Replicantes.

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España, 2009.

Sunset Boulevard

Sunset Boulevard
España, 2009.

El que Busca Encuentra

jueves, 31 de julio de 2014

Músicos En Ruta 01: Ismalo

El primer episodio de Músicos En Ruta fue el reto inicial; hacer que alguien accediese al concepto sin tener un previo o una prueba de lo que buscábamos. En este caso debemos agradecer una vez más a Ismalo Días que sin pensarlo dijo sí y nos abrió la pauta para que los consiguientes invitados ya tuvieran una referencia visual de lo que traíamos en manos y mente. Ismalo es ejecutante de diversos instrumentos en distintas bandas cuyo punto en común es un Rock apegado al Blues, al sonido del Sur de los Estados Unidos y la improvisación. De él aprendí que aún las nuevas generaciones escuchan, estudian y sobre todo creen y sienten el origen del Rock más puro, reacio y formal: El Blues.









jueves, 24 de julio de 2014

Músicos En Ruta: Promo


En octubre del años pasado comencé un proyecto junto a unos colegas: "Músicos EnRuta". El objetivo era entrevistar a 10 músicos de la ciudad donde vivo, Xalapa. Reuní a un pequeño equipo de grabación y comenzó la aventura. Ésta ya ha terminado y ahora, viendo hacía atrás, he decidido compartir dichas entrevistas en este mi blog personal. Cada semana iré colocando los episodios que la gente fue experimentado en los pasados 10 meses. Para comenzar, aquí está el Promocional original que realizamos para darle la bienvenida a este proyecto. Alfredo Marín, quién sería nuestro conductor (las entrevistas se realizaron en su Taxi) se dio el chance –y nos brindó también esa oportunidad– de salir a cuadro.



viernes, 9 de mayo de 2014

Cuarto 32


Cuarto 32.
A. Güiris V.

Cuando Sigifredo Márquez salió del baño después de limpiarse la cara y la ropa del pastel que le habían obsequiado en la oficina por su cumpleaños, miró al horizonte. En su familia siempre le habían dicho que mirar al frente era mirar hacía el futuro. Pensó entonces que poco había de cierto entre sus ambiciones y el ocaso de una jornada, pero al mismo tiempo, dado el caso de su pasado reciente, se debía admitir también que esa imagen empezaba a cobrar algo de sentido, mucho sentido. Suspiró, se ajustó la corbata e intentó viajar un poco más dentro de su mente mientras regresaba a su cubículo.

Cuando tenía veintitantos creyó haber encontrado el amor en una mujer cuyo paso por su vida quedó resumido en el mísero recuerdo de la letra inicial de su nombre; ésta en medio del abecedario. Obviamente en el ajetreo de sus más acaecidas sensaciones de tierno amorío –nunca fue muy pasional con respecto a lo que ciertas damas resumen a bien como: “cerdo” o incompetente– ella era la mujer más hermosa que el universo había creado. Y en cierto rincón de sus especulativas reflexiones, el aroma concluía con el pensamiento: “y la creó para mi.”

Por azares del destino nunca pudieron compartir el camino como hubieran debido o gustado aunque tampoco se siente del todo derrotista. En algún momento, en alguna arista del tiempo detenido, ella se interesó por él y se lo confesó antes de que éste siquiera pudiera dominar sus demonios hacía ella. Bajando las escaleras, mirando trozos de pastel embarrados en los escalones, Sigifredo justificó esa truncada aventura amorosa –que le había coloreado los cachetes– suponiendo que no ha sido el único que se ha sentido como un estúpido al descubrir que un hombre sin mucho talento –digamos físico– puede conquistar simple y llanamente con su honesto aliento a la mujer más hermosa con la que se ha topado. En ocasiones, sí, aún la recuerda. Mentiría al afirmar lo contrario. Cuando por ejemplo algún elemento, vegetal, fruta u objeto comienza con el único recuerdo que le queda de ella, la insolación del momento le hace verla en la superficie de aquello que recoge como un suspiro antes de que una perturbadora voz le haga saber su precio. Quizá sea un asunto de karma universal, sueldo caído o bien pura suerte de dados hechos con piel humana, pero mientras más se acerca a esa esperanzadora fecha en cada hombre aguarda saber que nunca madurara, se he dado cuenta que las cosas que más desea son las que más lejos están de su corazón capital.

Bajo aquellos preceptos, claro, le gustaría confesarle en alguna ocasión futura lo que ha sido en todas esas maquetas pretéritas que ha creado para no matarla de lleno en las memorias que aún desea escribir algún día bajo el seudónimo de Carioco: una manzana, un mármol, una marmota, una madera y hasta una mantequilla. “Es curioso como la importancia de esas personas que en algún momento te robaron el corazón se van tornando en objetos tan triviales con el fin de aferrarse a tus recuerdos”, escribió en una pequeño post-it color naranja antes de esperar al final de la jornada cruzado de brazos.

Al salir del edificio se dirigió a la parada y cogió el camión con la ruta más larga hacía su hogar, no llevaba prisa. Sigifredo nunca llevaba prisa... No iba a ningún lado en especial... A mitad del camino, cuando vio a detalle como el camión mojaba con el agua sucia de un charco a un transeúnte, se dio cuenta que lo más lejos que había marchado en su vida había sido en un viaje a Ixatapa Zihuatanejo que realizó a los 8 años junto a su familia, hoy deshecha. Se percató, con un sinfín de sentimientos cruzados, que su vida estaba o bien libre o bien faltante de los estereotipos de su generación; no conocía Acapulco, Chiapas, Guadalajara, Oaxaca, mucho menos Europa, Asia y Oceanía. Pensó que le encantaría conocer la Isla del Japón milenario; aquella que prohibía la entrada a los comerciantes extranjeros, aquella que mataba a quienes eran sorprendidos exportando cualquier tipo de mercancía pero igualmente se percató que se encontraba muy lejos en el tiempo y la distancia.

Repasó su biblioteca mental de historias a desarrollar al cruzar la frontera que le era asignada popularmente a su colonia; una patrulla de policía y una tanqueta. Pensó en la del hombre que busca la tumba de su hija en un viaje de expiación, en la de los Mexicanos muertos en el extranjero, en la del padre que secuestra a su hijo para demostrarle su amor… La del detective que es contratado por otro detective para hacer el trabajo sucio que él primero no se atreve. Recordó entonces que en ella había un diálogo que le había hecho reír mucho cuando lo diseñó.

El detective principal última detalles con él que lo empleó, que es a quien contactó la familia para un caso inspirado libremente en una novela de Fadanelli. La conversación, de un humor negro más inclinado hacía lo acido, se torna hacía un antiguo amor platónico del primero. El detective oficial, no el principal de la trama, le cuestiona al protagonista si no andaría con la mujer en cuestión pues en el presente de la historia que se desarrolla se encuentra sola (libre), a lo que el principal se niega y defiende entre sombras y humo de cigarrillo detrás de su escritorio: “Me enamoré de la mujer que era ella en sus tiempos, no de ésta que es ahora y busca desesperadamente el pasado. Al igual que ella, tengo el mismo derecho a fantasear; con su cuerpo joven, su rostro joven y su cintura joven. La quiero a ella, a ella de 23, porque nunca me dejo tenerla cuando la deseaba obtener de todas las formas posibles. Ahora no me interesa, se me hace un tanto como todas… Créeme, todos los hombres y mujeres deberíamos tener ese derecho pactado en la ley… Te aseguro que si ella tuviera una máquina del tiempo, en este mismo momento correría hasta su casa para acostarme con ella.” Sigifredo volvió a reír y trató de recordar quien en realidad le había inspirado esa frase. No había sido “M” pues en ese tiempo aún no se dedicaba a crear guiones mentales. No habían sido las tantas otras “emes” que le siguieron en esa etapa en la que al parecer era un requisito llamarse así. Habrán sido “F”, “G”, “P” o “Z”, pensó, quizás. El tiempo cuadraba mejor pero no logró dar con la verdadera personalidad detrás de la amargura pasional del detective. Sus personajes, por obvias razones, nunca tenían nombre.

Se imaginó con un sombrero y una gabardina al bajar del camión. Aún le tocaban caminar 5 calles, 3 de ellas comidas por la oscuridad. Paso a paso cedió su andar al ritmo parsimonioso del cuidado y la precaución. Recordó la frase que alguna vez le sacó a Fernando, uno de sus mejores amigos en la secundaria, cuando le cuestionó si no tenía miedo al sacar a pasear a su perro a las once de la noche: “Doy más miedo yo del que me pueden dar” y deseó por un instante ser él al menos esa vez; en ese instante y no otro u otros más. Pensó como sería una película sobre la vida de Fernando, o la de toda la cuadrilla de amigos que siempre se le hicieron especiales. Pensó si tendría algo de interesante una historia sobre él mismo, se preguntó de que manera podría ser mejor contado: ¿en una canción, una novela, una serie de televisión o simplemente una revista de espectáculos? Un chiflido le despertó de su trance, era El “J”; en la esquina de su cuadra éste personaje de la vida real le exigía “la renta” semanal puntualmente. Era viernes. Sigifredo se acercó hasta él dándole 50 pesos en sus callosas manos sin decir nada. El “J” entonces le sonrió y le deseó las buenas noches con un gesto. Se perdieron de vista bajo la luz de las farolas de su unidad habitacional.

Si bien era cierto que no iba a ninguna lugar, había llegado hasta ese rincón al que pertenecía. Subió las escaleras hasta el quinto piso bostezando y todas su elucubraciones se perdieron, se tornaron grises y sin que se diera cuenta todo el mundo a sus espaldas se tornó blanco y negro: cual personaje de Jordi Soler, sólo podría encontrar la libertad después de que alguien lamiese el iceberg que le tenía prisionero. Arribó al departamento 32, enumerado éste con un masking tape que resistía a su funcionalidad debido a la imaginación de los vecinos y abrió la puerta; se quitó los zapatos. Cenó un sándwich de jamón de pavo después de unos corn flakes calientes sumamente azucarados y entró a su cuarto cerrando la puerta. Se quitó los calcetines, la ropa y se enfundó en su pijama. Pensó en todas las letras que había dejado pasar en su vida, sobre todo “V”, quién deseaba fuera inscrita en su epitafio de alguna manera simbólica, quizá como un compás que redireccionó su vida para bien. Igual pensó en sus personajes, en sus historias y en su vida... En como sería el terreno que dejaría detrás suyo al  partir a la inexistencia y ver de cerca el ocaso de las jornadas; la última de ellas. Se sonrió y quedó dormido imaginándose que se confrontaba a si mismo por la vestimenta a colocarse en la mañana, como “V”, pero no sin antes mencionarse que quizá todo sería más sencillo si todos fuéramos tan especiales como conocer el alfabeto. El alfabeto. Deletreó la palabra y cerró los ojos. Jamás volvió a despertar. Ese era el pensamiento al que estaba predestinado a llegar… Y como solía decirle a “V” con una sonrisa secretamente entre los labios mientras ella se alegraba o se enojaba: “cuando uno llega, cuando uno verdaderamente llega, es para quedarse… Quedarse para siempre”. 

lunes, 10 de marzo de 2014

12 Years A Slave


REDONDO.

12 Years A Slave
12 Años Esclavo (Steve McQueen, 2013)

Desconozco si Steve McQueen haya planeado comenzar su carrera como realizador en los largometrajes ya casi entrados los 40, o si las circunstancias de tan inicuas oportunidades en el medio no lo permitieron antes. En todo caso, el resultado está a la vista de todos: la madurez con que entrega y concede su cine es de una sensación que casi toda una generación ha pasado por obvia. La sencillez con que demarca la depresión y crueldad como un sello de narrativa desde su ópera prima, “Hunger” (2008), ha ido desarrollando un estilo de formalidad y elegancia tal, que un cine respetuoso a la mirada, agudeza y campo emotivo del espectador se asoma de la manera más natural –y por ello complicada a la hora de la construcción– por la pantalla; esa hoja en blanco que todo director debe de llenar.

Aunque la linealidad no la erige en su entereza –su primer movimiento viaja entre los propios tiempos en que se desarrollará la cinta– su ilación es sencilla y de una franqueza que no se asfixia tratando de contar más allá de lo que debe o pretende (no pretende más allá de lo que cuenta), sino más bien narrando de manera concreta –atenta– los tiempos pertinentes del ritmo que cada célula (dolor, podríamos decir) se va presentando, formando y fortaleciendo para dejarse morir y entregarse ante un proceso mayor de ansiedad, sufrimiento e injusticia que experimenta nuestro protagonista, natural actuación de todo el elenco, negándoselo y negándonoslo hasta el punto del quiebre. Hasta sentirse merecedor de este y hacerlo suyo. Aceptarlo y aceptándonoslo.

El cine de Steve McQueen, es cierto, no está provisto de sorpresas en la dinámica de las llamadas “vueltas de tuerca”; no las procura ni las necesita. Durante sus tramas, los giros “inesperados” que parecieran ser ya una parte orgánica de cualquier filme no se presentan de ninguna forma. Su estilo, más bien, nos sumerge en una lógica tan oscuramente humana que el real desconcierto llega en la conclusión y la razón de vernos complacientes y allegados a las atrocidades de nuestra propia naturaleza. Con “12 Años Esclavo” no es la excepción. La cinta se edifica en base de un argumento sólido, simple en su trazado y complejo tanto en su contenido como trasfondo, así como de una combinación eficiente; cuidada y cuidadosa, de todos los elementos que componen el lenguaje fílmico.

Sin tratar de meter mano más allá de lo concernientemente prudente –en lo que bien después puede originarse como moda o boga (sin duda una mala interpretación del cine de autor en nuestro vecino del norte y su industria)– deja respirar los fundamentos que integran una obra cinematográfica. Su mano no rige sino que apoya a sus departamentos a lograr un equilibrio en pos, no de su nombre como director, sino de su historia. Sus actores se sienten libres para presentarse ante ellos y la cámara como los personajes que humanamente han construido. No se les odia, no se les quiere. No se les desea el mal o el bien; no se les tiene mayor piedad que la que ellos mismos rigen y permiten... La pantalla en la que escribe el señor McQueen no es tampoco una ventana a la realidad ni mucho menos. Se presenta como una representación de los que nos cimienta como sociedad. Más que un guiño a la proeza, lo es a nuestros servilismos; degradaciones, traiciones, miedos, celos e incompatibilidad con nuestros propios es lo que pasa de una manera tan directa y elegante ante nosotros que no hacemos más que dejarlo pasar.

De una mano dura y fría, los acentos de “12 Años Esclavo” se elevan ante la delicadeza con que presenta actos de atrocidad y dolo. Implica al espectador a dar de si para su propia construcción y se muestra siempre respetuoso a pesar de su crueldad. Bajo el relato original de Solomon Northup, el guión de John Ridley resulta pulcro para la labor de Steve McQueen y su equipo: la esmerada fotografía de Sean Bobbit, el minucioso arte de Adam Stockhausen, la fervorosa edición de Joe Walker y la sorpresiva partitura de Hans Zimmer (no se parece a su trabajo habitual).

Con sus ya habituales momentos de contemplación, esta la obra más reciente de Steve McQueen continúa demostrándonos que es uno de los directores a seguir en los próximos años. Se ha ganado a pulso ese derecho a la vez que también se ha hecho ya merecedor a ser juzgado con una mayor exigencia. Sin duda su cine no se afana de la originalidad pues su mano como realizador se presume más bien como selecta, estudiada, puntual y cuidadosa. “12 Years A Slave”, así comos sus dos pasados largometrajes lo demuestran con amplitud… No obstante de todo ello, de mostrar y demostrar con tanta honestidad una época que construyó no sólo a uno de los países más poderosos del mundo, sino también su personalidad y temperamento social, se alza con la estatuilla más importante en la entrega de su industria en un gesto completamente ajeno al perdón... Justificando así el “servicio” bajo la intención de dar la vuelta a la hoja y hacer nuevamente efectivo y evidente el falso olvido (a conveniencia) de esa nación para con su historia. Pero de eso, todos tenemos un poco la culpa.

12 Años Esclavo de Steve McQueen
Calificación: 4 de 5 (Muy Buena).

lunes, 24 de febrero de 2014

Robocop


REDONDO.

Robocop
Robocop (José Padilha, 2014)

En el clímax de su segunda y más reacia denuncia fílmica, Tropa De Elite 2 (2010), Padilha logra un momento sustancialmente esclarecedor al apuntar todas sus armas (herramientas en este caso) en todo aquello que comenzó como una acusación directa a las mafias policiales brasileñas en las favelas (2007), y que terminó con la imputación de la políticas públicas y los hacedoras de éstas –en aquella toma aérea al centro gubernamental del país con una voz en off que comienza el cierre de la saga– como el origen de las malas circunstancias del pueblo. Padilha, pues, logra un efervescente y galante instante que muchos realizadores de las actuales generaciones en ocasiones acaso piensan ya no digamos realizar, sino siquiera imaginar. Elementos simples para discursos reacios, o como dicen por ahí: menos es más… Más refinado al menos, que no es poca cosa… No cabía duda, Padilha tenía los elementos, los básicos al menos, para poder llevar a cabo una reedición de Robocop (Verhoeven, 1987), aquel filme ultra-violento que no sólo profetizó sino que, lamentablemente, predijo los tiempos actuales.

Queda claro entonces que el realizador brasileño parecía el indicado para una reedición de una trama llena de fuerte crítica social; conceptos supuestamente “inexistentes” por las cúpulas del poder. Un marco compuesto por vejaciones ante los que menos tienen, la oligarquía de los consorcios empresariales y el altísimo poder de los medios de comunicación. Lastimosamente, son estos propios preceptos, en la actualidad, los que gobiernan dentro del encuadre de una nueva trama creada alrededor de la promesa discursiva de su predecesora.

El trabajo de Padilha se nota en la gran mayoría de las escenas: el tiempo no lineal como pretexto para viajar dentro de la trama (incluso el espacio onírico lo presenta de esta manera), el sistema como un absurdo que se rige por caprichos sumamente personales (en este caso más inclinado a la mercadotecnia) y sus pulcras escenas de acción (pocos atacan este género con tal garbo y elegancia en estos tiempos). Es por ello que, hay que decirlo claramente, el resultado no deja de ser entretenido, de buena mano; con una calidad cinematográfica que resulta más alta que la media en estos tiempos que se viven álgidamente, pero que en todo caso, no queda ni cerca de la densidad discursiva de su antecesora. Es una película disfrutable, sí –tiene el derecho de alentarse como una película ajena (alejada la trama de la original)– pero que en efecto deja mucho a deber –igualmente está obligada a compararse por su origen. Resulta obvio, quizá hasta lógico, que todo lo que la primera entrega reprochó asociando con un desalentador futuro, en realidad construye a esta.

Padilha logra tejer su cine, eso sí, dentro de las (cada vez más pobres) manías del Hollywood actual, empero no logra desarticular los estrictos fines irreflexivos de la industria estadounidense: somos la mejor y más poderosa nación del universo. Es más, el último plano es una total bofetada de esto. No obstante, no resulta ser una cinta menor por los conceptos del lenguaje, medianos la mayoría de ellos, que utiliza el realizador y su equipo. El respetuoso montaje de Peter McNulty & Daniel Rezende, la efectiva fotografía de Lula Carvalho, la insípida partitura de Pedro Bromfman, el look en boga (y que por ende envejecerá rapidamente) de Martin Whist, así como el patriótico guión de Joshua Zetumer. De sobra están las obligadas referencias a la original.

De manifiesto, pues, resulta entonces el trabajo de Padilha. Su labor como director ha salvado mucho de los elementos bajo los que se pensaba construir esta nueva trama. El resultado, no lo dudo, es mejor que el que habría saldado un director más novel o más americanizado. Sin embargo, con esta versión de Robocop queda claro que todo aquello que en alguna ocasión el cine osó atacar, criticar; desmantelar desde su esquina en el ring, le ha ganado por mucho la partida. Entretenimiento irónico, acaso. No profetiza nada, sólo nos da una cachetada total al absurdo e ignorante poder de los medios; tanto dentro del filme como en su exterior. Y es que es eso lo que la ha construido a sus anchas y bajo sus condiciones.

Robocop de José Padilha
Calificación: 3 de 5 (Regular).

martes, 4 de febrero de 2014

Prisoners


REDONDO.

Prisoners
Intriga (Denis Villeneuve, 2013)

Desde su anterior cinta, Incendies (2010), tal vez la más lograda en su corta filmografía, Denis Villeneuve daba muestras amplias de madurez fílmica. El trazado de su historia, humanamente intricado, se tornaba a la vez más interesante mientras la información escaseaba para el espectador –y poder así darle la última estocada hacía el final de la cinta.  El encadenamiento de los sucesos, paralelos en aquella ocasión, eran de una impía crueldad que se hacían soportables entre otros factores por su delicada puesta en cámara, su inteligible narración y su refinada mano como realizador. Estábamos pues, ante un director que sin muchos aspavientos, lograba retratar el lado más oscuro del humano.

Con Prisoners, su primera cinta con pasos dentro de la industria estadounidense, ese animo por la opacidad de sus personajes no se pierde sino que incluso se suma a las consecuencias de los actos que se van desarrollando en la trama y que al igual que en su anterior filme, pareciera un entramado con nudos hechos al aire pero que tienen una razón de ser para con el último movimiento de la película.

La gama emotiva de la cinta se dispara entre los recovecos de oscuridad en que se van transformando los miembros de dos familias promedio (y luchonas) de los suburbios de los Estados Unidos cuando son secuestradas sus dos hijas pequeñas, así como todo lo que comienza a trastocar el suceso; la investigación policial, la necedad y prioridad de la evidencia, la venganza, la cerrazón del paso de los días y una gama de personajes que tejen una red que no sólo suman presión, sino más sombra y confusión al punto que varias secuencias rozan el horror más eficaz.

Con Prisoners, queda claro, estamos ante la construcción de la mazmorra donde quedarán varados no sólo los personajes, sino nuestras propias emociones (muy lamentable la traducción mexicana al titulo original): el suspenso, la maquinación, el nerviosismo, la tensión y la intranquilidad que se vive en la gran mayoría del filme. De una incomodidad elegante y sumamente cinematográfica resulta la mano de Denis Villeneuve en esta su más reciente entrega, quién además da muestras nuevamente de un paso firme y estoico en el mundo de la cinematografía mundial.

Bajo el notable guión de Aaron Guzikowski, el encadenamiento se va desarrollando con un pulcro ritmo a cargo del meticuloso montaje de Joel Cox y Gary Roach, la dedicada y delicada escenografía (tan importante en este tipo de tramas) de Patrice Vermette y la siempre eficiente y pasmosa fotografía de Roger Deakins, que en conjunto se suman a la enérgica dirección actoral del propio realizador; su elenco responde de una manera redonda al igual que la partitura de Jóhan Jóhannsson que genera siempre la atmosfera correcta paro lo que la escena requiere.

Lamentablemente la popularidad de un realizador como Villeneuve, que paso a paso ha ido demostrando y demostrándose cine, queda enmarcado en un circulo pequeño y tristemente cerrado. Con Prisoners, queda claro, se espera ansiosamente que su carrera no sólo tome más brios sino más apoyo. Su visión, si no original, si refresca y suda elegancia ante hechos plenamente lúgubres que atañen a nuestros monstruos internos. Su toque es preciso y respeta por completo al espectador dejándole integrarse a la trama como éste desee. “Intriga”, su primera cinta que llega a nuestro país dentro del circulo “comercial” es una de las mejores propuestas en años en ese circuito. Una película intrínseca, llena de pasajes que nos “sacuden” mientras nos miramos en el opaco espejo de nuestros sentimientos más escondidos.

Intriga  de Denis Villeneuve
Calificación: 4 de 5 (Muy Buena).

lunes, 20 de enero de 2014

The Plugger - ¿Con Quién?

Mi último trabajo audiovisual hasta el momento. Se trata de un video musical para una banda de Rock Alternativo de Veracruz.


The Plugger - ¿Con Quién? from A. Güiris V. on Vimeo.