Replicantes.

Replicantes.
España, 2009.

Sunset Boulevard

Sunset Boulevard
España, 2009.

El que Busca Encuentra

lunes, 26 de marzo de 2018

Sin Amor

REDONDO.

Nelyubov
Sin Amor (Andrey Zvyagintsev, 2017)

La exposición de las triviales dimensiones en las exigencias modernas; requisitos, apetencias, menesteres y demás “formalidades” en el actual gravamen de la necesidad, se esparce con un volumen de catarsis tan agudamente delicado durante el embiste inicial de Nelyubov, quinto largometraje de Zvyagintsev, que el empalme de sus elementos en su recorrido discursivo termina por ser un brutal reflejo de la narcisista sociedad contemporánea. Sus personajes, todos ellos vacíos y bajo el manto de un fútil afán de cambio, se ensimisman abnegándose a sus cargas de vida; responsabilidades, compromisos y deberes. La inmadurez con la que caminan durante el entramado es tan implicante que la naturaleza y sensibilidad de todo lo que acalla el mérito de lo benigno y compasivo, detiene de tajo su efecto y encuentra salida únicamente en la desesperación, el dolo y el odio ante los actos imperantes, pero nunca explorando las causas y las consecuencias de estos. 

La invisibilidad moral con que juega la disertación del filme resulta una muy delgada linea entre el escape y el anhelo, la evasión y el miedo, la flaqueza y el acorralamiento. La prisión en que viven nuestros figurantes centrales no sólo se evoca a las paredes y metros cuadrados del departamento que han puesto en venta so pretexto de su divorcio, sino que es una sombra que se añade a los espacios físicos e invade con un peso y carga específicos que frena de lleno los avances de sus deseos futuros: un hijo. El estigma de su unión se valoriza como una afrenta, una barrera ante sus aspiraciones en un manejo plenamente ególatra, codicioso y sórdido. Su conveniencia como prioridad los ciega y es sobre este campo emotivo tan sombrío, atroz e inquietante que hemos de andar junto al emergente campo de su realidad, la desaparición del chico: expectante del quebranto de sus padres como matrimonio, testigo del sin-amor que se gesta a cada día en lo único que conoce como hogar. Decidido ahora a alejarse, se niega ante los hechos –y a los suyos– posterior a ver que en su silencio no ha encontrado los argumentos claros de las pretensiones del mundo moderno. 

Ataviada en una estética bucólica, la cinta se apoya en la agraciada fotografía de Mikhail Krichman, misma que utiliza como lienzo los abrumadoramente francos y habituales decorados de Andrey Ponkratov, para generar un abismado universo donde el libre albedrío y los escrúpulos se debaten en una claroscura dimensión que nos irradia, nos reverbera y nos devela la medida de nuestra comodidad; la extensión del aislamiento. Con un ritmo semilento que teje de manera puntual el montaje de Anna Mass, la puesta actoral se acrecenta a un peso mayúsculo y su fuerza se denota entre sombras y tensiones pretéritas nunca liberadas. Sus elegantes cortes dejan correr la acción, no resquebrajan las emociones sino que las revisten de incertidumbre y nos traducen de fieles testigos a plenos participantes del horror dentro de la angustia y la zozobra. Las punzantes notas de la partitura de Evgueni y Sacha Galparine amalgama la unidad del filme, unifica la disposición de los elementos y se torna nativa a los grises sucesos. 

Sin Amor, pues, termina por ser una cinta bellamente cruel en su accionar, veraz en su lamento, temible como espejo pero leal ante su construcción; integra/honesta. Su camino es áspero pero en si nos acentúa, nos coloca frente al aparador de la aspiraciones cotidianas, del día a día, así como las posibilidades de nuestros procederes. El trabajo de Zvyagintsev se denota fino, pujante: desenvuelto. Su mano es clara y recatada, su labor en esta su más reciente entrega es de un portento que une atenta y acertadamente los desahogos de un drama digno de nuestros tiempos. 


Sin Amor de Andrey Zvyagintsev
Calificación: 4 de 5 (Excelente). 




viernes, 16 de febrero de 2018

Un Viaje No Escrito

Un Viaje No Escrito. 

Cuando se disipó el humo dentro del salón, el cigarro de Don Alberto se mantenía con su clásica hilera de ceniza intacta entre los dedos. Su mirada descansaba entre el aliento del trompeta y el brillo que emanaba de una de esas coronas doradas tan de moda con que gustaban los músicos adornarse los dientes desgastados, tan sólo un par de minutos atrás un solo que emanaba cierto tema nocturno de Thelonius le había hecho cambiar de posición; erguida sus espaldas hacía ese humo seco que Manriquez colocaba siempre con pésimo gusto hacía la parte final de las presentaciones (al igual, claro, que ese espeso telón color vino de resquebrajado terciopelo). Sobre su frente brillaba un cansino tono morado –muy apagado, casi azul– proveniente de uno de esos haces de luz que se prendían cuando la última melodía era interpretada. Si mal no recuerdo, aquella fue una noche frugal, húmeda y encapotada en emociones incomprensibles sin el paso de los años. De las que el buen Arney, el portero –vendedor de heroina– y autonombrado crítico musical, solía decir que eran perfectas para gastarlas escuchando a Dexter Gordon y esperar el alba sentado en una banqueta con senda botella de ron. A decir verdad, la primera vez que le vi en el lugar–cuando supe a bien que de su figura emanaba un volumen mayor a su enmudecida postura– este me dio la impresión de ser el tipo de personas que se creen un pez grande en río pequeño, como esos niños-dios que son más grandes que cualquier otra figura del nacimiento. Claro está que después le conocí y descubrí que en realidad era más heno que fantasía. Más leña que promesa de fuego. Aunque eso, claro, no le afectaba, como nada pareció entorpecerle aquel día ese extraño esbozo de nostalgia que se le dibujaba entre los labios mientras el pianista realizaba el regreso al tema principal. Inconmensurablemente enfundado en su traje favorito de color café oscuro, con sus zapatos recién boleados y sobre la mancha de humedad que tanto criticaba, esperó hasta que el último eco de los acordes se fundiese con los aplausos de la audiencia para beberse el resto de su copa de vino de un solo tajo, darse la vuelta y retirarse sin derramar una sola pizca del otrora fuego que cuidaba recelosamente entre sus manos. 

No es muy fácil olvidar el fresco color del semáforo que nos detuvo en aquella esquina en que compartimos por primera vez las sombras. Amanda me había dejado un par de días atrás: una ida sin regreso y para siempre; con la mudanza en proceso y el polvo ahogándome las anginas de la espera –los tapetes como techo y los suelos como abrazo… Con los ánimos por los suelos solté la confesión en voz alta a manera de expiación mientras le miraba con cierto recelo fumar un marlboro rojo. Calladamente tosió y se limpió la garganta. No sé si no quiso mirarme o simplemente no se atrevió, pero observando la luna rompió todo efecto sonoro cuando los coches se detuvieron nuevamente frente a nosotros: “De los corazones rotos se aprende lo mismo que la vida enseña a un cirujano cuando pierde a su primer paciente, hijo. Es algo que duele, sí, pero más vale que te vayas acostumbrando.” Después se me acercó y me dio una golpe por la espalda mientras me dedicaba unas palabras al oído para después alejarse entre la neblina citadina; su figura se desvaneció entre ondas de autoestéreos y ruidos de carburador. Fue entonces que supe que era uno de esos sujetos de los cuales uno puede suponer todo a espera de equivocarse sin falta. De los que por más que los interpretes, siempre habrá un agujero por usar con el tintero. Un personaje existente situado en un viaje nunca escrito. La gente solía tenerle desconfianza, apartarse de él, pero creo que fue porque no lo conocieron teniendo el corazón deshecho… O bien qué puedes esperar de un hombre que al primer encuentro se despide diciéndote: “A mi me han abandonado 15 veces muchacho, ¡Quince! Y en todas ellas la misma mujer, siempre la misma mujer.” 

Fueron ciertas arenas atrapadas en algunos oxidados segunderos las que nos hicieron alguna especie de colegas e influencias mutuas. Irregularmente los fines de semana solíamos apostar quien hallaba los mejores bares de músicos amateurs de Jazz en la ciudad. Nos sentábamos en la barra y sin decir palabra alguna escuchábamos hasta el final de los alegatos. Luego salíamos a fumar, yo descargaba mis nuevos quebrantos amorosos y él apuntaba la puntuación de los nuevos talentos encontrados. Cuando no hallábamos algún sitio a donde ir, el Manriquez siempre era una opción donde descargar las fuerzas. En ocasiones íbamos a su casa y pasábamos la velada escuchando parte de su colección, a veces se nos juntaba Arney o algún amigo (cliente) de él, pero la mayoría del tiempo la pasábamos con algunos de sus vecinos. Gustaban ellos de ver el amanecer desde el balcón con alguna balada de Art Farmer, Soul Eyes siempre como opción. Solíamos estar en silencio y dejar que el sueño se escapase entre el sonido del scratch y el humo de los químicos que acompañaban el ambiente. Desayunábamos con whisky en un pequeño sitio que abría todos los días en la parte baja de su edificio y después cada quien tomaba camino. Sin saber cuando sería la próxima vez. Sin saber si en un rincón se encontraba una nueva Amanda o una nueva Sarah para cada quien… Hasta que, claro, sucedió. 

A su puerta tocó de la nada, como si el pasado fuese una pequeña red para el cabello que simplemente se acomoda o bien despeina. Una pomada, una caricia. Se le comenzó a ver cada vez menos por los sitios donde frecuentaba. De vez en cuando me daba el chance de pasar por ellos y si acaso una mirada cruzada, un saludo a la distancia mientras lo veía disfrutar, sonriente y tomado de la mano,  alguna pieza de Hank Mobley o Jimmy Smith. Por aquellos momentos prefería embriagarme con tequila en los bares de la zona norte, donde hasta altas horas de la noche podías oír desde Ray Brown y Curtis Fuller hasta la Big Band de Francy Boland y Pharoah Sanders, némesis del paladar de Don Alberto. Pero claro, llegó la noche, esa noche en que me hallé casualmente en el Manriquez y se disipó el humo del salón; su cigarro con la clásica hilera de ceniza intacta entre los dedos. Su mirada descansando entre el aliento del trompeta y el brillo que emanaba de una de esas coronas doradas tan de moda. Me acerqué a él en el mismo semáforo en que nos conocimos. No le miré ni dije nada, simplemente me coloqué a su lado y encendí un cigarro. De nuevo fue él quien rompió el silencio: “Qué puedo decirte, colega, tan sólo soy de esas personas que tanto se han despedido de sus amantes al verlas partir en la misma estación de tren, que mejor han decidido enamorarse de las vías.” Me dijo que su récord alcanzaba ahora los 17 y que esa sería la cifra definitiva. No quise hacerme de sus razones y a bien continuamos el puente que habíamos dejado atrás, con los whiskys en el desayuno y los amaneceres con metales. 

Me despedí de él un 19 de Junio, un diario local a unos 700 km de la ciudad me esperaba. Había terminado mis estudios de posgrado y tenía unas ganas inmensas de nuevos aires, de nuevos brios. Nos despedimos por teléfono sin nostalgias y prometimos volvernos a ver a cada año, promesa que ambos sabíamos jamás debía cumplirse. Nunca supe a bien como fue que se enteró de mi boda, pero hasta ella llegó su regalo: un pequeño sobre con la carta que le había dejado Sarah la última vez que le abandonó. El sobre rezaba con su puño y letra: “De ser, que sea así”. El resto en el interior decía:

No quisiera describirme como una mala mujer, cariño ¿Quién lo quisiera? Pero si lo soy, tendré que vivir con ello, ya no me importa. En realidad me gustaría verme más como aquellas personas que no se dan por recordar a bien los puertos donde ha encallado su amor. O el de los demás. Y eso se debe a que a mi lo que siempre me ha llamado la atención es el mar abierto. Su océano casi infinito. No quiero ser insinuante, pero a pesar de todo el afecto que nos tuvimos, debo serte sincera y decirte que dentro de ese universo construido por las lagrimas de quienes han perdido algo en esta vida, siempre me resultaste apenas la espuma de una ola. Y yo, yo necesito navegar. 


A pesar de que un par de años después supe que su cuerpo haba sido encontrado en su cuarto después de 5 días, no había vuelto hasta ahora a la ciudad. Algo siempre me dijo no debía de hacerlo. A bien recuerdo que en una ocasión, sentado en la esquina de la barra de algún bar, una mujer vestida de rojo que me recordaba plenamente a Amanda –con ese mismo vestido rojo con que la recordaba siempre– se me acercó con las intenciones más sensuales que recuerdo; labios carmín y pelo oscuro, lacio, una sonrisa fresca y aliento a alcohol. Una cierta frase crepuscular y sinsentido como saludo: sonrisa chueca pero más sincera que atrevida, encías blancas e imaginarias: manos tersas… Pero tajantemente dije que no, no a toda pretensión simple y llana debido a que en el sitio no sonaba alguna pieza de Henry Red Allen, ni siquiera Cherry, ni siquiera alguna versión cantada de The Nearness Of You. Y entonces me di cuenta que cierta parte de mi se convertía en Don Alberto, en la esencia de quien tiene mucho que decir pero a nadie a quien lo escuché. De quien huí al poco tiempo pero sí busqué en ese mismo instante. Agitado, corriendo por la calle y entre bares de Bop y Swing llegué hasta encontrarme con su aliento de alquitrán. “No te apures amigo, mírate en mi. Me he peleado tanto con la suerte y sus cenizas, que cada que me encuentro en la calle a una mujer que me abate el corazón, prefiero perderla de vista antes que conocerle las espaldas y los despidos.” Caminamos un largo trecho con dirección al centro y al llegar a una glorieta nos despedimos,  sin abrazos ni manos cruzadas, como quien sabe que al otro día estará ahí el día y la noche… Pero jamás volvimos a vernos.

Quizá algunos piensen que lo primero que debí de haber hecho al llegar fue buscarle en su descanso, despedirme de él, pero no, no lo hice. Tomé rumbo directo hacía el sur, me desvié por la avenida central y seguí hasta la calle 6. Entre a la Colonia Central y me estacioné a unos cuantos metros del Manriquez, que ahora no es más que una pila de escombros con el techo caído y caminé hasta lo que alguna vez fue su entrada principal (el sitio de Arney), con la nostalgia sobre los hombros y la vista enrarecida –tengo ahora 7 años más de los que tenía Alberto cuando murió. Y sonará raro, pero sé que logré escuchar el eco de alguna pieza de Dizzy cuando toqué a la puerta y dejé en su filo la nota con que se oso despedirse. Aquella que me hizo llegar sorteando todas las circunstancias antes de partir: 

Aquí te quedas mi viejo y buen colega. En los limites del litoral en que viví tratando de capturar el horizonte. Ahora mi turno ha llegado, me voy, pero no sin anhelos. Créeme que no deseo más otra cosa que no sea cruzar el mar, a sus anchas y a sus largas. En su plenitud. Cruzarlo y conocerlo, llegar a su fin, como el mío ahora. Y quizá así, quizá, algún día dejar de ser simplemente residuo de sal. 


Si soy sincero, no hay mejor tumba que los restos de aquello donde realmente viviste. Claro que eso no lo había pensado hasta estar ahí, frente a ese lugar donde vi pasar algunos de mis mejores momentos de juventud. Y claro, tantas cosas más que pasaron por mi mente mientras me dirigía de nuevo a mi carro para tomar rumbo. Mi salida no fue ni tan heroica ni tan especial como quizá debiera: abrí la puerta, prendí el motor, busqué en la radio alguna estación local de Jazz y tomé camino hacía el centro en búsqueda de un algún lugar donde poder cenar con alguna banda en vivo. Pero si soy sincero, algo me inquietaba, algo me hacía sentir molesto. Y entonces, mientras tomaba mi primera copa de vino y la notas comenzaban a inundar el sitio, me dije que quizá alguien podría terminar esto de mejor manera. Tal vez con un final donde me alejo del Manriquez caminando. Donde a cada paso que doy me hago cada vez más joven hasta hallarme con Alberto en algún sitio, quizá la esquina donde nos conocimos. Y entonces fumamos un cigarrillo y él me dice una más de esas frases tan a su pesar. Y así, reencontrados, seguimos caminando por las calles, y caminamos y caminamos sin dirección. Y que mientras lo hacemos vamos dejando un rastro de hielo seco que sale por debajo nuestros pantalones; humo seco, mucho, que se convierte en neblina. Neblina que comienza a cubrir por completo a la ciudad hasta hacerla desaparecer. Y entonces caminando, sin sentido, desaparecemos todos.



lunes, 29 de enero de 2018

Tres Anuncios Por Un Crimen

REDONDO.

Three Billboards Outside Ebbing, Missouri
Tres Anuncios Por Un Crimen (Martin McDonagh, 2017)

Parecerá contrastante a la linealidad dramática de la cinta –sobre todo por algunos de los subtextos de violencia que se avivan hasta los primeros planos narrativos– pero la más reciente entrega de Martin McDonagh está construida bajo sutiles matices que apelan a un manejo sobrio y elegante en sus disertaciones. La mesura que se logra a lo largo del entramado no sólo realza la buena contienda histriónica que se halla en los interiores de su puesta en escena, sino que más allá de su álgido y negruzco sentido del humor, es su heterogeneidad moral la que le aporta un tono de distinción.

En el microcosmos de Tres Anuncios por un Crimen nos encontramos de lleno y sin tapujos frente a un pequeño grupo de personajes que no sólo delimitan nuestras fronteras diegéticas bajo su personalidad, sino también por los ataviados nudos de sus creencias; todos ellos en busca de un significado y un valor de la equidad que se conjugue a plenitud con sus necesidades; limitadas estas por sus capacidades, su estados de confort (animo/salud), o bien pura reticencia. Son sus comunes deseos, pues, los que vistos desde distintas aristas habrán de enfrentarlos no sólo en un campo ajeno y externo a sus territorios, sino dentro de sí: escrutinios personales y oficiosos que les harán captar que la propia naturaleza del mundo es la imperfección y el aplazamiento. La antesala del conflicto que habrá de sortearse no es sólo el crimen no resuelto que apoya el titulo, sino el sentido social del escrutinio, del rencor y la antipatía. El vacuo ambiente de apoyo y sostén que evoca desde años atrás a los Estados Unidos. No resulta gratuito que dentro de las actuales luchas por igualdad dentro de la industria hollywoodense, la llama que desate la disputa en esta trama sea la denuncia mediática. El hecho de volver pública una imputación que parece razonable de primera mano pero que entreteje demasiados factores de forma y fondo en su interior. Golpe directo al idealista discurso del sueño americano. 

La mano del realizador inglés se nota confiada de la capacidad actoral de su elenco, permite respirar su desenvolvimiento con uso formal y moderado del lenguaje. Sobre los naturales decorados de Inbal Weinberg y Jesse Rosenthal nos sentimos en un sitio común, desinteresado e impotente ante los objetivos de una concepto de ley que no obliga ni se impone, geografías habituales que abrazan un campo emotivo al que auxilia la bella partitura de Carter Burwell; casi imperceptible compañía que ahonda en los resquebrajados y desdoblados ánimos de quien se encuentra en medio de los tropiezos. Mucho apoya en ello el montaje de John Gregory, que no abate ni fragmenta el espacio-tiempo y permite que el lenguaje se nutra de ese histrionismo antes detallado. Igualmente la fotografía de Ben Davis, cuya densidad lumínica crea un número interesante de atmósferas que marcan sutilmente las pautas que conducen el encadenado a sus últimas causas/consecuencias. 

Tres Anuncios por un Crimen, entonces, termina por dotarse de un decoro moral que concierne a la honesta esencia de quien ha perdido algo o a alguien. En su camino no existen las figuras buenas o malas, el manejo de ellas dentro de los escenarios no tiene un orden por el simple hecho de que han de perseguir apasionadamente aquello en que especulan y no razonan del todo. Las secuelas de sus actos son sólo puertas abiertas de un laberinto donde la armonía, el progreso y la justicia siempre quedan pasos adelante, a una distancia clara e inamovible cuyo objetivo es simple: llamar a su búsqueda y su caza sin importar que es lo que pase.

Tres Anuncios por un Crimen de Martin McDonagh

3 de 5 (Buena).

martes, 16 de enero de 2018

La Forma del Agua

REDONDO.

The Shape Of Water
La Forma del Agua (Guillermo del Toro, 2017)

La relación de Guillermo del Toro con los monstruos se explica de manera por demás sencilla, el propio discurso que diera al recibir el Globo de Oro a mejor director lo resume de primera mano; amor y salvación. Un amor que bien ha presentado y construido a través de eslabones y elementos durante toda su filmografía y que se reedifican y redireccionan en esta su más reciente entrega a favor de una excelsa plástica pero una previsible narrativa. El afecto e idilio que emerge como uno de los ejes narrativos principales tras la silueta de un poema en la diégesis del filme, termina por ser una romántica misiva del propio director a sus creaciones. 

Bajo un código plenamente melodrámatico, las disertaciones sobre la discriminación, el aislamiento y la incomprensión que han mantenido el curso de la obra del realizador mexicano se mantienen y acrecientan en una etapa marcada por un moralino espectro de imputaciones en Hollywood, así como el racismo latente del gobierno estadunidense. El conjunto de sus personajes se autojustifica en un collage de minorías: desde nuestra discapacitada y sensible protagonista hasta la postergada criatura que le acompañará en la aventura, pasando claro por el sospechoso y relegado extranjero, el adulto e introvertido artesano homosexual y, so pretexto del espacio temporal, varios guiños a los afroamericanos y su falta de derechos. 

El nuevo cuento de hadas de Guillermo del Toro contiene las nociones que le han influenciado así como los fundamentos técnicos y artísticos con los que ha construido un sello sumamente distinguible en la actualidad. No obstante, ciertos manejos ornamentales de su manufactura comienzan por ser reiterativos y pronosticables. Su manejo en el campo emotivo recae en mismas dimensiones y en vez de profundizar en ciertas aristas de la propia historia, pasa de largo y se encubre en el aspecto visual dejándonos algunas de las más bellas imágenes que nos haya regalado hasta ahora; lleva de paseo a su monstruo y lo coloca en la comunidad de tal forma que casi es posible permanecer allí para poder ser querido. Cosa que, de alguna u otra forma logra. 

La soledad, pues, juega el papel predominante ante el comunicativo silencio con que se manifiestan las compasivas y vengativas fuerzas de aquellos a quienes se le ha negado cuasi por completo la tolerancia, la simpatía y la agudeza del deseo y la pasión. La puesta en escena resulta gentil y como es costumbre en del Toro, los pormenores están manejados con lujo del detalle para un eficiente funcionamiento en la lógica de su universo. La fotografía de Dan Luastsen reafirma el colorido especifico de las atmósferas a las que nos veremos sumergidos, al igual la partitura de Alexandre Desplat, cuyos acentos generan una bella entonación cuasi imperceptible pero sumamente afectuosa y esencial para la ilación de la trama. El montaje de Sidney Wolinsky pauta un ritmo entendible y permite que la película avance de manera conexa a pesar de los visibles huecos que tiene el guión escrito por Vanessa Taylor y el propio director. De sobra está decir el excelso trabajo que llevan acabo Paul D. Austerberry y Nigel Churcher con el diseño de producción y la dirección del arte correspondientemente. El mundo físico que crean le ofrece una dosis mayor de belleza a algunos de los mejores momentos del filme. 

La Forma del Agua termina, entonces, por ser una carta abierta a ese bestiario tan integrado en la visión de Guillermo del Toro. A ellos, sus creaciones, les presenta un espacio donde pueden convivir junto a las emociones humanas, hacerlas suyas y luchar por ellas; tener el derecho a vencer y ser vencidos. No todo les será fácil, claro, habrá que sortear dificultades reacias y triviales en espera de que al final los buenos prevalezcan. Y queda más que claro, ya, para todos, que en esa gama polarizada del bien y el mal, la esquina que les corresponde estará casi siempre lejos de las sombras, pues esa la naturaleza que les ha conferido. 

La Forma del Agua de Guillermo del Toro

Calificación: 3 de 5 (Buena a secas). 

martes, 28 de noviembre de 2017

The Square

REDONDO.

The Square
The Square: La Farsa del Arte (Ruben Östlund, 2017)

Acorde a una de las manos que más se va reconociendo en los cardinales elementos de la irritación y el hastío, The Square no sólo reafirma la visión de un realizador que debe ser objeto ya de seguimiento por parte de los gustosos de una construcción cinematográfica afanosa, ensayística y moralmente laica, sino que también es participe de su propia edificación y quebranto. A lo largo de su recorrido queda claro que las propias pretensiones de Östlund quedan expuestas a una apertura mayor a la requerida –cayendo quizá en su propio juego de crítica “cuasi-murmuro” que dirige al campo discursivo del arte contemporáneo y toda aquella “voluntad" humanista en pro de lo bien intencionado y oportuno en la contrastante tinta de la ética moderna– una apertura que fuera de los azares existentes en el trabajo de una narrativa líbera, la mano del realizador sueco mantiene con fuerza para regalarnos secuencias llenas de una elegante incomodidad, de una impotencia que se empalma en un extravagante sentido del humor donde sus personajes habrán de quedarse sin respuesta ni lógica acorde con la ardua exigencia social de nuestros días.
Bajo una plástica portentosa, la cinta enmarca una antítesis de estética y determinación, de eventualidad y purga; la expiación como la moldura de un deseo sin consecuencias –e ingenuidad– y no como un hecho sobre el decoro emocional. El entramado, pues, se detalla impío y cargado hacía una arista que refleja de manera tajante el absurdo de nuestros días. Personajes que se pierden en la eficiencia de la comunicación directa y honesta, privados estos de una fuente aclaratoria pero que a su vez definen oficiosamente el camino de las disciplinas y el destino de quienes atacan y son atacados. Jugadores de un poder que ostentan solamente en sus aspiraciones personales y que concluye más en ansiedades, prejuicios y fluctuaciones espontáneas que enmarcan las posibilidades de las tolerancias e intolerancias; desde la libertad de expresión hasta las las facultades de la vanguardia. Si bien los actos se van desarrollando en altibajos dentro de propio sentido del filme, la manufactura denota un carácter cuya categoría es distinguible y agradecida.
El seguimiento de una trivial eventualidad con que se encuentra un curador de arte mientras detalla los pormenores del estreno de su próxima exposición, son tan sólo el pretexto inicial para que Östlund encierre una posición de dictamen ante la naturaleza de quienes han de tratar de regir la voluntad: los bienaventurados y cándidos hombres del arte. Un seguimiento pues que termina por abatirse en los límites de la caza, el hostigamiento, el acoso y el auto-acorralamiento. Con la ayuda de una pulcra fotografía a cargo de Fredrik Wenzel que se torna invisible ante los momentos en que se envasa el tono del filme, el montaje de Jacob Schulsinger y el propio Östlund que determina una particular y afable arritmia entre la puesta en cámara, la cadencia de las actuaciones y la agilidad presentada en escena, y bajo el extraordinario diseño de producción de Josefin Åsberg que dota una atmósfera impecable y hace que todo en realidad cohesione, esta película logra sus objetivos primarios, abastece sus demandas básicas pero se queda un tanto corta en las subtramas. 
The Square, pues, termina por ser una obra coherente con los enfrentamientos habituales en los que gusta situarnos Ruben Östlund, quizá sin tanta redondez pero que al igual que en sus anteriores trabajos, nos llena de sacudidas y malestares de consciencia. Nos reduce y nos expresa en una normativa plenamente pueril, donde a pesar de nuestros esfuerzos por autosatisfacción habremos de caer en nuestro oscuro pozo de ingenuidad. Y es que si el otorgamiento moral es en parte un debilitamiento social de nuestra era, la inocencia quizá se convierta en nuestro máxime pecado y nuestro más temible enemigo.

The Square: La Farsa del Arte de Ruben Östlund

Calificación: 3 de 5 (Buena).

domingo, 15 de octubre de 2017

Blade Runner 2049

REDONDO.

Blade Runner 2049
Blade Runner 2049 (Denis Villeneuve, 2017)

Con un balance idóneo entre el paralelismo y la equidistancia con su predecesora, Blade Runner 2049 se erige como una inteligente cinta que acentúa las incógnitas vertidas en el distópico universo que creara Philip K. Dick –a finales de los 60– y que fuese presentado en el escenario cinematográfico a principios de los 80; interrogantes que se tiñen de una convicción prodigiosa, misterios envueltos en un velo cuasi sacro que ha de re-interpretarse acorde a las necesidades de un mundo donde la insuficiencia envuelve los entornos: arquitectura vacía de afectos y emociones, de lastima, ternura y hasta dolor. Donde los recuerdos son plenamente el campo sensitivo y el presente es un relato alegórico de lo que fue –y hubo– sin que a nadie en realidad le importe ya reconocer el paso del tiempo y su caminar por las arenas de la lógica. Sitios donde el único alimento es el beneficio propio. 
El milagroso enigma que circunda la trama se ubica desde los primeros minutos como algo que ha de ejercer una presión mayúscula en los involucrados. El acercamiento a ese pretexto que parte los limites de lo conocido, no sólo atraerá el pasado al horizonte de nuestros personajes sino que les partirá en dos sus posibilidades de fe, ira, encanto y devoción. Furor. La presión de la esperanza, entonces, se torna inscrita en un gotero que no tiene segundas oportunidades ni relevos. El polvo alzado del pretérito marcará no sólo el camino de nuestros personajes, sino que alzará sus capacidades rumbo al destino que habrá de cauterizar sus sacrificios con cierta carga de animadversión y decoro. Y es que esta nueva entrega de Villenueve nos enfrentamos a un encadenado de búsqueda y caza, de seguimientos que encaran la nostalgia con el temor de perderlo o hacerse consciente, ya, de haberlo perdido todo. Con el turbante eje del abandono y los ecos del extravío, el realizador matiza y adereza con la propia retórica visual y léxica del filme que no regalara Ridley Scott en 1982. 
Bajo un guión sumamente estructurado; dialogación madura y preconcebida para anudar las tramas separadas por 35 años, un orden de acciones sumamente perspicaz que marcadas a un ritmo pausado, latente y considerado, nos abre las puertas a un universo cautivante, obscurecido por el ocaso y tristemente derrotado. La siempre pasmosa fotografía de Roger Deakins no deja espacio para el suspiro, su andar lumínico sorprende a cada escena y a cada plano; se atañe a las reglas propias del Blade Runner original aunque postrándolo en un pedestal mucho más alto y rico en plástica y forma. Por su parte, el montaje de Joe Walker cede a esa calma que se denota al interior de la cinta, manifiesta más que describe, recalcando una cadencia que atrapa en el orden propio en que se exhibe la diégesis del filme. El diseño de Dennis Gassner no se queda atrás y tanto se nutre como subleva lo ya conocido en pos de lo que habrá de acontecer, su edificación atestigua y admite las impresiones de quienes se exponen y ocultan en su manto. La partitura de Hans Zimmer y Benjamin Wallfisch abraza y sofoca, une las acciones con un telar invisible pero de fuerte talante que nos rastrea y acorrala en las direcciones adecuadas para el aprovechamiento de la elegante personalidad de la película. 
Al final, es cierto, Blade Runner 2049 nos aboca a un espíritu onírico que atrae las vacilaciones que han permitido a la cultura popular acrecentar su encanto dentro de la ciencia fición. El uso de los elementos que abrieron algunas de las puertas se delinean agradecidas hacía su origen pero caminan dentro un campo fértil aumentando los limites del dilema, de la sospecha y la desconfianza propia del sentir y el actuar humano. El trabajo de Villenueve no sorprende, pues es un director que ya ha demostrado en más de una ocasión una mano sumamente firme, pero en efecto demuestra que es capaz de tomar un proyecto cuyo peso histórico y comercial es de alta envergadura y no traicionarse por ninguna de las fuerzas circundantes. Su firma se respira y le autoriza el legado de una trama tan de culto como la presente. Su trabajo, pues, queda plasmado de manera brillante y nos arroja a la cara que después de 7 lustros, aún quedan las vacilaciones sobre si tendremos la posibilidad de clasificar las diferencias de lo que hemos sido y lo que habremos de ser como raza… Y eso si es que sobrevivimos. 

Blade Runner 2049 de Denis Villeneve

Calificación: 4 de 5 (Excelente). 

sábado, 16 de septiembre de 2017

It

REDONDO.

It
Eso (Andy Muschietti, 2017)

Basada e inspirada tanto en la novela de Stephen King como en la producción televisiva de Tommy Lee Wallace de 1990, esta nueva adaptación de Eso se reviste y enmascara no sólo bajo las manías y caprichos de los tiempos actuales; pretextos de una generación que divaga en estructuras formales y se auto-reivindica y auto-ampara bajo los estereotipos que se limitan a los temas del sometimiento y la abnegación –de la cual se nutre el texto y la primera versión– sino que también acota su semántica a una función puramente estética que se sostiene de referentes aunados a la cultura pop reciente y que termina por allanarse, tornarse simple/plana, perdiendo la universalidad que logró la versión predecesora. La presente revisitación de Eso, entonces, a pesar de que su look pueda ser más “llamativo” a los ojos de los tiempos presentes, tiene una fecha de caducidad marcada en las sienes. 

Cimentada primariamente en la narrativa de la versión original, la cinta presentada se suministra de la lógica de esta para avanzar. Si bien obviamos el conocimiento previo inyectado en un público que varía  temporalmente en décadas, el sentido de este filme ilustra el desaire hacía el interés concreto del objetivo común; se abre a viñetas que se unen gracias al contexto ya conocido –del cual hace uso a conveniencia y con poca formalidad. La textura de la cinta se aleja de los motivos generales y aparenta el enlace de ellos bajo la amistad de los protagonistas cuando en realidad prefiere dotar a cada uno de independientes espacios –igualmente dispares– y pierde la unidad del encadenado. En su intento por refrescar el estilo se distancia de la forma y el ritmo se dispara de manera irregular; ritmo mismo que se amalgama sobre un sentido del humor ordinario y blanquecino que bien pudo obviarse por completo. 

El Eso de Muschetti pierde presencia en su misterio de diversas formas. El número de sus apariciones lo encasilla en una vago universo de posibilidades que poco o nada tienen que ver con la retórica del genero, o su propia naturaleza como el ente que está siempre al acecho de forma sagaz y con un grado fuerte de agudeza y oscura inteligencia. En esta ocasión, la posibilidad de dotarle no sólo de una voz con mayor espectro sino con la libertad de una alegoría y una prédica, lo hacen perder el mayor de su volumen. Sus elucidaciones hacía el final de la cinta terminan por ser sobre-explicativas, sus acciones le caricaturizan y su concepto de derrota es sumamente improvisado. Sin duda el tiempo se hace corto hacía el último tercio del encadenado y las resoluciones llegan de manera imprevista y con una velocidad no propia para la misma construcción del filme. 

Si bien el realizador apuntala cierto carisma con la elección de su cast, si bien apuesta por la gracia que desprenden sus actores en pantalla a través de sus miradas y gestos, la redondez igualmente falta al conjuntarlos todos a cuadro. Sumado a esto nos hallamos con la partitura de Benjamin Wallfisch, la cual no propone mucho y hace predecible los actos de diversas secuencias que a bien debieron mantenerse en un ejercicio propio de sigilo. El montaje de Jason Ballantine unifica las partes con un ritmo que hace que tenga cierta vigencia el seguimiento de los actos, pero no logra rescatar la homogeneidad de la trama. Por su parte, la fotografía de Chung-hoon Chung cede a una plástica que colorea a bien desde la nostalgia pero no sirve mas que como un espacio decorativo. 

Esta nueva adaptación de Eso termina por ser llamativa y resuelta a los cánones contemporáneos de entretenimiento, sí, pero al igual refleja a cada tanto la co-dependencia que tiene a la tradición y gusto que logró la puesta de hace 27 años. Se debe a ella tanto en su composición como en su mercadotecnia. No se libera ni se atreve a intentarlo. Se aprisiona en su seguimiento y se evapora en el propio camino que pretende acaparar. Este nuevo Eso resulta entonces en un simple desvío en la ruta de uno de los personajes más queridos en el mundo del terror occidental. 

Eso de Andy Muschietti

Calificación: 2.5 de 5 (Bastante Regular).