vivir y seguir viviendo para conmemorar lo que no debe dejarse nunca atrás.

Con una puesta en cámara sutil pero eficiente, con poderosas y bellas composiciones que exaltan lo franco y habitual de nuestros personajes, la trama se da paso a través de tres capítulos que nos ofrecen las razones y objetivos en la lucha de Doña Clara; mujer de simples placeres que es presionada por vender el departamento en el que ha vivido la mayor parte de su tiempo; en el que ha dado vida y ha luchado por la continuidad propia de le existencia para así dar paso a un complejo más lujoso y moderno; ad hoc a nuestros tiempos. Como afamada crítica musical, su oficio agrega un valor agregado e importantísimo a la obra: las melodías utilizadas nos preparan e inundan: vierten en el recipiente fílmico una lógica donde se logran sobreentender los silencios y miradas. Las piezas sonoras llenan espacios, marcan rumbos y dan volumen a diversas acciones cuya razón al parecer es simple y llana. La música en Aquarius no sólo acompaña sino que narra y describe al igual que los diálogos y las acciones. Es parte del carácter y se desenvuelve dando forma al patrón de la diégesis instaurada.

Los aspectos técnicos también apoyan a la frescura de la película, sus aristas se despliegan con tal propiedad y elegancia que su toque es enérgicamente imperceptible. El montaje de Eduardo Serrano mantiene siempre la acción en una cadencia minuciosa e interesante. La decoración de Bob Kensinger es conmovedoramente ordinaria, habitual; sus recovecos aspiran a ser nuestros. Ayudan, claro, los diseños de Juliano Dornelles y Thales Junqueira. Por su parte, la fotografía de Pedro Fotero y Fabricio Tadeu enmarcan de igual manera un mundo al cual ambicionar. Bello por el cual andar y sobre todo, por el que luchar. 

Heredera de la nueva mano social que ha puesto como sello el cine brasileño de los últimos años, esta nueva cinta de Kleber Mendonça Filho está nutrida y madurada por el camino andado de anteriores realizadores que han alzado y alzan cada vez más el límite de lo que podemos esperar. Aquarius es, entonces, una bellísima cinta que de forma simple, pero a través de severos detalles y profundidades, retrata a esta dama adulta que se decide por la vida: viuda, sobreviviente del cáncer y amante de la música que mira siempre hacía al mar, su horizonte. Sabedora que los detalles no están en romper las barreras del tiempo sino en la conjugación de los mismos, en las experiencias que nos dan los mejores pasos en un paseo familiar y los mejores bocados, en las amistades y las pistas de baile también. En las notas que nos cambian la vida y siempre nos harán escuchar la verdad que cada uno lleva para siempre al ser tocadas y presentadas a la vida.

Aquarius de Kleber Mendonça Filho

Calificación: 3.5. de 5 ( Muy Buena). 

domingo, 26 de marzo de 2017

Fuera de mi Camino

REDONDO.

Dnevnik Masinovodje
Fuera de mi Camino (Milos Radovic, 2016)

Bajo un humor negro picaresco, un realismo mágico sutil y personajes entrañables, se abre paso con garbo y carisma “Fuera de mi Camino”, una obra irónicamente bella que se da a la tarea de retratar a la muerte como una oportunidad hacía la aventura, hacía el destino y, por qué no, hacía las metas del profesionalismo laboral. En la cinta de Radovic, se nos integra a un mundo lleno de color y malsanas aspiraciones que nos dirigen y comunican literalmente por las vías de un tren; vehículo motor que sedimenta y alimenta las vidas, tragedias, nostalgias y experiencias de los caracteres en pantalla. 

Poseedora de un brillo particular, el entramado se presenta de manera clara y con vasta sencillez a beneficio de la vivacidad que se pretende y bien se logra. Ilija es un chofer de tren que, como todos en su rubro, lleva la cuenta de todas aquellas personas a las que lamentablemente ha matado a lo largo de su carrera. A punto del retiro, adopta a un niño que al crecer pretende seguirle los pasos. Las preguntas e indecisiones, obviamente, se dirigen hacía las posibilidades del oficio, hacía el cuidado y el límite de integración a ese mundillo donde la virginidad es, literalmente, la vida. 

Con una puesta en cámara eficientemente natural, la estética del film nos inunda con un manejo atrayente que nos deja respirar el campo emotivo de los personajes; nos permite vivir el accionar de quienes habitan el encadenado junto con sus sueños, sus pasados, sus inspiraciones, sus ilusiones y planes atrozmente bondadosos. Ataviada en un estilo propio de comedia negra, el refinado sentido del humor abraza de solida manera. Mucho ayudan las notas de Mate Matisic y Simun Matisic que acompañan el detallado montaje de Djordje Markovic y la bella fotografía de Dusan Joksimovic. Resaltan, al igual, las sobrias pero competentes y eficaces actuaciones del elenco; la dirección nos hace comprenderlos, entender sus decisiones: celebramos los resultados y consecuencias de sus actos. Comprendemos la vida, festejamos la muerte. Radovic, pues, nos hace cómplices de estos devenires junto a su cálido drama sobre asesinatos sin sentimientos de culpa. 

“Fuera de mi Camino” es una lección de valores tergiversados puestos en pantalla de una manera elegante e ingeniosa. Es un hermoso juego de perspectivas que nos hacen sentir un gran apego a las expectativas. En su camino, a través de las vías que trazan y han trazado la vida de los personajes –entre la tanta muerte que han visto desfilar– queda la esperanza del retorno de un viaje que siempre llevan en el dibujo del amor. 

Milos Radovic une su tono humorístico distinguidamente con una belleza irónica y potente. Su trama se compromete con una cordial nostalgia que atrapa y se estima a la brevedad. Logra adentrarnos en un universo que exige la mortandad para lograr las metas del cotidiano vivir. Nos asocia a sus intereses y hace sumamente disfrutable el recorrido. Cargada de atractivos momentos, lucidos y afectuosos, “Fuera de mi Camino” es una cinta que se agradece en su claridad y candor. Su viaje nos hace encontrarnos con nuestro más hermoso lado oscuro. Con nuestra sonrisa maldita más profunda y, a la vez, nuestro más evocativo sentido de esperanza. 

Fuera de mi Camino de Milos Radovic

Calificación: 3.5. de 5 (Muy Buena).

martes, 21 de febrero de 2017

Manchester by the Sea

REDONDO.

Manchester by the Sea
Manchester Junto al Mar (Kenneth Lonergan, 2016)

Desde los primeros minutos de Manchester by the Sea, los elementos nos indican claramente la línea del filme y nuestra posición como espectadores en el: somos testigos –más no compañeros– de una peregrina cápsula del tiempo que irá develando de a poco un mundo donde el pasado y sus tragedias continúan dominando. Donde la decepción y la culpa juegan un rol que no ha encontrado salida y abraza sofocando las acciones y actos de quienes han tenido que seguir andando en el. 
El realizador apuesta por un uso pausado del ritmo, una mano uniforme y hasta cierto punto sencilla en la presentación de los temas para ir narrando su historia. Enfoca su drama en situaciones comunes para implicarnos en la cinta; llama a una tragedia para ir develando un tiempo que había sido puesto a un lado. Acerca las cicatrices y las abre sin mucha espera para conocer las respuestas a todo aquello que flota pero que no se quiere respirar: muerte, desamor, apatía y responsabilidad como losas de carga.
El entramado en si es sencillo: después de la muerte del hermano mayor, el menor debe volver al pueblo del que ha huido para hacerse cargo de los asuntos legales, el sepelio y, sobre todo, del hijo de este: un adolescente que no tiene mayor horizonte que lo vivido día a día. Es de entender, claro, que las pesadillas irán apareciendo, que los protagonistas de estas se presentarán de manera incomoda para ponerle un poco más de presión a todo el asunto. El camino es hosco, nada ayuda a nada, nadie ayuda a nadie. La aparente desconexión entre la familia y allegados, así como la elemental relación con terceros no es otra cosa más que la humanidad; exigida por sus deseos, necesidades, privaciones y carencias. No obstante, el caos no reina y todo sale a flote con una naturalidad que se agradece y pone los acentos estilísticos más notorios a la obra.
Estamos, pues, ante un devenir de sensaciones y razones que le dan sentido a la catarsis obligada por la que se verá obligado a pasar –junto a su áspera y ceñuda personalidad– nuestro personaje central; Cassey Afleck en una eficaz actuación contenida que sostiene la naturalidad del drama, así como permitiendo la apertura de un umbral de humor negruzco y elegante que pocas veces se ve funcionar tan en equilibrio como en este filme. 
Los elementos técnicos quedan en un plano secundario. El montaje de Jennifer Lame en ocasiones resulta un tanto brusco, su manejo en las elipsis no suele ser constante y el ritmo en ocasiones se rompe y varía en el campo emotivo que se ha logrado en escena. La fotografía de Jody Lee Lipes es funcional, favorece a la cinta pero tampoco amplía el espectro de la trama; sus planos son bellos por el origen natural de ellos pero su potencia recae en las actuaciones. Caso aparte es el uso de la música, no tanto la partitura original de Lesley Barber (que pasa un tanto, o mucho desapercibida) sino a la elección de las composiciones de Handel como base para el drama, compañía que une los tragos amargos y las cavilaciones dentro de ellos. 
Manchester by the Sea resulta, entonces, en una cinta sujeta al paso de un ensimismado personaje que se percata que, en ocasiones, las buenas intenciones no son las mejor manera de solucionar las cosas. Es un viaje vencido desde el inicio, una reducción de la tristeza, una coartada para seguir adelante sin pedirle respuestas a nadie. Es un camino que enseña negando y muestra que tirando la toalla también se pueden lograr los mejores tratos si es así como la vida nos ha ido llevando debido a nuestros actos. El secreto, claramente, recae en siempre ir un paso delante de ellos. 

Manchester junto al Mar de Kenneth Lonergan

Calificación: 3 de 5 (Buena).

miércoles, 15 de febrero de 2017

Hell Or High Water

REDONDO.

Hell Or High Water
Enemigo de Todos (David Mackenzie, 2016)

El cine siempre ha tenido cierta fascinación por el Sur estadounidense; una marquesina cuyos horizontes parecen alejarnos de una lógica moral convenida pero que al final de cuentas nos escupe a rajatabla la naturaleza humana a través de todos sus elementos y en todas direcciones: su puesta de sol, su noche, los parajes cuasi incrustados en la carretera y sus personajes: actitudes, sacrificios, anhelos, acentos y malsano entretenimiento.
Con “Hell Or High Water” nos encontramos, pues, en terreno ya explorado, en una radiografía ya revelada en buena o mala medida pero que no obstante, resulta refrescante: bien actuada, vibrante y hasta cierto punto honesta. Después de un recorrido nada corto, el realizador escocés David Mackenzie encuentra una vía para rastrear de nueva cuenta –en esos desérticos espacios– los motivos y razones, las manías y las fronteras del afán, el ansía, el porvenir y las aspiraciones. De paso, claro, empotrarse en un cine que acapara las ventanillas más importantes del circuito. Y eso, claro, es hasta cierto punto justo. Su trabajo es pulcro, minucioso, al servicio de la historia y sus histriones. No acapara, su mano es imperceptible y deja que el entramado se vaya desarrollando con una naturalidad plena cuyas consecuencias, también ya de sobra conocidas, nos llevarán al arrebato, la furia, el atropello y la impotencia. 
Los sucesos son claros desde el arranque; nos enfrascaremos en el viaje de un par de hermanos que han decidido robar pequeños bancos. El ritmo queda entonces marcado desde la secuencia inicial. Los motivos y objetivos de ambos bandos (el policía veterano que intentará detenerlos), irán develándose de tal forma que la implicación con nuestros personajes sea emotivamente contrastante hacía el final de la cinta. Y si bien el pretexto inicial no queda asentado claramente en su primera parte, es hasta cierto punto dibujado a través de las acciones y los diálogos, mismos que nos toman de la mano y no nos sueltan. Serán la guía durante este viaje dividido al presente texano, donde el machismo estadounidense reina entre bromas racistas, rostros cansados, miradas furtivas, actitudes reacias, facciones rugosas, caminos cuasi vacíos y la siempre obstinación por las armas. 
El resultado, si bien es parte de ese ya celebre imaginario conocido, atrae y convence. El director no trata de jugar con las formulas sino que apuesta por revestir y delinear a sus personajes de manera clara y coherente; con cierta humanidad, con cierto humor, con cierta desesperanza. Ayuda por supuesto la fotografía de Giles Nutggens, que sin tampoco querer cambiar la convención visual y estética de este tipo de cintas, nos regala retratos potentes y sumamente bellos. Igualmente el montaje de Jake Roberts, cuya precisión nos hace sumergirnos cada vez más en el pico consecuencia de las situaciones. Razón aparte cabe dentro de la banda sonora, cuya elección musical y partitura compuesta por Warren Ellis y Nick Cave acompaña; abraza cálida y nostálgicamente a lo largo del trayecto. 
“Hell Or High Water” es, pues, una cinta que se inscribe plenamente en ese estilo sureño de los Estados Unidos. En su geografía, en sus personalidades; fortalezas y debilidades. No asume y presume de más sino que nos adentra sencilla y eficazmente dentro de sus atardeceres. Grita quedamente que ese sueño americano tan vendido ya no existe, que quizá jamás lo haya hecho. Que de ser medianamente cierto, únicamente es parte de un quimérico anhelo que sólo se logra aplastando los del prójimo y denotando que la justicia es y siempre ha sido parcial ante los deseos de un mejor destino. 

Enemigo de Todos de David Mackenzie

Calificación: 3.5 de 5 (Muy Buena). 

sábado, 17 de diciembre de 2016

Arrival

REDONDO.

Arrival
La Llegada (Dennis Villeneuve, 2016)

Como claro preámbulo a una de las cintas más esperadas por los cinéfilos en el 2017, “Blade Runner 2049”, Dennis Villeneuve se inscribe de lleno en la ciencia ficción con una cinta que si bien tiene sus ligeros detalles, nos hace esperar con ansias una obra justa y merecedora del legado de su antecesora. Y es que con “Arrival" da muestras de una mano cada vez más controlada en la cadencia, una madurez latente en la tesitura de sus temas así como una exploración más fresca de los mismos. De paso, claro, se da el lujo –y la libertad– de sacarse la espinita y por fin manejar a sus anchas ciertos elementos que había bocetado ya en anteriores cintas. Si bien su obra se ha ido abriendo de a poco a un mercado más global, ésta no ha dejado de otorgarse a desafíos más complejos y profundos en las aristas narrativas, estéticas, histriónicas y dramáticas a cada paso. Su filmografía es, pues, su propia escuela; seminario que intenta captar lo sombrío y taciturno de la naturaleza humana. 
El conflicto plenamente narrativo de “La Llegada” es simple y hasta lógico, su primera parte inclusive puede definirse así. No obstante, el trasfondo que se nos irá develando de paulatina manera abre un envase que doblega la incógnita propia de nuestros personajes en pantalla. Es un miramiento a lo desconocido, a los temores de ello: las posibilidades, la pertinencia, el beneficio y la convivencia. “Arrival" no es una elemental cinta de encuentros extraterrestres, es un filme anacrónico ilustrado a través del lenguaje; lo que conlleva éste no sólo como proceso comunicológico sino como exploración en el campo emotivo y temporal. Villeneuve se nota suelto y escrupuloso dentro de un género que en muchas ocasiones ha sido maltratado; arrinconado en recovecos cercanos a la fábula, lo exacerbado y lo no formal.
Bajo una batuta de estética puntual, y agraciadamente sin hacer alarde de espacios y figuraciones recargadas en su estética, el entramado se desarrolla en espacios comunes, en un circulo de hechos que a la par que se presentan de manera más concreta, se van profundizando en el subtexto. Estamos, pues, ante un filme que se puede dar el corte de “inteligible” aunque tampoco se inscriba por completo en ese campo. “La Llegada” resulta al final en una película bien hecha, seria y formada al detalle. Aunque parezca que no pasan muchas situaciones diferentes a lo largo del camino, en el fondo se revela la materia de aquello que nunca ha sido puesto a prueba.
Como ejercicio guionistico la cinta carece de una redondez total. El entramado diseñado de Eric Heisserer peca en ocasiones de falta de desenvolvimiento. Si bien la voz en off que divide parte de la estructura fílmica hacía la mitad de la cinta se justifica para un metraje más acomodado, podría haber sido tratada con un poco más de calma. Igual pasa con las elipsis temporales a la “Nolan” que se suscitan hacía la parte final de la cinta, donde dicho sea de paso, el estilo cíclico presentado se torna un tanto más intrincado. Parte de ello bien podría haber funcionado mejor si se obviaban las posturas críticas a los actuales enemigos económicos e ideológicos de los Estados Unidos. Pero claro, hay que dejar la marca de la casa. 
En los demás elementos técnico/creativos hay poco que escarbar. Es una constante de Villeneuve el hecho de amalgamar de manera precisa la homogeneidad de los elementos de sus cintas. Tanto la fotografía realizada por Bradford Young, como la música de Johánn Jóhannssonn (basada realmente en muchos de los temas de sus anteriores trabajos) y el montaje de su editor de cabecera, Joe Walker, van de la mano. No sobrepasan el todo del filme, participan en el entramado desde su rincón de manera efectiva y sin protagonizar. Igualmente, como ya es costumbre en los filmes de este realizador, la dirección actoral es de un muy buen corte. Sus talentos se muestran eficaces en el set, con personajes que han construidos sus niveles de atención dentro del entramado final. 
Si bien el paso de Dennis Villeneuve ha sido un tanto zigzagueante –no todos esos retos fílmicos de los que hablamos al inicio han dado un resultado cien por ciento óptimo– continúa siendo uno de los directores a seguir. Su mano va imponiendo un sello particular, uno que se adentra a las líneas no visibles de un filme. Es un cineasta que gusta de detallar sus contenidos de tenaz manera antes que al vestido decorativo (aunque también hay algo de ello). Y con “Arrival”, claro, nos da además una prueba en su manejo de géneros, de que su discurso puede incursionar en distintas fronteras de manera clara y capaz dejándonos a espera de más. No sólo la secuela antes citada, sino más desafíos cinematográficos que seguro estaremos disfrutando. 

La Llegada de Dennis Villeneuve

Calificación: 3.5 de 5 (Buena). 

jueves, 8 de diciembre de 2016

Sully: Hazaña en el Hudson

REDONDO.

Sully
Sully: Hazaña en el Hudson(Clint Eastwood, 2016)

Sabemos de antemano que cuando Tom Hanks se deja ver en la pantalla grande la bandera de los valores estadounidenses más ortodoxos ha de ondearse por todo lo alto dentro del metraje presencial, sobre todo hacía su parte final (y resolutiva). Ahora bien, cuando detrás del encadenado de acciones se haya alguien como Clint Eastwood, es de suponer que dicho aire ondeante habrá de multiplicarse. Y es que estamos ante dos de las figuras más representativas de dichos intereses morales por parte de nuestro vecino del norte. El primero, claro, es una figura en la que ha recaído a lo largo de su carrera la interpretación norteamericana de la bondad, mientras el segundo se rodea de figuraciones de alcance, autoridad, poderío y, aunque suene irónico a sus 86 años, de fuerza y vitalidad. Si bien no podemos negarnos ante esos hechos, tampoco podemos negarnos al factor de que Eastwood quizá sea uno de los directores más formales y pulcros de la última década. Si bien sus trabajos más recientes fluctúan tanto en sus propias acciones como dentro de su propia filmografía, con Sully nos enfrentamos ante la reintegración plena de su cine más efectivo. 

La historia en si parece calzada para ponderar los bonos normativos de la sociedad estadounidense, exaltando –e integrándose– en la siempre inicua batalla entre el interés y la honestidad. Es una trama predispuesta, pues, para ello, y quizá otra mano la habría llevado a rebuscar ciertos elementos que dieran como resultado una obra exacerbada, pero no es el caso aquí. En la balanza de los hechos presentados: la narrativa y el campo emocional, se percibe la madurez del realizador, su soltura dentro del control de la ficción y su buen tacto. Es el propio encadenamiento el que se viste y respira con cierta pericia a favor del espectador, quien más que verse obligado, se dejará llevar más o menos libremente para dar sus valoraciones y experimentar el dramatismo propio del filme. 

Anacrónicamente Eastwood nos coloca de lleno y de manera eficaz en el centro del conflicto; la película no se centra dramáticamente en el afamado contratiempo aéreo que dio la vuelta al mundo, sino en lo que se suscitó después con los protagonistas de los hechos. Para ello se apoya en un doble debate. El principal es aquel donde las fuerzas burocráticas intentarán, como es sabido, lavarse las manos sacrificando la carrera del piloto; nuestro personaje central, él cual sostiene la disputa interna entre los nombramientos populares de héroe, así como los oficiales y mediáticos de posible fraude y peligro. No obstante, con cierta obligación y haciendo uso del tiempo como representación fílmica –sobre cavilaciones e inflexiones de nuestro eje humano central– el realizador nos hará parte de ese vuelo bajo un comando elegante y hábil desde distintos puntos de vista. Se revisita el acontecimiento bajo unidades separadas para poder lograr un climax en conjunto: accidente y resolución del caso. 

La fotografía de Tom Stern y el montaje de Blu Murray sobresalen en el valor adecuado; están a disposición del filme y a pesar de desplegarse de manera sobresaliente son invisibles durante la proyección. La partitura de la Tierney Sutton Band y Christian Jacoby encaja y se mimetiza con el estilo del propio Clint Eastwood acentuando los momentos claves. Sobresale igualmente el control y la colaboración de Hanks y el director. La actuación del histrión es calma, estoica (bajo las parámetros que le conocemos) y permite que el flujo de la cinta provea y le provea. Hacía tiempo que no veíamos a un Tom Hanks tan efectivo en un filme que no busca otra cosa más que narrar un fragmento y una versión de las cicatrices que van construyendo al Nueva York post 9/11.Por la parte técnica no hay más que agradecer. 

Sully es, entonces, una película particularmente sencilla. Una cinta sin aspavientos que no busca dobles fondos o profundidades en el sistema, se aboca a sus personajes y humaniza el hecho sin criticar de más, sin ataques frontales. Al verla no queda más que identificarse bajo su ritmo y pasar un tiempo placentero de un cine sobrio, claro, sin pretensiones y disfrutable. Un cine que no busca más que mostrarse y, sobre todo, escribirse y realizarse bien. Y vaya que en estos tiempos, y en esa área del mundo–honestamente- es más que suficiente.

Sully: Hazaña en el Hudson de Clint Eastwood

Calificación: 3.5 de 5 (Buena a secas).