Replicantes.

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España, 2009.

Sunset Boulevard

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lunes, 5 de noviembre de 2007

Ese dulce olor...

EL BOLSILLO IZQUIERDO

El día de muertos, siempre una de mis creencias favoritas. El ritual asentado en México es, creo yo, una de los más románticos y enternecedores que podemos presenciar en el mundo, una entrega de cariño y afecto para lo imperceptible, para lo que no está pero se trato y conoció, una muestra de que el olvido es ajeno al tiempo.

ESE DULCE OLOR...

Los muertos ya se han ido…
Dos, tres horas se quedaron charlando entre ellos antes de tomar el camino que había de llevarlos a casa, ese lugar al cual aún no estamos invitados pues no somos dignos - ni siquiera de eso - dicen ellos, que ya lo saben. Este año estuvo concurrida la recepción, se encontraban ahí varios compañeros que recientemente habían obtenido, por parte de este burlón contexto social, los atributos necesarios para conseguir su boleto.
Algunos novatos observaban, sorprendidos, su primera experiencia en este luctuoso festín de creencias; algunos bien devoraban sagazmente la fe mientras otros dejaban las marcas de sus nuevas dentaduras en alguna que otra religión. Los trabajadores de Campeche estaban ahí, tratando de encontrarse unos a otros en lo que bien era un reencuentro sin mucha conciencia; uno de los más numerosos que se recuerden. A la postre, se convertirían en el momento más memorable y sentimental de la noche.
Detrás de ellos llego el primer cajón victimario, en su interior se encontraban las primeras almas caídas de las inundaciones, vientos y calores del desierto, quienes los cargaban eran los náufragos celebres de las costas de Oaxaca. Detrás del cajón vendrían más y más paisanos con le incertidumbre reflejada en su extrañada mirada que no dejaba de observar el enorme mitin del cual formaban parte. Nadie, si quiera, intento preguntar que era lo que sucedía.
Las risas se escuchaban en todas direcciones…
La música a ritmo de swing puso a todos a bailar, incluso algunos - irónicamente - se movían cual esqueleto danzante a la vieja usanza de cualquier fantasía mortal. Algunos reían por el hecho, aunque los novatos aún no reconocían el sentido del poco recuerdo que aún les quedaría por el tiempo necesario de esa eterna permanencia.
Al calor de las copas los alimentos empezaron a ser compartidos, en tanto la banda fúnebre que amenizaba el cortejo decidió darse un descanso para después regresar con la última tanda de melodías. Para acabar la velada (musicalmente hablando) se interpretó un tango que recordaba a todos aquellos que no emprenden los primeros pasos del viaje - algunos entristecieron pero la mayoría seguía entrelazado con el ambiente, que era de vil alegría.
La charla, pues, comenzó, y todos aquellos ya veteranos mediaban el asunto, nadie podía hablar en demasía de lo que se fue, pero si de lo que se quedo. La nostalgia se mezclaba cual bello color con el alcohol otorgado por aquellos que han de seguir recordando hasta que el cansancio los lleve a reír junto a la comunidad que ocasionalmente los conmemora.
Los novatos se integraban cada vez más a la plática; sus dudas cada vez eran menos, el sentimiento de verdadera conformidad los hacia olvidarse de toso aquello conocido como rencor, celo, dolor. Al final de cuentas, dicen, siempre que se trata de debatir con el pasado, salimos ganando.
El silencio empezaba a reinar, el cansancio a gobernar el sitio. Los temas acerca de los vivo cada vez eran menos interesantes, y eso que habían comenzado sin serlo de fuerte manera. La divagues de lo que pasa en su anterior territorio sólo los colmaba de alegría.- Aquí estamos mejor, decían con una sinceridad total. Al fina, esa fue la frase que más se repitió durante la noche, nada extraño, pues suele ser esa, o bien una variación bastante parecida. ¿Quien desearía estar vivo? Se preguntan con bastante sarcasmo todos los años mientras se comen la esencia de todo aquel sentimiento ya perdido.
Después de dos, tres horas de charla, ya se habían ido…

lunes, 10 de septiembre de 2007

Día de Muertos

EL BOLSILLO IZQUIERDO

La muerte siempre ha sido una de mis constantes favoritas. Personalmente, siempre ha sido una de las detonantes más hermosas para comenzar una historia; es un factor clave para la negación de un objeto y su inminente representación. La presente columna se originó en una más de las celebraciones de día de muertos - como bien dice su nombre.

DÍA DE MUERTOS.

Que bonito ha de ser morir. Uno hace tantas cosas para poder lograrlo.
Siempre he querido, sépalo usted antes que nadie; que en ese fatídico día - fatídico para los demás, para mí en lo absoluto - en que mi cuerpo empiece su retozo eterno: me incineren. Mis cenizas, como ultimo deseo (del cual no tendré posibilidad alguna de observar), deberán ser depositadas en un agujero mediocre en medio de un gran jardín público y encima sembrar un manzano; por lo menos creo así tener un simbolismo de seguir vivo sin tener que ir a ese desesperanzador sitio llamado cementerio.
Mis amistades y enemistades (ganadas a pulso durante el transcurso llamado vida) podrán ir a depositar sus pensamientos a un objeto físicamente visible y golpeable, según sea el caso - por eso lo hago.
Que bonito ha de ser morir: separarte de esos sentimientos grises, cotidianos en la vida de un ser que habita una pseudo-metrópoli.
La vida no es un sueño - no creo despertar al morir, al cerrar mis ojos. Si así lo fuese sería la peor de las decepciones: saber que mi único amor (Ella) ha sido falsa, a menos que me encontrara de nuevo con todas las oportunidades que tuve en “vida”. ¿Ahora cometería menos errores?
Un amigo me comentaba que no entendía el porque de los matices del azul, el color. No encontraba la diferencia entre ese tono del cielo que se junta con el del mar y que nunca se mezcla. Trataba yo de explicarle que el cielo era un reflejo del mar pero no entendió, o más bien no quiso entender. Quería seguir viviendo de su fantasía, para él era una especie de razón que lo llevase a entender lo triste de las caras y el amor. Decía que el mar era eterno, usted entenderá, por aquello de que lo perfecto no existe.
Ese amigo está muerto, falleció ahogado en el amor; podría ponerlo así. Una mujer acabo con él, poco a poco.
Que bonito ha de ser morir: he enunciado esta frase en forma de interrogante en múltiples ocasiones esperando que él la conteste, pero está muerto y no hay más que una lapida triste y oxidada que me lo recuerda. ¿Es bonito morir? Le digo.
Uno hace tantas cosas en este mundo con el único objetivo, inconciente, de alcanzar ese mortal deseo de descanso. Morir ha de ser agradable pero sobre todo el volver; encontrarte en ese día de festejo luctuoso, un altar a tu memoria, a tu altanería y flojera, a tu intrascendente paso por este mundo. Darte cuenta de la gente que te quería y que todos los años te acercan a la inmortalidad por unas cuantas horas. El amor se ha ido, el amor ha muerto, es más, se encuentra a lado de ti en ese altar, entre la cerveza caliente y el mole de olla, donde te gusta sentarte a tomar el aire libre. No te preocupes, estas muerto.
Me gustaría escribir un libro que me inmortalice, uno de esos relatos que todo mundo conoce - que por consiguiente hicieran que mi nombre pasará de ser del de un ente extraño al de un tipo con común relación entre la familia mundial - pero seré un manzano en el jardín publico; recordando con mi fruto el pecado original (trastocada mi inmortalidad con el paso generacional de este mismo).
Tarde será el momento en que me de cuenta que mi sueño de inmortalidad ha sido rebasado por los niño que juegan arriba de mi - y que tumban mis hojas hasta gastarme y convertirme en hojarasca. No vendré el día de muertos, entonces.
Un día escribiré ese libro, será de un tipo que flotó por los aires viajando ciegamente sin buscar algo en específico; ahora está detenido por encontrar lo no buscado. Ese hombre seré yo, de pie, quieto y en silencio, parado sobre la arena. Observando hacia el horizonte el eterno mar, con mí amigo – sin saber de razones.