Replicantes.

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España, 2009.

Sunset Boulevard

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El que Busca Encuentra

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domingo, 15 de marzo de 2015

Sombras

SOMBRAS.

Su silueta la encontrabas siempre entre los claroscuros formados por la tenue luz de la barra y los neones de la rockola, en ese espacio vacío poco frecuentado que se limitaba a la entrada del servicio y los flojos adoquines que daban la extraña bienvenida a la bóveda de las sustancias prohibidas… Solíamos imaginar al menos que en ese sitio pasaban las cosas más atroces; que había gente siendo torturada sobre cuerpos inertes o bien pláticas candentes del pequeño grupúsculo de gente que en realidad domina al mundo, pero la verdad es que servía únicamente para guardar las salchichas, los panes y las ensaladas congeladas. 

Se hacía llamar Joaquín y se postraba en ese mismo sitio todos los miércoles de quincena. Las leyendas cantaban que un amor le había quitado el rezo de la boca y el rebozo de las sienes; que se había convertido más en el reflejo de una persona que en el eco de sus memorias. Que era frío, calculador y que si bien decía unas palabras estas bien podrían atormentarte para toda la vida. Le conocí a detalle en esa quincena que estuve enamorado de Adeline, me dio la impresión de ser una de esas personas a los que el día de la boda el cepillo no iba querer entrarle por el pelo. 

Aunque no le vi bien el rostro puedo decir que su semblante se me figuró más al de unos de esos europeos sin color cuyo nombre casi no tiene vocales. Su voz sonaba como llegada de la otra pared del cuarto y su sonrisa era un pequeño espacio hosco y oscuros entre sus dientes delanteros. Era una mancha en el ambiente y no faltaba quien confundiera su presencia con la de su propia sombra. Se notaba tan cansado y perezoso que casi estaba seguro que eso del amor le había salido algo tan caro como peligroso. Un día se postró en el sitio más claro del lugar, platicó e hizo sonreír a todos en el sitio. Jamás volvió a asistir, se esfumó tan a la medida como el humo de un cigarrillo se esparce entre el hielo seco.

En el bar las cosas eran así, temporales. Gabriel, que siempre dijo haber estudiado un semestre en la faculta de letras sin que nadie jamás lo pudiera comprobar, lo decía cotidianamente cuando se le subían los vodkas a la cabeza: “Aquí venimos para beber entre nosotros, pero nosotros no somos quienes nos hacemos beber. Es el amor. El amor. Debemos pues mantenernos mal enamorados… Si bien la felicidad no la encontraremos nunca en la última gota del tarro, tampoco lo haremos entre los brazos de una dama. Así que Salud señores. A seguir bebiendo”. Después callaba y solía vérsele una gota de sudor (algunos decían que era una lagrima) sobre el rostro ante la repetición del silencio dejado en el lugar. Si alguien acaso pensaba lo contrario después del discurso desenfocado de Gabriel, dejaba su vaso en la barra y corría a su casa para abrazar a su esposa, sus hijos o su perro. Yo pensé en hacer lo mismo un día, pero ya alejado del lugar me enteré que no contaba con las más minima dirección de mi destino. La casa de Adeline era el templo al que los curas no tienen derecho a entrar, la X de un mapa de piratas, la caja negra de un avión vencido o eso que muchos llaman El Paraíso… ¿Cómo describirla?, pues si bien ella me hacía sentir indestructible –inamovible ante el embiste de un huracán– en medio de la calle desnudaba mis ansías al no saber a que punto cardinal mandarle el beso. Era ese tipo de mujer: la que todos mandamos a hacer en sueños y un día se te hace realidad. 

“El traje de caballeros no es para todos los hombres”, me dijo Joaquín casi sin mover los labios esa noche en la que compartimos el maní y la cerveza, “a algunos les queda como a un sastre se le da el arreglo del calzado infantil. A otros, en cambio, como a ti y a mi, sólo nos queda con la mujer adecuada.” Las oxidadas armaduras de los siempre habidos clientes del bar en ocasiones se despintaba pero en otras ocasiones mostraban voluntad. Como a Ronnie Sixto, otrora saxofonista de una banda de jazz. A ese el enamoramiento le cambiaba el semblante y le daba por querer volverse un baladista exitoso. Manuel Cisnega, por ejemplo, siempre estuvo enamorado de una mujer de Michoacan a la cual nunca le confesó en vida sus sentimientos. Como todo en él era ironía, falleció atropellado el mismo día que la invitación de la boda llegó a su casa. “Mejor por una llanta que por un corazón roto”, dijo Saúl mientras me preparaba un té helado después de que asistimos a su entierro. El caso aquí es que hasta antes de su muerte siempre me aseguró que el amor era un músculo que debía ejercitarse con la pluma. Para prueba sus últimas palabras, mandadas por correo a ese, el amor de su vida, y recibidas tres meses y medio después de su sepelio gracias al departamento de correo. Tuve la oportunidad de verlas escritas en su prima versión sobre una servilleta manchada de salsa catsup. Eran breves, decían: “¿Sabes de que trata el amor? Trata de ti.” 

lunes, 7 de julio de 2008

Cuevas

EL BOLSILLO IZQUIERDO

Dice la canción; sombras nada más, y en esta ocasión las elegí como quid de este escrito, donde describo un sentir un tanto bajo de lo que es nuestra naturaleza propia. Es decir, no podemos cambiar las razones ya establecidas para nosotros, pero tal vez podamos vérnoslas de mejor manera si nos disciplinamos, aunque es algo ya incierto.

CUEVAS.

El otro día observaba las sombras de las demás vidas que caminaban, al igual que sus dueños, por una de las calles principales del centro de esta ciudad (breve, siempre breve, lo he dicho). Permanecía de pie cerca del transitar de todos esos pares de brazos contorneándose al ritmo del que se encontraba enfrente en la fila improvisada que se crea en la cotidianeidad; así hasta las esquinas que dividen nuestra brevedad, la cadencia citadina de todos esos pasos, de todas esas parejas – conocidas y desconocidas – de todas esos cuerpos, de todos esos amos, de todas esas almas, de todas esas negruzcas siluetas. La observaba como ellos bien pudieron hacer lo mismo con la mía.
Es ilusorio y aparentemente interesante si lo observamos desde un punto virginal; animado por la imaginación, inanimado por el recurso del relato, cual Peter Pan que trataba de alcanzar la suya. Supongo que esa excéntrica idea ha de traer suficientes golpes si uno lo llevase a acabo, el caso aquí es que una sombra no es nada fantástico. Es tan sólo una región donde la luz ha sido bloqueada, donde la oscuridad ha quedado a merced de un obstáculo, un cuerpo físico que ha dejado sin oportunidad a la emisión del sol de llegar a todos lado de manera uniforme, si es que lo vemos desde el punto en donde yo me encontraba hace algunos días. Cada uno de nosotros hemos de detener el paso de otro objeto por naturaleza misma. Somos sombra y estorbo, estorbo y sombra, somos origen y tropiezo. Podemos causar pero no crearnos, podemos resolver pero no deseamos, tan sólo aspiramos a mejores cosas sin aportaciones argumentativas de peso, creamos a través de impedimentos y para salvaguardar el orden establecido de las cosas (dejémoslo así y no en el caché de la frase), debemos fabricar más. Entre opciones nos ahogamos y no llegamos a ninguna solución, somos como aquellos que no hacen más que pagar interese por el hecho de no querer gastar lo que se tiene. Siempre aspiramos a más y no debemos, no podemos, somos como este fachoso ejemplo que acabo de hacer, somos el reflejo de lo que consternamos como tradición, lo que juzgamos como pasado para seguir siendo futuro. Somos nuestra propia sombra y como niños, jamás nos la lograremos quitar.
Me encontraba detenido en un lugar “con sombra”, así le dicen, así le decimos. Era un lugar techado (algo obstruía la luz antes de que esta pudiese llegar a mí para el mismo destino), y todos afuera de este caminaban a la par que el resto, era una masa como bien se menciona en los libros de texto – en todo caso yo era parte de la masa inmóvil – y observaba sus siluetas seguir a cada unos de sus patronos, sin rostros ni gestos, sin coyunturas ni tonos; eran tan sólo un borrón. Del tipo de borrón que sería de mí cuando me hartase de no hacer nada, de andar de vouyerista anodino y me decidiese, al igual que los rayos del sol, ha realizar mi destino; a formar parte del mundo y salir a tratar de ganármelo sin merecimiento alguno. Ser una sombra o ser luz que ha de volverse sombrar al topar con algo, o acaso a algún.
El otro día me detuve a observar, el calor era un tanto exagerado para mí y decidí refugiarme de las altas temperaturas que han de cambiar, siempre cambian, ahora un tanto más (no hace falta que me expliquen). Me cobije en el mismo sitio que lo hubiera hecho si estuviera lloviendo o haciendo frió, me contuve, me amarré y no realice acción alguna por un par de minutos. Me hice en parte visor y en parte visible. Algo detenido frente a tanto movimiento es bastante peculiar.
Lo mismo hubiera sido si me hubiera ido a comprar un helado o sentado en aquella vieja banca de parque que siempre he de visitar. Si hubiera seguido la rutina, la costumbre de no hacer mucho y gozar poco. Un día lo es como tantos otros, como toda esa gente que camina y se lleva su sombra y se lleva las sombras de los demás entre sus rítmicos desplegados de ideas e ideales, y días, y noches.