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España, 2009.

Sunset Boulevard

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lunes, 25 de mayo de 2015

La Sal De La Tierra

REDONDO.
The Salth Of The Earth
La Sal de la Tierra (Wenders & Ribeiro Salgado, 2014)

Más que una documental en forma que presenta la obra, influencia y pormenores del contexto personal, familiar y profesional del fotógrafo Sebastião Salgado, que se cuenta desde esas aristas, este nuevo trabajo de Wim Wenders recae más en una película tributo; un vistazo personal más no intimista del creador para con su obra misma: una suerte de espejo (más visual que en contenido) que nos mantiene, eso sí, maravillados con una serie de impresionantes placas en blanco y negro que dan muestra y fe de unos de los talentos fotográficos más relevantes en las últimas décadas. 
Narrada mayormente de manera cronológica, pasada la presentación de nuestro personaje central, la obra de Salgado se nos introduce con sus propias vivencias a través de las propias colecciones que él ha ido realizando: sus pretextos para introducirse en este mundo de la escritura de la luz y los objetivos y sacrificios realizados para con cada compilación. Su voz, calma y hasta cierto punto reflexiva, nos coloca en un bello pero difícil camino que sesga hasta cierto punto el límite central del acto de Documentar: el autor nos comparte sus construcciones pero es él mismo, al igual que el conflicto, la única voz cantante dentro de este universo fílmico: acto y testigo, hecho y consecuencia. El artista hablando de su propio arte a través de los caminos ya fundados y cimentados. No está de más decir que los resultados terminan siendo convenientes y hasta lógicos para con el propio realizador. El espacio de la crítica o el halago ganado y merecido se deja a un lado; está claro que esa es la apuesta pero de la misma manera este camino torna con una línea homogénea todo el filme que, sí, se logra sostener gracias al material propio del fotógrafo y un par de capítulos que nos alejan de la formula. 
Con una mano que se lee a las primeras de cambio: Wenders reverencia el trabajo de Salgado, el camino es claro y directo desde las primeras líneas de la cinta: Salgado ha visto a través de los años el lado más oscuro del humano, las junglas sociales y la aridez moral de nuestra raza. El mundo es un campo de guerra que al parecer no tiene salvación y hasta cierto punto es merecido. Su lente, siempre cautivo, se ha prestado con un estilo peculiar y constantemente entre halos de luz y polvo levantado para sorprendernos, muy bellamente, del lado antes mencionado: el lúgubre, el incoherente, el indescifrable, el incomodo. 
Bajo un final que se intenta esperanzador, este documento nos relata también un lado, quizá el más desconocido, del homenajeado: la lucha por la reforestación de la sierra donde habita su abuelo y que le marcó su visión desde pequeño. Esta disputa, que sí bien se presenta como perdida en cierta parte media del filme, deja el resquicio, obvio también, para que en el desenlace se nos de una especie de ejemplo y creencia de poder hacer de este mundo –este ombligo social que apenas sale bien librado a través de la obra de Salgado– un lugar mejor. 
¿El mundo puede cambiar?, parece preguntarnos hasta cierto momento la nueva cinta de Wenders y el mismo hijo del fotógrafo. “Ha cambiado”, parece respondernos la obra de Salgado, para mal, casi siempre para mal. Pero con un poco de esfuerzo y sacrificio las cosas podrían girar hacía el otro lado. Claro esta que dichas insinuaciones son una interpretación libre que se dejan entrever en el discurso-monólogo del propio artista. Queda claro, también, que en esta cinta-homenaje, más que la narrativa uno debe ir preparado para dejarse llevar por la belleza y portento de la obra fotográfica de Salgado, pues al parecer estamos ante una galería meditativamente viviente. Pero eso tampoco es una novedad.

La Sal de la Tierra de Wim Wenders & Juliano Ribeiro Salgado

Calificación: 3 de 5 (Buena a secas)

lunes, 3 de septiembre de 2007

Las cosas, cosas son

VÍA LIBRE

El presente texto nació el día que alguien me hizo revalorar mi labor como supuesto fotógrafo – cosa que no soy. Se me prometió, en aquella vez, un espacio para exponer parte de mi trabajo, el de aquellas imágenes que en ocasiones detengo. Este texto, pues, es lo que surgió como una reflexión personal de mi labor como…
Asimismo, serviría como la introducción a la colección que presentaría.


LAS COSAS, COSAS SON.

Muy a pesar de los ascéticos comentarios que he recibido de mis allegados en la onírica experiencia del cotidiano vivir, sigo creyendo fuertemente que mi muerte aparecerá de repente, como si nada, con la vulgar imagen de un carrito de supermercados dirigiéndose a mí abnegado cuerpo después de haber sufrido algún tipo de infarto. Tirado, tardío y con menos fuerzas que un acorralado sueño en la realidad; estaré más como un pedazo de carne en desuso que como lo que fue una vida. Será, pues, ese choque brutal del carrito de supermercado con mi cuerpo lo que liquidase de tajo el camino hacía aquella luz al final del túnel en el viejo cliché espiritista. Empero, la creencia siempre se separa del último halito del deseo, ya que si en la humilde herencia humana del desear, alguien me preguntase como apetecería morir, tal vez contestara de una forma distinta a la de aquella que me aqueja desde la natural comedia negra. En el legado de mis hábitos podría mencionar que mis deseos son los de apagar el corazón en una azotea, de noche, sentado en una silla de plástico corriente, con una botella de vino en la mano y una grabadora a lado que hiciera resonar algún jazz aletargado, de preferencia alguna tonada de Gillespie o de Pass.
Y mencionó la muerte porque la muerte da vida. En todo caso, no tenemos otra opción que creer en eso. Y es que las imágenes de un empleador de cámara amateur como lo soy, no me dejan más creencia que esa.
Soy un asesino confeso, desde pequeño lo sé, amante de la muerte, adorador de lo eventual. En todo caso, soy más un cuenta-cuentos que lo que pareciese un creador de imágenes. Verdugo de una realidad por medio de la mirada en pos de un regalo casi eterno (por lo menos más que un hombre).
Ven, toma, te regalo mi mundo, tu mundo, nuestro mundo. Tan sólo quiero que lo veas desde mí. Iba caminando por la calle, ya sabes, lento, agraviado por el aire y entumecido por los diálogos que se escuchan en cada esquina. Y así, de la nada, como lo será también mi muerte, decidí asesinar ese vigoroso ritmo urbano que sitiaba el edificio donde te vi por vez primera. ¿Cuántas veces hemos estado ahí?, ¿Dos, tres?, ¿Fue ahí donde nos conocimos? No lo recuerdo, pero hoy evoque ese momento. Por cuestión del pasado decidí que fuera en blanco y negro, por cuestión de un semáforo, la tome desde el suelo. No lo sé, me gustó el resultado. Si alguien me cuestionara sobre ella no sabría que decir. Es una realidad asesinada, no hay más vida dentro de ella que lo que cada persona le dará. Ves, la muerte da vida y a mi me encanta desnucar esa realidad que nos abruma; darle un respiro, detenerla, perpetuarla para encontrar en ella historias que después podré contar como mías. Al fin y al cabo yo estuve ahí.
Ven, toma, te regalo tu calle, vista desde mí. Quiero que entiendas que es lo que veo cada que me acerco a tu casa. Debo admitir que siempre he creído que en esa casa amarilla se realizan orgías. Tengo una foto acerca de eso, la tome un día después de observar como entraban tres tipos afeminados. No te preocupes, sabes que no soy del todo lúcido. ¿Te he contado como quiero morir? ¿Alguna vez intente hacerte reír con la absurda historia del carrito de supermercados? Son sólo imágenes más que me invento cuando no llevo mi cámara.
Ven, toma, te regalo un asesinato más, este es de la playa, de paso te regalo parte de mí mirada. De esta forma, creo, le doy la vuelta a aquella guapa frase que cantase Tizoc. ¿La recuerdas? A mi me la enseño Nicanor, un amigo imaginario que tenía de niño. En ocasiones aún se asoma arriba de mi hombro a aconsejarme como ver está ciudad que en ocasiones comparto asesinándola.