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España, 2009.

Sunset Boulevard

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lunes, 31 de julio de 2017

Dunkirk

REDONDO.

Dunkirk
Dunkerque (Cristopher Nolan, 2017)

Bajo la filmografía de Nolan nos hemos encontrado siempre con ciertas propiedades estilísticas sumamente personales, claras particularidades discursivas que envuelven, más que a la cinta, a sus personajes: caracteres en quienes se reposa el pesado anhelo de un futuro tan próximo como incierto. Su práctica fílmica es notoria, tratando siempre de refrescar el manejo temporal y el re-acomodo intelectual de sus conflictos; su apego a una forma en la que se demarque la grandilocuencia de su cine siempre ha sido latente y en ocasiones ha tenido que ceder parte de su contenido ante los modos y sus manías de complejidad. Agraciadamente, en su más reciente entrega, Dunkirk, nos demuestra una mano tersa y sumamente madura, un sutil apego a ese cine tan suyo pero en el balance exacto, con suma madurez y dejando entrever ciertos recovecos que podrían inscribirse en sus próximas cintas. 

Situada obviamente en el marco histórico que le da nombre, Nolan comienza desde los primeros minutos a defragmentar el tiempo, a situarnos en sus distintos campos de transición así como con los protagonistas de estos. Sobre el objetivo común vendrán las adversidades que cada uno de estos habrán de afrontar para llevar a cabo su tarea dentro del rompecabezas de una misión de rescate, al tiempo que sirven de la misma manera a la trama. Sin buscar una sorpresa potencial o disimulada hacía la parte final, uno de los grandes aciertos de esta película es que el encadenado prevé sin reservas la unión de los tres tiempos que la conforman; hay una lógica imperante que deja que las acciones no se disputen jerarquía sino que se dejen respirar y andar a su anchas por el encadenado. No hay dificultades mayores que los que tienen que sortear los rostros que nos ensimisman en la trama y que deberán de someterse a las fauces del perdón, el sacrificio, la desconfianza, el terror, el desconcierto y la supervivencia. Apremiantes y sumamente agradecidos son todos esos grandes bloques sin dialogo en que el eje central es la propia atmósfera que logra de manera portentosa el director. 

Enclaustrados en sólo una línea del conflicto; bajo el inherente manto de un enemigo sin semblante –pero activo y mordaz– las fronteras en que nos anida el trabajo actoral es de alta eficacia. Los matices que se nos obsequian provienen de un sagaz humanismo ofrecido a través de miradas y gesticulaciones: dudas y alarmas que se activan con el arribo de un sonido que rompe el silencio o el simple paso del segundero. Con un guión estructuralmente bien armado; una duración precisa, una cadencia paralela de sentido natural –que bien puede rivalizar o bien modernizar las cadencias y manejos del propio Griffith; Intolerance (1916)– la capacidad visual del filme asombra por la familiaridad renovada que viene de una escuela que va desde All Quiet On The Western Front (Milestone, 1930), hasta Apocalypse Now (Coppola, 1979). 

Armada con los aportes técnicos de un equipo que labora siempre a beneficio de la obra, la fotografía de Hoy Van Hoytema resulta de una desgarradora y despejada pulcritud que engalana cada plano. Tonalidades que abrazan y hacen respirar el mismo ambiente y clima que viven los personajes sobre el pautado ritmo del montaje de Lee Smith y que reviste el diseño de Nathan Crowley. La partitura de Hans Zimmer come aparte, pues resulta el elemento esencial para amalgamar las secciones y se puedan afrontar cada una bajo el campo emotivo ideal. 

Dunkirk, décimo largometraje de Cristopher Nolan, termina por ser su cinta más prudente y experimentada. Una edificación formal que si bien permite (obligado en estos códigos) ciertos tonos rosáceos de heroísmo hacía la parte final, no deja tela de juicio ante la mano y hechura de unos de los directores con mayor fama tanto en los ámbitos comerciales como en los autorales. Una película bien pensada y ejecutada; interpretación de hechos históricos en los que algunos podrán o no estar de acuerdo en la documentación pero que a bien refleja, como en toda buena obra fílmica sobre guerra, que estos actos de barbarie bélica no debieron tener cabida jamás. 

Dunkerque de Cristopher Nolan

Calificación: 3.5 de 5 (Muy Buena). 

viernes, 14 de septiembre de 2007

Amnesia

REDONDO.

Amnesia.
(Memento. Christopher Nolan, 2000).

Intrigante, conspirador y traidor resulta todo el entramado que se deja confiado a la memoria; a ese pequeño recoveco olvidado entre la confianza y el perdón, al halito que ubica a la moral como un pequeño momento relegado a la misma evocación del pasado. Los instantes, pues, se pierden, se quedan en el trazado de una historia que no existe, que se debe reencontrar, reescribir y repasar; que jamás ha de contar con el atributo de una resonancia lógica. “Todos necesitamos recuerdos para saber quienes somos”, nos dice el personaje central de Christopher Nolan, justo casi al finalizar el fugitivo y laberíntico relato en el que nos sumerge.
Una foto se revela al revelado mismo, se oculta detrás de su inmaculado velo original para jamás salir de ahí. La culpa, la responsabilidad, el espejo del bien y el mal quedan implícitamente cegados a toda razón durante el viaje que apenas comienza. “Debo creer que cuando cierre los ojos, el mundo sigue ahí.” Estamos, pues, inmersos en el ciclo de un hombre sin memoria ni rutina, en una esquizofrénica tradición con total control en el olvido en pos de una venganza que se debe consumar, cada que la necesidad del recuerdo retoque la culpa tatuada.
El paraje, entonces, ensimisma el abandono, se niega una realidad ya resuelta y se auto-representa en los más oscuros anhelos de codicia, en que los tres personajes centrales se debaten el rol del culpable en esta enmarañada - y posiblemente caótica - cinta perfectamente elaborada.
Nolan nos ubica en un círculo sin fin, en un camino con todos los retornos posibles, en un crimen que flota gris ante la colorida y confusa realidad. Nos adentra a un laberinto que engancha con su ritmo, que siempre que empieza a cuajar, nos regresa a un punto de partida común. Así hasta el final.
Pero esto no es para nada extraño en el mundo del séptimo arte, a través de su historia, el cine ha tratado al olvido y la memoria de muy gustosa manera. Al parecer, el cegar el destino de sus personajes siempre ha tenido consecuencias interesantes; desde los excéntricos viajes atemporales del ”Dr Who” de Sydney Newman, hasta el hombre que olvida su vida después de un atraco en “El hombre sin pasado” de Aki Kaurismäki, así como en las incipientes pesadillas de David Cronenberg en “Spider”.
Christopher Nolan no es un director secular a la doctrina de la industria, su hechura bien puede ser mantenida en un círculo comercial, pero su trasfondo siempre está plagado de la nociva actividad mental del pensar, del trazar, del cometer y no del confesar. Nos ubica y reubica a sus personajes dentro de sus destinos trazados - un Bruce Wayne que se decide por la justicia en un flamante desaire a todos los amigos de su rico padre, redirigiendo su destino hacia la soledad, por ejemplo.
Memento es, pues, un instante que nunca depura la razón en si del entramado contado; es el ciclo de una culpa que no deja respirar, de una enfermedad que justifica los más viles actos. De una guía que no termina pero que siempre ha de comenzar en el reflejo de cualquier espejo, es la historia de un individuo con sed de vengarse del hombre común.
Intrigante, conspiradora y traidora resulta al final esta búsqueda de un culpable inexistente, de un responsable que aún sin memoria, tiene la capacidad de juzgar en pequeñas dosis de odio y coraje. El entramado confiado a la memoria nos pertenece, nos adueña y justifica. Jamás nos evidencia pero, en ocasiones responsabiliza. La justicia ahora ya no es únicamente ciega, ha perdido su memoria y puede volver a juzgar. “Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos.” Decía Borges.

Memento de Christopher Nolan
Calificación: 3.5 De 5 (Muy Buena).