Replicantes.

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España, 2009.

Sunset Boulevard

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España, 2009.

El que Busca Encuentra

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jueves, 4 de agosto de 2016

Pautas Finales.

Pautas Finales. 

De las pocas cosas que se pueden asegurar sobre la historia de Saúl, una de ellas es que su biografía se cuenta mejor, y toma mucho más interés y fuerza, si tomamos como punto de partida el momento en que dejó de estar entre nosotros. Otra, es que sus más grandes pasiones asomaron siempre cierta comunidad con el resto de los hombres de la barra: adoraba a las mujeres, el licor y la buena música. Algunos incluso cuentan que cuando invitaba a alguna dama a un día de campo la canasta, en vez de ir llena de emparedados y gaseosas, iba repleta de long plays y discos de 45 que iban desde la Andrew Oldham Orchestra hasta el Splinter Group de Peter Green pasando, claro, por Bettye Lavette, Erma Franklin y Rare Earth, los primeros blancos en lanzar un Hit con la Motown Records que tanto presumía cada que tenía oportunidad. Era un amplio seguidor de las cuerdas de Mike Bloomfield, Roy Buchanan y Robin Trower, así como un pensador extraño y un corazón errante. En cierta ocasión, cuando arribé a la barra en una de mis tantas crisis amorosas, se me acercó con su siempre interesante aliento a vodka y hierbabuena para indicarme con el humo de su tabaco cálidamente en el oído una de sus tantas frases memorables: “En ocasiones, amigo mío, el amor tan sólo es despertarse abandonado para sonreírle al lado vacío de la cama. Créeme, entre menos dientes tengas, más cerca estarás de saber quien realmente quieres que la llene.”

En su rostro se dibujaba su espalda y su faz era en si vil opacidad. Su naturaleza era de contrastes: en apariencia tenía una actitud sobria pero en realidad, al asearse, era capaz de emborrachar al jabón y el estropajo. De algunos era conocido que solía dormir desnudo y circundado a tres simples pasos de lo que le resumía: su tocadiscos, su cava, su colección de acetatos, su frigobar y la tan famosa agenda musical de conquistas de una sola noche que se alzaba como oscuro trofeo entre sus revistas para adultos. En ella, es cierto, encontré a dos de mis más grandes fracasos  –dos de esos nombres que se clavan en lo nervios cada que se escuchan– cuando tuve la oportunidad de tenerla en mis manos aquella tarde que Frankie y yo indagamos en su casa buscando algunas pistas y señales sobre su desaparición. Su caligrafía, debo reconocer, era de una manuscrita sobresaliente y elegante, por lo que no pude más que suspirar: pocas veces se encuentran dolores tan fuertes tan bellamente escritos: la mano y la tinta como destino de una hoja en blanco. Cuando a Abelardo, nuestro flamante cantinero le detectaron el tumor que acabaría con su vida, por ejemplo, apenas y se entendía el número de la cédula del doctor en un dictamen que siempre nos pareció más bien una mala impresión del horóscopo matutino. “Mejor hubiera sido imprimirme la sentencia en los obituarios de la nota roja”, dijo la última vez que le visitamos en el hospital a reserva de un epitafio.

No es de sorprenderse, entonces, que Frankie fuese quien más le hecho de menos y quien en realidad más le busco hasta el hartazgo. Su amistad era una de esas relaciones mayormente cronometradas con la arena de las tumbas. Digamos que ambos disfrutaban de ver como la lavadora se llenaba de sangre después de una  típica jornada laboral. No obstante su naturaleza profesional, tenía su carisma y cierto talento para hacerte sentir abatido ante sus momentos de acida ternura. En una ocasión, en cierta etapa de quebranto, creyó que vistiéndose como los “exitosos” de las publicaciones empresariales le cubriría el polvo de la gloria y la conquista, pero lo único que logró fue que le diera un fuerte enfisema que le dejo en cama por un par de semana del cual jamás se recupero del todo. Inclusive le cambio el semblante y el tono de voz, pero así era Saúl, un matón a sueldo con más dilemas que cicatrices. ¡Que se podría esperar de alguien cuyo proyecto de autobiografía inconclusa comenzaba así!: “¿Qué tanto confiaría usted en un hombre cuyo único amor de verano fue en otoño… y sin una gota de libido cerca?

El último día en que supimos de él fue el mismo en que se despidió de los escenarios locales Alma Julia. Aquella gran cantante de aterciopelada voz y pelo crespo que Frankie siempre resumió a través de su vestuario. “Cerrados los ojos te imaginas la mejor caída de seda a través de curvas y solturas excéntricas en una piel madura y elegante. Al abrirlos te das cuenta que esa voz se he hecho con todos los vestidos propicios a lucirse mejor en otro cuerpo”. Siempre había tenido un talento nato y por fin, en el bar, habíamos logrado que se diera cuenta de ello; había decidido apostar por una carrera de verdad y mudarse a la gran ciudad; dejar el barrio, dejar el sitio y vernos desde el brillo de las marquesinas de la avenida central. Con una versión inmejorable de “Little Person” de “Jon Brion” cerró la noche y sus actuaciones en el lugar. Posteriormente la vi un par de ocasiones en la televisión como corista de una de esas bandas con más trayectoria y fama que energía, sus actuaciones estuvieron repletas de garbo y elegancia pero después le perdí de vista. Sé que llevó una buena vida y que en recientes años le detectaron Alzheimer, que la internaron en un lugar cuyo extraño nombre supongo intenta balancear el importante e inminente olvido de sus glorias. Supongo que aquella fue una velada de despedidas, de nostalgias futuras y presentes. Yo me encontraba con el reto de dejar el cigarrillo y otros tantos con el objetivo de recuperar la vista bajo lentes fabricados con los vidrios rotos de los ceniceros. 

De Saúl en si jamás supimos casi nada a ciencia cierta. De lo poco que sabemos, de lo poco que indagamos, todo, o casi todo, lo hemos inventado y reinventado alrededor de todos estos años. Sabemos con mediana seguridad que nació en una casa al norte de la ciudad –hogar de una partera– entre 1945 y 1947. Que hubo momentos durante su vida, días incluso, en que bien podía pasar por ser un tipo común y corriente, una persona a la cual catalogársele sin más miramientos que como normal. Aunque eso, claro, era quizá tan sólo porque no había dormido bien la siesta, como solía decirnos Clara, su hermana menor, cuando preocupada salía a las calles a buscarlo y lo encontraba –medianamente sobrio– en el primer lugar en que le se ocurría buscarlo. Socialmente siempre fue una sombra pero en excentricidades siempre dejaba al resto como una triste penumbra. Entre sus aficiones y deseos siempre tuvo el anhelo de ser un escritor, pero a ese oficio él se refería siempre como el de ilusionista; sus tres libros de cabecera eran Moby Dick de Melville, La Conjura de los Necios de Kennedy Toole y Los Detectives Salvajes de Bolaño. La canción que más le ponía triste la encontró muy tarde en el camino: The Way It Will Be de Gillian Welch. Y por lo que sabemos, y sé, jamás tuvo un amor de amores exceptuando la música. En alguna ocasión le escuche debatir en una mesa: “Me gustaría decir que los amantes de la música siempre hemos tenido la razón, que siempre hemos sido los poseedores de la solución al mundo. Pero, claro, si lo dijéramos así –si lo confesáramos– deberíamos entonces de dejar de oír tanta música de manera tan personal. En todo caso sería mejor afirmar que el mundo se ha equivocado en todo para mantenernos esperando hasta la muerte y darnos cuenta que el cielo, eterno e inexistente, es el que siempre ha estado errado.”

Jamás volvimos a saber de él. Y a pesar de que muchos le daban por muerto en un ejercicio de atraer buen karma y justicia, Frankie nunca lo dio por perdido; incluso en su lecho de muerte aseguró sentir que en algún rincón del mundo él se divertía a expensas de todos nuestros talonarios del seguro social. Las teorías, claro, se arremolinaron como un extenso directorio. Había quienes aseguraban haberlo visto encima de un descapotable en ciertos caminos desérticos, así como aquellos que aseguraban que en sueños les había confesado sus crímenes y los lugares donde había enterrado los cuerpos y el oro… Yo, en cambio, jamás lo imaginé siquiera, pero ahora que lo pienso bien, tal vez me habría gustado observarle desde una cenital por una carretera vacía; con el pelo un tanto largo escondido en una gorra de baseball, barba y bigotes tupidos; lentes negros de aviador y pies enfundados en botas vaqueras acelerando hasta encontrar el mar, el eterno azul; donde se hundía con todo y carro para no volver a aparecer jamás. En realidad, de sus días, poco recuerdo del cigarro, acaso el eco de sus tonos cuando me tocó la garganta después de un buen trago de licor. Como solía decirnos el propio Saúl cada que se despedía en el medio de las nubes de alquitrán y hielo seco: “Si mi destino hubiera sido el de ser un genio, creanme que habría decidido nacer en otro sitio.”

…Fumé, pues, mi último cigarrillo el mismo último día en que supimos algo de Saúl. No fue en realidad durante una tarde de lluvia ni mucho menos en una de otoño con viento y hojarasca bailando en el suelo adoquinado. En aquellos días pocas personas eran realmente las que se dejaban ver por el bar; el humo nos había perdido de vista. Ricardo, el portero de aquellas monótonas jornadas solía anunciar el ambiente con esa frase al abrirte la puerta: “La fumarola se ha visto en el espejo, señor, después de un par de copas ha decidido irse de viaje y se ha extraviado. Sea usted bienvenido. Bienvenido.”

viernes, 25 de mayo de 2012

A Mis 30


A MIS 30.
A. Güiris V.

          Me dijo Pablo que tuviera cuidado con la última vela, que era esa la que solía explotar; la que frecuentemente definía el destino de los sueños otorgados, u obtusos, ante el suspiro tardo de los años. Le sonreí cortésmente, le di la espalda e hice caso omiso –oídos sordos. Digamos que simplemente me ofrecí a extinguir el infierno que había desatado ese pretexto cíclico que nos tenía reunidos allí, en mi hogar, para después secarme la nostalgia con un poco de Ron.

La noche comenzaba a vencer el ocaso frente a la ventana principal, por encima de la puerta y todos aquellos cristales que siempre me han defendido de las inclemencias del tiempo, sueño y el violento devenir de las pasiones y los sentimientos. Por mi camisa blanca se paseaban rigoristamente todos esos tonos áureos, ámbar, ocres; calmos que igualmente inundaban la duela bajo nuestros píes como la futura leña sin apolillar que comenzaba a sonar y estar hueca por encima nuestro. Las grietas, desde hace meses, dejaban ya entrever –cada vez más peligrosamente– los venenos de las resacas. Recordé cuando únicamente vestía playeras negras, era casi religiosamente un embalsamamiento.

Unas horas atrás había pedido amablemente a Armando que viniera y trajera una botella de licor, un par de refrescos de cola, agua mineral y una bolsa grande con hielo. Quería conservar las ataduras, no escaparme de las consecuencias del festejo pero tampoco dejarme guiar por el ofrecimiento del pecado. Deseaba sentarme en mi casa y descansar, repasar el anecdotario colectivo e individual junto a las etiquetas de los trajes que nunca he usado en compañía de los amigos, escuchar algunos Blues, quizá algún Folk y abrazar la tarde… Conmemorar a todos aquellos que sin pensarlo de algún mal modo, aunque algunos sí, me han mirado por encima de los hombros calificándose como mejores. No obstante, rememorar las risas, los llantos, las penas y las áreas de sombra, colocarme bajo las alas de todas las palabras que he malgastado y tragarme la saliva acumulada del día. No sé si ya lo haya llegado a entender del todo, pero creo que con el paso del tiempo todos nos vamos acomodando a cierta distancia, uno del otro en una larga fila alrededor del mundo, para que latigazo del diablo sea parejo y plano cuando la hora del castigo llegue y sea bienvenida.

No habían pasado ni diez canciones cuando el timbre sonó y la sonrisa tersa y endemoniadamente coludida de Armando delataba todo el plan… Quince minutos después Pablo me advertía de la última vela a apagar; hacía caso omiso… Dos, tres, cuatro o cinco copas después –quizá media botella– y la noche hacía mover las piernas de todos hasta con el más popero folclor sueco tan de moda. La  platica se tornaba agitada, fluida, amorosa. Me encerré en la cocina esperando que Adriana se percatará y fuera hasta la barra a buscarme y todo terminará en un beso, un buen beso, por aquello de los buenos años, la candidez y las cenizas de la fogata nuestra del pasado. Tuve que besar primero a Mariana, Martha y Marisela para percatarme que el mentado mágico momento no llegaría… Fue entonces que le solté la bomba a ese pequeño sujeto que Marcos había invitado pasada la media noche y cuyo nombre nunca supe: Dejaría de beber, de amar y querer. No recuerdo bien el orden, si es que hubo alguno…

Desperté al otro día observando la nueva gotera de mi cuarto. El ambiente inundaba mis oídos junto a la penumbra de las cortinas. No hice más que respirar durante quince minutos… Es curioso, hace tiempo me preguntaba que se sentiría llegar a viejo, hoy puedo decir que lo permanezco haciendo. Es más, ahora me cuestionó si alguna vez podré darme cuenta de serlo cuando llegue el momento o si bien hace tiempo que ese rostro se ha enmarcado ya en mis sienes. Supongo que todo el tiempo es un misterio, un enigma más allá de las solapas que se le han ido empolvando al saco que ha de ocupar la muerte cuando venga a robarme la mano con la que he de firmar todos mis divorcios. Es sólo un pensamiento. Ya lo iré viendo con los días

lunes, 15 de septiembre de 2008

Susurros

EL BOLSILLO IZQUIERDO

Hoy es el famoso 15, el día que todos esperan para poder beber creyendo en una serie de mentiras sistemáticas, profesando una justificación más falsa que el hecho mismo. En fin, llevo ya con esta versión, 4 años manifestando lo que para mí es realmente este “festejo”.

SUSURROS.

Vamos al grito, vamos a festejar, me dicen año tras año algunos de mis allegados. ¡Vamos al grito! lo que sabemos todos, significa una bebedera de alcohol hasta la descomposición total en pos de un inicio muy tradicionalista y un desenlace completamente globalizado. Dígase de otra manera, nos sale lo que realmente es en la actualidad el mexicano. Un ciudadano del mundo que exige tradiciones y modernidad en la misma conjugación de tiempo, un compuesto de pretérito y presente al que sólo los connacionales le podemos agarrar sentido.
Empezada la fiesta existe el pretexto perfecto (o por lo menos el ideal para con los cotidianos) de desenfundar, cual florete, las bien recibidas botellas de tequila que ya no lo es, pero que nos lo siguen vendiendo como la costumbre dicta, y si nos sinceramos un poco, sabemos lo que el valor causa en estas fechas para con uno más de los hijos del agave, al parecer en estos días no hace daño. Habrá otros, pues, nunca faltan, que en garrafas pueblerinas (que no son más que recipientes hechos para cargar gasolina) nos brinden de su aguamiel o su curado de “algo” al que muchos se nieguen en pos de cosas que han oído y lo manifiestan de esta manera, o bien, en primera e hipócrita persona (yo no lo tomo porque… ¿sabes cómo lo preparan?). La música doliente no puede esperar, las populares entonaciones de desamores en la sierra, ciudad, pueblo, rancho, hacienda, árbol o maguey, engalanan las primeras sonrisas (ironía aparte) así como los primeros retos infames, infantiles y absurdos de quien bebe o aguanta más. Los caballitos empiezan a ensuciarse.
Si bien el asunto resulta un tanto más falsamente culto, un paso más “intelectual” digamos (en el puro sentido de lo que cantase alguna vez el Rockdrigo comprando a los sabios con los nopales), no falta quien se desenchufa por instantes de ese ardor de superioridad en cuanto a gustos musicales y resuelve desenfadarse con puro rock nacional. Tequilas a la garganta mientras oímos los riffs de guitarras que se hicieron imitando el mercado inglés y estadounidense, sonidos garage, grungeros, punketos, urbano-blueseros, alternativos o bien denominados puro rock se manifiestan en la cochera de amigos que han pasado sus mejores momentos al compás de música extranjera.
La hora del baile no tarda en llegar, a mover el esqueleto en un slam de cotorreo o bien con un buen tronador de columna como lo es el nombrado duranguense, los zapatos se desgastan con un suelo que empieza a engolosinarse y texturizarse cual mosquitero. La descomposición empieza a tomar forma en las deformes sonrisas y carcajadas, en las pláticas polémicas de política, sexo, religión, amor y demás temas en pos de alguno que sabe, se puede cambiar a este país, a este mundo. Lo único que pide es que lo escuchen borracho.
Lo primeramente punzante de todo este hervor es que en la mayoría de las festividades colectivas nunca hubo un mentado grito. Sólo pocos recuerdan el sentido del festejo (que en efecto el primario es ir y ponerse una excelente guarapeta) y todo termina como una fiesta normal. Escuchando los hits del momento, sean nacionales o extranjeros, ¿por qué no un buen reggaetoncito puertorriqueño, un hit americano, una que otra rolita alegre (por no decir gay) europea? ¿Por qué no un clasiquito inglés de los 70, algo psicodélicon del 67 y todos a observar el cielo nocturno que muere? Muerte de tradición. Yo me sigo preguntando por qué demonios todos se visten como en la revolución si eso no es lo que festejamos, para eso falta más de un mes y hay 100 años de diferencia entre hechos históricos. En fin.
Esa es nuestra libertad, nuestra soberanía, nuestra patria. Ese es nuestro grito, un pretexto para el pretexto mismo. Ese es nuestro cambio expresado en marchas que no llevan a nada. Esta es nuestra cárcel; una botella de alcohol y un corazón desangrado.

lunes, 4 de febrero de 2008

A este Son

EL BOLSILLO IZQUIERDO

Para esta ocasión me permití escribir sobre ciertos festejos que se dan en la temporada, estas organizadas bacanales que rondan por el mundo y que también por estos lares nos rozan. Debo decir que no soy muy adepto a ellos (todos aquellos lugares repletos de gente me niegan la calma) pero no por eso estoy en su contra. ¿Por qué criticar la naturaleza del evento? Al fin de cuentas, es sólo una expresión masiva de lo cotidiano. No paro de sonrojarme al oír todos esos labios “puristas y santurrones” que no desean preservar dichas atrocidades dignas de nuestra calidad como sociedad.

A ESTE SON.

“El carna (va) lito llegó”… Traspapelando el sentido de aquella añeja canción, estilo propio que me nace al recordar el sentido propio de la entonación que mí madre le daba a ciertas líricas desde el fregadero, cuando apenas era un niño que solía creerse piloto aviador saltando por toda la sala y el comedor mientras el radio sonaba; el radio debía de sonar. La música era importante. Si ésta no existía, el combustible de aquel viejo avión imaginario no lo dejaba despegar.
En aquel entonces, debo admitir, no tenía un sentido estricto de selección para escuchar ciertas entonaciones radiales que se mezclaban con las melodías interpretadas por la garganta de mí madre, pero en efecto ya me inclinaba un poco por los ritmos un tanto lentos y estilos un poco melancólicos. Podríamos decir que mí característica empatía a ser bucólico – en el presente – estaba naciendo. Sí, entre las baladas horrendas de la radio comercial de finales de los 80 y los desgastados tonos que mí madre impartía a las canciones que le traían mejores recuerdos.
El carnaval, pues, llegó de nueva cuenta a estas tierras. Debo admitir que yo no sé por que hay gente que lo critica y lo tacha de semilla de maldad. Nada de lo que pasa ahí es de sorprenderse, nos hemos ido acostumbrando a peores y más llamativos sucesos. Nuestra tradición siempre trata de imperarse en ser la bondadosa alma que no peca ni conoce el pecado. Lo único turbio para mí en esta pasada tradición es el asunto de los joviales muchachos que se alzan el cuello por el simple hecho de ir. ¿La borrachera pues es también un secreto de estado? Para mí es algo de lo más honesto, cuando me quiero poner todo fumigado al calor de unas copas lo hago en compañía de mis amigos y con ese fin y objetivo especifico. No me hago de ahorritos y escondidos esperando el afamado carnaval, o bien los también fatales y falaces congresos estudiantiles. ¿Por qué la gente muestra sus peores facetas después de haber escondido sus malévolos planes y luego los dice en voz alta? En ocasiones creo que todo eso se lo debemos a nuestra melodramática programación televisiva. Cual villano de telenovela nos ponemos detrás de un escritorio y nos decimos (implícitamente con fonética) “Me voy a volver un borracho, me voy a poner una de aquellas” con el estridente sentido de una mala puesta en escena en la ficción de no querer ser escuchado pero revelando todo el plan a los televidentes.
Yo apoyo el carnaval y todos esos desmanes masivos, los apoyo por el simple factor de eliminación. Digo, no me interesan para nada, sino existieran sería lo mismo, pero por no tener nada en contra de ellos, más que el sentido de todo lo que implica un festejo. Uno puede decir que la fiesta es la mala, pero la gente es la que la viste…
Yo no asisto a estas acostumbradas citas porque odio los espacios repletos de gente, aunque debo aceptar que me encantan las anécdotas que trae consigo el aire de todo ese hedor “sodomo-y-gomerrezco” (con la libertad de incursionar este adjetivo a mí vocabulario personalísimo). Pues, el carnaval se llevó acabo un año más, hubo perdidos, borrachos, drogados, zombies, monstruos y una que otra botarga que no sabia que hacía así. Hubo gente que conoció el amor (según) y después lo abandono, hubo divorcios y reencuentros, hubo arriesgados y uno que otro decepcionado o espantado que mejor decidió regresarse, hubo vida y hubo muerte, hubo baile, gritos y un poco de diversión honesta. Hubo carnaval y hubo llanto. Que mejor representación de la digna vida que hemos construido paso a paso con los años. Ladrillo tras ladrillo que ha traspasado la barrera de lo considerado como bueno. Me jactó de eso y me abrumo y divierto con las remembranzas de lo que en realidad somos, una fiesta ambulante que esconde todos los argumentos que la justifican.
“El carna (va) lito llegó”… y yo en casa, con una botella de ron y un tanto de música no bailable empero orgullosa. Mientras recuerdo los cánticos de mí madre, vuelo. Sólo vuelo.

martes, 20 de noviembre de 2007

Cajita Musical

EL BOLSILLO IZQUIERDO

Una vez más, hartado de la ignominia televisiva nacional, relato una ficción más que combino con una foto observada en un bar, colocada como “curiosidad” y de la cual no tengo ni la menor idea de cómo llegó a estar ahí. En fin, basado en todo un devenir de sentimientos es que escribo lo siguiente en contra de la tele, y de todos aquellos que no hacemos nada por cambiarla.

CAJITA MUSICAL.

Un hombre embarnecido cuelga de las paredes de un bar, los que ahí beben y logran percatarse de su presencia, sienten una pequeña pero extraña sensación de interés y repulsión. Algunos se acercan para mirar más cerca; ríen, otros, en cambio, tan sólo piden otra cerveza y se alejan con la mirada fija a la de la fotografía que representa al rollizo ser. Un hombre embarnecido - parcialmente desnudo - cuelga de las paredes de un bar.
Posiblemente nunca lo veamos frente a nosotros, es parte de la magia moderna que combina a las tecnologías, los medios y el desarrollo globalizado. Para muchos, ese tipo no puede ser mexicano; un tipo regordete de esta nación no puede llegar a ser tan interesante, un tipo con tales dimensiones y venido de esta tierra no puede llegar a ser parte importante en los foros internacionales de la afamada red. Para mí, sinceramente, se llama Juan, es un tipo depresivo que ha perdido todo; su hogar, su familia y su amor por la vida.
Sentado por meses en la sala de su casa, sin nada más que hacer mas que tragar helado y entretenerse con la programación de las cadenas nacionales, ha perdido la mitad de todo el desarrollo cognitivo que había logrado en la educación publica hasta el nivel medio superior (no mucho, pero algo). En tan sólo un par de meses, su sentido del humor ha ido en detrimento; ahora los chistes que contienen vulgares y excesivamente claros dobles-sentidos (que combinan a estudiantes de primaria con minifaldas, religión, alcohol y clichés venidos a menos), son las mejores bromas que jamás ha escuchado. Dentro de dos semanas, se habrá reído del mismo chiste un centenar de veces, creyendo - fervientemente -que la originalidad y el talento en esas casas productoras es inagotable. ¿Para que salir a la calle?, se pregunta a menudo - Aquí está la vida, se dice repetidamente mientras juega enternecedoramente a completar letras de canciones mientras cierra los ojos para no hacer trampa. Asimismo, el control le ha dado el poder de convertirse en juez anónimo de pasos de baile que jamás podría realizar, así como de observar con deseos la “exitosa” vida de otros que se resume en pertenencias y encierros ridículos de gente, que en realidad, no tiene un trabajo fijo más que la explotación ramplona de su imagen pública (que después quiere mágicamente tener una vida privada). Todo es hilado en una bella y alargada trama por Juan, en ocasiones espera los noticiarios de la noche para obtener un poco de drama, pero a menudo se lleva grandes decepciones al ver meras repeticiones de los contenidos de sus programas de espectáculos. Es el juez de jueces, el hombre poderoso que siempre había deseado; sentado es su trono - que no es más que un sillón carcomido por el gato que un día tuvo hasta que dejo de darle de comer - y su helado cual corona.
Un día Juan intento aparecer en esa ventana, esa pantalla que enseña el mundo (como dice él). Apuntó un número telefónico e hizo un par de llamadas para que alguien viniese a retratar la miseria en la que habita (“Para hacernos saber cuanto sabes de nuestras estrellas” decían ellos). Para su gran sorpresa, salio ganador. Y ese día, con las camionetas con los logotipos de la televisora y las cámaras y los cables y un “famoso”, Juan fue la persona más importante de la colonia, ahora él era parte de esa ventana al mundo. En un momento de descanso, justo antes de que todos se marcharan, alguien tomo esa foto. La de Juan, semidesnudo, tirado en un su sillón. La fama término ahí, en un par de días volvió a encerrarse en su mundo. Nadie volvió a dirigirle la palabra, su sueño de popularidad había sido arrebatado por el tiempo y el infortunio. Hoy, simplemente es la imagen que más capta la atención en un bar como parte de una “curiosidad” que viaja por la red. ¡Que mejor!
Aunque ya viéndola bien, en realidad no parece mexicano. Se ve bastante güerito.

lunes, 3 de septiembre de 2007

Brindis

EL BOLSILLO IZQUIERDO

Esta columna se redactó pensando en un posible fututo; cuando me convierta en el viejo borrachín del pueblo y los jóvenes me vean como el tipo raro al que no hay que acércasele en la infancia, pero hay que seguir para la entrada a la adultez (si es que bien nos va).

BRINDIS.

Cada cierto tiempo me da por virar en las esquinas que se van formando en las esquelas que guardo en mi memoria, durante todos esos eventos en que levanto con orgullo mi cerveza y brindo en pos de una gran elección, en espacio y tiempo, para brindar con mí bebida de cebada, es decir: siempre ofrezco mi salud ante un buen momento con las fichas del domino de las próximas y venideras anécdotas (amigos, compañeros, camaradas y anexos) sin pensar, y sobre todo sin desear, un mejor futuro a largo plazo, pues dichos pensamientos han quedado atrás; cercados en las bellas palabras de los despreocupados bohemios y vernáculos poetas de anteriores generaciones. No soy de los que meditan en demasía y mucho menos de los que se consideran un arquetipo moderno de cualquier clase de arquetipo existente, en todo caso, si estamos bebiendo al momento de un brindis, todo conlleva a pensar que no estamos pensando del todo en un futuro.
Algo así rezaba en su caminar Don Saúl, aquel otrora joven apuesto conocido simplemente como Saúl y que como parte de la ironía natural del ciclo de la vida terminase conociéndose como “El Don” a secas.
En los últimos días de su vida lo recuerdo con los ojos de un infante que corre por las calles como único recurso de aventura desmedida, “El Don”, como ya se le conocía por esos tiempos, solía encaminarse por la calle central hasta “La otra avenida” el que en esos grisáceos tiempos (que no han cambiado) era el bar por excelencia para los encuentros de domino, las partidas de recuerdos y las manos de desamores; en otras palabras: el ambiente perfecto para que alguien se atreviese a pensar en el presente y levantase su botella de aguardiente y brindar, simplemente brindar.
Con el pasar de los años, y sin saber como, todos aquellos corredores de calle nos convertimos en caminantes de la avenida principal, nos fuimos acercando lentamente a “La otra avenida”, casi al mismo tiempo en que el caminar de Don Saúl se volvió un poco más tardo y su habla y sus argumentos se fueron acabando. De niño recuerdo vagamente su salir de la cantina, no así su caminar tambaleante que lo hacia cada cierto tiempo virar por las esquinas al azar, cosa que en ocasiones lo alejaban de su hogar o si bien le iba, lo acercaban a el.
Mi primer brindis “serio” si es que ese adjetivo existe en este rubro fue con él, con “El Don”, con aquel que se había ganado el mayor respeto a base de sufrimiento y pesar, aquel para que el regreso a su casa era un azar y una aventura más de desazón. El tiempo nos fue acercando a esa vida y a él se lo llevo par a siempre.
Hoy los tiempos han cambiado, no así nuestro mortal pensar del presente que siempre vivimos y dejamos de vivir casi al mismo tiempo, hoy los tiempos aún se rodean de aire, un aire que de vez en cuando nos hace girar al pasado, en mi caso: al recuerdo de aquel apuesto joven que sufrió la fortuna de envejecer, “El Don”.
Así que cada cierto tiempo, beba o no, me da por virar en las esquinas de las esquelas que formo en mi memoria. Tal vez en alguno de esos virulentos giros me encuentre con mi destino y después brinde por el, no obstante no pensaré en lo que haré con...
Así es como el paso cada vez más lerdo de una rutilante figura de mi infancia ha quedado impreso en mi sentir cada que levanto la botella, cada que me olvido del futuro, pues ahí es donde radica el encanto del brindis, del motín hacia con la memoria, del olvido para con el olvido mismo. Es cuando todos chocamos las bebidas y nos hermanamos, que vencemos al obligado futuro, pues sabemos que no seremos olvidados. Y vencemos a la muerte.

Impulsos

EL BOLSILLO IZQUIERDO

Un día bien me puse a pensar lo humano que somos con el amor, cuantas veces dejamos que nos arrolle con la misma rutina y con las mismas manías. Recordé todos los pretextos que me han dado para no formalizar, percatándome que siempre ha sido el mismo. ¡Que originalidad tiene el romance!

IMPULSOS.

El otro día conmemoraba todas aquellas tristes frases con las que me he topado en mí andar. De esa forma, simplemente arribaron a mi aletargada razón de ser, todos aquellos saludos truncados por despedidas improvisadas, sonrisas perdidas en pos de una ajena alegría, y la etérea combinación de todos los caminos desviados con el simple objetivo de seguir adelante sin importar el fin.
En el bucólico transito de los años, no he dejado de compilar todos esos amargos ratos en hojas color ámbar; adornadas todas ellas, claro, por una pequeña tira de texto casi no legible y una especie de croquis, señalando el órgano vital malherido: el que desangra por escuchar el llamado que no le pertenecía y que constantemente rompe los eslabones del silencio con fuertes rutas musicales de sufrimiento y añoranza.
En el deambular, ocasionalmente evoco esos pequeños fragmentos de tiempo que han encaminado irregularmente el contento del estar, del ser uno más de lo que al mirarse a la cara, en esa rutinaria mesa de desayuno que es el mundo, tan sólo se dicen con la mirada: yo también he llorado y sufrido por llorar.
Somos frágiles, tan frágiles, que solemos olvidarnos de nosotros mismos con un par de tragos corrientes en el bar de siempre. Al que hemos de visitar cuando la sed de sonrisas ha secado ya el tanque de las satisfacciones.
El otro día conmemoraba ahí, en esa lúgubre entidad, todas aquellas tristes frases con las que me he topado, con las que he cruzado espadas en una lucha que nada ni nadie puede ganar, nada ni nadie más que el deseo de seguir soñando con un recuerdo que jamás sucedió.
Ese día estábamos sentados todos, y digo todos; completamente entero el séquito que ha conformado mi rutina por los últimos años. Jamás lo había notado, pero nuestros apodos bien pueden conformar una especie de quinta fantasmal; un lugar donde es mejor llegar muerto para vivir de los recuerdos - que vivo y morir por recordar.
Antes solíamos reír, ahora solemos recordar cuando las risas eran el motivo de las juntas, cuando las razones de la risa obligada y nada sincera, era el camino elegido para sacar del bache a alguno del clan. Hoy las cosas son distintas, tal vez hemos optado por reír sinceramente y tan sólo, muy de vez en cuando, recordar las penas, dejando atrás el aguarrás malgastado por aquellos saludos truncados por despedidas improvisadas, sonrisas perdidas en pos de una ajena alegría y la etérea combinación de todos los caminos desviados, con el simple objetivo de seguir adelante sin importar el fin.
Así me encontraba el otro día, escribiendo en una servilleta vieja, toda esa tristeza nueva, todo aquel olor a tierra revuelta por el arrastrar de mis pies. Las fuerzas se habían marchado, pero mis manos aún sujetaban el aire que rozaba las mejillas de Ella en algún otro lugar.
Como siempre, las sonrisas sedimentadas en el fondo del vaso lo apagaron todo. Al poco tiempo me empecé a acordar de todas aquellas otras frases que me han retorcido en el origen de la sangre que me levanta a diario, las escribí en otra de esas servilletas usadas y le prendí fuego, fume el humo, me encargue de agotar las sonrisas, y después, de la nada, me encontraba con una ligera mueca de maldad en la risa.
Entre abrazos, tragos, cometarios maliciosos, maldiciones gitanas no creíbles y carcajadas, se me fueron acabando los pretextos como para jurarme jamás volver a pensar en Ella. Siendo sincero, tal vez mañana lo haga, tal vez mañana cambie de nombre, forma, sentido, aliento y aroma. Y ahí estaremos, de nueva cuenta, amarrados a la vida que escogimos y recopilando una vez más todas aquellas frases que nos han de hacer reír años después, cuando la conjugación de los tiempos cambie y seamos tan sólo, al igual que todos, un mero motivo para seguir sufriendo a veces y sonriendo en otras.

sábado, 1 de septiembre de 2007

Un Extraño Cuento sobre un Amor lejano.

VÍA LIBRE

Que más se puede decir, un cuento no tan logrado que después se modificó para que fuese más sólido. No obstante, esta es la primera versión; el borrador original.

UN EXTRAÑO CUENTO SOBRE UN AMOR LEJANO.
Marzo, 2007.

Posiblemente ella se fue un día de sequía, observando el temporal que se avecinaba a lo lejos, imaginando la tormenta. Llanamente, en su imaginación, no debió existir otro pensamiento más que aquel que se llena de las ganas de alejarse del calor, del color de la tierra que nos quita por años del camino. A menudo la recuerdo tomando aquellos horizontes que nunca optamos por visitar, en esos territorios que quedan debajo del norte y encima del sur.
Cuando me preguntan por ella suelo acomodarme en mi silla y frotarme las cicatrices que dejó al marcharse, siempre con una sonrisa mencionó su nombre, no podría hacerlo de otra manera.
Jamás he contado las veces que he tenido que relatar su historia, pero siempre la comienzo de manera distinta. En ocasiones digo que la conocí en la calle, tropezándonos. Ya saben, yo la derribo, ella tira sus papeles, yo otros, entonces nos vemos, nos hablamos, nos sonreímos. Otras veces viajo a una sierra nevada, aunque es de todos sabido que jamás he tocado la nieve, suelo mencionar que en esa ocasión estaba solo, esperando un poco de calor, y ella, cayó del cielo, aunque en realidad estaba perdida. En otros momentos narro todo en un estacionamiento, ambos habíamos perdido la ubicación del coche, misteriosamente teníamos el mismo modelo, del mismo color y con una placa muy similar, sólo un número cambiaba y ese ya estaba medio borroso en ambos vehículos. Suelo también decir que la conocí en una persecución. Ayudaba a una anciana a recuperar su bolso cuando derrumbe al ladrón y le arrebate en el suelo el motín, sin darme cuenta estaba a sus pies. En pequeñas instancias del relato me refiero como un héroe para ella, ¿mencione que yo era su héroe?
Mentiría en todo caso si no dijera que la ame; un corazón unido con un hilo es bastante prueba como para negármelo. A menudo veo su silueta en la estación del tren, ella se prepara para dejarme, alejarse de toda esta vida que llevamos juntos. Es entonces que recuerdo que el tren ya no existe y no hago nada, dejo que su silueta me abandone al igual que la dejé irse, posiblemente, en un día de sequía.
Mario es el nombre de aquel que me acompaña siempre en el bar, es un tipo retraído que cambia de rostro cada noche. En ocasiones me reconoce, pero siempre hace lo posible por escabullirse a una mesa y besar a alguna dama que me figure la imperfección que ahora veo en cualquiera. Mario siempre esta ahí, antes y después de mí, sus abrazos son de lastima y siempre silba al oído del desamparado alguna tonada de alguna canción de Leonard Cohen. Nos hace llorar para luego reír, él la conoció y sabe que debe preguntarme por ella.
No recuerdo la última vez que me vi en un espejo, pero dicen en el pueblo que tengo un rostro triste, una amalgamada condecoración de vejez justo debajo de la sonrisa, la que sale cuando arribo a aquel capítulo que reza la ocasión en que nos quedamos dormidos antes de darnos un beso, la vez que me tropecé en el escalera por seguirla después de un enojo.
Una que otra vez viajo hacia lugares remotos, camino largas distancias con el fin de propagar su leyenda, son días y noches donde el habla no me para, donde me seco por contarla. Son días y noches de aquella alegría que aún me mantiene. Duermo soñando en ese momento en que veía el televisor y ella veía a lo lejos acabarse la sequía. .- Algún día va acabarse ese calor, lloverá. Solía decirme mientras yo miraba en sus labios la oportunidad del próximo beso. Ella tomo el camión justo cuando yo empecé a buscarla.
No tenía amigos, hablaba con todos por igual, jamás confió a nadie algún secreto. Yo, al contrario, todos se los confiaba a Mario. Es él mismo él que nunca entiende bien la historia y siempre me detiene en la calle, me acerca una silla y me pregunta por ella. Todos quieren saber donde se puede conocer a alguien así, yo simplemente le respondo contándole de principio a fin una historia que jamás ha tenido coherencia. Tal vez Mario realmente entiende tanto la situación que hace lo que hace, me deja hablar sobre ella.
Una vez la vi, hace años, regreso buscando un vestido que había dejado por error en la casa de a lado. Yo me dedique a mirarla por la ventana hasta perderla en el horizonte, le dije adiós con la misma quietud con la que se alejaba de mí por segunda vez. Jamás detuve su camino, cuando estuvo a mi lado siempre luche por hacerla feliz, aunque en ocasiones se molestaba que pusiera mi música a todo volumen, que viera mis películas sin color, que me la pasara escribiendo horas y horas vidas que no existen, como bien solía decir. Ahora es distinto, soy todo lo que ella hubiera querido, dedicándome por completo a su recuerdo, salgo todas las mañanas a buscar quien me acerque una silla.
Han pasado muchos años, mi andar se ha convertido en un aletargado caminar, en un sinuoso zigzag que siempre me ha de poner frente al sol. Todo me recuerda a ella y ella me recuerda todo aquello que he vivido.
Sentado me despido del día, todos los días, cuando he de haber contado su historia unas 20 veces; al aire, a las aves, a los niños, a los niños que llegaron tarde, a los visitantes. Dicen que al contar mi historia uno puede entender la vida del pueblo. Yo menciono a Mario, él no ha envejecido, es una especie de Dios, es lo que ella hubiese necesitado. Hace poco me entere que murió. Estaba casada y feliz, fue enterrada con su corazón entero.
En cambio yo aún sigo aquí, pero me acerco a ella a cada día, siento que me llama cada que el corazón se me detiene por escasos segundos. Siento que todo ha de comenzar pronto y sonrío, en la noche, en la soledad de la casa que dejó cuando vio por terminada la sequía.
Posiblemente tomó el camión del camino largo, le gustaban los paisajes, las rosas blancas y los olores fuertes. Posiblemente existió en unos de esos tragos amargos que empine en mi garganta a lado de un desconocido en todos estos años.
Suelo reconocerla cuando envenenado por el alcohol, llego tambaleante a la puerta de mi casa, cuando huelo ese pasto recién cortado y veo la rosa blanca que tanto cuida el vecino. Suelo mirar al faro como un sol y duermo creyendo que el día ha llegado, que hay que empezar de nuevo la vida. Es posible, sí, que ella exista en algún rincón de esta vida. Yo he de buscarla para poder contar su historia después. He de caminar llevando su leyenda, que posiblemente nunca exista, es probable que aún éste muerta.

Dicen por ahí...

VÍA LIBRE

Este relato, digno del calificativo de vago e indefinido, se escribió por pedido de una amiga que me solicitó - con un enorme favor - el auxilio de mi vaga e indefinida mente. ¿Qué más podía haber hecho que no fuese escribir?

DICEN POR AHÍ…
Marzo, 2007.

Don Nabor es uno de esos tipos que a diario recoge el diario para ver únicamente la sección roja; probablemente encuentre a alguno de los hijos de sus amigos en ella. Vive en una pequeña colonia al sur de todo. Es un tipo inquieto que aún mantiene en su baño los adornos de navidad de hace dos años, se divierte observando la sonrisa del reno mientras hace, razón suficiente como para dejarlo en ese lugar donde tantas alegrías le han costado más de dos infartos.
Al igual que muchos de nosotros, Don Nabor no es un anciano, le dicen “Don” nada más por “chingar”, como bien dice una amiga que conozco. Es un extrovertido personaje sacado de las reflexiones bíblicas que guardo en mi cabecera. La misma donde me he hundido en más de tres ocasiones por causa del inagotable alcohol, que es como dice otro de mis apaciguados compañeros de bebida, la eterna maldad: “El alcohol es malo, por eso debemos acabárnoslo antes de que dañe a nuestros hijos”.
Y es que Don Nabor siempre sale a la plática cuando veo los ojos cansados de aquellos que dicen que ya estoy abatido por ahí de las 4 de la mañana, después de una noche de ayuno y bebida. Charlamos y charlamos tanto de él que jamás nos hemos puesto de acuerdo para designarle la anécdota de cuando y cómo lo conocimos. Y es que Don Nabor bien podría ser el tipo comodín y miserable que llena nuestras vidas. Él nos hace sentir importantes por un breve momento de nuestra existencia.
¿Te acuerdas cuando Don Nabor se cayó en la entrada del Bar y te empujo el vaso y se te regó la cuba en el pantalón? Solemos decir mientras unas mujeres bellas entran al bar, esperando que nos vean de reojo, y en un espasmo violento de ignorancia, decidan brincar a nuestros brazos rendidas como bellas durmientes bastante despiertas. Yo siempre he de imaginarme como el sapo que necesita el beso pero dicen que a ese se lo llevo la tormenta.
Y es que entre tanto pensamiento, análisis y estructura, dijera el otrora Profeta del Nopal, Rockdrigo González, me he percatado que la mitad de mi vida le pertenece a los comentarios de ajenos, no sé usted, pero yo soy un tipo promedio que a la vieja usanza de Tarzan, se avienta no por la liana más gruesa sino por la primera que encuentra la mano. Y así, pues, me la he pasado los pocos o muchos años que he estado correteando el kilometraje del amor, dudando de todo ese pensamiento que me llega para solucionar la ecuación mágica de la comodidad.
El otro día, por ejemplo, observaba detenidamente junto a mi vecino un panel de cemento y ladrillo resquebrajado por la humedad, algunos lo han de llamar pared, pero es ahí donde radica el asunto de este maltrecho texto. Todos hemos de tener esa maldita influencia a la que Raúl Velasco llamaba “el ingenio popular”. Dicho muro, pues, como también podría nómbrasele, tenía una grieta bastante profunda que bien podía hacerlo colapsar sobre otro de esos paneles que le pertenecía al hogar de mi contiguo compañero de vivienda. Entonces, como bien dictamina la normalidad, surgieron todos estos dimes y diretes de que hacer con el mendigo parapeto ese que estaba a punto de caerse, se arremolinaron todos los demás habitantes de la colonia para debatir e imponer su punto de vista. Haciendo el cuento no muy largo, puedo decir que dicha pared sigue ahí, a medio caerse y sin que nadie haga nada. Entre tanto consejo, nos ganó la apatía del tiempo y le encargamos todo al señor, si es que existe. Hasta ahora no se ha aparecido con su cuchara.
Y es que en esta pequeña sociedad donde coexistimos con otros seres similares (en cuanto a forma y olor), no nos queda de otra que entrarle al quite en la batalla del conocimiento populachero. ¿Quién demonios va saber más que uno? Es cuestión de orgullo banal que otro conteste más rápido, que de la solución a velocidad vertiginosamente mayor a una cuestión que debería dejarse, únicamente, pasar. A mi me encanta realmente el tipo que al levantar el cofre del coche cree que se va a componer por arte de magia, así como aquel que usa un cuchillo como destornillador y martillo. Me fascinan esos momentos en que como animales, se nos imponen los instintos y lo podemos todo, todo lo sabemos.
Durante todos estos años en que he aportado mi granito de arroz a la vida, he descubierto más de 10 formas de cómo colocar un foco, limpiar una alfombra, quitar el olor del cigarro, defenderme de un asalto y cómo abrir rápidamente un carro y prenderlo sin llave, queriendo, a la vez, que no se propague más la delincuencia. En fin, creo me he desviado un poco del tema central, si es que existe alguno cuando me da por abrir las manos y escribir.
La cuestión mágica de este relato era indicar esta otra causal de sapiencia pública, la que sucede en ese otro bello momento de ruptura banal. Cuando uno se siente apaciguado porque el prójimo le arrebata el comando de la acción, y es él el que se luce en las artes de la vida y la improvisación. Dicho de otra forma, él es que levanta el cofre del coche y mueve todos los cablecitos para ver si arranca otra vez. Mientras uno, a lo lejos, venera su estado de quietud en la mirada y el manejo de sus nervios, que en realidad no indican otra cosa más que su ignorancia total a todo lo que ve.
Si bien este tipo de situaciones son criticadas o negadas por cierto sector del intelecto de elite, a mi me encanta describirlas por su sentido lúdico. Es en este tipo de situaciones que uno contribuye a que se expanda más este saber colectivo nacido de la nada, porque uno copia la pose, la frase, el pensamiento o la técnica para solventar las situaciones que han de suceder en algún momento. Son esas las lianas que uno opta por tomar cuando esta por caer en esa jungla de miradas.
Entonces, en uno de esos momentos en que uno no tiene otra que hacer más que estar con uno mismo, fue que me percate que yo no soy yo del todo, sino que parte de todo ese accionar cotidiano es parte de la asimilación de lo que otro dijo o hizo. O séase, soy la mitad de idiota de lo que debería ser. Hasta para eso nos copiamos las mañas.
Siempre estamos creyendo en esas historias que no tienen sentido: dicen por ahí que es cierto lo que dicen que no, dicen por ahí que si te vistes de rosa el primer día del año, dicen por ahí que si viajas por ese camino, dicen por ahí que si colocas ese disco en tal escena de la película, dice un amigo que terminó a su bella novia diciéndole “es que dicen tantas cosas que ya no sé si te quiero”. Es más, dicen por ahí que se hace camino al andar y que el amor existe. Eso sí, el romance se cuece aparte, siempre el que da el mejor consejo es el que más jodido está. En fin, me he percatado que la mitad de mi vida se forma de tópicos ajenos que nunca formaron parte de mis intereses personales, pero, que por extrañezas de la vida, ahora sonrojan mis mejillas cuando siento la tenue brisa del mar, en los obligados viajes universitarios a la playa que tanto odio, pero es que dicen por ahí que son signo de poder y diversión.
Así que al más puro estilo de mi personalidad, o mejor dicho, la mitad que sí me pertenece, escribo con cierta divagues debido a este viaje dentro del ignominioso tema de la originalidad. Y es que dicen por ahí que todo mundo cree ser autentico cuando ni en sueños se puede. Ya ven que hasta libros para entender los quehaceres oníricos hay; es más, dicen por ahí que si sueñas conmigo sientes que te lleva la tormenta (como aquel sapo que necesita un beso).
Y fue ese mismo sentir el que me trajo a estas pedernales hojas con el objetivo de siempre, aquel de derrochar el sentimiento que peligrosamente habita entre el bien y el mal y que se osa llamar “ser humano”. Y es que dicen por ahí que dizque escribo y que casi no cobro, que en mi humilde creencia, parece ser la mejor razón para pedirme escribir cierto texto que poco tenga que ver con la formalidad de lo establecido como serio y dramático. La verdad es que soy un taburete casi fijo en cierto bar de la ciudad, dicen por ahí que de seguro en vidas pasadas fui barrica. De ser así, yo y mis adeptos en el clan de la ebrietud seriamos un viñero bastante coqueto. De esas cosas tan feas que hasta logran ser interesantes. Pero no se imaginen algo tan aterrante, tenemos nuestras rachas donde preferimos salir a tomar el aire o y asaltar gente pobre para alentar las locuras de la izquierda radical.
Somos risas ambulantes que aspiran deformar el sentido tratando de reconfigurar el aliento. Somos gente tan común que nos saludamos cada vez que nos vemos, tenemos miedo de olvidarnos de un día para otro. Y es que no hemos logrado borrar el día que pasó eso, ocurrentemente preferimos recordarnos con una apretón de manos y un sincero abrazo cuando ha pasado mucho tiempo. Don Nabor siempre contento nos mira deseando que algún día lo tomemos en cuenta de esa forma, pero se convence después de mucho entender que un día hemos de desaparecer. Que él seguirá igual de joven hasta que el último de nosotros tenga que tomar sus maletas y cruzar el umbral, en todo caso, esa mala fortuna de aquel del clan que lo lleve a morir al último, y en soledad, le dará la oportunidad de cruzar ese umbral con Don Nabor, el mejor amigo que uno puede recordar cuando las cosas mal están. Y es que dicen por ahí que de esos hay muchos, pero no lo creo, nadie recoge el diario todos los días esperando ver a los hijos de sus amigos en la nota roja. Pero bueno, debo retirarme, Don Nabor, o Nabor, como deberíamos decirle, lleva un largo rato en el baño y ya no se oyen sus risas por aquello del reno, mejor reviso si no le dio otro infarto. Dicen por ahí que esas cosas matan, pero eso sólo lo dicen los vivos.