Un poco distante, relajante e iraciblemente coqueto. Un acercamiento nada vital a la experencia propia de mis memorias (a corto y a largo plazo). Escritos, fotos y una que otra sorpresa.
Replicantes.
España, 2009.
Sunset Boulevard
España, 2009.
El que Busca Encuentra
viernes, 16 de febrero de 2018
Un Viaje No Escrito
domingo, 13 de septiembre de 2015
Una Carta De Amor
martes, 3 de marzo de 2015
Whiplash
viernes, 26 de septiembre de 2014
Músicos En Ruta. Episodio 07: Roli
viernes, 26 de agosto de 2011
Jazz
Jazz
A. Güiris V.
El hombre cruzó la calle en medio de la lluvia mientras sus botas y su saco se iban impregnando del penetrante olor a cenizas de azucena que iba apresando el sitio enmarcado entre las calle 7, 15 y la avenida principal. El incendio aún continuaba a un par de cuadras de la tienda del señor Milano; aún eran visibles las aureolas color ocre en el horizonte y las sirenas enmarcaban un claro estado de intranquilidad en pleno corazón de la ciudad. La gente no se regocijaba entorno al siniestro, sabían que si todas las florerías de Arturo Escalante ardían, esto no era más que una de las tantas vendetas de Pietro Zivoli.
En el club, donde se encontraban Enzo Marcotulli y Lorenzo Florespiedra con un ligero nivel de ebriedad, resonaba aquel viejo disco de 1967 de Lee Morgan; el trompetista favorito del Sr. Smith, dueño del lugar. Cuando comenzaron a sonar las primeras notas de “Stormy Weather” Carlos Manríquez se acerco a la barra, espero su turno como buen cliente de años y ordenó un agua mineral en vaso tubo con dos hielos (hacía siete años que no probaba gota de alcohol). Su mirada se perdía entre el cristal empañado que daba a la calle principal y las gotas que aún se dejaban caer del cielo tratando de seguir a detalle el rumbo de aquel misterioso hombre. Cuando el Sr. Smith pasó a saludarlo (saludaba a todos sus clientes al filo de la una de la mañana en una inagotable visita a todas las mesas del lugar), este le preguntó si conocía a aquel sujeto. El Sr. Smith trato de enfocarlo bien pero la respuesta fue negativa y pasó de largo. Carlos, mejor conocido en aquella época como “Wes”, se percato que había perdido la huella nocturna de aquel tipo. Preocupado dudó en mandarlo a seguir por Enzo y Lorenzo pero estos se encontraban ya demasiado vencidos por el tequila. Pidió entonces que le acercarán el teléfono y marcó a su jefe, Salomón Feld. Le mencionó ligeramente sus sospechas; era el cumpleaños de su esposa y no quería echarle a perder la fiesta, bastante tenía ya con el saber que la ciudad se vestía esa noche de gala con la colonia realizada bajo los vestigios de lo que alguna vez fueron las rosas, claveles, orquídeas, girasoles y azucenas de uno de sus protegidos. Al colgar decidió él mismo iniciar la búsqueda.
Se despidió a la lejanía de sus adoctrinados, los cuales ya reían y alegaban a alto volumen dentro del antro –casados con el elixir de agave–, y cruzó la puerta. La lluvia amansaba. Se colocó su gabardina y su sombrero, buscó su arma bajo su cinturón y le quitó el seguro. Miró hacía ambos lados de la calle y siguió el rastro más lógico: el de la oscuridad y sombras. Dos bloques más adelante se internó en el callejón 73, conocido así por los muertos habidos en la crisis del 67. Y aunque su meta era encontrar, alcanzar y cuestionar al hombre misterioso que había salido del bar hace menos de media hora, no podía dejar de pensar en Amanda. Se cuestionó si sus dudas no habrían emergido por la simple necesidad de cambiar de atmósfera, de ambiente. Se preguntó si el olor a azucena rota, quemada, no lo había hecho recordarla. Al final de cuentas, pensó, cuántos hombres misteriosos que cruzan las calles en medio de la lluvia –recién recibido un fuerte golpe por parte de los enemigos– pueden haber. Se comenzó a figurar a él como su propio enemigo, como su propio veneno, como su propio asesino. Como la propia sombra de aquellos que se mojan mientras cruzan el asfalto.
Coleman Hawkins, uno de sus predilectos, sonaba en uno de los bares más alumbrados del callejón pero se dejo seducir por un pequeño trompetista que imitaba el estilo de Chet Baker al exterior de uno de los más pequeños y más mal iluminados. Se adentro, pues, dentro de ese pequeño universo de gente que fumaba tabaco, leía libros de pasta dura y bebía agua de sabores en copas de vino tinto. En el escenario un guitarrista calcaba a Herb Elis; se pensó entonces que se había integrado a un mundo paralelo donde todo debía ser copiado de otra fuente. Se acercó a la barra y exigió un ron con coca, agua y un ligero twist de limón como en los viejos tiempos. Se sentó en una de los bancos más cercanos y se preparó a disfrutarlo; el sabor le trajo buenos y malos recuerdos. No obstante, los sorbió con las mejores intenciones y se decidió por darse la vuelta y mirar la copia maltrecha de Herb, cerró los ojos. El sabor a azucena había desaparecido, la imagen de Amanda también; así como la de Aurora, Ángela, Adriana, Amalia y Alba. Respiró tranquilidad, respiró con ánimo.
Bajo las sombras que cruzaban la mala iluminación del escenario apareció un extrovertido trompetista; su silueta respiró profundo y acercó lentamente sus labios a la sombra propia de su instrumento. Entre el aire y el humo de tabaco comenzó a escucharse una severa interpretación de “Dizzy” con tal alma que el sonido que emanaba del escenario masajeo alguno de los órganos más profundos del cuerpo de Wes. Tocaba con el corazón, con la elegante rebeldía de los años 40s. Encantado y confundido por su tesitura y color, Carlos (“Wes”), por poco no lo reconoce, pero cuando un halo de luz fue desviado para hacer notar su presencia, éste lo detalló a la perfección. Era el hombre misterioso, era él, no había duda. Lo podía ver bajo la misma lluvia que había caído hace poco más de una hora frente al bar del Señor Smith… Se llevó entonces la mano bajo su pantalón y tocó su arma. Rozó el gatillo con cautela, sigilo y frío pero las yemas de sus dedos no se sintieron cómodas allí. Se acercó al seguro y lo cerró… Dio un trago más a su copa y volvió a clausurar su mirada y sus sentidos exceptuando el del oído. Se abrazó las muñecas de ambas manos y se dejó malinterpretar por la armonía de la historia futura. Esa sería la última vez que se le vería en 20 años.
lunes, 24 de noviembre de 2008
Omara Portuondo. XXV Festival de Jazz. Madrid 2008.
Omara Portuondo en el Festival de Jazz de Madrid, 2008.
GRACIAS COMPARTIDAS.
Me acerqué lentamente a las instancias del Teatro Fernán Gómez, debajo de la Plaza Colón - localizaciones perfectas para una historia de Ciencia Ficción minimalista, solitaria y un tanto experimental desde mí punto de vista - por el lado contrario al que le conocí por primera vez, en donde tomé aquella foto del pilar que sostiene parte de la estructura y decidí investigar el lugar desde el punto de vista sc-fi ya mencionado. Era de noche y hacía un tanto de frío, había llegado caminando, sin saber que esperar a ciencia cierta de un concierto, sea dicho, tenía que ser una experiencia única, rica en emociones y rica en explicaciones, dígase de más, globales.
La negrura y espesor de la noche se perdieron entre los asistentes dentro del foro, donde, para todos sería la verdadera vida nocturnal de aquel día que se despedía. Un teatro pequeño y acogedor, ideal para el estilo genérico y generacional de una cantante reconocida tardíamente y que justo venía a presentar su nueva producción titulada “Gracias” como un verdadero consentimiento a todos aquellos que han hecho parte de los últimos 60 años de su vida, que es su carrera como interprete. El cartel indicaba ya dos sorpresas adelantadas, la presencia de Jorge Drexler y Martirio.
Las luces se apagaron no para dar comienzo a la velada cubana, española, uruguaya y demás sino para darle cabida a una voz muy educadamente española que explicaba que esta, la edición 25 del festival, rendía tributo a uno de los más grandes, al siempre visible Miles Davis. Todos los conciertos dentro del marco del festejo musical comenzarían con una de sus piezas más emblemáticas, “So What!”, abridora del también inmortal Kind of Blue, así que el telón se abrió para mostrar a la banda que acompañaría a la afamada cubana, abrazada de una instalación basada y llamada igual que dicha composición abridora. Aunque la instalación no era del todo emblemática, la banda empezó a demostrar el nivel que vendría a acompañar la voz de Omara. Liderada por Swami Jr, un guitarrista, compositor y arreglista Brasileño, se complementaba por un baterista, un percusionista, un bajista y un pianista que figuran como la nueva generación de valuartes del jazz cubano. Mención aparte requiere el pianista Harold López Nussa, que a su corta edad, demostró un virtuosismo y expresión en sus interpretaciones con un equilibrio magistral como no se ve en las nuevas generaciones de músicos en todo el mundo, donde todo es virtuosismo puro y nada de comunicación.
So What! fue la primera grata sorpresa, la interpretación fue ejecutada como debía de ser, con un aire latino caribeño nadando entre la famosa frase musical de la melodía. Sin embargo esto daba paso a lo esperado, la llegada de Omara, que con paso lento arribo al escenario en medio de aplausos y gente de píe. Como es conocido, los conciertos de Omara Portuondo son una interacción total con el público, no es más que una tocata familiar donde todos representan amistades cercanas y se toca lo que se siente, como se siente y de manera tan sutilmente magistral que pocos se dan cuenta de la belleza total que rodea el ambiente. El virtuosismo, repito, se convierte en lo que debe ser siempre, en la música.
La segunda sorpresa no tardo en absoluto en llegar, una de las esperadas. Omara pidió para su primera canción a Drexler para interpretar a duo “Gracias”, el tema que da nombre a su disco y al momento de vida en que se encuentra. El tema se fundió en una mutua culpa de agradecimientos entre audiencia y cantantes, así como entre ellos mismos. El concierto continuo creciendo con las canciones de su última producción, los virtuosos solos de sus músicos dejaron sorprendidos a más de uno. “Adiós Felicidad”, “Amame como Soy”, “Yo vi”, “Nuestro Gran Amor” fueron parte de los temas que alejados de las versiones con que fueron grabados representaron dignamente lo que el festival requería, una carga de jazz ante la presencia de una de las voces más reconocidas del mundo.
Drexler reapareció para interpretar en conjunto “Oh Que Será”, una canción original de Chico Buarque y Milton Nascimiento que ya ha interpretado en alguno de sus discos, y que grabó a duo con Omara en el presente disco de la cubana, pero lejos de escuchar una interpretación fidedigna de lo ya grabado, al igual que las demás melodías, esta se extendió con un solo de cada miembro de la banda que sorprendió hasta al mismo Drexler que volteaba a ver a los músicos para agradecerles el momento, mientras Omara, como nada, figuraba como un pez en el agua, rodeada de la música, disfrutando su agradecimiento, disfrutando de una vida que ha valido la pena. Tal vez por eso se interno tanto en la interpretación de la canción de cuna “Drume Negrita” que dedico a sus nietas y que concluyo de manera magistral, con un silencio repentino que saco unos de los aplausos más sinceros de la noche. Martirio se dejo ver para cantar “Rabo de Nube” de Silvio Rodríguez en una versión que ha sacudido los estilos y géneros de los continentes encontrados. Un duelo bello de voces que al final se dejaron vencer a la letra de la canción.
Una de las sorpresas no esperadas de la noche fue la invitación que Omara hizo a uno de los cantantes más jóvenes de España que ha saltado a la fama por los reallity shows televisivos tan de moda, Manu Tenorio, con quien compartió “Tres Palabras”. La voz del joven fue buena, entonada pero podemos decir que las emociones le ganaron en partes claves para sobre-interpretar la letra que ayudo a equilibrar las tablas de Omara, una oportunidad única no mal desaprovechada y un momento lindo de la noche.
El concierto fue dando sorpresas entre las versiones que iban alentando a la isla alejada de todos en ese momento. Dos Gardenias fue interpretada en un hermoso duo junto a su director, guitarrista Swami Jr. que se ha quedado como una de las mejores versiones que se han hecho de este tema. Asimismo Omara fue narrando historias y anécdotas de toda su carrera, desde el cuarteo de las D´Aida hasta nombrar a uno de sus más grande colegas: Ibrahim Ferrer que desató otro de los aplausos más sinceros de la velada.
Omara se fue del escenario para dar paso a un puente instrumental llenado de manera impactante por su banda, una interpretación donde de nuevo a todos nos dejaron con el sabor de boca muy ameno.
El final de esta velada era el esperado, una entrada total de los invitados que se fusionaron a ritmos de “Cachita” “Guantanamera” y de nuevo “Gracias” en unas gracias compartidas, no rebuscadas, en un levantarse de los asistentes que bailaron para la felicidad mutua.
Omara se fue no sin antes agradecer cien o mil veces, no sin que el público le haya agradecido ese y otros tantos conciertos dados en sus 60 años de carrera.
Me fui cuando las luces se encendieron, sin recordar nada de la ciencia ficción pensada -que se encontraba arriba de mí - sino tan sólo pensando que estaba en una isla, y sobre todo, más cerca de casa.
Omara Portuondo en el Festival de Jazz de Madrid, 2008.
Calificación: 5 de 5 (No lo cambio por nada.)
Yo & El Cine
Cortinilla from A. Güiris V. on Vimeo.
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Trailer "Los Buenos Borrachos (La Máquina Del Tiempo)" from A. Güiris V. on Vimeo.
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