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España, 2009.

Sunset Boulevard

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viernes, 14 de septiembre de 2007

De Regreso

EL BOLSILLO IZQUIERDO

En forma de cuento escribí en la ocasión en que tuve que presentar esta columna. No tenía mucha tela de donde cortar para una opinión acerca de lo que en ese momento se presentaba en las noticias, así que me dirigí a mi buena e imaginaria banca de parque donde todo pasa… … he aquí otra de esas cosas que suceden.

DE REGRESO.

…Y nos encontrábamos sentados en la misma banca del parque; ella con el sol de frente – había decidido no sentarse en la parte en la que daba sombra el edificio contiguo – contando cierto relato de abandono y desazón; y yo, apacible, únicamente respiraba su historia.
Nos habíamos encontrado súbitamente mientras me sentaba en la banca que ella había elegido para tomar el sol. Su rostro estaba sonriente de lágrimas, deslumbrante ante ese sol que lentamente quemaba el daño de quincenas pasadas – en el último par de años había aprendido a contabilizar las fechas por medio de las fechas de pago -.
En cambio, para mí, ese día no había tenido nada en especial; salvo el instante aquel en que casi nos atropellaba (a unos cuantos y a mí) uno de esos camiones de servicio urbano, y los momentos en que mi miedo “animal” se había manifestado al ladrarme un perro y al abalanzarse sobre mí una de esas malditas palomas del parque; hechos ya bastante comunes y coloquiales, no obstante, eran lo más parecido a algo que pudiesen darle color al grisáceo día que había amanecido para mí, - juro que no volveré a levantarme por la parte de enfrente de la cama.
Cansado de buscar una aventura, y agotado de correr por aquella empinada subida después de oír el rugir de un perro enorme (basándome en el decibel de su consecuente ladrido), opte por buscar una sombra. El único rincón en que se asomaba un lúgubre espacio para descansar del quemante sol era a lado de esta mujer que estaba por conocer.
No puedo decir que no era bella, pero creo que todos sabemos aquí que alguien con un dejo de tristeza nunca ha de mostrar su mejor rostro. Ese siempre viene acompañado con el desfigurado semblante de una buena carcajada, y más si esta proviene de una burla con trasfondo de tragedia humana. En fin, no puedo decir que no era bella; lo que agradezco de sobremanera, digo, era una mujer bastante atractiva, y si bien me la hubiera topado en su rutina de alegría, no se que tantos malos pensamientos habrían pasado por mi cochambrosa mente.
Había dejado de llorar aproximadamente media hora atrás. El tostado de sus lágrimas lo delataban casi con exacta precisión. Yo me senté, un poco consumido por el temor infundido de aquellos pesados ladridos, y segundos después de un ataque aviar.
Al principio no me percate de su desconsuelo; eso sucedió cuando mi perversa naturaleza empezó con su accionar, y mi alocada lógica comenzó a preguntarse porque esta loca mujer – nótese ya como el calificativo predominaba – no había elegido la parte con sombra y dejar a algún mísero ser la parte con sol en este día con exceso de calor (en este caso yo). Estaba en eso cuando mire de reojo el rostro de esta loca mujer, estaba en eso cuando me percate que al parecer, ella ni siquiera sentía el calor de ese sol que quemaba su sonriente olor a tormento.
Al verse acompañada cerró sus ojos y agacho la mirada; pero no pudo contener el habla. Platicaba sola su desgracia, yo respiraba su historia de una manera apacible, tratando de entender el lenguaje extraño pero familiar con el que la contaba.
Éramos dos personas que se habían conocido como sólo las personas se pueden conocer; de una manera tan común que se convierte en especial.
Ella era una mujer bella, alejada por mucho de su hogar – lejos de casa como suele decir un amigo – y que cargaba un penar ajeno, no muy justo que digamos. Yo era un tipo asustado por lo coloquial y común de mi territorio – de mi casa –. Éramos dos personas que no se podían del todo definir…
…Y nos encontrábamos sentados en la misma banca del parque; ella con el sol de frente, y yo, en medio de las sombras…

martes, 11 de septiembre de 2007

El Otro Día/ Amor y Odio

EL AMOR ES ODIO

Quinta entrega de este adiestramiento de dolor.

EL OTRO DÍA.

El otro día me encontré moviendo las manos como tú, de esa forma en que te critico tanto. Sonreí. No dejaba de pensar en lo que me dirías.
Mejor me puse a escuchar una canción; de esas viejas como bien les dices y reprochas. Y volví a reír. No dejaba de pensar en como las defendería.
Luego desperté; aletargado por el ritmo del carro que me había adormecido y fui feliz.
Tú estabas ahí, conduciendo lentamente ese vehiculo, conduciendo quedamente mi sueño y pensamiento; y reí.
Esa canción que tanto me gusta estaba sonando, tú la habías colocado. En cambio, yo, seguía haciendo ese movimiento extraño con las manos.
¿Lo concibes? Aún sin habernos acostado y odiosamente vencido en el sexo de una cama costumbrista, pude percatarme que aún solemos ser uno mismo.
Y sin decirnos nada, aún acostumbramos a simplemente amarnos.


AMOR Y ODIO.

El amor es odio.
Es odio porque yo a ti te odio tanto.
¿Conoces a ese amante que se la pasa todo el día planeando como acercarte a ti para tan sólo llevarte a la cama?
Yo soy igual. No hay un segundo del día que no piense como dañarte, como hacerte sufrir, como hacerte mal
Y así, llevarte a la cama para hacerte llorar
El amor es odio
Odio del que no deja amar.
¿Cuántas veces no te he dicho que me haces mal, con tal de hacerte sentir como un harapo viejo?
Tú no eres diferente a los demás. En ocasiones has hecho que me tire en la calle, a media noche, a morderme las uñas por tu amor
El tiempo ha hecho que nos veamos con rencor
El tiempo nos ha llenado de su polvo, de su polvo de odio
El amor es odio mujer.
Y créeme; porque yo lo creo.
El amor es odio
Y soy yo el que más te odia en este planeta.

lunes, 3 de septiembre de 2007

Te Recuerdo/ Deberiamos Acostumbrarnos

EL AMOR ES ODIO

Segunda entrega de este secular experimento de rencor.

TE RECUERDO.

En ocasiones te recuerdo,
Cuando no tengo otra cosa en que pensar y me siento un rato a dialogar con el cemento.
Tú sabes que siempre llegas a la mente así, de repente,
Como un susurro mencionado a un oído ajeno, muy lejano
Y yo ahí, como siempre, con ese tonto y burdo pensamiento,
Ese de estar queriendo, todo el tiempo, escuchar tu voz a mi lado,
Pero no, tú lo sabes, ya te he olvidado.
En ocasiones te recuerdo,
Como un espacio perdido entre tu sombra y el momento que guardas de mí
Y a veces me pregunto si me recuerdas,
Si en ocasiones tú también platicas con el cemento en tus ratos de soledad,
Pero no, tu lo sabes, ya me has olvidado.
En ocasiones, sí, me acuerdo de ti,
Y me como todo ese hedor viejo de momentos,
Me alimento, de todo lo que tal vez haz callado,
Y todo por no querer saber más de mí,
Porque nos hemos olvidado, dejado pasar,
Nos hemos tirado en un pedazo de tiempo relegado,
Y te pienso, y sonrío, y me callo, y te lloro.
Te recuerdo, cuando y como no lo sé, no me importa,
Siempre he de estar imaginándome en tus brazos,
Y sino, no encuentro en que pensar,
Y te recuerdo.

DEBERÍAMOS ACOSTUMBRARNOS.

Deberíamos acostumbrarnos. Ir de vez en cuando a esa orilla donde se acaba el mundo; empolvados por la historia, desempolvados por nuestras sucias manos. Y ahí, en el confín del misterio, sin saber si en realidad hay un más allá (o es ahí donde hemos estado toda esta vida). Poder, yo, decirte que te quiero; simple y llanamente con esta mirada que tengo, cansada y triste de quererte tanto.
Deberíamos acostumbrarnos.