Replicantes.

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España, 2009.

Sunset Boulevard

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lunes, 15 de septiembre de 2008

Susurros

EL BOLSILLO IZQUIERDO

Hoy es el famoso 15, el día que todos esperan para poder beber creyendo en una serie de mentiras sistemáticas, profesando una justificación más falsa que el hecho mismo. En fin, llevo ya con esta versión, 4 años manifestando lo que para mí es realmente este “festejo”.

SUSURROS.

Vamos al grito, vamos a festejar, me dicen año tras año algunos de mis allegados. ¡Vamos al grito! lo que sabemos todos, significa una bebedera de alcohol hasta la descomposición total en pos de un inicio muy tradicionalista y un desenlace completamente globalizado. Dígase de otra manera, nos sale lo que realmente es en la actualidad el mexicano. Un ciudadano del mundo que exige tradiciones y modernidad en la misma conjugación de tiempo, un compuesto de pretérito y presente al que sólo los connacionales le podemos agarrar sentido.
Empezada la fiesta existe el pretexto perfecto (o por lo menos el ideal para con los cotidianos) de desenfundar, cual florete, las bien recibidas botellas de tequila que ya no lo es, pero que nos lo siguen vendiendo como la costumbre dicta, y si nos sinceramos un poco, sabemos lo que el valor causa en estas fechas para con uno más de los hijos del agave, al parecer en estos días no hace daño. Habrá otros, pues, nunca faltan, que en garrafas pueblerinas (que no son más que recipientes hechos para cargar gasolina) nos brinden de su aguamiel o su curado de “algo” al que muchos se nieguen en pos de cosas que han oído y lo manifiestan de esta manera, o bien, en primera e hipócrita persona (yo no lo tomo porque… ¿sabes cómo lo preparan?). La música doliente no puede esperar, las populares entonaciones de desamores en la sierra, ciudad, pueblo, rancho, hacienda, árbol o maguey, engalanan las primeras sonrisas (ironía aparte) así como los primeros retos infames, infantiles y absurdos de quien bebe o aguanta más. Los caballitos empiezan a ensuciarse.
Si bien el asunto resulta un tanto más falsamente culto, un paso más “intelectual” digamos (en el puro sentido de lo que cantase alguna vez el Rockdrigo comprando a los sabios con los nopales), no falta quien se desenchufa por instantes de ese ardor de superioridad en cuanto a gustos musicales y resuelve desenfadarse con puro rock nacional. Tequilas a la garganta mientras oímos los riffs de guitarras que se hicieron imitando el mercado inglés y estadounidense, sonidos garage, grungeros, punketos, urbano-blueseros, alternativos o bien denominados puro rock se manifiestan en la cochera de amigos que han pasado sus mejores momentos al compás de música extranjera.
La hora del baile no tarda en llegar, a mover el esqueleto en un slam de cotorreo o bien con un buen tronador de columna como lo es el nombrado duranguense, los zapatos se desgastan con un suelo que empieza a engolosinarse y texturizarse cual mosquitero. La descomposición empieza a tomar forma en las deformes sonrisas y carcajadas, en las pláticas polémicas de política, sexo, religión, amor y demás temas en pos de alguno que sabe, se puede cambiar a este país, a este mundo. Lo único que pide es que lo escuchen borracho.
Lo primeramente punzante de todo este hervor es que en la mayoría de las festividades colectivas nunca hubo un mentado grito. Sólo pocos recuerdan el sentido del festejo (que en efecto el primario es ir y ponerse una excelente guarapeta) y todo termina como una fiesta normal. Escuchando los hits del momento, sean nacionales o extranjeros, ¿por qué no un buen reggaetoncito puertorriqueño, un hit americano, una que otra rolita alegre (por no decir gay) europea? ¿Por qué no un clasiquito inglés de los 70, algo psicodélicon del 67 y todos a observar el cielo nocturno que muere? Muerte de tradición. Yo me sigo preguntando por qué demonios todos se visten como en la revolución si eso no es lo que festejamos, para eso falta más de un mes y hay 100 años de diferencia entre hechos históricos. En fin.
Esa es nuestra libertad, nuestra soberanía, nuestra patria. Ese es nuestro grito, un pretexto para el pretexto mismo. Ese es nuestro cambio expresado en marchas que no llevan a nada. Esta es nuestra cárcel; una botella de alcohol y un corazón desangrado.

lunes, 17 de septiembre de 2007

Eme, e, acento, equis, i, ce y o.

EL BOLISLLO IZQUIERDO

Esta es la primera columna que sale al mismo tiempo en que se publica en cierto diario local.
Como es de algunos sabido, hace unos cuantos días se celebró en nuestro país el dizque grito de independencia; y como bien menciono en alguna parte del siguiente texto, todos los años me doy a la tarea de escribir sobre este disimulo. He aquí la de este año…

EME, E, ACENTO, EQUIS, I, CE Y O.

Los tequilas se fueron traspapelando. Lenta y sigilosamente mutaron “milagrosamente” en unos muy comunes - y por tanto corrientes - whiskys escoceses, en la igual tarda y falsa celebración de la primera quincena de Septiembre.
Los tricolores adornos que engalanaban con mísero intento el techo - muy a principios de la ya tradicional fiestas de pretexto - formaban parte ya de la impureza del suelo; todos los pesos y centavos que habían costado los papeles maché y china eran ahora pisoteados por los ex-bebedores de tequila.
Confieso abiertamente que entre todas las dudas que me han mantenido incesantemente con vida durante todos estos años; una es la que en particular nace y renace siempre cuando se acerca el ya rebasado 15 de septiembre. ¿Por qué si celebramos la independencia disimulamos todo a la usanza de la revolución? Ya saben; sombreros de palma, adelitas, rebozos, nopales, botas de piel tipo charro, hebillas vistosas y el ya exhibido tequila (la fiel voz de la sinceridad del mexicano). En lo personal, preferiría un estilo más Victoriano.
En fin, supongo que hay cosas que no tienen una respuesta del todo clara; cosa que me he respondido románticamente en cada ocasión con el sencillo rezo de vivir en una tierra surrealista por naturaleza. ¿Por qué nos vestimos como revolucionarios en la “celebración” de independencia si eso fue 100 años después? Es el México surrealista me digo, me apapacho y me alejo del tequila, prefiero el Ron y esa es mi libertad.
Los tequilas, pues, se habían traspapelado, mejorado o empeorado según el gusto del cliente. Los tricolores eran ya parte del prado urbano del festejo, el fin se había perdido como en todo fin de semana, el pretexto inicial yacía oculto y sedimentado en la botella de tequila que poco tenía de morir. Y mientras los corazones rotos se zurcían de nueva cuenta en los primeros compases del estereotipado y vulgar cántico puertorícense, los cuerpos se fundían en un candente baile sin sentido, dejando atrás toda tradición vencida, se dejaban conquistar, pues, por el sentido común de una vida cualquiera. Los símbolos eran pisoteados por todo el conjunto.
Algunos - los recalcitrantes puristas - bien pudieron sentirse ofendidos. ¡Miren que dejar atrás todo lo que implica ser conacionales! Pero yo no, no me ofendo, ni cristianizo ni maldigo. Año tras año escribo en este espacio acerca del sobrevaluado festejo de independencia. Todo pasa/ nada pasa.
Mucho se ha dicho ya de que en realidad no somos ni independientes, ni libres y muchos menos autónomos, pero en un discurso ampliamente más vencido como el mío, lo razonó de una manera un poco menos acorde con la moral patriótica que nos debería enorgullecer. Lo más cercano a la libertad que podemos llegar a tener, es simple y llanamente la subordinada elección de la cultura de masas.
El mexicano es una mezcla de todo aquel que nos ha vertido (y de los que nos verterán) un poquito de flagrante cultura populachera (no tanto popular), multiplicada a la potencia de la irracional naturaleza surrealista que siempre he defendido. El mexicano, pues, es un coqueto muñeco voodoo vestido de charro futbolero con cerveza en mano - por aquello de que se nos desarrolle la costumbre del deporte - y actitud de galán machista pueril y contracultural que en ocasiones le da por vestirse con la camisa de moda (en los tonos de la temporada), con la absurda creencia de que siendo una homogénea plasta para con el todo, llamará más la atención. El mexicano es creencia vil, por eso la virgen, la policía y el fútbol, por eso cuando El Papa vino a esta tierra lo inmortalizamos con la rola de un brasileño. Por eso adoptamos a cuanto “artista” de las bajas legiones del mundo; porque somos creencia y creemos en él. Por eso celebramos la independencia con toques mexicanos que después pisamos; porque pretendemos lo que se debe en cada contexto que nos es dado.