Replicantes.

Replicantes.
España, 2009.

Sunset Boulevard

Sunset Boulevard
España, 2009.

El que Busca Encuentra

jueves, 20 de julio de 2017

Lark’s Tongues In Crimson

Lark’s Tongues In Crimson.
Tres capítulos bajo pretexto de la cuarta
visita de King Crimson a México.



I.- A Young Person Guide To A Schizoid Fan.

Mi primer acercamiento con los Crimson fue cuando tenía alrededor de 17 años mediante una compilación grabada en un viejo cassette de 90 minutos que hallé dentro de una colección de cajas de zapatos que enfilaba, en su interior, viejas grabaciones bootlegs y rarezas de diversas agrupaciones en una pequeña vendimia musical a la que asistí con la total y adolescente intención de abrirme a las fronteras y sinsabores que el Rock pudiera otorgarme en aquellas fechas. El sui géneris coctel que uno podía hallar en dicha cinta, según las especificaciones que rezaba una mala copia fotostática al reverso de la misma, se basaba en grandes y no tan conocidos solos de guitarra que iban desde la brutalidad de Pantera hasta la sensual astucia de Jeff Beck, desde la limpia y sagaz agilidad de Stevie Ray hasta la jovial rebeldía de Pete Townshend y los Who. Si no recuerdo mal, me hice de ella por un precio no muy costoso y la coloqué un par de días más tarde en mi walkman mientras viajaba hacía casa en un urbano. 

El aliento y la confianza que le tenía a ese tipo de recopilaciones piratas era muy alta por aquellos años. Fue en algunas de ellas que escuché por vez primera a algunas de mis bandas favoritas: los Allman Brothers, Ten Years After, Cactus y Neil Young. No obstante, justo a la mitad del recorrido que separaba la entrada de mi casa con la parada del camión, un sonido etéreo y extraño comenzó a surgir, por sobre el ocaso de las esponjas de los audífonos hacía el interior de mis cavidades auditivas: metales apenas audibles –cuasi viento– que claramente preveían un rompimiento total a la atmósfera lograda. La extrañeza inicial se hizo de inmediato de mi interés y me dejé integrar a ella; a la pauta de su tiempo y su forma. Entonces todo sucedió, se abrió camino una explosión de múltiples colores y texturas. El poderoso riff –puente directo entre el Jazz (libre/acido) y el Rock (experimental/caotico)– junto a una voz casi distorsionada agitando un discurso radical, el malabarismo del sax, el vertiginoso fraseo y la desenvuelta batería me hicieron detenerme en medio de la banqueta, sacar la caja del cassette de la bolsa trasera de mi pantalón y tratar de adivinar de qué banda se trataba. Era el lado B, lo recuerdo bien. La cinta estaba casi a la mitad y aunque aún no conocía a algunas de las agrupaciones que en ella venían, di con la respuesta después de unos cuantos cálculos basados en distancia y recorridos de la cinta. Se trataba obviamente de King Crimson y su Schizoid Man, un total clásico del género que para mi se había mantenido aún entre las sombras pero que por fin salía a la luz. Por fin se me mostraba frente a frente sin tapujos y con todo su portento. Rompiendo una de mis más estrictas reglas, dejé que la canción terminara y rebobiné la cinta para escucharla de nuevo. Caminé rápido a casa y al cruzar el umbral la puse de inmediato en el estéreo para oírla con mayor potencia. Frente a las bocinas que adornaban la sala y el comedor se caía a pedazos una barrera antes desconocida que dejaba al descubierto una frontera, una frontera que daba la bienvenida a un espacio cuyos límites siempre se verían aumentados; rotos y blindados a la vez. Extrapolados a distintas aristas que siempre harían respirar su autonomía de todo aquello que le seguía los pies.

Mi historia con los Crimson, pues, comenzó de esa manera. Seguida, claro, de una sobria y hasta sosa investigación que me llevó hasta un tipo alto de pelo largo que siempre usaba gabardina (aún en tiempos de calor) y que contaba con parte de sus álbumes; algunos de los cuales accedió a grabarme. Entre esas copias me hallé junto al Islands, el Red, el In The Court Of The Crimson King y el Discipline. Este ultimo elegido para escucharse primero en base únicamente a los nombres de las canciones. Matte Kudasai y Thela Hun Ginjeet resultaban algo tan curioso como interesante para ser escuchado. Y si bien debo indicar que aún se mantiene no sólo como mi disco favorito de la banda sino como uno de los materiales discográficos que más me han marcado en vida, no hice más que saltarme a los otros, devorarlos, y al poco tiempo comenzar a coleccionar de manera oficial todo el material que pudiera encontrar de la banda en tiendas de diversa naturaleza cada que viajaba, cada que escuchaba de alguien que contaba con otro alguien que se atrevía a decir que podía conseguir lo “inconseguible”. Muchos sitios y muchos llamados después comenzaron a hacer de mi colección algo llamativo, algo de lo cual podía sentirme optimista y efusivo, fundamentos bajo los que armé una escuela que construyó parte importante de mi personalidad. Humor, ficción, rigor, caos, regulación y ruido como elemento imperante de la cualidad y sofisticación del sonido. 

Cuando el internet comenzó a tener un poco de fuerza, los foros especializados se dieron paso y yo a inscribirme a la mayoría de ellos para obtener más pistas sobre el universo que se cernía sobre la banda. Información que nutrió durante algún tiempo un cierto orgullo personal a razón de sentirme parte de una familia que disfrutaba de los mismas gradaciones, de los mismos colores y los mismos temas líricos y tonales. Incluso llegué a envidiar a aquellos que lograron presenciar los primeros conciertos que diera la banda en el país sobre el foro del Metropolitan los días 3 y 4 de agosto de 1996 bajo la formación del Doble Trio (quizá una de mis favoritas). El benevolente recelo que les tenía, el encanto que resonaba en mi mente con aquellas platicas cuando los describían lograron por fin acallarse cuando en 2001 se anunció el regreso de la banda con tres fechas sobre el mismo foro. Las citas eran para el 17, 18 y 19 de agosto. Mi acceso indicaba la primera fecha y significaba, entre tantas cosas, el cierre de un ciclo muy largo. La virginidad de la experiencia, el asombro y la euforia de mi edad no me dejó a bien guardarlo con lujo de detalle en la memoria, pero aún conmemoro fuertemente que hacia el final del concierto la banda regresó para un encore un tanto obligado por los aplausos y chiflidos de la audiencia para interpretar, bajo el jubilo de todos, Frame By Frame.

Una semana después ingresaría a la universidad y comenzarían algunos cambios de manera latente como en todo tipo de proceso de cambio. En aquella etapa King Crimson se tornó en una banda de culto para mi; una aprehensión que en ocasiones quería compartir y a veces tan sólo guardarme con cierta desconfianza. Fue una época de cambios y vaivenes. Como pude comenzar a conocer más fanáticos de la banda pude de igual manera hacerles experimentar a otros tantos sus ideas y sonidos. La mayoría nos los aceptaban de primera mano pero a la segunda o tercera vuelta le encontraban forma a cierta parte de su desazón. Para el 2003 –19 de noviembre– no pude asistir a su presentación en el Auditorio Nacional y dicha ausencia siempre se me quedó grabada bajo la forma de un eco que soplaría dentro de mi con cierta nostalgia y melancolía. Un enojo y un vacío que se tornó en la total interrogante de si algún día podría volver a verlos. Un cuestionamiento que con el tiempo, es cierto, comenzó a incrementarse bajo la forma de un ardor que oxigenaba el día a día. Una severa duda que como ya es por todos conocido, tendría en efecto una respuesta. Sólo que habrían de pasar 16 años para conocerla. 


II.- In The Road To A Crimson's Date.

La primera vez que pude ver a los Crimson en vivo fue acompañado de una de mis hermanas y su novio del momento, un asiduo y ferviente adicto a los primeros álbumes de Pink Floyd que solamente disfrutó la ejecución de Elephant Talk durante el concierto. Casi puedo asegurar que tanto él como mi hermana no disfrutaron del todo la noche cuando para mi fue bastante placentera. Pero eso era algo que resultó hasta cierta parte lógico. A bien su comitiva se debía básicamente a mi inexperiencia en esa clase de eventos; a que aún no contaba con dinero propio y la clara tradición de chaperón y chaperona ante un goce que casi nadie en mi familia aún reconoce y/o comprende. No obstante, las notas de Fripp escalando las paredes del aforo en la parte calma de VROOOM es uno de los abrazos musicales a los que más recurro en mis memorias cuando quiero sentir un cierto apego de paz. Contrario a ello, recuerdo muy bien que en la vendimia informal de avenida Independencia, al final del concierto, un taxi me pasó arrollando el talón derecho mientras veía parte de la mercancía. Fuera del dolor y un pellejo suelto que tardó unos quinces días en sanar, me hice de una camisa que si bien nunca me agradó del todo (aún no se a bien que fue de ella) siempre hubo algo de honor cuando la portaba. Era como sentirme unos cuantos centímetros más alto y ver a las personas desde una altura invisible donde congeniaba cierta pasión que sabía que no compartirían conmigo. Mi gusto con King Crimson, entonces, se tornó en una relación cuasi en solitario. 

Durante largos años me concentré en seguir conociendo el mundo del Progresivo, sobre todo el clásico. Mis oídos viajaron a todas las esquinas disponibles; intenté hallar todas las limitantes que podía otorgarme el género. Por meses pasé horas enteras oyendo álbumes de Yezda Urfa, Gnidrolog, Änglagard, Magma, Camel, Premiata, Harmonium, Van Der Graaf, Gentle Giant, Zappa, Focus, Mahavishnu, Bacamarte, y también de Gong, Caravan, Le Orme, Gryphon y demás. Sin dejar de lado, claro, las bases de Genesis, Yes, Rush, Jethro Tull y tantas otras firmas que siempre me han mantenido fresco ante las nuevas inventivas generacionales. El cascarón que se fue armando alrededor mío no tenía nada que ver con un muro, para nada. Más bien se trataba de una alcoba mental que llenaba a manera de mural con afiches apasionantes en conjunto con el Jazz. La música era un refugio y un escape, la prisión y la libertad. Era un fragmento del día y la vida en su totalidad. Nada había que me sacara de ella y nada había que me hiciera negarme al gusto de los proyectos que fueron surgiendo de los miembros de King Crimson. 

Alejado con nostalgia del hogar, el 3 de mayo del 2009 tuve la oportunidad de asistir a la presentación que dieron los Stick Men, proyecto paralelo de Mastelotto y Levin junto a Michael Bernier, en la ya tristemente extinta sala Ritmo & Compás de Madrid. Incluso tuve la suerte de que me dejaran entrar al soundcheck por un atraso del cual no tuve notificación y así poder reconocer al trio mientras ensayaba. Cuando se despidieron del staff para ir al camerino y ultimar los detalles del concierto, el buen Tony tuvo la amabilidad de saludarme personalmente a escasos metros de distancia. Si se lo preguntan, no, no me atreví a pedirle que se me tomara una foto conmigo. Cerveza en mano, los nervios se quedaron en los labios y enmudecí por completo. Pero no me arrepiento, pues en todo momento estuve justo frente a su posición –y en primera fila– para poder disfrutarlo en cada ejecución. Aún guardo una foto que le tomé ese día junto a su Chapman Stick apenas iluminado por el haz de luz de uno de los reflectores. Por cuestiones laborales no pude repetir la dosis cuando se presentaron el 1º de noviembre del 2014 en el Centro Cultural Roberto Cantoral.

Ya en casa, con la compañía de una serie de colegas con los que compartía las experiencias y gustos de la banda, presencié el concierto que diera Adrian Belew el 29 de enero de 2012 en el Plaza Condesa. En aquella etapa se hacía acompañar de Julie Slick en el bajo y Tobias Ralph en la batería. La energía desatada en contraste con la inusitada belleza de sus momentos en solitario sobre el escenario (incluyendo un sendo tributo a Rita Guerrero) hicieron una noche de magia y de sorpresas. No hubo quien no quedara encantado bajo el manto de un estilo que pocos pueden llegar a acercarse. Triste fue saber que cuando Fripp reanimó al Rey Carmesí después de un considerable receso, varios miembros de las pasadas etapas, incluyendo al mismo Belew, ya no estaban. 

La salida del A Scarcity Of Miracles un año antes del concierto de su otrora cantante y guitarrista ya había hecho saber que la mirada de los Crimson volvía a mutar. En esta nueva versión los sonidos se engalanaban; una cierta madurez en la experimentación la tornaban más sutil pero aunada a un dejo de espesura que llamaba hipnóticamente a su cauce. A algunos, sí, les costó la aceptación del nuevo viraje Crimsoniano pero al final todas las piezas fueron cayendo poco a poco para bien. Las noticias a cuentagotas de nuevas presentaciones, los rumores de las nuevas alineaciones que comenzaban a formarse dieron de que hablar entre los seguidores (igualmente algunas grabaciones que se fueron dando a conocer a ritmo parsimonioso) hasta que todo recayó de manera más formal en la gira que se documentara en el Radical Action To Unseat The Hold Of Monkey Mind, que saliera el año pasado demostrando que la banda estaba de vuelta y con un garbo increíble. Con un sonido sumamente potente arraigado en tres baterías como base de un estruendo y un caos sumamente bien organizado. El arribo a México era entonces inminente con base en algunas entrevistas y filtraciones de comentarios del propio Fripp en sus sitios oficiales. Fue en marzo de este año que se dio por fin el tan anhelado anunció oficial y la respuesta fue más que favorecedora al abrirse cinco fechas (14, 15, 16, 18 & 19 de Julio) en el ya clásico Metropolitan. Una huella física ya registrada en el adn de los fans.

Después de horas de angustia y lucha por conseguir una entrada, confirmé mi asistencia. Dieciséis años después me habría de ver nuevamente cara a cara con una de las agrupaciones que más me han cambiado el gesto y el placer auditivo. Estudié a detalle las novedades, la conformación de su nuevo sonido y los arreglos que habían hecho a algunos de los temas; las emociones comenzaban a surcar la piel. Cuando se dio inicio a la parte de la gira que los traería de nueva cuenta al país se dieron una serie cambios que sumaban aún más al deleite imaginado. Nuevas canciones se sumaban al repertorio, un nuevo miembro salía de su año sabático y se integraba a la alineación para hacer del ruido algo aún más poderoso. Más caos y más indisciplina sobre un escenario montado que ya reconocía por las grabaciones pero que me hacía falta verlo y vivirlo en carne propia. 

Fueron largos 5 meses los que tuve que contar para que llegara el día. La segunda fecha estaba impresa en mi boleto, boleto que guardé abrazado en medio de las hojas del booklet del Deja Vroom. Si bien debo hacer una confesión, cada cierto tiempo revisaba que aún se encontrara allí. No quería que desapareciera como por arte de magia, quería seguir añorando el paso del tiempo y el arribo de la fecha. El verlo me daba esas esperanzas, me encadenaba los pies a la tierra que me aseguraba que nuevamente los vería y que cada vez faltaba menos. Los granos de arena se fueron turnando a su ritmo y el día, la hora y el lugar se presentaban frente a mi. Esta vez solo, con mi propia economía, con mis propias energías y sin chaperones. Éramos yo y el placer de escucharlos otra vez.

3 lustros y un año más tarde me veía frente a ese recinto en cuyas marquesinas se mostraba nuevamente en letras doradas el nombre de la banda. Sobre la avenida me hallé con aún más vendedores que la vez pasada, opté por darle una vuelta a la zona y adquirir algunas cosas para no hacer las compras al termino del evento –el anecdotario con el taxi retornó. Ingresé entonces al teatro con bastante tiempo de antelación; en la puerta me señalaron mi zona para cuando quisiera tomar asiento pero primero me hice de una fría bebida de malta, me acerqué a la mercancía oficial y fui al baño un par de veces. Cuando por fin pude ver de frente a mi los instrumentos en completa soledad, logré deshacerme de ese malsano silencio que siempre había querido derrocar. Era cierto que faltaban todavía algunos minutos para que todo comenzase, para que los 8 miembros salieran por uno de los costados y se diera paso al sonido y al matiz. Para que se rompiera la sequía, pero para mi todo era ya una realidad. Era vivir dentro de un blanco espacio guardado entre los años con los ojos bien abiertos. Tan sólo había que esperar a que las luces se apagaran. 


III.- A Radical Crónica Tour.
King Crimson. Teatro Metropolitan. 15/07/2017.

Salí de las inmediaciones de la TAPO con dirección a la línea B alrededor de las 17:40. Bajo el brazo llevaba únicamente un rompevientos y un libro que no pude terminar de leer en el trayecto; entre sus hojas resguardaba mi ticket de regreso y el boleto que me daría la entrada al Metropolitan. Me hice de dos viajes para el metro y subí las escaleras entre los olores de tacos de canasta y ese aroma tan característico de la ahora recién nombrada CDMX. Esperé bajo el letrero que rezaba la dirección Buenavista e ingresé a un convoy medianamente vacío. Tomé el asiento más próximo y di una pequeña exploración de mis compañero de viaje.  Un señor de edad mayor enfrente mío y una familia joven (padre, madre, par de hijos) al lado suyo. A escasos metros un hombre se debatía fuertemente entre las recalcitrantes brazadas del sol y los suspiros de morfeo, por más que cambiaba de lugar no lograba vencer al cansancio y la peculiar partitura de cabeceos que hacían darle. Sus inspiradores intentos por querer despertar se desvanecían como agua entre los dedos mientras todos hacíamos caso omiso de su situación. La posible ternura que pudiera desatar su estado desaparecía por completo al verle la forma irregular de sus labios mientras bostezaba en combinación con el rojizo de sus ojos. Con el tren detenido en la estación Guerrero se posó a un lado mío a través de un salto improvisado y me dedicó un par de miradas inquisitivas. Traté de no responderle de ninguna forma y esperé al clásico pitido del cerrado de puertas para salir del vagón. Y cual personaje de The French Connection me hallé en el anden con el tiempo necesario para poder ingresar a otro vagón del mismo convoy. Sorprendido por mi inconcebible agilidad, llegué a Garibaldi para pintar por fin la ruta de rosa y sentirme más cerca de mi destino. Fue allí, confieso, que los nervios por fin se presentaron bajo un temblor recalcitrante en las parte superior de mis rodillas.

Al salir de la boca del metro Bellas Artes crucé hacía al parque de la Alameda para atravesarlo de manera cautelosa. Esto no como medida preventiva hacía el delito sino porque quería sentir a cada paso como se iba rasgando la bandera temporal que me llevaría a la esquina de la Avenida Juárez y José Azueta. Siempre que asisto al Metropolitan me encanta dar esa vuelta y encontrarme de frente con la marquesina del lugar. Me hice de un gatorade en un seven eleven para recobrar algunas sales y seguí el curso hacía la mentada esquina. A los pocos metros de dejar a mis espaldas el Museo de la Tolerancia me topé con un tipo que llevaba sobre su pecho uno de los pases Royal Package del evento y sentí un poco de celos. Con dicho peso sobre mis hombros, y el orgullo un tanto agazapado, continúe sobre mis pasos. El ambiente comenzaba a ser secuestrado por diversos sujetos que vestían playeras con el nombre de la banda, estampados de otras tantas asociaciones progresivas y festivales de renombre. Al llegar a las inmediaciones del Hilton City aminoré el paso, quería sentir ese giro que se avecinaba lentamente y por fin leer a la distancia a lo que había venido. A aquello que había reunido a ese conjunto de gente que nos mirábamos con esperanza.

Faltaba alrededor de media hora para la hora pactada cuando opté por bajar al bar del Teatro. Allí pregunté al personal sobre los horarios en que había comenzado y concluido la presentación del día anterior. Dada la información me hice de un par de cervezas y una ida al baño extra para posteriormente regresar a mi asiento y esperar cómodamente el inicio del show. El aforo principal comenzaba a verse ya ocupado mientras los asientos que me flanqueaban estaban sin presencia. Decidí parar oreja ante los rumores que venían de la fila de atrás; se trataban de tres señores, ninguno de ellos acompañado, que prontamente realizaron una especie de pacto amistoso. Uno venía de Costa Rica y había asistido con Royal Package a la primera fecha. No dijo mucho de interés más que al experimentar lo que habríamos de vivir en poco tiempo, se había decidido por repetirlo y pedir específicamente un boleto en esa zona. Según sus cálculos, ese sería el mejor lugar para ver y escuchar a la banda. Regocijado entonces por mi situación, no tuve sorpresa mayor salvo la llegada de quienes habrían de taparme un poco la visión. En los asientos de enfrente se sentaron un padre y su hijo que daban la pinta de ser bastante acaudalados. Se entendía claramente que el padre había llevado al hijo (pelo largo asombrosamente bien cuidado) para compartir algunos de los pocos resquicios de unión que aún podían presumir juntos. A su lado un tipo que, al contrario de este ultimo, su estilo de su peinado se debatía fuertemente entre lo descuidado y unas posibles rastas, así como su novia que al final resultaron ser bastante amenos. Un par de asientos sobre mi derecha le dio la bienvenida a una pareja que poco o nada tenía que ver con los seguidores de los Crimson. Ella con un rostro de no saber qué hacer en ese sitio, él con saco sport y tenis que nada más tomar asiento empezó a lanzar comentarios incisivos a quienes veía pasar con un look parecido. Es preciso decir que si bien la agrupación desde 1968 se ha hecho de un público fiel, a este concierto se dieron cita diversas personalidades de la sociedad ajenas a esa camarilla. A razones obvias, el evento en si se tornó de un interés cultural elitista y muchos, conocedores o no, estaban en parte obligados a asistir.

Con un asiento libre a la diestra y tres hacía a mi izquierda, el anuncio que reforzaba la exigencia de no tomar fotos y videos con una voz fémina españolada hizo que las primeras ovaciones se escucharan. Segundos después el mismo mensaje salió del sonido local pero ahora con el elegante y metódico acento inglés del propio Fripp. Recibido este, las luces perdieron su fuerza y salvo el escenario, todo quedo a oscuras. El arribo de los 8 integrantes nos hizo levantar, vitorear y dar una marejada de aplausos hasta que la calma y el silencio fueron otorgados. La grabación de un conteo comenzó a escucharse y al poco de terminarse Jeremy Stacey dio los primeros golpes a su batería. “Neurotica” se dio paso. El caos original de la canción más los nuevos arreglos que se habían preparado para todos los músicos frente a nosotros presentaban el estilo de la noche. “The ConsctruKction Of Light” y su matemática regulada –obviando la lírica original y dejándole ese peso a la flauta y sax de Mel Collins– mantuvieron la expectación; la extraña belleza de Crimson estaba situada ya en el aire. Durante ese momento, un tipo de chamarra de cuero se abrió paso por mi fila y se instaló improvisadamente a mi izquierda. Me hizo un par de comentarios que traté de responder lo más brevemente posible para no distraerme de lo que pasaba enfrente nuestro. Me percaté de un cierto aliento alcohólico pero lo dejé pasar, todo mundo tienen derecho a gozar en el estado que prefiera: llevaba una cerveza en mano que dejó a un lado suyo. Le señalé un par de veces el escenario y se postró hacía ello haciendo tan sólo una alusión de elogio hacía la excelsa labor de Levin. “Pictures Of A City” gritó nostalgia. Proveniente del segundo álbum de la banda resultó una verdadera máquina del tiempo que todos aplaudimos y cantamos con ahínco. Como dato cultural, mi ahora acompañante la confundió con “One More Red Nightmare” a cada segundo e intentó encajar la letra de una por la otra. “Radical Action III” se presentó ante un silencio sorpresivo pues es uno de los temas nuevos de los cuales casi no se había tenido muchas noticias por estos lares. “Red” lo cambió todo. La energía y desenvolvimiento de cada uno de los integrantes nos dejaron anonadados. La disciplina y coordinación de los tres baterías era casi imposible de seguir. Acabado el tema la mayoría de la audiencia se levantó de sus asientos. Detrás mío, uno de los tres caballeros (los nuevos Tres Amigos) coreaba a toda garganta “Viva Wetton”, “Viva Wetton”. Fue entonces que recordé que no hacía mucho que lo habíamos perdido, que se encontraba ya en el Olimpo de los dioses del Rock. Quizá por un poco de suerte, quizá bajo un establecido y meticuloso plan, “Epitaph” comenzó a sonar y desde las primeras notas el suspiro de asombro acompañó al tema. Estábamos ante una de las melodías que alguna vez cantara originalmente Greg Lake, también no hace mucho desaparecido. Bajo esa euforia se vino otro de los temas nuevos no muy conocidos por la audiencia en general “Devil Dogs Of Tessellation Row". Con ese respiro que nos otorgaba la banda me hice de otro acompañante. Para flanquearme el lado izquierdo arribaba una joven que a pesar de llegar tarde envestía una larga sonrisa por poder estar ahí. Jamás topé palabra o mirada con ella pero se sentía su orgullo y alegría de estar presente. “Cirkus” y “Lizard” nos regresaron nuevamente a los primeros trabajos de la agrupación. Temas que más que corearse nos abrían el paso a más admiración por la forma tan fina en que se ejecutaban. “Fallen Angels” de nuevo abrió nuestras gargantas. Desde hacía unos meses era sabido que dicha canción se integraba casi de manera obligatoria a todas las fechas de la gira. Fue un caso especial pues nunca había sito tocada en vivo, ni siquiera en la gira original. “Islands” empero fue un respiro de belleza y sutileza, un bálsamo que nos dejó marcados en nuestros respaldos observando y viajando por espacios que hasta hacía poco no éramos capaces de sentir. Y tras los aplausos, el primer receso. 20 minutos nos dividían de la segunda parte del concierto. 

Cervezas recargadas en los portavasos, cuchicheo generalizado y comentarios de asombro en la cercanía. Todo eso se vendría abajo cuando las luces de nuevo se apagaran. En los últimos instantes del primer set mi acompañante me había ofrecido de su cerveza a pregunta expresa de si yo bebía, pero me negué. Para no hacerme el necio regresé con tiempo de sobra para presumirle mí recién llenado vaso, pero no se encontraba en su lugar. Aparecería ya comenzada la segunda parte y su estancia sería itinerante hasta que su ausencia se hizo fija. Con las primeras notas todos sabíamos a los que nos enfrentábamos “Lark’s Tongues In Aspic Part One” nos ofreció los verdaderos límites de King Crimson. La mítica composición de1973 nos regocijó a cada segundo con su experimentación, incluido el pequeño tributo nacional del Himno Mexicano entre el solo de flauta de Mel Collins. “Indiscipline” continúo en ese tenor. El tema que a bien reorganizó el estilo de la banda en los 80 resonó de una forma brutal bajo la nueva alienación. Los cambios de tiempo y el juego de armonías fueron simplemente ensombrecedores. Entre aplausos y chiflidos la banda se detuvo, agradeció humildemente y del silencio posterior se dio cita "In The Court Of The Crimson King”, una de las canciones más coreadas y que le abrieron paso a una competencia un tanto extraña en las primeras filas. Dos pelirrojas se levantaron de sus asientos, cada una de ellas a cada orilla del teatro para o bien hacerse sentir la música de mayor manera, o bien hacerse notar ellas con las mismas intenciones (en lo personal me inclino más bien por la segunda). Dicha aportación visual ya se venía dando incluso desde Epitaph, pero fue aquí donde las cosas comenzaron a ser más vistosas y para algunos, es cierto, con resultados un tanto molestos. “The Hell Hounds Of Krim” nos mostró la real potencia de los tres bateristas sobre el entablillado. La composición/solo que ya se había popularizado en la red no dejó momento sin suspiro y completamente en vivo fue un caso sumamente especial y diferente a las sesiones ya conocidas. “Meltdown” y “Radical Action II” como parte del material nuevo nos llenaron el oído de tal forma que con ansias esperamos ya un nuevo material de estudio. “Level Five” y toda la carga enérgica que conlleva cerró el segundo set. El desgaste y la potencia fue total. El agotamiento se notaba en ambos lados del aforo pero aún faltaba más. Sí, faltaba un poco más.

Con la totalidad de la audiencia de pie, la banda no tardó en regresar y tomar de nuevo posiciones. “Starless” rasgó entonces la energía otorgada previamente y una vez más Crimson dio cátedra de ritmo, de pausa y crecimiento pormenorizado hacía el estruendo. “Heroes” de David Bowie hizo que los protocolos quedaran obsoletos y en segundos no se encontraba nadie sentado en su lugar. Incluso un tipo de las primeras 5 filas comenzó a grabar con su celular, aunque claro no tardó mucho en recibir la visita de uno de los jefes del Staff con cara de muy pocos amigos. A razones que no entendí del todo, el mismo tipo de barba amplia y reluciente calva alumbró mi fila buscando a alguien con las mismas intenciones pero lo único que consiguió fue un saludo burlón por parte del tipo con saco sport y tenis. Si me sincero un poco, creo que fue esta la parte que más le entretuvo en toda la noche pues siempre se mantuvo con una cara de abatimiento desmedido. “21st Century Schizoid Man” dejó a todos sin garganta. Tanto en las partes líricas como en las partes instrumentales. El ambiente era tan ensordecedor que mi grito de “Son unos chingones" no fue escuchado ni por mis propios oídos. Durante el solo de Gavin Harrison quedará siempre el detalle de tocar en su pad electrónico el riff de Smoke On The Water que todos aplaudimos ante la espera del final. Y acabado el tema, como era ya sabido, debía de darse el último ritual. El último suspiro. Con todos los integrantes de pie, Tony se llevó su cámara a las manos e hizo algunas tomas para su sitio oficial. Junto a él varios hicimos los mismo (era el único momento permitido para hacerlo) y después salieron uno a uno por el mismo costado de donde habían surgido y todo, por fin, se había acabado. El sueño se hallaba agotado.

No pasaron muchos días para que subieran a la red algunas de esas fotos que tomara Levin a la audiencia. Y en cuanto me enteré, rápidamente las chequé y me busqué por todos lados. Para sorpresa de muchos, me encontré en un pedazo de pixel. Un simple pixel, sí, pero no me siento a menos, pues ello me ha hecho obligadamente reflexionar de manera un tanto romántica mi perspectiva de la fecha vivida. Desde que me hallé de una forma minúscula en dicha instantánea, sé que todos los participantes de esa noche ya formamos parte gestalt de la banda, de su estructura y su pintura armónica. Somos parte de ella, mínima si se quiere ver, pero de manera imperante en su historia, en su vida y en la nuestra propia. De alguna forma nos turnamos los roles cuando su música resuena para hacernos sentir el mismo ente dentro de la disciplina de sus notas. Somos una familia esparcida por el mundo que nos rebasa y nos hace caminar con una sonrisa malévola por las calles al poder decir que King Crimson está inscrito en nuestros oídos, nuestros ojos y nuestra piel.

Epitaph.

Cuando las luces de sala se prendieron fuimos desalojando con calma pero sin brotes de real tristeza o nostalgia. La imposibilidad y los limites nuevos de la música que habíamos escuchado aún nos mantenían en un estado plenamente catártico. Salíamos, pues, con un espíritu renovado, fuerzas revalidadas y una alegría interna fascinada. No sé a bien que fue de los personajes que estuvieron en mi cercanía; la verdad es que tampoco me interesa tanto. Sólo espero que si bien era su primera, segunda o enésima vez que experimentaban algo así, lo hayan disfrutado tanto como yo, o incluso más. En lo que a mi respecta, a bien no recuerdo mis pasos hasta hallarme de nuevo en la avenida, cómo fue que llegué allí. El templado de la noche citadina fue el que me hizo despertar. Y con el taciturno sábado a nuestras espaldas –mientras muchos comenzaban a planear la noche– a mi me esperaba únicamente un largo viaje de regreso a casa. Pregunté la hora a un guardia de seguridad y me decidí por intentar llegar al metro. Siguiendo casi los mismos pasos que diera hacía unas cuantas horas bajo una velocidad completamente diferente, me encontré de nuevo en la Alameda; ya no cargaba únicamente un libro y un rompevientos, ahora resguardaba una bolsa llena de mercancía tanto oficial como informal. 

Halladas con cadenas las entradas del transporte público no tuve más remedio que tomar un taxi y esperar alrededor de una hora la salida de mi autobús en la central. Durante el viaje dormí sin tener a bien un sueño; de eso ya había tenido bastante. Digamos que pensamientos vagos comenzaron a sondear mi mente. Digamos que King Crimson aportó en esta ocasión más de lo esperado, que es de admirarse que su evolución ha sido siempre constante, ascendente y de alta calidad. Que si bien no es una banda que sea para todos, sí es de reconocerles el siempre esfuerzo que tienen por encontrar caminos nuevos. Caminos que no muchos toman y quienes se atreven no logran del todo llenar. Que cada uno de quienes han formado parte de la agrupación han dado un aporte magistral a un conjunto que ha logrado lo que pocos en cada una de sus etapas. Eran alrededor de las 6:00 horas cuando el camión detuvo la marcha.
El sol apenas asomaba en el horizonte cuando de nuevo pisé las calles de mi cotidiano vivir. Algunos trazos carmesí entre las nubes me dieron buen augurio y esperé el camión cuya ruta me llevaría a casa. Recostado en el cristal, mientras veía como la ciudad poco a poco se llenaba de energía, recordé aquella primera vez que escuché a la banda en un viejo casette pirata. El play, el stop, el rewind y el ciclo de nunca acabar que me había llevado hasta esa madrugada de domingo recorriendo mi ciudad en un urbano. Recorrí las calles de mi barrio tratando de hallarme una vez más sumido en los pensamientos y emociones de aquel adolescente de 17 años. Sonreía pues no creía lograrlo con tesón, pero al cruzar la puerta de la que ahora es mi casa, llegué literalmente a la misma armoniosa conclusión que en aquellos viejos años: de ahora en adelante, nada volvería a ser igual.


KING CRIMSON: Robert Fripp, Jakko Jakszyk, Bill Riefllin, Tony Levin, Mel Collins, Pat Mastelotto, Jeremy Stacey & Gavin Harrison. 



SETLIST. Set 1: Neurotica, The ConstruKction Of Light, Pictures Of A City, Radical Action III, Red, Epitaph, Devil Dogs Of Tessellation Row, Cirkus, Lizard, Fallen Angels, Islands. Set 2: Lark’s Tongues In Aspic Part One, Indiscipline, The Court Of The Crimson King, The Hell Hounds Of Krim, Meltdown, Radical Action II, Level Five. Encore: Starless, Heroes, 21st Century Schizoid Man.

martes, 16 de mayo de 2017

Alien: Covenant

REDONDO.

Alien: Covenant
Alien: Covenant (Ridley Scott, 2017)

Tratando de dar continuidad al discurso exploratorio que inaugurara Prometheus (2012) dentro del universo Alien, Scott se aventura con esta especie de secuela que deja tanto deudas como vacilaciones dentro de su hechura y entramado; un encadenado, sí, que se aqueja y adolece en la mayoría de sus aristas –más cerca del capricho que de una construcción cinematográfica manifiesta. Y es que a pesar de seguir las formulas impuestas por la saga predecesora, la película no encuentra forma alguna que pueda integrar al público. La espesura y parsimonioso ritmo  aniquila el interés de quienes no son seguidores de este universo, al tiempo que desvanece la curiosidad y disposición de los fanáticos más recalcitrantes. La producción se siente al vapor: alzada más como un llamamiento de taquilla a beneficio de la cartera que como una introspección a los temas que había dejado abiertos la pasada cinta. 

Resulta igualmente curioso como la mano de un director veterano como Scott, que si bien en ocasiones ha dado sus tropiezos, se nota endeble en casi todo el metraje. Sin muchos riesgos que tomar y siguiendo un guión sumamente carente de gracia que en su  gran mayoría se estanca en lugares ya no digamos comunes ante la saga, sino ante el  propio caminado andado y presentado desde los primeros minutos. El trabajo de John Logan y Dante Harper, pues, no sienta bases atrayentes tanto con el filme a realizar como con las puertas y cavilaciones que quedaron a medio abrir en Prometheus. No se exige ni demanda, se anida en sitios de referencia sin explorarlos con interés. Los roza de manera superficial apostando a que la estética le diera un volumen mucho más opulento y adecuado, pero esta tampoco lo logra y no sirve de mucho. 

La jugada de Scott resulta entonces una puesta en cámara que aleja a los personajes. Su ataque a las escenas es ajena a los miembros de la nave. No logra implicarnos, mucho menos identificarnos con ellos pues no hay una construcción precisa con sus histriones: no hay apego, casi nada en juego al cual unirnos con cada uno (o alguno) de ellos para asirnos a sus sentidos de supervivencia. Su apuesta, obviamente, queda centrada en el antagonista: Fassbender en dos roles que únicamente le auxilian a dar una actuación sumamente irregular y que le pasan factura en las escenas que debe compartir consigo mismo. Escenas que se notan como el emplazamiento clave en el aspecto discursivo; momentos pensados para armar la complejidad de los cuestionamientos y declaraciones expectantes para el armado de la lógica de lo que se planea como una segunda saga, pero estas terminan  lamentablemente por estar faltas de carácter: risibles, artificiosas y hasta cursis. Diálogos abigarrados y estridentes; líneas por demás explicativas y pomposas en pos de allanar un espacio pseudo-filosófico. 

Los elementos técnicos, por su parte, se acomodan a la mano propia del realizador. La partitura de Jed Kurzel pasa desapercibida por gran tiempo dentro del filme hasta que innegablemente es expuesta a leguas y por sobre la obra en si. La fotografía de Dariusz Wolski es eficiente pero no es sumada al predicamento de la cinta, su plástica queda relegada a un mero acompañamiento escénico. Mismas notas podríamos decir del montaje de Pietro Scalia; quien mantiene ese moroso ritmo que no hace avanzar a la cinta en varias de sus secuencias. Su mano es repetitiva y de una quietud no muy colaborativa. 

Ahora bien, si Ridley Scott aun mantiene un ritmo presumible en cuanto a producciones, es evidente que a sus casi 80 años un pequeño descenso marca sus más recientes películas. Alien: Covenant dista mucho de una obra bien manejada, su legado queda alejado de la cultura pop en la cual quedo inscrita de manera sobresaliente hace 38 años. Y aunque en partes pueda a llegar a ser entretenida, es triste ver como una tradición entrañable se desnuda ante nosotros para quedar en la plenitud de un desencanto.

Alien: Covenant de Ridley Scott

Calificación: 2.5 de 5 (Muy Regular). 

martes, 18 de abril de 2017

Aquarius

REDONDO.

Aquarius
Aquarius (Kleber Mendonça Filho, 2016)

En Aquarius, segundo largometraje ficción de Kleber Mendonça Filho, todo resulta pasmosamente natural. Cada rincón de su filme termina por absorber el carácter y la sencillez de los espacios a los que nos tendremos que cernir. Asimismo el sentimiento y la impresión de sus personajes que se convierten en puntos de vista plenamente honestos que el director logra inscribir en una obra sobresaliente: sus viñetas de la vida en Recife parecieran una ventana abierta al mundo para saborear los colores, sonidos e inquietudes de dichos parajes. La barrera de la pantalla se pierde en un pleno estado de franqueza para dejar de ser un espectador y formar parte de la vida de nuestra figura principal.

Bajo una preeminente estética que abraza desde los primeros minutos, las partes que conforman el encadenado aprietan un fuerte estado de nostalgia, lucha y herencia que habrán de irse desarrollando a base de altibajos durante el metraje y que, claramente, marcarán de forma racionada el ritmo (aveces opresor, aveces nativo) de la cinta. Aquarius, pues, resulta afín a la vida común, a la gente que está a punto de perder una parte importante de su pasado e historia y que habrá de luchar por el no desde las garras del sistema o el rencor, sino desde la pasión de vivir y seguir viviendo para conmemorar lo que no debe dejarse nunca atrás.

Con una puesta en cámara sutil pero eficiente, con poderosas y bellas composiciones que exaltan lo franco y habitual de nuestros personajes, la trama se da paso a través de tres capítulos que nos ofrecen las razones y objetivos en la lucha de Doña Clara; mujer de simples placeres que es presionada por vender el departamento en el que ha vivido la mayor parte de su tiempo; en el que ha dado vida y ha luchado por la continuidad propia de le existencia para así dar paso a un complejo más lujoso y moderno; ad hoc a nuestros tiempos. Como afamada crítica musical, su oficio agrega un valor agregado e importantísimo a la obra: las melodías utilizadas nos preparan e inundan: vierten en el recipiente fílmico una lógica donde se logran sobreentender los silencios y miradas. Las piezas sonoras llenan espacios, marcan rumbos y dan volumen a diversas acciones cuya razón al parecer es simple y llana. La música en Aquarius no sólo acompaña sino que narra y describe al igual que los diálogos y las acciones. Es parte del carácter y se desenvuelve dando forma al patrón de la diégesis instaurada.

Los aspectos técnicos también apoyan a la frescura de la película, sus aristas se despliegan con tal propiedad y elegancia que su toque es enérgicamente imperceptible. El montaje de Eduardo Serrano mantiene siempre la acción en una cadencia minuciosa e interesante. La decoración de Bob Kensinger es conmovedoramente ordinaria, habitual; sus recovecos aspiran a ser nuestros. Ayudan, claro, los diseños de Juliano Dornelles y Thales Junqueira. Por su parte, la fotografía de Pedro Fotero y Fabricio Tadeu enmarcan de igual manera un mundo al cual ambicionar. Bello por el cual andar y sobre todo, por el que luchar. 

Heredera de la nueva mano social que ha puesto como sello el cine brasileño de los últimos años, esta nueva cinta de Kleber Mendonça Filho está nutrida y madurada por el camino andado de anteriores realizadores que han alzado y alzan cada vez más el límite de lo que podemos esperar. Aquarius es, entonces, una bellísima cinta que de forma simple, pero a través de severos detalles y profundidades, retrata a esta dama adulta que se decide por la vida: viuda, sobreviviente del cáncer y amante de la música que mira siempre hacía al mar, su horizonte. Sabedora que los detalles no están en romper las barreras del tiempo sino en la conjugación de los mismos, en las experiencias que nos dan los mejores pasos en un paseo familiar y los mejores bocados, en las amistades y las pistas de baile también. En las notas que nos cambian la vida y siempre nos harán escuchar la verdad que cada uno lleva para siempre al ser tocadas y presentadas a la vida.

Aquarius de Kleber Mendonça Filho

Calificación: 3.5. de 5 ( Muy Buena). 

domingo, 26 de marzo de 2017

Fuera de mi Camino

REDONDO.

Dnevnik Masinovodje
Fuera de mi Camino (Milos Radovic, 2016)

Bajo un humor negro picaresco, un realismo mágico sutil y personajes entrañables, se abre paso con garbo y carisma “Fuera de mi Camino”, una obra irónicamente bella que se da a la tarea de retratar a la muerte como una oportunidad hacía la aventura, hacía el destino y, por qué no, hacía las metas del profesionalismo laboral. En la cinta de Radovic, se nos integra a un mundo lleno de color y malsanas aspiraciones que nos dirigen y comunican literalmente por las vías de un tren; vehículo motor que sedimenta y alimenta las vidas, tragedias, nostalgias y experiencias de los caracteres en pantalla. 

Poseedora de un brillo particular, el entramado se presenta de manera clara y con vasta sencillez a beneficio de la vivacidad que se pretende y bien se logra. Ilija es un chofer de tren que, como todos en su rubro, lleva la cuenta de todas aquellas personas a las que lamentablemente ha matado a lo largo de su carrera. A punto del retiro, adopta a un niño que al crecer pretende seguirle los pasos. Las preguntas e indecisiones, obviamente, se dirigen hacía las posibilidades del oficio, hacía el cuidado y el límite de integración a ese mundillo donde la virginidad es, literalmente, la vida. 

Con una puesta en cámara eficientemente natural, la estética del film nos inunda con un manejo atrayente que nos deja respirar el campo emotivo de los personajes; nos permite vivir el accionar de quienes habitan el encadenado junto con sus sueños, sus pasados, sus inspiraciones, sus ilusiones y planes atrozmente bondadosos. Ataviada en un estilo propio de comedia negra, el refinado sentido del humor abraza de solida manera. Mucho ayudan las notas de Mate Matisic y Simun Matisic que acompañan el detallado montaje de Djordje Markovic y la bella fotografía de Dusan Joksimovic. Resaltan, al igual, las sobrias pero competentes y eficaces actuaciones del elenco; la dirección nos hace comprenderlos, entender sus decisiones: celebramos los resultados y consecuencias de sus actos. Comprendemos la vida, festejamos la muerte. Radovic, pues, nos hace cómplices de estos devenires junto a su cálido drama sobre asesinatos sin sentimientos de culpa. 

“Fuera de mi Camino” es una lección de valores tergiversados puestos en pantalla de una manera elegante e ingeniosa. Es un hermoso juego de perspectivas que nos hacen sentir un gran apego a las expectativas. En su camino, a través de las vías que trazan y han trazado la vida de los personajes –entre la tanta muerte que han visto desfilar– queda la esperanza del retorno de un viaje que siempre llevan en el dibujo del amor. 

Milos Radovic une su tono humorístico distinguidamente con una belleza irónica y potente. Su trama se compromete con una cordial nostalgia que atrapa y se estima a la brevedad. Logra adentrarnos en un universo que exige la mortandad para lograr las metas del cotidiano vivir. Nos asocia a sus intereses y hace sumamente disfrutable el recorrido. Cargada de atractivos momentos, lucidos y afectuosos, “Fuera de mi Camino” es una cinta que se agradece en su claridad y candor. Su viaje nos hace encontrarnos con nuestro más hermoso lado oscuro. Con nuestra sonrisa maldita más profunda y, a la vez, nuestro más evocativo sentido de esperanza. 

Fuera de mi Camino de Milos Radovic

Calificación: 3.5. de 5 (Muy Buena).

martes, 21 de febrero de 2017

Manchester by the Sea

REDONDO.

Manchester by the Sea
Manchester Junto al Mar (Kenneth Lonergan, 2016)

Desde los primeros minutos de Manchester by the Sea, los elementos nos indican claramente la línea del filme y nuestra posición como espectadores en el: somos testigos –más no compañeros– de una peregrina cápsula del tiempo que irá develando de a poco un mundo donde el pasado y sus tragedias continúan dominando. Donde la decepción y la culpa juegan un rol que no ha encontrado salida y abraza sofocando las acciones y actos de quienes han tenido que seguir andando en el. 
El realizador apuesta por un uso pausado del ritmo, una mano uniforme y hasta cierto punto sencilla en la presentación de los temas para ir narrando su historia. Enfoca su drama en situaciones comunes para implicarnos en la cinta; llama a una tragedia para ir develando un tiempo que había sido puesto a un lado. Acerca las cicatrices y las abre sin mucha espera para conocer las respuestas a todo aquello que flota pero que no se quiere respirar: muerte, desamor, apatía y responsabilidad como losas de carga.
El entramado en si es sencillo: después de la muerte del hermano mayor, el menor debe volver al pueblo del que ha huido para hacerse cargo de los asuntos legales, el sepelio y, sobre todo, del hijo de este: un adolescente que no tiene mayor horizonte que lo vivido día a día. Es de entender, claro, que las pesadillas irán apareciendo, que los protagonistas de estas se presentarán de manera incomoda para ponerle un poco más de presión a todo el asunto. El camino es hosco, nada ayuda a nada, nadie ayuda a nadie. La aparente desconexión entre la familia y allegados, así como la elemental relación con terceros no es otra cosa más que la humanidad; exigida por sus deseos, necesidades, privaciones y carencias. No obstante, el caos no reina y todo sale a flote con una naturalidad que se agradece y pone los acentos estilísticos más notorios a la obra.
Estamos, pues, ante un devenir de sensaciones y razones que le dan sentido a la catarsis obligada por la que se verá obligado a pasar –junto a su áspera y ceñuda personalidad– nuestro personaje central; Cassey Afleck en una eficaz actuación contenida que sostiene la naturalidad del drama, así como permitiendo la apertura de un umbral de humor negruzco y elegante que pocas veces se ve funcionar tan en equilibrio como en este filme. 
Los elementos técnicos quedan en un plano secundario. El montaje de Jennifer Lame en ocasiones resulta un tanto brusco, su manejo en las elipsis no suele ser constante y el ritmo en ocasiones se rompe y varía en el campo emotivo que se ha logrado en escena. La fotografía de Jody Lee Lipes es funcional, favorece a la cinta pero tampoco amplía el espectro de la trama; sus planos son bellos por el origen natural de ellos pero su potencia recae en las actuaciones. Caso aparte es el uso de la música, no tanto la partitura original de Lesley Barber (que pasa un tanto, o mucho desapercibida) sino a la elección de las composiciones de Handel como base para el drama, compañía que une los tragos amargos y las cavilaciones dentro de ellos. 
Manchester by the Sea resulta, entonces, en una cinta sujeta al paso de un ensimismado personaje que se percata que, en ocasiones, las buenas intenciones no son las mejor manera de solucionar las cosas. Es un viaje vencido desde el inicio, una reducción de la tristeza, una coartada para seguir adelante sin pedirle respuestas a nadie. Es un camino que enseña negando y muestra que tirando la toalla también se pueden lograr los mejores tratos si es así como la vida nos ha ido llevando debido a nuestros actos. El secreto, claramente, recae en siempre ir un paso delante de ellos. 

Manchester junto al Mar de Kenneth Lonergan

Calificación: 3 de 5 (Buena).

miércoles, 15 de febrero de 2017

Hell Or High Water

REDONDO.

Hell Or High Water
Enemigo de Todos (David Mackenzie, 2016)

El cine siempre ha tenido cierta fascinación por el Sur estadounidense; una marquesina cuyos horizontes parecen alejarnos de una lógica moral convenida pero que al final de cuentas nos escupe a rajatabla la naturaleza humana a través de todos sus elementos y en todas direcciones: su puesta de sol, su noche, los parajes cuasi incrustados en la carretera y sus personajes: actitudes, sacrificios, anhelos, acentos y malsano entretenimiento.
Con “Hell Or High Water” nos encontramos, pues, en terreno ya explorado, en una radiografía ya revelada en buena o mala medida pero que no obstante, resulta refrescante: bien actuada, vibrante y hasta cierto punto honesta. Después de un recorrido nada corto, el realizador escocés David Mackenzie encuentra una vía para rastrear de nueva cuenta –en esos desérticos espacios– los motivos y razones, las manías y las fronteras del afán, el ansía, el porvenir y las aspiraciones. De paso, claro, empotrarse en un cine que acapara las ventanillas más importantes del circuito. Y eso, claro, es hasta cierto punto justo. Su trabajo es pulcro, minucioso, al servicio de la historia y sus histriones. No acapara, su mano es imperceptible y deja que el entramado se vaya desarrollando con una naturalidad plena cuyas consecuencias, también ya de sobra conocidas, nos llevarán al arrebato, la furia, el atropello y la impotencia. 
Los sucesos son claros desde el arranque; nos enfrascaremos en el viaje de un par de hermanos que han decidido robar pequeños bancos. El ritmo queda entonces marcado desde la secuencia inicial. Los motivos y objetivos de ambos bandos (el policía veterano que intentará detenerlos), irán develándose de tal forma que la implicación con nuestros personajes sea emotivamente contrastante hacía el final de la cinta. Y si bien el pretexto inicial no queda asentado claramente en su primera parte, es hasta cierto punto dibujado a través de las acciones y los diálogos, mismos que nos toman de la mano y no nos sueltan. Serán la guía durante este viaje dividido al presente texano, donde el machismo estadounidense reina entre bromas racistas, rostros cansados, miradas furtivas, actitudes reacias, facciones rugosas, caminos cuasi vacíos y la siempre obstinación por las armas. 
El resultado, si bien es parte de ese ya celebre imaginario conocido, atrae y convence. El director no trata de jugar con las formulas sino que apuesta por revestir y delinear a sus personajes de manera clara y coherente; con cierta humanidad, con cierto humor, con cierta desesperanza. Ayuda por supuesto la fotografía de Giles Nutggens, que sin tampoco querer cambiar la convención visual y estética de este tipo de cintas, nos regala retratos potentes y sumamente bellos. Igualmente el montaje de Jake Roberts, cuya precisión nos hace sumergirnos cada vez más en el pico consecuencia de las situaciones. Razón aparte cabe dentro de la banda sonora, cuya elección musical y partitura compuesta por Warren Ellis y Nick Cave acompaña; abraza cálida y nostálgicamente a lo largo del trayecto. 
“Hell Or High Water” es, pues, una cinta que se inscribe plenamente en ese estilo sureño de los Estados Unidos. En su geografía, en sus personalidades; fortalezas y debilidades. No asume y presume de más sino que nos adentra sencilla y eficazmente dentro de sus atardeceres. Grita quedamente que ese sueño americano tan vendido ya no existe, que quizá jamás lo haya hecho. Que de ser medianamente cierto, únicamente es parte de un quimérico anhelo que sólo se logra aplastando los del prójimo y denotando que la justicia es y siempre ha sido parcial ante los deseos de un mejor destino. 

Enemigo de Todos de David Mackenzie

Calificación: 3.5 de 5 (Muy Buena).