Replicantes.

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España, 2009.

Sunset Boulevard

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jueves, 12 de noviembre de 2015

Candados

Candados.


Abigail cruzó el umbral con la cara de aquel que ha ido al baño a desahogarse y a mitad del recorrido le han colocado la canción que más le revienta la nostalgia… Si bien su pelo enmarañado había sucumbido al polvo resarcido por los meses del invierno, su vestido mantuvo a bien la figura de una mujer que gustaba de asumirse carmesí. La sonrisa con que saludó era una imitación, su saludo vil costumbre. La belleza de sus palabras, y la suya: silencio. Jimmy solía decir que nunca debíamos fiarnos de unos dientes plenamente blancos, que “una pulcra encía asomaba la costumbre de un caníbal por limpiarse a detalle los pecados”, que más bastaba aferrarnos al abrazo sudoroso, retorcido y vengativo de un púgil alejado de su cuadrilatero. “La sangre se confundirá en los ríos de la guerra bajo un extraño acto de justicia, hermanos… Suena extraño, lo sé, pero es cierto… La batalla, a pesar del perdedor, hermana a fin de cuentas en un cansino abrazo.”

Nadie siquiera intentó deslindarse las miradas con el resto, todo el hecho resultaba tan significativo como indiscutible el maltrato que Martín le daba al piano bajo pretexto de John Lewis. El semblante de sus pasos cruzando el siempre irregular arco que formaba el humo del tabaco no le había sentado para nada bien. No hacía falta preguntarle su procedencia y actividades del día, el brillo desgastado de sus labios, sus manos cenizas y apagadas así como el asomo de ginebra entre la sombra de sus ojos cumplían la excepción a la regla de siempre mostrarse cautivos y asombrados ante la belleza y elegancia de una dama que recién se ha maquillado. No es que no quisiéramos hacerla sentirse un tanto mejor y compartir la desdicha, no, pero al verla entrar así, con tacones silentes ante las maderas crujientes del lugar y bajo candados colgando de sus sentimientos nos hizo a todos morir un poco y lentamente. Había tirado las ganas en el callejón contiguo, las ansias en el bar de enfrente –la competencia– y se le había esfumado su talento de inquebrantable como ennegrecido su talento a un trompetista con los primeros síntomas del Parkinson. Una nube le perseguía como a Jimmy las malas noticias y la pólvora de las balas cada que viraba en alguna de las esquinas del barrio oeste. Su detonante de mujer se había ahogado en un ligero charco de flores mojadas con notas de Baker y Jarrett, de Tatum y de Webster. Nuestra beldad sucumbía a emociones humanas, nuestra mujer fatal dejaba de serlo; se bajaba del ring sin guantes y con la cartera perdida vaciada de efectivo y repleta de pañuelos usados. Morimos un poco, sí… morimos. Algo dentro de nosotros nos dejaba para siempre.

El asunto resultaba en sí en algo trivial, una nota más del corazón. Una gota más al vaso perdido de las propinas no otorgadas por nosotros los asiduos. En realidad no era algo para asombrarse; se había enamorado de David Arguenta, un tipo con un rostro tan bien parecido que sus ropas siempre olían a las paginas de publicaciones de moda y etiqueta. Era un buen tipo, no puedo negarlo, pero era uno de esos tantos que llevaba a leguas el destino pactado en cada día de pago. No es que no tuviera en realidad algún talento oculto, no, pero al igual que a un James Dean (por ejemplo), sabíamos a ciencia cierta que la fortuna se le acabaría tan pronto le quitaran esa sonrisa del rostro. Conversé con él un par de veces, y si mal no recuerdo trabajaba como asistente de una figura importante en uno de esos sindicatos cuya relevancia es la misma que la de sus incompresibles siglas; quizá era más bien un Jimmy Stewart. Joaquin era quien solía decir que en la política todo resultaba ser lo mismo “todos trabajan siendo el perro de un perro aún más grande”. Con Abigail nunca toqué el tema, acaso apenas cruzábamos palabra, pero supe con el tiempo que le conoció en una de esas reuniones quincenales en casa de David, nuestro laureado cronista, donde se solían apostar hasta los enunciados, los retablos y las primeras planas de los diarios.

No puedo decir que fuera amor a primera vista, nadie nunca en el bar creyó en algo parecido a ello, pero podemos afirmar que fue más bien un amor a primeras de cambio. De esas pasiones promesa que llegan contrariadas; cuando uno mayormente las desea pero no las necesita para nada. De las que se sabe, claro, que duran lo que un sueño a una noche de juerga. Lo que un abrazo al recuerdo, lo que una ceniza al polvo. Lo que una canción al álbum, lo que una sonrisa a una mueca  y un eslabón a los brios de libertad. 

Nadie hubiera imaginado verla así, escondiendo su tristeza y depresión detrás de unos labios partidos, unas chapas retocadas, unas zapatillas altas y un nuevo corte de pelo. Bajo la falsa apuesta a un grupo de hombres que se toman un par de horas cada fin de semana para verse agotar y acabar de a poco, la escena no resultaba muy digna que digamos. Cada que entraba por esa puerta –que cruzaba aquel umbral– todo momento se volvía especial: blanco y negro, elegante, suspicaz y con un poco de suspense en la belleza. Quizá lo más cercano que habremos de vivir a ese primer plano de Grace Kelly en Rear Window de Hitchcock… Aquel frío día de febrero no fue la excepción, quizá y hasta fue el más grande de todos sus momentos. Suele pasar que las desdichas son la tinta de la pluma que ha de escribir el epitafio de los apesumbrados. Y en esta ocasión, sobre estas hojas donde suelo escribir acerca de mis amigos muertos, puedo decir que las cosas no terminan así. Si bien Abigail desapareció por años sin que nadie supiera de ella, a la larga resurgió como una mediana escritora que ha sabido vender, a la fecha, su obra a lo largo del continente que osa decir entender a Cervantes. ¡Qué puedo decir!, la justicia no es para todos, así como el sazón no se encuentra en cada sartén que uno compra en la confitería. 

No hace mucho fue que durante un viaje me topé con unos de sus libros. Me hice de él y lo leí en el trayecto. No puedo asegurar que lo que puso ahí se trate de una referencia clara a esos momentos que hoy conmemoro, pero a bien puedo decir que yo lo tomé de esa manera debido a que me hubiera gustado pensarlo así cuando estuve en momentos parecidos, y vaya que los hubo… El texto es el inicio de unos de los capítulos centrales y reza lo siguiente: “Lo que en realidad pasó, cariño, es que siempre hubo un desierto entre ambos. Y aunque podríamos haber intentado cruzarlo y buscarnos a mitad de sus arenas, créeme que de haberlo logrado, a pesar del sudor en la lucha, todo esfuerzo habría servido únicamente para compartirnos esa sed, esa inevitable sed, de vernos cada día.”

lunes, 23 de marzo de 2015

Carta Abierta A Un Amigo En Marzo.

Carta abierta a un amigo en Marzo.

Querido amigo, he decidido hace unos minutos que mi vida debe de soltarse a las riendas de la libertad una vez más, quitarse ese peinado tan cuidado y dejar que el viento me abrace las entradas y me encanezca de una vez por todas las pestañas. El amor, como siempre, se me ha escapado de los sueños como la noche se convierte en promesa con el primer rayo de sol en el oriente. Mi temor, como siempre, es que como a aquel equino al que se la otorga libertad por sus logros –que se le despoja de sus herraduras con cariño, con cautela y se le abre la reja para que corra por el campo desenvueltamente para siempre– haga caso omiso y se quede cerca del establo. Esta vez por fuera y sin el cuidado de su amo a la espera de la lluvia.

El dolor es punzante como debes imaginarte, sé a bien que lo has vivido alguna vez y en severas ocasiones. Si te soy sincero, me sigue resultando curioso como el vacío puede ser tan filoso y exacto en las partes del cuerpo que te hacen desdoblar. Anoche, sí, traté de apaciguar todo ese devenir como mi abuelo materno trató siempre de vencer el frío; colocando colcha tras colcha sobre su pecho a forma de coraza, pero lo único que logré fue que me empezarán a sudar las experiencias. 

Reconozco antes que nadie las promesas que me hice, que las cosas no sucederían otra vez como en aquella ocasión en que incluso me auxiliaste a conquistar a cierta dama cruzando las olas del pacifico y cuyo resultado, lo conoces bien y mejor que nadie, es que ya intercambiadas nuestras posiciones seguimos luchando por ser ese tipo de hombres ajenos a esa fársica caballería –rústicamente común– aunque los rufianes nos continúen robando nuestros más preciados secretos. Sé a bien que prometí al mundo no volver la vista a ciertas aristas pero, ¿qué te puedo decir?, mi mundo no es tan basto realmente y en esta ocasión, lo digo a plena conciencia, el golpe vino por la espalda partiéndome en dos desde un inicio. Si bien se me ha procurado y como a aquel equino se me ha tratado de unir las partes con, quizá, un hilo de seda y la aguja más delgada, yo lo siento como si tratase de un estambre amarrado a una hoja de afeitar. Nada podrá seguir siendo de la misma manera de ahora en adelante. Esta cicatriz, seguro, llega hasta mi epitafio. 

Pero no te apures, me conoces bien y sabes que no soy uno de esos tipos que cometen algún tipo de idiotez sin estar seguro que al otro día pueda existir alguna disculpa diplomática. En mi vida los accidentes son una ficción y pura imaginería. Los términos de mi vida van de lo aburrido a lo visceral, de ser el hombre más común y somnoliento paso a ser el más apasionado y derruido. Sabes que no soy de los que pregonan el dolor para llamar la atención sino que me lo trago a favor de mis historias. De mis tantos personajes, quizá yo era el único que creía que aún me quedaba esta oportunidad. Mal pensado. La ironía, en este caso, se destacó incluso en mis otras pasiones: La escena que siempre me imaginé a su lado durante estos días (y créeme que tuvimos nuestros momentos) sería una que jamás escribiría. No se me habría ocurrido si ella no hubiera existido en estos momentos. Mi destino no contiene aventuras de películas románticas o acción, lo sabes bien. Lo contemplativo me absorbe cada vez más y antes de convertirme en la simple idea de un plano, haciendo el recuento de mis sueños, sólo me queda aquella ilusión donde una dama se me acerca un día a dedicarme “Thunder Road” en la versión de los “Cowboy Junkies”. ¡Mira nada más a lo que nos ha llevado esta desventura!: Tú a darme consejos y yo a pedirle a la vida una canción de Bruce Springsteen.

Tratando de encontrar la calma pasaré unos días malos, grises. Quizá unas horas de sueño se me escapen en pensamientos tan inútiles como fantasiosos. Sabes bien que soy de los que luchan en sueños incluso cuando la guerra está perdida y mi cuerpo se encuentra ya guardado en un cajón. Serán días difíciles hasta que encuentre de nuevo ese ritmo en que colocar un disco de Leonard Cohen a todo volumen en casa no signifique depresión sino el coloquio de todos las jornadas. ¿De las cosas buenas? Habré de compartir una vez más el Blues con los colegas.

El error fue mío, lo sé. Mis manos se ataron a algo que mi cuerpo siempre dijo con toda sensatez que sería tan sólo una tormenta interna. No obstante, si me preguntas una vez más si vale, o valió la pena. ¡Lo hizo!, sabes bien que no juego cuando suelo precisar este tipo de situaciones. El tipo de emociones fueron de una gama que no había conocido anteriormente. Mi cuerpo tomó tanto calor humano que hasta mi sonrisa, dicen, se lograba ver blanca a la distancia. Pedirme demostrarlo sería como pedirle al indigente que pagara sus impuestos: fue un estilo de vida y necesidad que nació del corazón. Igual hago pública esta carta, con tu autorización, y en este espacio, a especie de guiño. No es que crea que el mundo necesite conocer la historia, no soy ni la mitad de importante para ello, pero tampoco tengo nada que ocultar. Asimismo, bajo estas líneas apuntalo el pequeño universo que le inventé  (y seguiré inventando) para al menos, cuando me gane la locura, pueda asegurar que estuve cerca de ella. Créeme, no sería un mal final para mi.

Comentaste a manera de broma y apoyo el otro día que toda esta situación debería de considerarla ya como parte de las constantes de mi vida, que no importa lo que me suceda: “nunca llegó a tiempo a nada”. Si es así, no sé cuando fue que el reloj se me atrasó o si bien se me detuvo. Si es que acaso perdí las manecillas siendo apenas un infante o un poco más adelante. ¿Qué si me gustaría arreglarlo? Quizá, pero sólo si pudiera viajar en el tiempo y solventar esta magra oportunidad. No lo sé, tal vez sea tiempo ahora para empezar a escribir algo de ciencia ficción. Los elementos, creo, se me presentan. Acaso como dijera alguna vez José Luis Alvite, lamentablemente recién fallecido: “El amor eterno es aquel cuyo fracaso se recuerda siempre.”

Quizá esta carta te debió ser entregada a la puerta de tu casa por el cartero y escrita bajo el pulso de mi mano, sé bien que aprecias esos clasicismos, pero no fue así. La escribo detrás del mentado computador pues bien has de saber que cuando redactas a este tipo de pasiones a mano alzada la tinta siempre se torna de color rojizo. Y eso, mi estimado amigo, sería una falta de respeto para ti y para quienes la lean. Ahora te dejo, la vida continúa y debo de lavar la ropa. 


A. G. V.

Marzo, 2015.

viernes, 27 de septiembre de 2013

Cortos Circuitos Cortos


Cortos Circuitos Cortos
A. Güiris V.

Terminé con Margo porque no nos entendíamos, o tal vez porque en efecto lo hacíamos y simplemente así debía de ser. En ocasiones, es cierto, una relación se mantiene como tela rasgada sobre clavos; ya saben, una mano firme basta para colocarla nuevamente en su lugar y darse otra y otra y otra oportunidad. En tantas otras, como es el caso aquí, las partes tan sólo se mantienen por un velcro que pasado el tiempo, deberá gastarse. Parte destino, si se quiere creer en el, parte naturaleza. Éramos tan diferentes como complementarios, y eso, queridos amigos, siempre termina dando un poco de escalofríos. Cuando a mí se me antojaba un helado, por ejemplo, ella venía con la loca idea de pasar el verano en el polo norte simplemente porque “nunca habíamos estado allí”. Cuando me despertaba de una siesta creyendo firmemente que no debía sentir vergüenza de mi estupor, ella lloraba con alguna escena de las novelas de Televisa… Y para cuando ella me encontraba viéndolas sin una sonrisa en la cara, sencillamente decidía solventar las deudas con otro crédito bancario. Nos complementábamos de manera tan atroz, que decidí dejar de abrazarla, besarla y hacerle el amor a mediados de un septiembre bastante caluroso. Supuse que si algún día el pensamiento de matarla comenzaba a vislumbrarse en mi mente, seguramente me encontraría –yo– en el crematorio con la boca sellada en cinta canela y las extremidades (ambas) atadas a una madera. Siempre estaba un paso delante de mis decisiones. Siempre. Creo que en primera fue por eso por lo que comencé a amarla.

Nunca me arrepentí de nuestro rompimiento, incluso cuando me enteré que había sido electa para un cargo de elección popular: Diputada Federal. No había razón alguna para afligirme por ello. Si acaso la posición o la solvencia económica hubieran sido de gran ayuda cuando me despidieron de la planta, como bien me dijeron en su momento mis mas allegados al aconsejarme buscarla, hubiera preferido ser su amante. Es sabido que en esas instancias de poder les va mejor a los consortes. Además, creo que éramos lo suficientemente infieles como para sobrellevarnos uno al otro en ese rol.

En realidad, lo digo a años de distancia, quizá le estorbé más que ayudarle en ese sexenio que pasamos juntos. Ella gustaba de empeñar su palabra en cada merendero y esquina sin importarle razas, credos y colores –o bien si algunos de estos se contrariaban– con tal de sentirse arropada por la comunidad que le rodeaba (así no supiera en realidad nada de ella), mientras yo divagaba sobre como sería estar dentro del cuerpo, la vida y los ojos del primero que me pasará por enfrente cuando caminábamos por la calle, tomados de la mano, en vez de centrarme en como mejorar las cosas en mi trabajo, en mi persona y en mi hogar. Reconozco que cuando nos molestábamos, ninguno era capaz de ponerse en el estado de seriedad pertinente que el otro necesitaba... Tal vez eso sea lo que en realidad extraño de ella, que siempre, no importaba qué, terminábamos riendo cuando las cosas se tornaban turbias. “Eres como un cardiólogo cuyo consultorio está como para darte un buen infarto”, le dije alguna vez en una discusión… A lo que ella reviró diciendo “Y tu como un agente de tránsito que al llegar a su casa siempre queda mal estacionado, pendejo”… Reímos, sí. Recuerdo que reímos bastante esa vez, lo suficiente como para olvidar aquello que nos había quebrado por dentro y en definitiva, pocos minutos antes… Habrán pasado tres semanas, si acaso lo recuerdo bien, antes de que llegará ese septiembre. El septiembre más caluroso que habríamos de sentir juntos.

15 años, pues, se han sucedido desde que abandoné el departamento, 3 meses después de que ella me abandonase a mi; hasta ahora hago las cuentas. No supe más de su persona hasta la campaña, cuando desperté de un largo letargo y me encontraba trabajando en un Oxxo. Fue entonces que decidí terminarla, sí. Terminé a Margo (en mi corazón) porque no nos entendimos, dos quincenas después de mi renuncia. Es cierto, muy cierto, el amor entra por los ojos o la boca del estómago: una buena cena, la llamada primera vista, sí… Pero créanme, la estabilidad entra por los bolsillos y allí se queda junto a la pasión. Es sencillo, una simple cuestión de ofertas y demandas.

Ahora bien, si me encuentro aquí, sentado en una de las mesas del “Toledano”, es porque Pilar se ha molestado conmigo. Y Pilar es una mujer buena, seria y comprometida con la relación. Una de esas mujeres que lucha férreamente ante todas la adversidades que sabe de antemano va a vencer, mientras las tantas otras –la gran mayoría– las olvida en el psicólogo. Una de esas mujeres de buen habla que recibe las visitas de diversos editores de revistas sociales en cuyas entrevistas la pregunta más profunda es “¿Quién es tu ejemplo de vida?” a lo que todas responden indiscriminadamente: “Mi madre” (ni siquiera mamá, o mami). Una mujer de sociedad que a cada mañana, al verla vestirse y arreglarse con ese esmero ante el espejo, me hace preguntarme qué demonios hace conmigo... Aún así, la quiero de sobremanera, quizá la ame; no puedo asegurarlo. Y no es por falta de cariño, pero por los caminos uno se va encontrando diversas piedras de tamaños y formas tan similares, que llega una edad en que la confusión es siempre la ocasión perfecta.

He intentado ser lo mejor para ella, sí, créanme que desde el principio me lo propuse. No le he sido infiel durante estos tres años que llevamos juntos, por ejemplo. Junto a su abogado y hermano he aprendido y sobajado ese estúpido rol de macho con que te educan desde pequeño. Trato de mostrármele, si bien no fresco, al menos coherente con mis sentimientos hacía ella. No quiero que algún día al caminar encontremos que a nuestras charlas les ha pasado lo que a nuestras rodillas; desarticulación, rigidez. Nuestros problemas no son graves, son domésticamente sencillos; la despensa inadecuada (marcas de jabón o champús), el regalo inadecuado (el verde acqua no es siempre el mismo verde acqua), la ordenanza y limpieza de la casa, etcétera. En pocas ocasiones las cosas suben de tono, aunque es normal. Hay situaciones en que le recrimino sus divorcios (dos) y ella mi pasado como recomendador de chocolates y demás confiterías, pero no me vengo a menos por ello, entiendo que es una mujer de categoría y me ha dejado atrás. ¿Qué puedo decir? Son tiempos modernos y yo tan sólo una máquina del tiempo que por falta de uso, sólo viaja hacía el pasado.

¿Saben?, ahora mismo me gustaría regresar a casa, verle a la cara y decirle alguna broma, o intento de… pero ella prefiere una buena cara a una estupidez que conduzca a una carcajada. Una buena tanda de descuentos en Zara o Liverpool a la alta fidelidad del estereo. En ocasiones, es cierto, no nos complementamos, pero créanme que eso resulta muchas veces un alivio. Con Margo la vida era de otro color, quizá carmesí, como el vestido de esa mujer que me la ha recordado hoy… ¿Es curioso como los rojos siempre entonan nuestras nostalgias con los viejos amores, no?, cómo entran en sintonía y luego, pasados los primeros buenos recuerdos, se desvanecen ante el presente… ¡Sí!, me gustaría tener entre los brazos a Pilar en este momento y decirle, en ese abrazo, que no hay nadie más a pesar de los pasados. Que ella es mi única y que pienso serle igual, si ella así lo desea… No estamos, pues, ya a esa edad de casarnos y prometernos no cometer tantas faltas que nos hemos en realidad de cometer, algunas de ellas a consciencia, aunque sea por sociedad y tapujo. Quizá ella así lo piense y lo deseé, es en parte su estilo de vida. Quizás lo hagamos algún día y pronto me encuentre recordando los consejos de mi madre en algunas cuentas entrevistas. Todo puede pasar; la vida lo permite más que lo que el amor lo ciega… Así es…. Lo mejor será pagar la cuenta y salir rumbo a casa a darle buena cara, al menos eso… Después ya se verá.

Me pregunto si Margo aún recurrirá a las risas cuando las cosas se ponen tensas. Espero que al menos sonría… Se lo deseo. 

lunes, 3 de septiembre de 2007

Impulsos

EL BOLSILLO IZQUIERDO

Un día bien me puse a pensar lo humano que somos con el amor, cuantas veces dejamos que nos arrolle con la misma rutina y con las mismas manías. Recordé todos los pretextos que me han dado para no formalizar, percatándome que siempre ha sido el mismo. ¡Que originalidad tiene el romance!

IMPULSOS.

El otro día conmemoraba todas aquellas tristes frases con las que me he topado en mí andar. De esa forma, simplemente arribaron a mi aletargada razón de ser, todos aquellos saludos truncados por despedidas improvisadas, sonrisas perdidas en pos de una ajena alegría, y la etérea combinación de todos los caminos desviados con el simple objetivo de seguir adelante sin importar el fin.
En el bucólico transito de los años, no he dejado de compilar todos esos amargos ratos en hojas color ámbar; adornadas todas ellas, claro, por una pequeña tira de texto casi no legible y una especie de croquis, señalando el órgano vital malherido: el que desangra por escuchar el llamado que no le pertenecía y que constantemente rompe los eslabones del silencio con fuertes rutas musicales de sufrimiento y añoranza.
En el deambular, ocasionalmente evoco esos pequeños fragmentos de tiempo que han encaminado irregularmente el contento del estar, del ser uno más de lo que al mirarse a la cara, en esa rutinaria mesa de desayuno que es el mundo, tan sólo se dicen con la mirada: yo también he llorado y sufrido por llorar.
Somos frágiles, tan frágiles, que solemos olvidarnos de nosotros mismos con un par de tragos corrientes en el bar de siempre. Al que hemos de visitar cuando la sed de sonrisas ha secado ya el tanque de las satisfacciones.
El otro día conmemoraba ahí, en esa lúgubre entidad, todas aquellas tristes frases con las que me he topado, con las que he cruzado espadas en una lucha que nada ni nadie puede ganar, nada ni nadie más que el deseo de seguir soñando con un recuerdo que jamás sucedió.
Ese día estábamos sentados todos, y digo todos; completamente entero el séquito que ha conformado mi rutina por los últimos años. Jamás lo había notado, pero nuestros apodos bien pueden conformar una especie de quinta fantasmal; un lugar donde es mejor llegar muerto para vivir de los recuerdos - que vivo y morir por recordar.
Antes solíamos reír, ahora solemos recordar cuando las risas eran el motivo de las juntas, cuando las razones de la risa obligada y nada sincera, era el camino elegido para sacar del bache a alguno del clan. Hoy las cosas son distintas, tal vez hemos optado por reír sinceramente y tan sólo, muy de vez en cuando, recordar las penas, dejando atrás el aguarrás malgastado por aquellos saludos truncados por despedidas improvisadas, sonrisas perdidas en pos de una ajena alegría y la etérea combinación de todos los caminos desviados, con el simple objetivo de seguir adelante sin importar el fin.
Así me encontraba el otro día, escribiendo en una servilleta vieja, toda esa tristeza nueva, todo aquel olor a tierra revuelta por el arrastrar de mis pies. Las fuerzas se habían marchado, pero mis manos aún sujetaban el aire que rozaba las mejillas de Ella en algún otro lugar.
Como siempre, las sonrisas sedimentadas en el fondo del vaso lo apagaron todo. Al poco tiempo me empecé a acordar de todas aquellas otras frases que me han retorcido en el origen de la sangre que me levanta a diario, las escribí en otra de esas servilletas usadas y le prendí fuego, fume el humo, me encargue de agotar las sonrisas, y después, de la nada, me encontraba con una ligera mueca de maldad en la risa.
Entre abrazos, tragos, cometarios maliciosos, maldiciones gitanas no creíbles y carcajadas, se me fueron acabando los pretextos como para jurarme jamás volver a pensar en Ella. Siendo sincero, tal vez mañana lo haga, tal vez mañana cambie de nombre, forma, sentido, aliento y aroma. Y ahí estaremos, de nueva cuenta, amarrados a la vida que escogimos y recopilando una vez más todas aquellas frases que nos han de hacer reír años después, cuando la conjugación de los tiempos cambie y seamos tan sólo, al igual que todos, un mero motivo para seguir sufriendo a veces y sonriendo en otras.