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domingo, 15 de octubre de 2017

Blade Runner 2049

REDONDO.

Blade Runner 2049
Blade Runner 2049 (Denis Villeneuve, 2017)

Con un balance idóneo entre el paralelismo y la equidistancia con su predecesora, Blade Runner 2049 se erige como una inteligente cinta que acentúa las incógnitas vertidas en el distópico universo que creara Philip K. Dick –a finales de los 60– y que fuese presentado en el escenario cinematográfico a principios de los 80; interrogantes que se tiñen de una convicción prodigiosa, misterios envueltos en un velo cuasi sacro que ha de re-interpretarse acorde a las necesidades de un mundo donde la insuficiencia envuelve los entornos: arquitectura vacía de afectos y emociones, de lastima, ternura y hasta dolor. Donde los recuerdos son plenamente el campo sensitivo y el presente es un relato alegórico de lo que fue –y hubo– sin que a nadie en realidad le importe ya reconocer el paso del tiempo y su caminar por las arenas de la lógica. Sitios donde el único alimento es el beneficio propio. 
El milagroso enigma que circunda la trama se ubica desde los primeros minutos como algo que ha de ejercer una presión mayúscula en los involucrados. El acercamiento a ese pretexto que parte los limites de lo conocido, no sólo atraerá el pasado al horizonte de nuestros personajes sino que les partirá en dos sus posibilidades de fe, ira, encanto y devoción. Furor. La presión de la esperanza, entonces, se torna inscrita en un gotero que no tiene segundas oportunidades ni relevos. El polvo alzado del pretérito marcará no sólo el camino de nuestros personajes, sino que alzará sus capacidades rumbo al destino que habrá de cauterizar sus sacrificios con cierta carga de animadversión y decoro. Y es que esta nueva entrega de Villenueve nos enfrentamos a un encadenado de búsqueda y caza, de seguimientos que encaran la nostalgia con el temor de perderlo o hacerse consciente, ya, de haberlo perdido todo. Con el turbante eje del abandono y los ecos del extravío, el realizador matiza y adereza con la propia retórica visual y léxica del filme que no regalara Ridley Scott en 1982. 
Bajo un guión sumamente estructurado; dialogación madura y preconcebida para anudar las tramas separadas por 35 años, un orden de acciones sumamente perspicaz que marcadas a un ritmo pausado, latente y considerado, nos abre las puertas a un universo cautivante, obscurecido por el ocaso y tristemente derrotado. La siempre pasmosa fotografía de Roger Deakins no deja espacio para el suspiro, su andar lumínico sorprende a cada escena y a cada plano; se atañe a las reglas propias del Blade Runner original aunque postrándolo en un pedestal mucho más alto y rico en plástica y forma. Por su parte, el montaje de Joe Walker cede a esa calma que se denota al interior de la cinta, manifiesta más que describe, recalcando una cadencia que atrapa en el orden propio en que se exhibe la diégesis del filme. El diseño de Dennis Gassner no se queda atrás y tanto se nutre como subleva lo ya conocido en pos de lo que habrá de acontecer, su edificación atestigua y admite las impresiones de quienes se exponen y ocultan en su manto. La partitura de Hans Zimmer y Benjamin Wallfisch abraza y sofoca, une las acciones con un telar invisible pero de fuerte talante que nos rastrea y acorrala en las direcciones adecuadas para el aprovechamiento de la elegante personalidad de la película. 
Al final, es cierto, Blade Runner 2049 nos aboca a un espíritu onírico que atrae las vacilaciones que han permitido a la cultura popular acrecentar su encanto dentro de la ciencia fición. El uso de los elementos que abrieron algunas de las puertas se delinean agradecidas hacía su origen pero caminan dentro un campo fértil aumentando los limites del dilema, de la sospecha y la desconfianza propia del sentir y el actuar humano. El trabajo de Villenueve no sorprende, pues es un director que ya ha demostrado en más de una ocasión una mano sumamente firme, pero en efecto demuestra que es capaz de tomar un proyecto cuyo peso histórico y comercial es de alta envergadura y no traicionarse por ninguna de las fuerzas circundantes. Su firma se respira y le autoriza el legado de una trama tan de culto como la presente. Su trabajo, pues, queda plasmado de manera brillante y nos arroja a la cara que después de 7 lustros, aún quedan las vacilaciones sobre si tendremos la posibilidad de clasificar las diferencias de lo que hemos sido y lo que habremos de ser como raza… Y eso si es que sobrevivimos. 

Blade Runner 2049 de Denis Villeneve

Calificación: 4 de 5 (Excelente). 

martes, 16 de mayo de 2017

Alien: Covenant

REDONDO.

Alien: Covenant
Alien: Covenant (Ridley Scott, 2017)

Tratando de dar continuidad al discurso exploratorio que inaugurara Prometheus (2012) dentro del universo Alien, Scott se aventura con esta especie de secuela que deja tanto deudas como vacilaciones dentro de su hechura y entramado; un encadenado, sí, que se aqueja y adolece en la mayoría de sus aristas –más cerca del capricho que de una construcción cinematográfica manifiesta. Y es que a pesar de seguir las formulas impuestas por la saga predecesora, la película no encuentra forma alguna que pueda integrar al público. La espesura y parsimonioso ritmo  aniquila el interés de quienes no son seguidores de este universo, al tiempo que desvanece la curiosidad y disposición de los fanáticos más recalcitrantes. La producción se siente al vapor: alzada más como un llamamiento de taquilla a beneficio de la cartera que como una introspección a los temas que había dejado abiertos la pasada cinta. 

Resulta igualmente curioso como la mano de un director veterano como Scott, que si bien en ocasiones ha dado sus tropiezos, se nota endeble en casi todo el metraje. Sin muchos riesgos que tomar y siguiendo un guión sumamente carente de gracia que en su  gran mayoría se estanca en lugares ya no digamos comunes ante la saga, sino ante el  propio caminado andado y presentado desde los primeros minutos. El trabajo de John Logan y Dante Harper, pues, no sienta bases atrayentes tanto con el filme a realizar como con las puertas y cavilaciones que quedaron a medio abrir en Prometheus. No se exige ni demanda, se anida en sitios de referencia sin explorarlos con interés. Los roza de manera superficial apostando a que la estética le diera un volumen mucho más opulento y adecuado, pero esta tampoco lo logra y no sirve de mucho. 

La jugada de Scott resulta entonces una puesta en cámara que aleja a los personajes. Su ataque a las escenas es ajena a los miembros de la nave. No logra implicarnos, mucho menos identificarnos con ellos pues no hay una construcción precisa con sus histriones: no hay apego, casi nada en juego al cual unirnos con cada uno (o alguno) de ellos para asirnos a sus sentidos de supervivencia. Su apuesta, obviamente, queda centrada en el antagonista: Fassbender en dos roles que únicamente le auxilian a dar una actuación sumamente irregular y que le pasan factura en las escenas que debe compartir consigo mismo. Escenas que se notan como el emplazamiento clave en el aspecto discursivo; momentos pensados para armar la complejidad de los cuestionamientos y declaraciones expectantes para el armado de la lógica de lo que se planea como una segunda saga, pero estas terminan  lamentablemente por estar faltas de carácter: risibles, artificiosas y hasta cursis. Diálogos abigarrados y estridentes; líneas por demás explicativas y pomposas en pos de allanar un espacio pseudo-filosófico. 

Los elementos técnicos, por su parte, se acomodan a la mano propia del realizador. La partitura de Jed Kurzel pasa desapercibida por gran tiempo dentro del filme hasta que innegablemente es expuesta a leguas y por sobre la obra en si. La fotografía de Dariusz Wolski es eficiente pero no es sumada al predicamento de la cinta, su plástica queda relegada a un mero acompañamiento escénico. Mismas notas podríamos decir del montaje de Pietro Scalia; quien mantiene ese moroso ritmo que no hace avanzar a la cinta en varias de sus secuencias. Su mano es repetitiva y de una quietud no muy colaborativa. 

Ahora bien, si Ridley Scott aun mantiene un ritmo presumible en cuanto a producciones, es evidente que a sus casi 80 años un pequeño descenso marca sus más recientes películas. Alien: Covenant dista mucho de una obra bien manejada, su legado queda alejado de la cultura pop en la cual quedo inscrita de manera sobresaliente hace 38 años. Y aunque en partes pueda a llegar a ser entretenida, es triste ver como una tradición entrañable se desnuda ante nosotros para quedar en la plenitud de un desencanto.

Alien: Covenant de Ridley Scott

Calificación: 2.5 de 5 (Muy Regular). 

viernes, 29 de junio de 2012

Prometheus


REDONDO.

Prometeo.
Prometheus(Ridley Scott, 2012)

Con el paso de los años, Ridley Scott ha materializado una obra cinematográfica diversa; variada en modalidades genéricas, estilos fotográficos y entramados heterogéneos que en ocasiones, es cierto, le sobran o le faltan elementos para ser considerados enteramente redondos. No obstante, es un realizador constante que se ha centrado siempre en el factor de empuje, efecto, influencia y/o presión social de sus personajes, que ha ido formalizando eficientemente su técnica y mano a lo largo de una más que lucrativa carrera que, lejos de crear fanáticos, siempre está dispuesta al ojo crítico. Es por ello, ante todo, que hay que agradecerle la frescura, ligereza y dinamismo con la que presenta ésta, su última cinta –evocación cristalina de su segundo film: “Alien”, 1979– pues da muestras de aquellas pretéritas expresiones que tuvo como realizador cinematográfico primerizo (a expensas, claro, de una surtida carrera previa en la televisión y la publicidad).

Y es que “Prometeo” se genera, al igual que “Alien”, desde la perspectiva de un misterio que se nutre a través de la falta inmediata de resoluciones, pero sobretodo, al disimulo presencial del fenómeno que origina el pretexto de la trama que nunca termina por convertirse en el drama a ser contado; clave fundamental para el éxito de las cintas posteriores de horror en los años 80. Se construye, pues, siendo y erigiendo una atmosfera donde prevalecen más las formas que los sentidos; y es que puede acaso que el sentido nunca tome rumbo fijo (he ahí la riqueza de su tono hasta cierto punto “monótono” y sus quiebres de ritmo). Es decir, Ridley Scott da rienda suelta al posible imaginario de un universo pretérito –conocemos el futuro– de un icono cinematográfico del cual nunca se nos había explicado mucho (nulificadas todas esas últimas entregas de enfrentamientos sosos), apegado al más puro estilo clásico del cine; ocupado y atento más por el “como” que en el “qué”. Dicho de otra forma, escribe y desarrolla su película en el mismo estilo con el que amplió la primera. Seguimos conociendo casi lo mismo…

Aunado a la tendencia que debía enmarcarle, “Prometeo” lúcidamente se nos adelanta a los hechos resumiendo al mínimo los hilos que debían de entretejerse, y se presenta como un “hecho aislado” pero con severos guiños a la saga que debe sucederle. Gestos que no resultan ni fortuitos ni gratuitos para el espectador, pues son señas evocativas, más no explicativas –de nuevo en el tenor de darle más importancia a las formas que a los sentidos. Y es que si nos ponemos a pensar diégeticamente en los factores que se nos presentan en pantalla, estamos frente a una serie de personajes ávidos de algo que no obtendrán, al igual que nosotros como espectadores. Juntos, pues, estamos sumergidos en una tierra de incertidumbres donde nadie, nadie, conseguirá la o las respuesta(s), cuyo sentido no es eje sino pretexto para enmarcar la aventura emprendida.

En estricto apego a la construcción cinematográfica, la hechura de la cinta se manifiesta relevante, salvo dos o tres acciones que, lejos de estar de sobra, no se nos introducen con la mejor eficacia posible; pareciendo que emergen repentinamente, aunque conociendo a Ridley Scott, no dudemos que en poco tiempo aparezca un corte con muchos más minutos.

En asociación con algunos de los miembros de su equipo cotidiano; “Pietro Scalia” con un montaje eficientemente neutro que erige ese tono engañosamente pasivo, “Marc Streitenfeld” con una sobresaliente partitura minimalista que teje invisiblemente las emociones más oscuras y “Dariusz Wolski”, mejor conocido en trabajos de su hermano menor, con una fotografía sobria que endurece el ambiente, Ridley Scott no sólo da muestra de un talento ganado con los años surtido con la viveza de sus primeros pasos como director de cine, sino que se da el lujo de rendirle severos tributos estilísticos a la filmografía de Stanley Kubrick, sobre todo a sus cintas “2001: A Space Odyssey” (1968) y “The Shining” (1980).

“Prometeo”, entonces, se erige como una refrescante pausa ante la eminente venida del circuito más pesado del cine de verano. Es una cinta dubitativa en cuanto a su contenido, sí, pero sin lugar a dudas inteligentemente realizada.

Prometeode Ridley Scott
Calificación: 3.5 de 5 (Más que Buena).