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sábado, 8 de diciembre de 2018

La Balada de Buster Scruggs


REDONDO.

The Ballad of Buster Scruggs
La Balada de Buster Scruggs(Joel & Ethan Coen, 2018)

Peregrinas en ritmo, forma, práctica, e incluso gusto, resultan las viñetas que presentan los Hermanos Coen en su más reciente entrega. Un compendio de historias que si bien no se entrecruzan, sí hallan un punto de unión tanto en los parajes genéricos del western como en su muy particular y límpido estilo. Una cinta que si bien parece a las primeras de cambio irregular, termina por ser un ardid sumamente bien ejecutado para introducirnos en sus manías más profundas; en sus temas, sus cadencias, su sentido del humor y demás elementos –tan particulares muchos de ellos– que han originado esa atmósfera que ha rodeado su filmografía por más de 30 años. La Balada de Buster Scruggs bien puede terminar siendo una película plenamente para sus más fieles allegados, sí, aunque también es una ventana –y posibilidad– para ingresar en su universo. Quizá incluso un llamado a toda una generación que no ha tenido la oportunidad de explorarlo. 

Buster Scruggs es, pues, tan sólo el botón inicial de una colección de estampas humanas y narrativas que reflejan, reviran y convocan a los cánones morales y estéticos estadunidenses para desdibujarlos desde la sátira, la introspección y la obstinación de permanencia de los mismos. De esta manera, claro, lo que se obtiene va más allá de un simple mosaico de formas y tonos; la diversidad se presenta a manera de un collage de valores y tradiciones que delinean fina pero pujantemente el sentir y personalidad del norteamericano común: la perspicacia de sus acciones: la necedad por el auto-enaltecimiento de su imagen a través del disparate, la indulgencia como castigo o bien una segunda y fatal oportunidad, la casualidad como artimaña o fiel compañera de la mala fortuna… la búsqueda del porvenir equidistante a la conveniencia de la utilidad y el consumismo sin remordimiento alguno. De la misma manera los sacrificios y tenacidades de la soledad (de la pertenencia) y los sueños hacía un improbable y quizá imposible futuro se introducen; ocasiones que se van dando durante largas jornadas de viaje, de un multiculturalismo adverso y los diversos matices éticos que se confabulan y unen cuando un misterio se devela para generar un aire de vacilación y de sospecha, de una incertidumbre a tal grado que es incluso allí, en ese vacío, donde los realizadores han decidido concluir la obra.

Con la siempre esperada manifestación de talento en la construcción y dirección de sus personajes, el ornamento visual (otro de los grandes acentos en el cine de este pasmoso dueto) corre bajo la fotografía de Bruno Delbonnel, cuya labor unifica las diferentes maquetaciones con un tono elegante y explicativo en los diferentes escenarios, ad hoc al diseño de producción de Jess Gonchor que no se queda de lado. La música de Carter Burwell por su parte realza, exagera, media y colorea dependiendo sea la necesidad de la expresividad en pantalla. El montaje es de destacar pues impulsa un ritmo que atrapa con un garbo y soltura pocas veces visto en este tipo de películas. Ya sea con meras acciones o un ejemplar uso en la abundancia en diálogos, siempre avanza, no se detiene ni decae. Su homogeneidad abraza y guia por un camino multifacético que demuestra interés a cada paso. 

Al final, La Balada de Buster Sruggs resulta ser el cántico de la tradición estadounidense, de la tan anunciada y tan vendida esperanza que nunca acaba de llegar pero que siempre se avista ya sea como espejismo o como prédica moral, religiosa y política. Dentro de estos agraciados cuentos los Coen exhiben sus años dentro del mundo del séptimo arte, desnudan sus cicatrices y hacen sudar la exigua conciencia de su gente; combustible que ha llenado los recipientes de su imagen como cineastas de culto. El laberinto, pues, que se inicia con su tan dispar vaquero nos entreteje en un mundo que siempre se contradice, siempre se contrapone y siempre se exterioriza como poderoso a pesar de toda su ignominia y todos sus temores. Justo como nuestros vecinos del norte. 


La Balada de Buster Scruggs
Calificación: 3 de 5 (Buena a Secas). 





miércoles, 27 de abril de 2016

Hail, Caesar!

REDONDO.

Hail, Caesar!
¡Salve, César! (Coen, 2015)

A lo largo de su filmografía, los hermanos Coen han utilizado ciertas manías y antojos personales de una forma tan estilística e incisiva que su sello característico ha devenido claramente de ellos. Los caprichos, por así decir, que conforman la silueta de su cine siempre han aparecido dentro de subtramas que rozan azarosamente la principal, intrincados diálogos –confusiones especulativas– y personajes casi ajenos a la narrativa central por citar algunos de sus más recurrentes, claros y obvios. Han sido, pues, estos elementos los que han dado color y calor a sus obras; su mano se pinta alrededor de ellos, incluso podemos decir que sus enredadas comedias llevan ya su nombre en la forma y la practica (en el uso y cierta boga) pero sobre todo que existe ya un número notorio de imitaciones-tributo e imitaciones-recurso. 
No obstante, con “Hail, Caesar!”, su más reciente entrega, el balance al que nos tenían acostumbrado dentro de esos propios factores citados se pierde y son ellos quienes toman el control de la ilación de la trama central. Los fundamentos en los que han sostenido la rubrica de su cine se alza sobre el argumento; las situaciones que arman el intrincado que se pretende exhibir queda muy por debajo de los objetivos centrales de su propio cine. A base de sketches sumamente vistoso y sumamente apantallantes (tal vez la descripción más clara sea esa) que homenajean y satirizan la época dorada de Hollywood, los Coen le dan rienda suelta a su cincel sin lograr dosificar las piezas que les han dado tanto éxito y carisma en otras ocasiones. En distintas partes de la cinta el resultado de la escena resulta o bien en un concentrado del propio cine de ellos mismos, o bien un auto-homenaje u auto-elogio. 
En contra parte, la estética de la cinta está fabricada al detalle. El look del mundo al que nos invitan estos realizadores está lleno de magia; una atmósfera reconfortante y sumamente habitable en el campo de esa fábrica onírica con que se ha vendido el cine por décadas. Los ficticios sets y películas que se nos presentan dentro de la propia cinta contienen su propio matiz, sus propios rasgos; asunto que termina por no dejar cicatrizar el eje central y nos aleja inconvenientemente de la situación a explotar: el secuestro de una estrella de clase mundial como pretexto para ironizar los recovecos y la doble moral de la industria estadounidense. Resulta, pues, mordaz que la propia magia del “cine” hollywoodense” venza la narrativa y nos deje varados con algunos de los planos más visualmente logrados de unos de los mejores realizadores de las últimos años pero con no mucho más que eso.
En efecto hay un relato, un seguimiento al cual asirnos y dejarnos llevar pero no es nada redondo, es tan simple que no tiene siquiera la oportunidad de dejar pedazos durante su paso sino todo lo contrario: es suturado. En uno de los guiones más flojos que nos han presentado los Coen, el trabajo de sus colaboradores no decae como el de ellos. La fotografía de “Roger Deakins” es sumamente elegante y bella como siempre, los decorados y vestuarios de “Cara Brower" y “Mary Zophres” son de alto impacto y sumamente eficaces; nos integran a la perfección en el mundo montado, curiosamente, por los propios realizadores bajo el nombre de “Roderick Jaynes” con alta calidad, así como la partitura de “Carter Burwell” logra una vez más su objetivo.
Queda claro entonces que “Hail, Caesar!” no es una de las cintas más brillantes de los Coen, sin embargo sí resulta en ser una de sus más vistosas e impactantes. Es una trama plana en la que podemos advertir (de sobra) su mano y en la que notamos a leguas el divertimento que hubo para ellos y todos los implicados en la construcción del filme. Se podrá suponer que en alguna ocasión es merecido eso, que todos lo merecemos alguna vez. Si es ese el caso, estos hermanos lo tienen merecido desde hace unos cuantos años gracias a su gran habilidad cinematográfica, pero esperemos que vuelvan a su cause habitual y esto sólo haya sido un gran antojo pasajero. 

¡Salve, César! de los Coen. 

Calificación: 2.5 de 5 (Regular)