Replicantes.

Replicantes.
España, 2009.

Sunset Boulevard

Sunset Boulevard
España, 2009.

El que Busca Encuentra

martes, 11 de diciembre de 2018

Roma


REDONDO.

Roma
Roma (Alfonso Cuarón, 2018)

Con Roma claramente estamos ante la madurez de una realizador que ha explorado a lo largo de su carrera variados balances técnico-narrativos, distintos campos de expresividad, opuestos manejos actorales en edades comprometidas y diversos tonos y subtonos (textos y subtextos), en una gama multi-estilística y emotiva que ha sido capaz de escrutar de sobremanera para entregarnos –en esta su obra más personal– gracias al desabrigo de algunos de sus más hondos recuerdos de la infancia, agudas instantáneas de un país y su desplazamiento a través del tiempo y las generaciones; del motor que le ha forjado las raíces y las razones. Las imágenes que aparecen en pantalla no son simples viñetas que se deban atrapar en la telaraña de la nostalgia, sino que terminan por ser las cicatrices de un país que se levanta todos los días a limpiar las inmundicias que nunca han de borrarse, las manchas cuasi omnipresentes que marcan nuestro ordinario andar. Las secuencias de esta obra ilustran el desarrollo de un México atemporal, curioso y cariñoso pero inmaduro… son, pues, apuntes de una libreta que todos reconocemos ya que en alguna de sus hojas nos hemos encontramos descritos, en alguno de sus rincones se nos detalla a través del brillo u opacidad de la certeza y la conformidad.

El pronunciamiento de la cinta no se determina únicamente a través de la celeridad y el ritmo dentro de su construcción, detrás de la usanza de sus personajes se encuentra el mayor volumen de ello. Bajo sus motivos de supervivencia y lucha diaria, el exiguo futuro les oculta sus anhelos; resquicios de aspiración que casi siempre son expuestos en la inseguridad y/o en secreto: detrás de una puerta, en la privacidad de una llamada telefónica, decorando los pilares o recovecos de una casa –un hogar– o bien en el escape de los escasos días de descanso. El revestimiento de dichos parajes es de un manejo quisquilloso, miramientos a un pasado ornamentado en lo borroso de la memoria. El encadenado de las acciones es tan sutil que matiza los temas y nos envuelve en un remolino emocional que tanto nos cobija como nos escupe a la cara nuestra naturaleza; lo que somos y lo que hemos vivido, lo que hemos hecho y lo que nos ha acontecido. De esta forma, el seguimiento se traslapa con garbo y portento de la ternura a la impotencia, del terror a la culpa y de la esperanza a la expiación. 

Tozudamente fabricada desde una perspectiva autoral cuasi absolutista, Cuarón muestra una gran pericia en la realización cinematográfica al equilibrar los pesos de los diversos departamentos que encabeza. Su guión es una cornamenta que se abre al detalle, sosegando el tiempo, pero presentando un conflicto sencillo al cual asirnos de manera natural, su preciosista fotografía se integra de manera lógica al plan discursivo de la trama y el montaje nos permite respirar en plenitud todos esos maravillosos ecos del pasado que consiguen las pasmosas actuaciones y la aprehensión de los departamentos de arte, el soberbio diseño sonoro y el excepcional manejo de extras. La belleza de sus retablos, entonces, no se impregnan solo en el campo visual; son las resonantes texturas obtenidas las que logran que la cinta sea un verdadero periplo temporal. 

Roma, octavo largometraje en forma dentro de la amplia filmografía de Alfonso Cuarón, no sólo se permite llevar a sus personajes a ver un guiño de la propia obra del director –no sólo los ilusiona con casi un acto de magia– sino que nos hace participe de ello desde la misma fila que nuestros protagonistas. De esta manera,  claro, nos revela con soltura dentro de esa superficie inquietamente descriptiva. Nos dibuja y representa… Nos obsequia a nosotros mismos con una alta honestidad sobre un admirable retrato de un país que si bien se ha mantenido estancado, ha sido a través de su gente más servil que el adalid diario siempre hace su aparición y se manifiesta para moverlo y seguirlo moviendo sin llegar aún a algún lado.


Roma de Alfonso Cuarón
Calificación: 3.5 de 5 (Muy Buena).



sábado, 8 de diciembre de 2018

La Balada de Buster Scruggs


REDONDO.

The Ballad of Buster Scruggs
La Balada de Buster Scruggs(Joel & Ethan Coen, 2018)

Peregrinas en ritmo, forma, práctica, e incluso gusto, resultan las viñetas que presentan los Hermanos Coen en su más reciente entrega. Un compendio de historias que si bien no se entrecruzan, sí hallan un punto de unión tanto en los parajes genéricos del western como en su muy particular y límpido estilo. Una cinta que si bien parece a las primeras de cambio irregular, termina por ser un ardid sumamente bien ejecutado para introducirnos en sus manías más profundas; en sus temas, sus cadencias, su sentido del humor y demás elementos –tan particulares muchos de ellos– que han originado esa atmósfera que ha rodeado su filmografía por más de 30 años. La Balada de Buster Scruggs bien puede terminar siendo una película plenamente para sus más fieles allegados, sí, aunque también es una ventana –y posibilidad– para ingresar en su universo. Quizá incluso un llamado a toda una generación que no ha tenido la oportunidad de explorarlo. 

Buster Scruggs es, pues, tan sólo el botón inicial de una colección de estampas humanas y narrativas que reflejan, reviran y convocan a los cánones morales y estéticos estadunidenses para desdibujarlos desde la sátira, la introspección y la obstinación de permanencia de los mismos. De esta manera, claro, lo que se obtiene va más allá de un simple mosaico de formas y tonos; la diversidad se presenta a manera de un collage de valores y tradiciones que delinean fina pero pujantemente el sentir y personalidad del norteamericano común: la perspicacia de sus acciones: la necedad por el auto-enaltecimiento de su imagen a través del disparate, la indulgencia como castigo o bien una segunda y fatal oportunidad, la casualidad como artimaña o fiel compañera de la mala fortuna… la búsqueda del porvenir equidistante a la conveniencia de la utilidad y el consumismo sin remordimiento alguno. De la misma manera los sacrificios y tenacidades de la soledad (de la pertenencia) y los sueños hacía un improbable y quizá imposible futuro se introducen; ocasiones que se van dando durante largas jornadas de viaje, de un multiculturalismo adverso y los diversos matices éticos que se confabulan y unen cuando un misterio se devela para generar un aire de vacilación y de sospecha, de una incertidumbre a tal grado que es incluso allí, en ese vacío, donde los realizadores han decidido concluir la obra.

Con la siempre esperada manifestación de talento en la construcción y dirección de sus personajes, el ornamento visual (otro de los grandes acentos en el cine de este pasmoso dueto) corre bajo la fotografía de Bruno Delbonnel, cuya labor unifica las diferentes maquetaciones con un tono elegante y explicativo en los diferentes escenarios, ad hoc al diseño de producción de Jess Gonchor que no se queda de lado. La música de Carter Burwell por su parte realza, exagera, media y colorea dependiendo sea la necesidad de la expresividad en pantalla. El montaje es de destacar pues impulsa un ritmo que atrapa con un garbo y soltura pocas veces visto en este tipo de películas. Ya sea con meras acciones o un ejemplar uso en la abundancia en diálogos, siempre avanza, no se detiene ni decae. Su homogeneidad abraza y guia por un camino multifacético que demuestra interés a cada paso. 

Al final, La Balada de Buster Sruggs resulta ser el cántico de la tradición estadounidense, de la tan anunciada y tan vendida esperanza que nunca acaba de llegar pero que siempre se avista ya sea como espejismo o como prédica moral, religiosa y política. Dentro de estos agraciados cuentos los Coen exhiben sus años dentro del mundo del séptimo arte, desnudan sus cicatrices y hacen sudar la exigua conciencia de su gente; combustible que ha llenado los recipientes de su imagen como cineastas de culto. El laberinto, pues, que se inicia con su tan dispar vaquero nos entreteje en un mundo que siempre se contradice, siempre se contrapone y siempre se exterioriza como poderoso a pesar de toda su ignominia y todos sus temores. Justo como nuestros vecinos del norte. 


La Balada de Buster Scruggs
Calificación: 3 de 5 (Buena a Secas). 





martes, 11 de septiembre de 2018

Rojo Amanecer

REDONDO.

Rojo Amanecer
Rojo Amanecer (Jorge Fons, 1989)

Esta representación fílmica de uno de los acontecimientos más oscuros y encubiertos de la historia del México reciente termina irónicamente por auto-retratarse; quizá hasta mordazmente. Y es que mientras más se ha ido sabiendo –con el paso de los años– sobre la forma en que la producción pudo ser llevada acabo entre la prohibición directa por parte de las instancias oficiales; la restricción de sitios donde localizarla y los escasos recursos técnicos y capitales conque se contó, menos datos y certezas se han ido dando a la luz sobre los actos y los hechos que se perpetuaron durante la noche y madrugada de los fatídicos 2 y 3 de Octubre de 1968 en la Plaza de las Tres Culturas: objetivo clave y principal por parte de la cinta y todos los inmiscuidos en ella. Si bien logró ser proyectada –sin faltar la prominente censura– gracias a la presión social, este documento hito de la filmografía nacional es una pieza ficticia en el rompecabezas real de un borroso y lacerante recuerdo colectivo. Su valor, fuera de las cuestiones periciales de la cinematografía más escrupulosa, recae en abrir un pequeño retablo en donde poder exigir una verdad a todas luces negada.

Con un guion bien-intencionado que declina en diversas dialogaciones sobre-explicativas, sumario hasta cierto punto inocente pero vigoroso para dejar en claro las disyuntivas y disertaciones que se pusieron en juego durante el año y la situación expuesta, el entramado se manifiesta fundamentalmente dentro de un simple condominio de la clase media: morada familiar que frente a nuestros ojos se irá convirtiendo de apoco –y bajo un ritmo aprisionante– en una oscura cueva llena de temores, una mazmorra de zozobra, una impotencia palpable y hasta un sepulcro de esperanzas y certidumbres. Apostados en una construcción de personajes con matriz generacional y tendencia socio-política, la cinta apuesta y se expone al foco más álgido de las demandas estudiantiles del 68 con dichos caracteres: dos universitarios adeptos a la causa (uno de tendencia más intelectual que el otro), una madre dedicada a su hogar que tendrá que captar toda arista del problema sobre la marcha, un abuelo que vive de sus memorias post-revolucionarias, un padre burócrata que atiende únicamente a los rumores de la represalia sin miras a un futuro, una adolescente, un infante, y por si fuera poco, un grupo de desconocidos que han sumado tanto a la causa como a las tensiones que van en aumento y abruman mayúsculamente al grupo que estrechamos como nuestro. Y sin excusa de su postura ante el conflicto, sin consulta o merced, todos a excepción de uno habrán de perecer ante el alevoso brazo de la autoridad. La nueva generación despierta, entonces, con la ropa de noche entintada de la sangre de sus seres queridos y se abre paso ante un lavatorio de penas y un también germinante silencio que aún perdura hasta nuestros días.

Con Rojo Amanecer nos enfrentamos, pues, a una obra que pertenece tanto a su realizador, Jorge Fons, como a todo ese esforzado grupo que con bravura desafiaron a ese sistema que aún hoy ensombrece temáticas, suprime evidencias y retoca convenciones a beneficio y comodidad. Nos referimos no sólo al elenco que se puso en riesgo a cada día de rodaje sino también a los miembros del crew que aportaron su labranza, a mayor o menor medida de las condiciones dadas, para otorgar un punto de inflexión en la apertura mediatica del país. No olvidemos, claro, el admirable y delicado apoyo de Valentin Trujillo para que este proyecto pasará de un onirismo a una efectiva conclusión.

A casi 30 años de su obligado estreno es que se proyecta nuevamente en salas presentándose a nuevas generaciones que a bien pueden reconocer el lento proceso de mudanza de valores y de desarrollo nacional… A casi 50 años de los hechos que aún se adeudan a los familiares y a la sociedad en general, es que se nos exhibe para desnudarnos y evaluarnos tanto personal como colectivamente. Y quizá sea porque las verdades en este país aún pueden verse únicamente por una pequeña ventana desde el cenit del discernimiento; ese insonoro rincón que hemos fundado ya sea por miedo, cobardía, olvido o simple y llanamente porque no hay espacio alguno en que los gritos puedan ser escuchados. O quizá porque simplemente todos vivimos encerrados en un pequeño cuarto donde sólo podemos ver al horizonte un futuro y un pasado que se aleja sin nosotros poder movernos.


Rojo Amanecer de Jorge Fons

Calificación: 3 de 5 (Buena). 

martes, 4 de septiembre de 2018

Tiempo Compartido

REDONDO.

Tiempo Compartido
Tiempo Compartido (Sebastian Hofmann, 2018)

Si bien en su primer largometraje Sebastian Hofmann palpaba el terror fantástico bajo una pesadez e incertidumbre sumamente ajena a los cánones más usuales dentro del cine nacional, en esta su segunda entrega se aboca a los géneros y estilos con una habilidad y fuerza similar. El surrealismo se mezcla con lo trágico y quimérico sazonado con un diligente uso de diversos elementos melodramáticos; su ahora colorida estética es mordaz e ironiza el universo/prisión en el que maniata a sus personajes: seres incompletos –en su interior y su exterior, faltos de esas piezas claves para su total felicidad– y que se nos presenta eficientemente como una ventana para ser testigos, no cautivos, de la pesadilla que irá devorando todo aquello que intente despertar de su letargo. Su discurso, pues, no cambia, los elementos más internos en la disertación de su Halley (2012) se reflejan con una madurez y uso de las formas de manera mucho más fértil y versátil, dicho de otra manera: las cínicas consecuencias de la inevitable, imposible e irreverente búsqueda del bienestar son las reglas del juego. 

Sobre un escenario donde las ofertas de ilusiones son más importantes que la obtención de la promesa en si, dos ejes narrativos se abren camino con el fin de escapar de un laberinto amorfo que se alimenta de un ego maquinal que les ha engañado y gusta de mentir a cada paso; que ha cegado incluso a sus más cercanos bajo el encantamiento de los supuestos de responsabilidad y el deber. Por un lado nos encontramos a una pareja que labora dentro de las inmediaciones de un complejo vacacional en búsqueda de la futura conveniencia profesional: sustitutos individuales e interpretaciones de la probidad y la justicia. Por el otro nos hallamos ante un pequeño núcleo familiar que opta por toparse con las segundas oportunidades que augura la vida bajo marquesinas comerciales, slogans y videos institucionales en un tiempo compartido que se encuentra sobre el mismo “firmamento” de la pareja inicial. La unión de las metas de quienes se ven obligados a disentir de esta invisible y omnipresente mente que controla dicho cosmos, es un paso lógico para la obtención de ese renacimiento anhelado sobre los procesos de enfermedad y curaciones que se relegan a subtextos pero que de a poco acaparan los primeros planos de la cinta.

Si en Halley nos hallábamos frente a una especie de muerto viviente con el empecinamiento de seguir existiendo a pesar de la putrefacción de su cuerpo, en Tiempo Compartido nos encontramos de frente al proceso de creación de otra clase de entes autómatas, seres cuasi fenómenos cuya dicha es sólo un artificio mercantil que absorbe una perniciosa disertación en la que han de ser regocijados con placebos: su mente y capacidad de abstracción/análisis ha de quedar corrompida. Su esencia es la de ser cápsulas producto que brindan la falacia de la ventura, la prosperidad y la bonanza. La clase media mexicana que se otorga a miramientos y ensoñaciones a las que no pertenece naturalmente se reflejan de sobremanera en un tejido que roza la fábula y la fantasía. 

Con un elenco que sobresale gracias al balance de los propios estilos actorales de cada histrión y la explotación de los mismos bajo la esencia propia del filme, Sebastian Hofmann nos otorga un fino piso que acapara un agridulce y negruzco sentido del humor, una puesta en escena y cámara sumamente más pensada y compleja que en su anterior entrega; menos cáustica, más delicada, pero igual de pujante y enérgica que nos absorbe gracias a la confabulación de la fotografía de Matías Penachino y el Diseño de Producción de Claudio Rámirez Castelli. La partitura de Giorgio Giampà resalta de sobremanera por sus atmósferas, mezclas de estremecimiento e inocentes entonaciones, que nos abrazan por el recorrido del entramado y que empatan e incrementan los temas y emociones proyectadas. 

Ganadora por mejor guión en el pasado festival de Sundance, de un Mayahuel en Guadalajara y dos Arieles en los apartados de actuación, esta continuación en la carrera de Hofmann nos apremia al pensamiento de estar frente a un realizador cuya mano tiene la clara visión por explorar diversas veredas donde pueda hacer encajar todos esos estremecimientos en que se conjugan las tragedias cotidianas con las peores experiencias oníricas y fantasiosas. Su Tiempo Compartido nos revela, pues, al final, que la entusiasmada esperanza por tropezar con la prosperidad puede terminar también en un acto de conspiración e intriga fatídica. 


Tiempo Compartido de Sebastian Hofmann.

Calificación: 3 de 5 (Buena). 

jueves, 14 de junio de 2018

El Otro Lado de la Esperanza

REDONDO.

Toivon Tuolla Puolen
El Otro Lado de la Esperanza (Aki Kaurismäki, 2017)

Cual introspectivo reflejo de su pasado largometraje, Le Havre (2011), Kaurismäki se da a la tarea de re-dibujar su dialéctica en base a dichas personalidades: tesituras, temáticas y texturas. Si bien su nueva entrega contiene todos los elementos de plasticidad y estética que hacen que una obra conlleve esa rúbrica tan particularmente suya, esta se muestra también con una visión de mundo mucho más lozana y moderada. El tono con que se va abriendo paso a paso la trama denota una mano agridulce, una hechura contrastante que vuelca los volúmenes emotivos del abatimiento más reacio a la ciega confianza, de la desesperación contenida al mediano compromiso y la convicción.

Como inquietud central tenemos nuevamente el exilio, salvo que en esta ocasión el quid nace de dos unidades independientes y autónomas que si bien habrán (lógicamente) de unirse, se mostrarán naturalmente – y en cierto grado– reacias a la alianza. El augurio de su encuentro no es prometedor, su lógica no se suplementa y es el socorro y la necesidad lo que les hará pactar… Por un lado tenemos a un hombre adulto que busca el escape dejando a su esposa y que a la caza de una buena cantidad de dinero intentará el éxito manejando un restaurante. Por el otro lado un joven sirio que ha llegado azarosamente a Helsinki y busca asilo mientras aguarda noticias de su hermana. Ambos, bajo el cobijo del destino que les ha abrazado, irán caminando por los senderos propios de su aventura hasta cruzarse y ampararse en las cualidades del otro. Con un acento que no celebra ni  censura sino que representa las facultades y algunas de las vertientes de la situación social entre Europa y los refugiados de Medio Oriente, Aki Kaurismäki reconstituye su universo y nos presenta esos legajos tan suyos como el uso de la música, su gama de colores, sus sencillos escenarios y, claro, sus características interpretaciones, que tras claroscuros que le asimilan el estilo se postran a sus ordenes para darle un renuevo a su atmósfera fílmica. Llena de ese humor negro tan distintivo en él, se realza por el tan logrado contrapunto que hace de los motivos y emociones a cada momento. 

Apoyado por la cámara de Timo Salminen (mismo fotógrafo de su anterior cinta), esta producción que se contempla como la segunda de una trilogía temática, se maneja entre los extremos de la naturalidad lumínica del día y los artificiosos haces de luz que enfocan atentamente, y cuasi cual pincel, los acidulados momentos de la noche. El montaje de Samu Heikkilä, por su parte, permite exhalar, como es costumbre en el cine de Kaurismäki, todo ese accionar de sus personajes; ese ilusorio repertorio de emociones contenidas con el que se envuelve todo el mundo cinematográfico que se experimenta frente a la pantalla. Nos permite, pues, el tiempo necesario para formar parte igualmente de esos decorados tan bien diseñados por Markku Pätilä y revestidos por Heikki Häkkinen y Ville Grönroos. La música incluso toma un papel más relevante que en otras de las películas del también llamado Arto Paasilinna del cine Finlandés. Forma parte del discurso propio de la trama, no sólo por la clásica presencia de músicos dentro de las locaciones, sino porque las notas interactuan y recubren tanto a los personajes como las acciones que nos van guiando por todo el encadenado. La atmósfera que se logra en ese largo inicio hasta hallarnos con el origen de la melodía es un muy buen ejemplo. 

Ganadora del Oso de Plata (mejor director) en el pasado festival de Cine de Berlín,  El Otro Lado de la Esperanza resulta precisamente eso, el lado opuesto de ese anhelo de certeza; destello convexo de la felicidad que se nos instruye a buscar por la vida… Sus protagonistas no exploran los ruedos para hallar las jovialidades experiencias del día a día, sino que se adiestran a la supervivencia, a las condiciones de un mundo que al parecer abandona pero que no deja de girar y mostrar su mala cara. Su abrazo es sofocante, sí, pero como a bien reza en pro de la vida uno de los caracteres hacía el final de la cinta: “Morir es demasiado fácil”… Por tanto, que mejor mostrar y ser mostrado. Observar y ser hallado en la calma de todo aquello por lo que los demás pelean hasta la guerra. 


El Otro Lado de la Esperanza de Aki Kaurismäk

Calificación: 3.5. de 5 (Buena).

miércoles, 9 de mayo de 2018

Autorretrato 36...


3+6=9

"Todavía ahora creo, como cuando era sólo un muchacho, que en ocasiones para ser un hombre de mundo es suficiente con haber estado alguna vez de madrugada al otro lado de la calle."
J.L. Alvite. 

Nací un 9 de Mayo de 1982 en Ecatepec, Estado de México. Para el momento en que comparto esto debo estar a unas horas de alcanzar los 36, y por azares del destino me encuentro leyendo Herzog de Saul Bellow –cuyo protagonista quizá sea el personaje literario con el que más me he identificado en toda mi vida. Crecí en una familia dividida que pensé por muchos años me daría un acento de singularidad ante la comuna de mis allegados, pero con el tiempo descubrí que sobre estos horizontes todos tenemos algo de locos dolosos y sabios populares, algo de lacerantes y un tanto más de lastimosas ocurrencias. El combustible de mis andanzas ha salido siempre de las notas disparadas de una trompeta imaginaria, una trompeta que en ocasiones suena a un piano de cola, a una banda de Progresivo o bien una guitarra de Jazz. La música siempre me ha significado la más exacta de mis compañías, una sombra que se adelanta en el camino para allanar el ruedo de mis expiaciones y preparar los tragos que esperan sudando en la barra de algún bar de mala muerte. Con el cine me sucede algo parecido, en sus pupilas me reflejo y me comparto. Tan inquietantes son sus formas y seductoras sus texturas que me abrazo con cariño a mis más claroscuros rincones de emoción y desenfreno; en sus ecos siempre he considerado que encontré mi vocación en esta vida: contar historias/vivir algunas. He intentado, pues, desde hace años, dedicarme a ello y a la formación de las mismas manías bajo la forma más humilde posible aunque en muchas ocasiones he fallado en todo, aunque en ocasiones no he encontrado diferencia en ambas y lo único a lo que me he podido  aferrar es a compartir lo mucho, o poco que tengo y sé, de la misma forma en que se me fue develando.

Suelo soñar con mayor eficacia estando despierto que en mis horas de descanso, donde repaso las notas de todos mis proyectos inconclusos. Soy un animal solitario con un humor negro latente que ha caminado, gracias al bestial anecdotario de sus más cercanos, por inexpugnables espacios a los que sólo les hace falta llevar al registro de autor para ser publicados sin obtener alguna venta. He coleccionado no sólo en el espacio físico sino en los planos de la nostalgia; toda historia vivida o escuchada la he hecho mía, sazonado con mi secreta combinación de especias y colocado en un universo que me pertenece tanto como a las aventuras de marzo o los primeros días de enero. Tengo pocas cosas de las cuales verdaderamente presumir y cuando las tengo suelo desecharlas o bien no hacer del todo alarde de ellas. No hace mucho tiré con cierta tristeza esos zapatos viejos con los que pisé tres continentes. Y lo hice porque sé que el mundo aún calza con las plantas de mis pies cuando salgo a caminar sin calcetines. 

Nunca he sido el mejor en algo pero tampoco le he dado la mano ni conocido a quien se pueda jactar de ello. Digamos que nunca le he tenido miedo al fracaso porque casi nunca he estado del otro lado de la acera, cosa que en realidad no me pesa. Agradecido estoy con la vida que en vez de colocarme un muro de ladrillos en dicha frontera, me haya colocado una placa de cristal para al menos conocer esos senderos exitosos desde una clara distancia. No sirvo para los halagos, no creo estar hecho para ellos. Cuando me ha dado por sentirme de más, la realidad me ha mandado la exhorbitante cuenta de que lo que tengo de invencible también lo tengo de inocente. El reloj de mi vida lo he mantenido disciplinariamente descompuesto: o bien llego tarde a todos mis anhelos o bien me adelanto de manera tajante a su encantamiento. Me gustaría pensar que he querido y he sido querido aunque las formas siempre sean amorfas en este sentido. Con los años he escrito una serie de relatos cortos que sin publicarse oficialmente le han dado la vuelta a un mundo de nostálgicos entes que quizá, como yo, buscan en las constelaciones una ráfaga de preguntas sin respuestas; quid de las jornadas laborales… He tenido la gran fortuna de que algunos de ellos me hayan compartido su agrado por esas tintas desgastadas y a la distancia nos hemos abrazado con la promesa de una tierra vencida. Mis personajes se alimentan de sus quebrantos, se levantan para caer de nuevo y en el ocaso sentir la vida. Los laberintos donde circundan son los pasajes de mis tiempos no conjugados: fantasías, promesas, recuerdos e inventos por igual. Soy un bucólico empedernido al que el valor de la añoranza se le da tanto o más como el refill a una copa de tinto vacía.

Si bien me escribiera una carta, en la postdata me dedicaría una larga carcajada. Y me reiría al leerla, y la volvería a leer y me volvería a reír. Tal vez la misiva pudiera comenzar así.

Querido amigo: 

Los ganadores no tienen ni tu semblante, ni tu talle, ni el color de tus ojos caídos. Si bien la vida te dió esa extraña disposición a no poder oler perfumes, es quizá porque nunca podrás hacerte del aroma de la victoria. Pero no lo tomes a mal, si lo piensas bien, tampoco podrás hacerte del de la derrota…


Desde que la ironía cayó a manera de polvo en mi ropaje no ha habido lavadora ni karma que la haya podido quitar de encima, así que la he intentado mantener como parte de una gracia o firma personal. En alguna de las dos habrá de funcionar. Consciente estoy que cuando se me empiecen a dar las cosas en plenitud será debido a que mis horas se encuentran contadas, a que la tinta se agota y pronto habré de subirme a ese tren cuyo humo no hace otra cosa más que viajar hacía otra parte. Jamás he sido la mejor versión de mi, lo digo con total honestidad, jamás he podido librarme de ciertos pesajes que me atan a todo lo que significa la palabra gravedad. Supongo que todas las cosas que he hecho las he realizado con las ansías de construir un hogar del cual nadie debería sentirse más orgulloso que yo. Y si así fuera, creanme que nada me gustaría más que tuviese la forma de un bar en un callejón oscuro, solitario y un tanto aburrido donde se susciten las cosas más absurdas en los horarios más inhóspitos posibles. Me encantaría, claro, que quienes lo visiten sonrieran a manera de tributo. Me gustaría, eso, una sonrisa sincera y nada más. Con sus hoyuelos y sus caries… O bien, ¿qué otra cosa podría pedir alguien como yo?




A. G. V.

Mayo 2018.




"Cita". Madrid 2009.

lunes, 26 de marzo de 2018

Sin Amor

REDONDO.

Nelyubov
Sin Amor (Andrey Zvyagintsev, 2017)

La exposición de las triviales dimensiones en las exigencias modernas; requisitos, apetencias, menesteres y demás “formalidades” en el actual gravamen de la necesidad, se esparce con un volumen de catarsis tan agudamente delicado durante el embiste inicial de Nelyubov, quinto largometraje de Zvyagintsev, que el empalme de sus elementos en su recorrido discursivo termina por ser un brutal reflejo de la narcisista sociedad contemporánea. Sus personajes, todos ellos vacíos y bajo el manto de un fútil afán de cambio, se ensimisman abnegándose a sus cargas de vida; responsabilidades, compromisos y deberes. La inmadurez con la que caminan durante el entramado es tan implicante que la naturaleza y sensibilidad de todo lo que acalla el mérito de lo benigno y compasivo, detiene de tajo su efecto y encuentra salida únicamente en la desesperación, el dolo y el odio ante los actos imperantes, pero nunca explorando las causas y las consecuencias de estos. 

La invisibilidad moral con que juega la disertación del filme resulta una muy delgada linea entre el escape y el anhelo, la evasión y el miedo, la flaqueza y el acorralamiento. La prisión en que viven nuestros figurantes centrales no sólo se evoca a las paredes y metros cuadrados del departamento que han puesto en venta so pretexto de su divorcio, sino que es una sombra que se añade a los espacios físicos e invade con un peso y carga específicos que frena de lleno los avances de sus deseos futuros: un hijo. El estigma de su unión se valoriza como una afrenta, una barrera ante sus aspiraciones en un manejo plenamente ególatra, codicioso y sórdido. Su conveniencia como prioridad los ciega y es sobre este campo emotivo tan sombrío, atroz e inquietante que hemos de andar junto al emergente campo de su realidad, la desaparición del chico: expectante del quebranto de sus padres como matrimonio, testigo del sin-amor que se gesta a cada día en lo único que conoce como hogar. Decidido ahora a alejarse, se niega ante los hechos –y a los suyos– posterior a ver que en su silencio no ha encontrado los argumentos claros de las pretensiones del mundo moderno. 

Ataviada en una estética bucólica, la cinta se apoya en la agraciada fotografía de Mikhail Krichman, misma que utiliza como lienzo los abrumadoramente francos y habituales decorados de Andrey Ponkratov, para generar un abismado universo donde el libre albedrío y los escrúpulos se debaten en una claroscura dimensión que nos irradia, nos reverbera y nos devela la medida de nuestra comodidad; la extensión del aislamiento. Con un ritmo semilento que teje de manera puntual el montaje de Anna Mass, la puesta actoral se acrecenta a un peso mayúsculo y su fuerza se denota entre sombras y tensiones pretéritas nunca liberadas. Sus elegantes cortes dejan correr la acción, no resquebrajan las emociones sino que las revisten de incertidumbre y nos traducen de fieles testigos a plenos participantes del horror dentro de la angustia y la zozobra. Las punzantes notas de la partitura de Evgueni y Sacha Galparine amalgama la unidad del filme, unifica la disposición de los elementos y se torna nativa a los grises sucesos. 

Sin Amor, pues, termina por ser una cinta bellamente cruel en su accionar, veraz en su lamento, temible como espejo pero leal ante su construcción; integra/honesta. Su camino es áspero pero en si nos acentúa, nos coloca frente al aparador de la aspiraciones cotidianas, del día a día, así como las posibilidades de nuestros procederes. El trabajo de Zvyagintsev se denota fino, pujante: desenvuelto. Su mano es clara y recatada, su labor en esta su más reciente entrega es de un portento que une atenta y acertadamente los desahogos de un drama digno de nuestros tiempos. 


Sin Amor de Andrey Zvyagintsev
Calificación: 4 de 5 (Excelente).