Replicantes.

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España, 2009.

Sunset Boulevard

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viernes, 16 de febrero de 2018

Un Viaje No Escrito

Un Viaje No Escrito. 

Cuando se disipó el humo dentro del salón, el cigarro de Don Alberto se mantenía con su clásica hilera de ceniza intacta entre los dedos. Su mirada descansaba entre el aliento del trompeta y el brillo que emanaba de una de esas coronas doradas tan de moda con que gustaban los músicos adornarse los dientes desgastados, tan sólo un par de minutos atrás un solo que emanaba cierto tema nocturno de Thelonius le había hecho cambiar de posición; erguida sus espaldas hacía ese humo seco que Manriquez colocaba siempre con pésimo gusto hacía la parte final de las presentaciones (al igual, claro, que ese espeso telón color vino de resquebrajado terciopelo). Sobre su frente brillaba un cansino tono morado –muy apagado, casi azul– proveniente de uno de esos haces de luz que se prendían cuando la última melodía era interpretada. Si mal no recuerdo, aquella fue una noche frugal, húmeda y encapotada en emociones incomprensibles sin el paso de los años. De las que el buen Arney, el portero –vendedor de heroina– y autonombrado crítico musical, solía decir que eran perfectas para gastarlas escuchando a Dexter Gordon y esperar el alba sentado en una banqueta con senda botella de ron. A decir verdad, la primera vez que le vi en el lugar–cuando supe a bien que de su figura emanaba un volumen mayor a su enmudecida postura– este me dio la impresión de ser el tipo de personas que se creen un pez grande en río pequeño, como esos niños-dios que son más grandes que cualquier otra figura del nacimiento. Claro está que después le conocí y descubrí que en realidad era más heno que fantasía. Más leña que promesa de fuego. Aunque eso, claro, no le afectaba, como nada pareció entorpecerle aquel día ese extraño esbozo de nostalgia que se le dibujaba entre los labios mientras el pianista realizaba el regreso al tema principal. Inconmensurablemente enfundado en su traje favorito de color café oscuro, con sus zapatos recién boleados y sobre la mancha de humedad que tanto criticaba, esperó hasta que el último eco de los acordes se fundiese con los aplausos de la audiencia para beberse el resto de su copa de vino de un solo tajo, darse la vuelta y retirarse sin derramar una sola pizca del otrora fuego que cuidaba recelosamente entre sus manos. 

No es muy fácil olvidar el fresco color del semáforo que nos detuvo en aquella esquina en que compartimos por primera vez las sombras. Amanda me había dejado un par de días atrás: una ida sin regreso y para siempre; con la mudanza en proceso y el polvo ahogándome las anginas de la espera –los tapetes como techo y los suelos como abrazo… Con los ánimos por los suelos solté la confesión en voz alta a manera de expiación mientras le miraba con cierto recelo fumar un marlboro rojo. Calladamente tosió y se limpió la garganta. No sé si no quiso mirarme o simplemente no se atrevió, pero observando la luna rompió todo efecto sonoro cuando los coches se detuvieron nuevamente frente a nosotros: “De los corazones rotos se aprende lo mismo que la vida enseña a un cirujano cuando pierde a su primer paciente, hijo. Es algo que duele, sí, pero más vale que te vayas acostumbrando.” Después se me acercó y me dio una golpe por la espalda mientras me dedicaba unas palabras al oído para después alejarse entre la neblina citadina; su figura se desvaneció entre ondas de autoestéreos y ruidos de carburador. Fue entonces que supe que era uno de esos sujetos de los cuales uno puede suponer todo a espera de equivocarse sin falta. De los que por más que los interpretes, siempre habrá un agujero por usar con el tintero. Un personaje existente situado en un viaje nunca escrito. La gente solía tenerle desconfianza, apartarse de él, pero creo que fue porque no lo conocieron teniendo el corazón deshecho… O bien qué puedes esperar de un hombre que al primer encuentro se despide diciéndote: “A mi me han abandonado 15 veces muchacho, ¡Quince! Y en todas ellas la misma mujer, siempre la misma mujer.” 

Fueron ciertas arenas atrapadas en algunos oxidados segunderos las que nos hicieron alguna especie de colegas e influencias mutuas. Irregularmente los fines de semana solíamos apostar quien hallaba los mejores bares de músicos amateurs de Jazz en la ciudad. Nos sentábamos en la barra y sin decir palabra alguna escuchábamos hasta el final de los alegatos. Luego salíamos a fumar, yo descargaba mis nuevos quebrantos amorosos y él apuntaba la puntuación de los nuevos talentos encontrados. Cuando no hallábamos algún sitio a donde ir, el Manriquez siempre era una opción donde descargar las fuerzas. En ocasiones íbamos a su casa y pasábamos la velada escuchando parte de su colección, a veces se nos juntaba Arney o algún amigo (cliente) de él, pero la mayoría del tiempo la pasábamos con algunos de sus vecinos. Gustaban ellos de ver el amanecer desde el balcón con alguna balada de Art Farmer, Soul Eyes siempre como opción. Solíamos estar en silencio y dejar que el sueño se escapase entre el sonido del scratch y el humo de los químicos que acompañaban el ambiente. Desayunábamos con whisky en un pequeño sitio que abría todos los días en la parte baja de su edificio y después cada quien tomaba camino. Sin saber cuando sería la próxima vez. Sin saber si en un rincón se encontraba una nueva Amanda o una nueva Sarah para cada quien… Hasta que, claro, sucedió. 

A su puerta tocó de la nada, como si el pasado fuese una pequeña red para el cabello que simplemente se acomoda o bien despeina. Una pomada, una caricia. Se le comenzó a ver cada vez menos por los sitios donde frecuentaba. De vez en cuando me daba el chance de pasar por ellos y si acaso una mirada cruzada, un saludo a la distancia mientras lo veía disfrutar, sonriente y tomado de la mano,  alguna pieza de Hank Mobley o Jimmy Smith. Por aquellos momentos prefería embriagarme con tequila en los bares de la zona norte, donde hasta altas horas de la noche podías oír desde Ray Brown y Curtis Fuller hasta la Big Band de Francy Boland y Pharoah Sanders, némesis del paladar de Don Alberto. Pero claro, llegó la noche, esa noche en que me hallé casualmente en el Manriquez y se disipó el humo del salón; su cigarro con la clásica hilera de ceniza intacta entre los dedos. Su mirada descansando entre el aliento del trompeta y el brillo que emanaba de una de esas coronas doradas tan de moda. Me acerqué a él en el mismo semáforo en que nos conocimos. No le miré ni dije nada, simplemente me coloqué a su lado y encendí un cigarro. De nuevo fue él quien rompió el silencio: “Qué puedo decirte, colega, tan sólo soy de esas personas que tanto se han despedido de sus amantes al verlas partir en la misma estación de tren, que mejor han decidido enamorarse de las vías.” Me dijo que su récord alcanzaba ahora los 17 y que esa sería la cifra definitiva. No quise hacerme de sus razones y a bien continuamos el puente que habíamos dejado atrás, con los whiskys en el desayuno y los amaneceres con metales. 

Me despedí de él un 19 de Junio, un diario local a unos 700 km de la ciudad me esperaba. Había terminado mis estudios de posgrado y tenía unas ganas inmensas de nuevos aires, de nuevos brios. Nos despedimos por teléfono sin nostalgias y prometimos volvernos a ver a cada año, promesa que ambos sabíamos jamás debía cumplirse. Nunca supe a bien como fue que se enteró de mi boda, pero hasta ella llegó su regalo: un pequeño sobre con la carta que le había dejado Sarah la última vez que le abandonó. El sobre rezaba con su puño y letra: “De ser, que sea así”. El resto en el interior decía:

No quisiera describirme como una mala mujer, cariño ¿Quién lo quisiera? Pero si lo soy, tendré que vivir con ello, ya no me importa. En realidad me gustaría verme más como aquellas personas que no se dan por recordar a bien los puertos donde ha encallado su amor. O el de los demás. Y eso se debe a que a mi lo que siempre me ha llamado la atención es el mar abierto. Su océano casi infinito. No quiero ser insinuante, pero a pesar de todo el afecto que nos tuvimos, debo serte sincera y decirte que dentro de ese universo construido por las lagrimas de quienes han perdido algo en esta vida, siempre me resultaste apenas la espuma de una ola. Y yo, yo necesito navegar. 


A pesar de que un par de años después supe que su cuerpo haba sido encontrado en su cuarto después de 5 días, no había vuelto hasta ahora a la ciudad. Algo siempre me dijo no debía de hacerlo. A bien recuerdo que en una ocasión, sentado en la esquina de la barra de algún bar, una mujer vestida de rojo que me recordaba plenamente a Amanda –con ese mismo vestido rojo con que la recordaba siempre– se me acercó con las intenciones más sensuales que recuerdo; labios carmín y pelo oscuro, lacio, una sonrisa fresca y aliento a alcohol. Una cierta frase crepuscular y sinsentido como saludo: sonrisa chueca pero más sincera que atrevida, encías blancas e imaginarias: manos tersas… Pero tajantemente dije que no, no a toda pretensión simple y llana debido a que en el sitio no sonaba alguna pieza de Henry Red Allen, ni siquiera Cherry, ni siquiera alguna versión cantada de The Nearness Of You. Y entonces me di cuenta que cierta parte de mi se convertía en Don Alberto, en la esencia de quien tiene mucho que decir pero a nadie a quien lo escuché. De quien huí al poco tiempo pero sí busqué en ese mismo instante. Agitado, corriendo por la calle y entre bares de Bop y Swing llegué hasta encontrarme con su aliento de alquitrán. “No te apures amigo, mírate en mi. Me he peleado tanto con la suerte y sus cenizas, que cada que me encuentro en la calle a una mujer que me abate el corazón, prefiero perderla de vista antes que conocerle las espaldas y los despidos.” Caminamos un largo trecho con dirección al centro y al llegar a una glorieta nos despedimos,  sin abrazos ni manos cruzadas, como quien sabe que al otro día estará ahí el día y la noche… Pero jamás volvimos a vernos.

Quizá algunos piensen que lo primero que debí de haber hecho al llegar fue buscarle en su descanso, despedirme de él, pero no, no lo hice. Tomé rumbo directo hacía el sur, me desvié por la avenida central y seguí hasta la calle 6. Entre a la Colonia Central y me estacioné a unos cuantos metros del Manriquez, que ahora no es más que una pila de escombros con el techo caído y caminé hasta lo que alguna vez fue su entrada principal (el sitio de Arney), con la nostalgia sobre los hombros y la vista enrarecida –tengo ahora 7 años más de los que tenía Alberto cuando murió. Y sonará raro, pero sé que logré escuchar el eco de alguna pieza de Dizzy cuando toqué a la puerta y dejé en su filo la nota con que se oso despedirse. Aquella que me hizo llegar sorteando todas las circunstancias antes de partir: 

Aquí te quedas mi viejo y buen colega. En los limites del litoral en que viví tratando de capturar el horizonte. Ahora mi turno ha llegado, me voy, pero no sin anhelos. Créeme que no deseo más otra cosa que no sea cruzar el mar, a sus anchas y a sus largas. En su plenitud. Cruzarlo y conocerlo, llegar a su fin, como el mío ahora. Y quizá así, quizá, algún día dejar de ser simplemente residuo de sal. 


Si soy sincero, no hay mejor tumba que los restos de aquello donde realmente viviste. Claro que eso no lo había pensado hasta estar ahí, frente a ese lugar donde vi pasar algunos de mis mejores momentos de juventud. Y claro, tantas cosas más que pasaron por mi mente mientras me dirigía de nuevo a mi carro para tomar rumbo. Mi salida no fue ni tan heroica ni tan especial como quizá debiera: abrí la puerta, prendí el motor, busqué en la radio alguna estación local de Jazz y tomé camino hacía el centro en búsqueda de un algún lugar donde poder cenar con alguna banda en vivo. Pero si soy sincero, algo me inquietaba, algo me hacía sentir molesto. Y entonces, mientras tomaba mi primera copa de vino y la notas comenzaban a inundar el sitio, me dije que quizá alguien podría terminar esto de mejor manera. Tal vez con un final donde me alejo del Manriquez caminando. Donde a cada paso que doy me hago cada vez más joven hasta hallarme con Alberto en algún sitio, quizá la esquina donde nos conocimos. Y entonces fumamos un cigarrillo y él me dice una más de esas frases tan a su pesar. Y así, reencontrados, seguimos caminando por las calles, y caminamos y caminamos sin dirección. Y que mientras lo hacemos vamos dejando un rastro de hielo seco que sale por debajo nuestros pantalones; humo seco, mucho, que se convierte en neblina. Neblina que comienza a cubrir por completo a la ciudad hasta hacerla desaparecer. Y entonces caminando, sin sentido, desaparecemos todos.



domingo, 13 de septiembre de 2015

Una Carta De Amor


Una Carta de Amor. 

Basurto era uno de esos individuos al cual todos le adivinaban de manera secreta la suerte y el destino. Incluso antes de la presentación formal todos soltaban al aire la frase: “ese hombre se equivocó de profesión” con tan sólo mirarle la comisura de la dentadura cuando osaba sonreír. Fueras o no un amante de las actividades deportivas sabías, por más extraño que parezca, que su dirección en vida debía de ser el boxeo. La silueta de sus pómulos atraía hasta el más pacifico hacía su sombra con el puño hecho nudillos. Era en realidad la trompeta de un sexteto de Jazz local cuyo talento se encontraba más en las intenciones que en la partitura. El pianista, que era el mejor de todos, intentaba siempre imitar ese puente entre el Blues y el Jazz que hizo leyenda a Red Garland pero en realidad terminaba siempre por acercarse al Free de Pharoah Sanders, bajo el entendido –claro– que nunca había escuchado siquiera el A Love Supreme de Coltrane. Eran apasionados, sí, pero más les podía el amor que la disciplina. Recuerdo entre destellos de polvos y humaredas sacadas de uno de los personajes de John Kennedy Toole que estaba enamorado de una dama cuyo nombre nunca se repetía en las conversaciones, ni siquiera en las del mismo día. Era de una de esas personalidades que para escoger el nombre de su hijo hubiera preferido un anagrama que el tributo a uno de sus héroes de adolescencia. 

Compartí el licor con él en no más de tres ocasiones, aunque quizá la memoria me falle un breve de octava. En una de esas veces me platicó de una carta que redactó con la intención de entregársela a aquella mujer que se la ganase. Habló de ella por escasos minutos pero yo pensé en ella por horas. Me cuestioné si alguien bien podría realizar la máxima carta de amor: no encontré respuesta. Preferí seguir hablando en el circulo de amistades sobre la banalidad mayormente entretenida del mundo, la música. El hablaba de bajistas: Clarke, Wooten, Wikenfeld, Dixon, Brown… Yo de su voz: la trompeta: Farmer, Terry, Baker, Morgan, Beiderbecke y Gillespie. A los pocos días me llegó a mi buzón, petición expresa personal, la carta en la que había trabajado con tal esmero. La leí un par de veces sin encontrar algo que pudiese funcionar. No obstante, debo admitir que aquellas letras escritas a mano con una pluma standard de papelería podrían representar, en mis memorias, su mejor nota ejecutada. Su mejor solo. Quizá más adecuadamente deba decir su mejor golpe: el tiro al hígado más halagador y potente en cualquier cuadrilátero. De esto ya hace mucho, pero hoy le recordé porque en sueños escuché al buen Miles en su época del Star People y vi a todos los luchadores que he conocido en vida. De aquella carta, sí, esto es lo único que se me viene a la mente.

“Aquel día recogimos el carbón del pasto, el ultimo pedazo de carne se había rodado en las cenizas y terminamos por dejarlo desaparecer dentro el fuego. Fue el mismo día que hiciste aquella mala broma sobre parecer recolectores de algodón a punto de inventar el Blues. El mismo día que pudimos despegar los pies de la tierra y ser los primeros astronautas del mundo en un sueño que nos hubiera terminado amando. ¿Y sabes por qué? Pues porque hubiéramos creado algo nuevo que el mundo en realidad no hubiera necesitado y, por ende, habernos dejado vivirlo solos. Y es que creo que el amor debe de vivirse así, sin influencias y eternizando el momento de la explosión inicial: el fuego que emana y mata a la mayoría; que no deja rezagos ni efectos secundarios. Lo que une en la otra vida y sobre un jardín en el que siempre ha de sonar la escala perdida del mundo. ¿Si es así, te gustaría bailar conmigo y sobre la lluvia, a tiempo relantizado, y haciendo explotar nuestros oídos? No lo tomes a mal, pero quizá así encontremos nuestra música y no necesitemos, por fin, nada del mundo. Y nada del amor que se profana de ese lado y sí del nuestro. Que habremos de inventar.“


martes, 3 de marzo de 2015

Whiplash

REDONDO.

Whiplash
Whiplash. Música y Obsesión. (Damien Chazelle, 2014)

Plenamente sencilla, sobria y mesurada. Con un temple que sorprende y deja sin aliento; emocionando al espectador hasta literalmente el último momento que apasiona y apasionará a los amantes del Jazz por mucho tiempo, “Whiplash” alza la mano ante un cine pensado, inteligente y con un cierto aire puramente serio de naturalidad. Algo que, seamos sinceros, hacía tiempo no se veía desde las entrañas de un Hollywood cada vez más perdido en mercados sumamente encasillados en gustos populares, edades precisas o bien autocríticas a forma de reposo y formalidad. En un universo fílmico que ha ido desapareciendo el sentido y forma del llamado cine independiente, este entramado nos regresa a sus bases y su sentir. 
Prueba de que los más fundamentales conflictos pueden usarse de una manera clara sin complejos o discursos que van más allá de la pantalla, Damien Chazelle, realizador de esta apasionante obra, se aboca a obtener los objetivos necesarios de cada una de sus escenas sin ir más allá de lo justamente necesario; controlando a detalle su discurso visual y tensión emocional. Raro resulta presenciar una cinta estadounidense casi sin caprichos autorales, sin momentos plenamente rebuscados en pos de un antojo o gusto personal. Prueba es que la cinta se va desarrollando de una manera tan ordinaria y puntual que no pasa mucho tiempo para que nos internemos en el mundo que nos presenta; el ambiente de una exigente academia de música de Jazz. Y sin hacer uso de aspavientos o acciones rebuscadas revela de manera concisa a sus personajes, los cuales desde el primer minuto de la cinta no nos dejarán abandonar la inquietud durante el completo entramado. 
Bajo una puesta en escena que se atañe al gesto, semblante y musical, la presión que  implica el campo diegético de la cinta nos afecta también en la butaca. La angustia y la zozobra se mantiene y se acrecienta de manera exacta para que no nos despeguemos un instante de su puesta en escena. Cabe resaltar no sólo la dirección actoral sino la entrega de nuestros dos histriones centrales. Dejando cada uno su peso y valor cuando el otro requería de ese alejamiento. 
Lógicamente con un uso relevante de la música, los momentos de fabricación tonal no opacan el seguimiento narrativo, no frenan el paso de la historia sino que nos complementan los sentimientos y las acciones que están en juego en cada paso de la cinta. El montaje de Tom Cross nos describe con exactitud lo requerido, no nos pierde en el mundo especializado del género musical aportado ni en el ambiente de una institución y técnicas de enseñanza, sino que aclara; expone y relata. Igualmente la fotografía de Sharone Meir, que se nutre de toda esa pureza detallada en cada una de las locaciones, en cada uno de los personajes, en cada uno de los escalones de la trama. 
Ganadora del premio del Jurado y de la Audiencia en el pasado festival Sundance, “Whiplash” retoma impresiones y efectos que ayudan al espectador a implicarse, a identificarse dentro del cine. Es una cinta que nos deja pegados al asiento y con una sonrisa malévola en el desenlace; es una cachetada de Jazz al espectador sin que se sienta del todo el peso de ese género de manera imperante; se disfruta guste o no. Es una carta de amor apasionado a la disciplina, a la locura y al apetito musical. Es una muestra clara de que la sencillez es la mejor aliada de la belleza cinematográfica. 

Whiplash. Música y Obsesión de Damien Chazelle

Calificación: 4 de 5 (Muy Buena).

viernes, 26 de septiembre de 2014

Músicos En Ruta. Episodio 07: Roli


El séptimo pasajero de Músicos En Ruta fue Rolando Alarcón, un ejecutante de la vieja escuela que aún se mantiene activo desde los platillos, bombos y tarolas de Orbis Tertuis, una de las agrupaciones de Jazz más relevantes de la ciudad. Su paso, no obstante, se encamina por el Rock, por las bandas de Covers y demás. Su historia se roza con mucho del bagaje inicial de una época dorada del rock en la ciudad. De él aprendí que se puede vivir de la música si se tiene la suerte y el empuje para querer hacerlo.






viernes, 26 de agosto de 2011

Jazz

Jazz

A. Güiris V.


El hombre cruzó la calle en medio de la lluvia mientras sus botas y su saco se iban impregnando del penetrante olor a cenizas de azucena que iba apresando el sitio enmarcado entre las calle 7, 15 y la avenida principal. El incendio aún continuaba a un par de cuadras de la tienda del señor Milano; aún eran visibles las aureolas color ocre en el horizonte y las sirenas enmarcaban un claro estado de intranquilidad en pleno corazón de la ciudad. La gente no se regocijaba entorno al siniestro, sabían que si todas las florerías de Arturo Escalante ardían, esto no era más que una de las tantas vendetas de Pietro Zivoli.

En el club, donde se encontraban Enzo Marcotulli y Lorenzo Florespiedra con un ligero nivel de ebriedad, resonaba aquel viejo disco de 1967 de Lee Morgan; el trompetista favorito del Sr. Smith, dueño del lugar. Cuando comenzaron a sonar las primeras notas de “Stormy Weather” Carlos Manríquez se acerco a la barra, espero su turno como buen cliente de años y ordenó un agua mineral en vaso tubo con dos hielos (hacía siete años que no probaba gota de alcohol). Su mirada se perdía entre el cristal empañado que daba a la calle principal y las gotas que aún se dejaban caer del cielo tratando de seguir a detalle el rumbo de aquel misterioso hombre. Cuando el Sr. Smith pasó a saludarlo (saludaba a todos sus clientes al filo de la una de la mañana en una inagotable visita a todas las mesas del lugar), este le preguntó si conocía a aquel sujeto. El Sr. Smith trato de enfocarlo bien pero la respuesta fue negativa y pasó de largo. Carlos, mejor conocido en aquella época como “Wes”, se percato que había perdido la huella nocturna de aquel tipo. Preocupado dudó en mandarlo a seguir por Enzo y Lorenzo pero estos se encontraban ya demasiado vencidos por el tequila. Pidió entonces que le acercarán el teléfono y marcó a su jefe, Salomón Feld. Le mencionó ligeramente sus sospechas; era el cumpleaños de su esposa y no quería echarle a perder la fiesta, bastante tenía ya con el saber que la ciudad se vestía esa noche de gala con la colonia realizada bajo los vestigios de lo que alguna vez fueron las rosas, claveles, orquídeas, girasoles y azucenas de uno de sus protegidos. Al colgar decidió él mismo iniciar la búsqueda.

Se despidió a la lejanía de sus adoctrinados, los cuales ya reían y alegaban a alto volumen dentro del antro –casados con el elixir de agave–, y cruzó la puerta. La lluvia amansaba. Se colocó su gabardina y su sombrero, buscó su arma bajo su cinturón y le quitó el seguro. Miró hacía ambos lados de la calle y siguió el rastro más lógico: el de la oscuridad y sombras. Dos bloques más adelante se internó en el callejón 73, conocido así por los muertos habidos en la crisis del 67. Y aunque su meta era encontrar, alcanzar y cuestionar al hombre misterioso que había salido del bar hace menos de media hora, no podía dejar de pensar en Amanda. Se cuestionó si sus dudas no habrían emergido por la simple necesidad de cambiar de atmósfera, de ambiente. Se preguntó si el olor a azucena rota, quemada, no lo había hecho recordarla. Al final de cuentas, pensó, cuántos hombres misteriosos que cruzan las calles en medio de la lluvia –recién recibido un fuerte golpe por parte de los enemigos– pueden haber. Se comenzó a figurar a él como su propio enemigo, como su propio veneno, como su propio asesino. Como la propia sombra de aquellos que se mojan mientras cruzan el asfalto.

Coleman Hawkins, uno de sus predilectos, sonaba en uno de los bares más alumbrados del callejón pero se dejo seducir por un pequeño trompetista que imitaba el estilo de Chet Baker al exterior de uno de los más pequeños y más mal iluminados. Se adentro, pues, dentro de ese pequeño universo de gente que fumaba tabaco, leía libros de pasta dura y bebía agua de sabores en copas de vino tinto. En el escenario un guitarrista calcaba a Herb Elis; se pensó entonces que se había integrado a un mundo paralelo donde todo debía ser copiado de otra fuente. Se acercó a la barra y exigió un ron con coca, agua y un ligero twist de limón como en los viejos tiempos. Se sentó en una de los bancos más cercanos y se preparó a disfrutarlo; el sabor le trajo buenos y malos recuerdos. No obstante, los sorbió con las mejores intenciones y se decidió por darse la vuelta y mirar la copia maltrecha de Herb, cerró los ojos. El sabor a azucena había desaparecido, la imagen de Amanda también; así como la de Aurora, Ángela, Adriana, Amalia y Alba. Respiró tranquilidad, respiró con ánimo.

Bajo las sombras que cruzaban la mala iluminación del escenario apareció un extrovertido trompetista; su silueta respiró profundo y acercó lentamente sus labios a la sombra propia de su instrumento. Entre el aire y el humo de tabaco comenzó a escucharse una severa interpretación de “Dizzy” con tal alma que el sonido que emanaba del escenario masajeo alguno de los órganos más profundos del cuerpo de Wes. Tocaba con el corazón, con la elegante rebeldía de los años 40s. Encantado y confundido por su tesitura y color, Carlos (“Wes”), por poco no lo reconoce, pero cuando un halo de luz fue desviado para hacer notar su presencia, éste lo detalló a la perfección. Era el hombre misterioso, era él, no había duda. Lo podía ver bajo la misma lluvia que había caído hace poco más de una hora frente al bar del Señor Smith… Se llevó entonces la mano bajo su pantalón y tocó su arma. Rozó el gatillo con cautela, sigilo y frío pero las yemas de sus dedos no se sintieron cómodas allí. Se acercó al seguro y lo cerró… Dio un trago más a su copa y volvió a clausurar su mirada y sus sentidos exceptuando el del oído. Se abrazó las muñecas de ambas manos y se dejó malinterpretar por la armonía de la historia futura. Esa sería la última vez que se le vería en 20 años.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Omara Portuondo. XXV Festival de Jazz. Madrid 2008.

REDONDO.

Omara Portuondo en el Festival de Jazz de Madrid, 2008.

GRACIAS COMPARTIDAS.

Me acerqué lentamente a las instancias del Teatro Fernán Gómez, debajo de la Plaza Colón - localizaciones perfectas para una historia de Ciencia Ficción minimalista, solitaria y un tanto experimental desde mí punto de vista - por el lado contrario al que le conocí por primera vez, en donde tomé aquella foto del pilar que sostiene parte de la estructura y decidí investigar el lugar desde el punto de vista sc-fi ya mencionado. Era de noche y hacía un tanto de frío, había llegado caminando, sin saber que esperar a ciencia cierta de un concierto, sea dicho, tenía que ser una experiencia única, rica en emociones y rica en explicaciones, dígase de más, globales.
La negrura y espesor de la noche se perdieron entre los asistentes dentro del foro, donde, para todos sería la verdadera vida nocturnal de aquel día que se despedía. Un teatro pequeño y acogedor, ideal para el estilo genérico y generacional de una cantante reconocida tardíamente y que justo venía a presentar su nueva producción titulada “Gracias” como un verdadero consentimiento a todos aquellos que han hecho parte de los últimos 60 años de su vida, que es su carrera como interprete. El cartel indicaba ya dos sorpresas adelantadas, la presencia de Jorge Drexler y Martirio.
Las luces se apagaron no para dar comienzo a la velada cubana, española, uruguaya y demás sino para darle cabida a una voz muy educadamente española que explicaba que esta, la edición 25 del festival, rendía tributo a uno de los más grandes, al siempre visible Miles Davis. Todos los conciertos dentro del marco del festejo musical comenzarían con una de sus piezas más emblemáticas, “So What!”, abridora del también inmortal Kind of Blue, así que el telón se abrió para mostrar a la banda que acompañaría a la afamada cubana, abrazada de una instalación basada y llamada igual que dicha composición abridora. Aunque la instalación no era del todo emblemática, la banda empezó a demostrar el nivel que vendría a acompañar la voz de Omara. Liderada por Swami Jr, un guitarrista, compositor y arreglista Brasileño, se complementaba por un baterista, un percusionista, un bajista y un pianista que figuran como la nueva generación de valuartes del jazz cubano. Mención aparte requiere el pianista Harold López Nussa, que a su corta edad, demostró un virtuosismo y expresión en sus interpretaciones con un equilibrio magistral como no se ve en las nuevas generaciones de músicos en todo el mundo, donde todo es virtuosismo puro y nada de comunicación.
So What! fue la primera grata sorpresa, la interpretación fue ejecutada como debía de ser, con un aire latino caribeño nadando entre la famosa frase musical de la melodía. Sin embargo esto daba paso a lo esperado, la llegada de Omara, que con paso lento arribo al escenario en medio de aplausos y gente de píe. Como es conocido, los conciertos de Omara Portuondo son una interacción total con el público, no es más que una tocata familiar donde todos representan amistades cercanas y se toca lo que se siente, como se siente y de manera tan sutilmente magistral que pocos se dan cuenta de la belleza total que rodea el ambiente. El virtuosismo, repito, se convierte en lo que debe ser siempre, en la música.
La segunda sorpresa no tardo en absoluto en llegar, una de las esperadas. Omara pidió para su primera canción a Drexler para interpretar a duo “Gracias”, el tema que da nombre a su disco y al momento de vida en que se encuentra. El tema se fundió en una mutua culpa de agradecimientos entre audiencia y cantantes, así como entre ellos mismos. El concierto continuo creciendo con las canciones de su última producción, los virtuosos solos de sus músicos dejaron sorprendidos a más de uno. “Adiós Felicidad”, “Amame como Soy”, “Yo vi”, “Nuestro Gran Amor” fueron parte de los temas que alejados de las versiones con que fueron grabados representaron dignamente lo que el festival requería, una carga de jazz ante la presencia de una de las voces más reconocidas del mundo.
Drexler reapareció para interpretar en conjunto “Oh Que Será”, una canción original de Chico Buarque y Milton Nascimiento que ya ha interpretado en alguno de sus discos, y que grabó a duo con Omara en el presente disco de la cubana, pero lejos de escuchar una interpretación fidedigna de lo ya grabado, al igual que las demás melodías, esta se extendió con un solo de cada miembro de la banda que sorprendió hasta al mismo Drexler que volteaba a ver a los músicos para agradecerles el momento, mientras Omara, como nada, figuraba como un pez en el agua, rodeada de la música, disfrutando su agradecimiento, disfrutando de una vida que ha valido la pena. Tal vez por eso se interno tanto en la interpretación de la canción de cuna “Drume Negrita” que dedico a sus nietas y que concluyo de manera magistral, con un silencio repentino que saco unos de los aplausos más sinceros de la noche. Martirio se dejo ver para cantar “Rabo de Nube” de Silvio Rodríguez en una versión que ha sacudido los estilos y géneros de los continentes encontrados. Un duelo bello de voces que al final se dejaron vencer a la letra de la canción.
Una de las sorpresas no esperadas de la noche fue la invitación que Omara hizo a uno de los cantantes más jóvenes de España que ha saltado a la fama por los reallity shows televisivos tan de moda, Manu Tenorio, con quien compartió “Tres Palabras”. La voz del joven fue buena, entonada pero podemos decir que las emociones le ganaron en partes claves para sobre-interpretar la letra que ayudo a equilibrar las tablas de Omara, una oportunidad única no mal desaprovechada y un momento lindo de la noche.
El concierto fue dando sorpresas entre las versiones que iban alentando a la isla alejada de todos en ese momento. Dos Gardenias fue interpretada en un hermoso duo junto a su director, guitarrista Swami Jr. que se ha quedado como una de las mejores versiones que se han hecho de este tema. Asimismo Omara fue narrando historias y anécdotas de toda su carrera, desde el cuarteo de las D´Aida hasta nombrar a uno de sus más grande colegas: Ibrahim Ferrer que desató otro de los aplausos más sinceros de la velada.
Omara se fue del escenario para dar paso a un puente instrumental llenado de manera impactante por su banda, una interpretación donde de nuevo a todos nos dejaron con el sabor de boca muy ameno.
El final de esta velada era el esperado, una entrada total de los invitados que se fusionaron a ritmos de “Cachita” “Guantanamera” y de nuevo “Gracias” en unas gracias compartidas, no rebuscadas, en un levantarse de los asistentes que bailaron para la felicidad mutua.
Omara se fue no sin antes agradecer cien o mil veces, no sin que el público le haya agradecido ese y otros tantos conciertos dados en sus 60 años de carrera.
Me fui cuando las luces se encendieron, sin recordar nada de la ciencia ficción pensada -que se encontraba arriba de mí - sino tan sólo pensando que estaba en una isla, y sobre todo, más cerca de casa.

Omara Portuondo en el Festival de Jazz de Madrid, 2008.
Calificación: 5 de 5 (No lo cambio por nada.)