Replicantes.

Replicantes.
España, 2009.

Sunset Boulevard

Sunset Boulevard
España, 2009.

El que Busca Encuentra

lunes, 18 de febrero de 2019

Guerra Fria


REDONDO.

Zimna Wojna 
Guerra Fría (Pawel Pawlikowski, 2018)

La entrega que Pawel Pawlikoski hace después de su portentosa Ida (2013) retiene mucho de esa plástica que cubría la capa exterior de su entramado, sumando ahora más claras referencias a la estética de Bergman y Wajda, como también en su revestimiento discursivo; la libertad como una búsqueda y no como una resolución: un laberinto lleno de oposiciones al deseo y donde quizá lo único que embellece el camino es el arte en su más honesta faceta; sonoridades que despiertan todas nuestras agridulces emociones, desde el dolo hasta el suspiro o el placer, que como inquietudes nos señalan con garbo los claroscuros recovecos que nos constituyen, que nos definen ante las afrentas por obtener y alcanzar nuestros sueños y anhelos. La libertad, pues, como un camino sin final que sólo aspira a una imposible realidad. 

Con mano sutil, el realizador polaco nos brinda una historia sobre el romance, sobre la indagación del amor y la certeza de su improbabilidad. Sin jamás tratar de llevar el tema a puertas ajenas, sorpresivas o bien eróticas, de manera por demás galante se centra en precisas etapas del idilio; su estructura cuasi versos que nos llevan por sus aristas más profundas: la traición, el temor, la incertidumbre, la esperanza y el resentimiento. La claridad y el velo de un futuro que sólo habita en la mentes de dos, de aquellos dos que se han creado uno al otro a través del odio, el recelo, la pasión y el sacrificio, de quienes se han amado sin guía y se pierden a cada tanto para retroceder en el camino y después igualmente intentar replegar aquellos pasos. Sobre un circulo áspero, mordaz, donde la fuerza es quizá el destino de haberse, en algún momento, encontrado para no dejarse jamás, la“Guerra Fría” de Pawlikowski no sólo es ese contexto de fronteras y limites territoriales de dos mundos que se contraponen y profesan el verdadero bienestar –naciones donde el amor termina por ser igualmente quimérico– sino también la metáfora de nuestras disputas, de nuestras pesquisas más internas, de las nimias diferencias que nos corroen y nos separan del resto del mundo y del nuestro propio. 

Bajo un marco sumamente detallado, el trabajo de Pawlikowski conjunta sus herramientas para una obra visualmente enriquecedora. El montaje de Jaroslaw Kaminsk transpira el ritmo de las tensiones, de los estremecimientos y alteraciones; su andar permite una lectura libre de subtextos para la plena implicación del espectador así como nos permite también contemplar el eficiente trabajo del grupo encargado del diseño de producción y la dirección de arte. La fotografía, a cargo nuevamente de Lukasz Zal, destaca por ese entintado y sobresaliente blanco y negro que nos envuelve y nos hace participes de un pardo y melancólico mundo; de una intima frialdad que el cariño puede acaso debilitar pero no quebrar del todo. Si bien el guion termina por ser ligeramente irregular, la música –eje central de la narrativa– logra englobar todo; es un abrazo de nostálgica beldad que nos hace acariciar a nuestros protagonistas en su más álgidos momentos. Nos vuelve complice de sus dilemas y aflicciones. 

La nueva ilación dramática de Pawel Pawlikoski agobia al afecto, lo coloca en su posición de falla más natural sin buscar con ello las más fantasiosas soluciones,  no gusta de otorgar un sugerente o inspirador desenlace. En su universo los decretos son destinos pactados con antelación y el pasado un periplo que indica el inexorable camino sin final cuyas promesas se convierten en retos y condenas. Su andar rastrea entre las huellas de lo que fue y de lo que se sueña, no tiene lógica ni razón, es un ímpetu que no cierra nunca las puertas. La Guerra Fría que nos presentan, al final, no encuentra más que una clásica verdad, aquella que reza que el amor inmortal no se encuentra en este mundo.


Guerra Fría de Pawel Pawlikoski 
Calificación: 4 de 5 (Muy Buena).








martes, 5 de febrero de 2019

The Favourite


REDONDO.

The Favourite
La Favorita (Yorgos Lanthimos, 2018)

Si bien la nueva entrega de Yorgos Lantimos se aleja estéticamente de los escenarios a los que nos tiene acostumbrados, ello no indica que se haya distanciado de esa crepuscular metáfora sobre lo conveniente y asoladora que puede llegar a ser la comunicación humana; disertación que bien puede llegar a redondear gran parte del cuerpo de su cine. En esta ocasión, osadamente nos coloca dentro de una galería monárquica donde el combustible del anhelo es el poder; deseo hipócritamente inmaculado cuyas elevaciones sólo se reconocen entre las propias sombras que crean sus exiguos ministerios. Y bajo un ilustrado y a su vez acido sentido del humor, la trama descansa en la atmósfera de un seductor anacronismo que viste con un ímpetu de extrañeza a la obra, pero que a la vez la dota de atributos mordaces y atractivos a los cuales podemos asirnos dentro de las marrullerías políticas y sociales que vivimos en las cotidianas jornadas de nuestro entorno mundial. Estamos, pues, ante una cinta de extremos, de lineas y conflictos –horizontes–  que se contrapondrían naturalmente pero que el director logra unir con gran tacto y sutileza, y cuyo resultado es sumamente interesante, como ha sido siempre la particular visión de Lanthimos. 

Centrada libremente en el anecdotario histórico de la Reina Anne de Inglaterra (Escocia e Irlanda), la película se centra en un triángulo femenino en desesperada búsqueda por la aceptación, por la obtención de su gloria personal en alguna de las diversas siluetas en que suele presentarse este: el aplauso, la comodidad, el deseo o la pasión. El encadenado que suscita con una maquiavélica calma el realizador griego es un intrigante laberinto que encierra y ensimisma las aspiraciones de las tres damiselas que nos guían no sólo por las entrañas físicas del palacio real: pasajes secretos/opulentos salones/paulatinos pasillos, sino también en las viseras de las decisiones que han de tomarse dentro de sus paredes: resoluciones y decretos que lejos de tomarse para el beneficio del gobierno, del pueblo o bien del territorio en pugna, sirven sólo como monedas de cambio para el deleite, satisfacción y/o prestigio de quienes pueden obtener algo a cambio; mismas que no dudarán ni un segundo en hacer lo que fuese por conseguirlo. Sobre un juego cuasi infantil, Lanthimos nos conduce sagazmente por una parábola de la soberanía y la omnipotencia dentro de un universo que roza lo melodramático: arrebatos, empecinamientos y la embriaguez como arbitrariedad. 

Con solidas actuaciones –sobresaliente la labor de Olivia Colman– Lanthimos hace un uso preciso de sus espacios (episódicamente) para una maquetación cincelada con su firma: grandes angulares que sumados a preciosistas movimientos y angulaciones pronunciadas hacen una labor de de-construcción y re-construcción dentro de sus amplias galeras para proveerlas de condena y reclusión. Decorados embellecidos eficazmente por Fiona Cromble y Alice Felton en el diseño de producción y dirección de arte respectivamente. Por su parte, el discontinuo montaje de Yorgos Mavropsaridis es de gran gusto y no rompe el esquema visual de la galante y delicada fotografía de Robbie Ryan. Las nociones técnicas del filme se notan en total control de su realizador y vemos en él una mano sumamente puntual y apegada al estilo cinematográfico que ha defendido desde sus primeras obras. 

Heredera de grandes clásicos como Barry Lyndon, La Favorita termina por proclamar su sitio sin dejar de lado sus influjos; se abraza a ellos y suma y comparte de esa sangre a la cual se inscribe sin mayores temores. Con garbo y soltura avanza por un camino pautado y nos implica en los absurdos recovecos del mandato, del insensato camino del dominio así como de la irracionalidad del alejamiento por parte de quienes ostentan el orden y la salud de los gobernados. Yorgos Lanthimos, por su parte, logra una adición más de carácter y fuerza a uno de los cines más personales e interesantes de los útimos años. Si bien no es un cine que se pueda abrir a una gama amplia de audiencia, sí manifiesta una ordenanza critica ante lo vivido. Y es que al final, La Favorita bien nos puede demostrar que el precio del poder no es más que el aprisionamiento de lo humano, una cárcel ganada sin juicio o razonamiento que ha de golpear perpetuamente ante lo grotesco y lo desconocido. 


La Favorita de Yorgos Lanthimos
Calificación: 4 de 5 (Muy Buena).





miércoles, 30 de enero de 2019

No Te Preocupes, No Irá Lejos


REDONDO.

Don't Worry, He Won't Get Far On Foot
No Te Preocupes, No Irá Lejos (Gus Van Sant, 2018)

Decantado por una comedia con tintes negruzcos; ácidos, mortificantes, angustiosos y hasta –a  manea de ironía– políticamente incorrectos, Gus Van Sant regresa a los escenarios cinematográficos no sólo de la mano de la historia de John Callahan, sino a través de la idiosincrasia de este: su manía por obviar la condescendencia hacía los discapacitados, su visión siempre atenta y sarcástica hacía las dificultades de la vida y los temas moral e hipócritamente prohibidos en una sociedad estadunidense, que si bien siempre trata de pintar un mejor mundo alrededor suyo, se trata tan sólo de un cálculo político que no salva ni ayuda a salvar a nadie sin obtener un beneficio propio. Esta nueva cinta de Van Sant, por ende, fuera de su “amable” antifaz, circunda el problema de no poder percibir los obstáculos y contrariedades de la vida (propios en su naturaleza) con humor, con ingenio, garbo y remisión. Dejando a un lado las diferencias y hermanando los auxilios y los dolos. Y es que al final de cuentas, se puede ser un gran ser humano sin ser del todo un “entero” ser humano. 

Construida a través de saltos temporales, la película circula por algunos de los momentos claves de nuestro personaje central sin que algunos de estos queden claro en la distancia que se tienen unos de otros: coyunturas vivenciales que se amalgamaran hacía el último movimiento para un final más lozano y sensitivo, situaciones donde nos topamos de frente a los limites y la resistencia que gira alrededor de la personalidad de Callahan, y no sólo de él sino de quienes lo acompañan en esta su aventura que como toda, tiene a bien muchos inicios: cuando es abandonado de recién nacido, cuando comienza a beber, cuando su adicción lo lleva a quedar parapléjico, cuando conoce la empatía, cuando emprende la búsqueda de ayuda y cuando comienza a ayudarse y a ayudar a los demás. Sobre la trama, pues, encontramos distintos niveles temáticos que van de la desidia al coraje, del arrojo al desengaño y de la censura al perdón que si bien no se intercalan de la mejor manera, sí tienen sus espacios claves; sus circunstancias y sus tiempos para ser disfrutados. Estamos, obviamente, ante un encadenado optimista que busca enfrentarnos al temor de la desigualdad y la discrepancia bajo la misma ideología de quien lucho contra ella. 

Apoyado por una firme y notable actuación de Joaquin Phoenix (nótese el trabajo vocal que tiene entre las diferentes etapas de su personaje), el filme se sostiene no sin contar con ciertas irregularidades provenientes de un guión dispar en cuanto al contenido y peso emotivo. Si a bien se solventan en el último acto, durante el cuerpo no se manifiestan de la mejor manera; su caminar es turbio pero el azaroso andar se disfraza en la gracia de su atmósfera; de los elementos que la componen. Dígase la dulce fotografía de Christopher Blauvelt, impregnada de los colores de la época con la colaboración de Jahmin Assa en el diseño de producción. El voluntarioso montaje de David Marks y el propio Van Sant y la jovial y forastera partitura de Danny Elfman que sorprende saliéndose ligeramente del estilo al que mayormente nos tiene acostumbrados. 

No Te Preocupes, No Irá Lejos termina por ser una obra irregular que te deja al final con un agradable sabor de boca; alude a la bondad y el afecto en sus últimos instantes. Nos hace padecer la clemencia del tiempo y de la historia. Nos coloca de frente a las perdidas y ganancias y nos descubre en el telón del espectáculo al cual hemos asistido como testigos y como participantes. Nos regala un bello final donde entendemos que quizá el mayor premio que nos pueda dar la vida es el reconocimiento hacía nuestros mejores actos, hacía nuestra propia alegría y agri-dulzura. Y es que este no puede ser ganado a través de ninguna otra cosa que no sea la lucha diaria por salir adelante y ser a cada paso mejores… Esto claro, sonriéndole siempre diabólicamente a todos los males que nos acechan de frente. 

No Te Preocupes, No Irá Lejos de Gus Van Sant
Calificación: 3 de 5 (Regular).





martes, 11 de diciembre de 2018

Roma


REDONDO.

Roma
Roma (Alfonso Cuarón, 2018)

Con Roma claramente estamos ante la madurez de una realizador que ha explorado a lo largo de su carrera variados balances técnico-narrativos, distintos campos de expresividad, opuestos manejos actorales en edades comprometidas y diversos tonos y subtonos (textos y subtextos), en una gama multi-estilística y emotiva que ha sido capaz de escrutar de sobremanera para entregarnos –en esta su obra más personal– gracias al desabrigo de algunos de sus más hondos recuerdos de la infancia, agudas instantáneas de un país y su desplazamiento a través del tiempo y las generaciones; del motor que le ha forjado las raíces y las razones. Las imágenes que aparecen en pantalla no son simples viñetas que se deban atrapar en la telaraña de la nostalgia, sino que terminan por ser las cicatrices de un país que se levanta todos los días a limpiar las inmundicias que nunca han de borrarse, las manchas cuasi omnipresentes que marcan nuestro ordinario andar. Las secuencias de esta obra ilustran el desarrollo de un México atemporal, curioso y cariñoso pero inmaduro… son, pues, apuntes de una libreta que todos reconocemos ya que en alguna de sus hojas nos hemos encontramos descritos, en alguno de sus rincones se nos detalla a través del brillo u opacidad de la certeza y la conformidad.

El pronunciamiento de la cinta no se determina únicamente a través de la celeridad y el ritmo dentro de su construcción, detrás de la usanza de sus personajes se encuentra el mayor volumen de ello. Bajo sus motivos de supervivencia y lucha diaria, el exiguo futuro les oculta sus anhelos; resquicios de aspiración que casi siempre son expuestos en la inseguridad y/o en secreto: detrás de una puerta, en la privacidad de una llamada telefónica, decorando los pilares o recovecos de una casa –un hogar– o bien en el escape de los escasos días de descanso. El revestimiento de dichos parajes es de un manejo quisquilloso, miramientos a un pasado ornamentado en lo borroso de la memoria. El encadenado de las acciones es tan sutil que matiza los temas y nos envuelve en un remolino emocional que tanto nos cobija como nos escupe a la cara nuestra naturaleza; lo que somos y lo que hemos vivido, lo que hemos hecho y lo que nos ha acontecido. De esta forma, el seguimiento se traslapa con garbo y portento de la ternura a la impotencia, del terror a la culpa y de la esperanza a la expiación. 

Tozudamente fabricada desde una perspectiva autoral cuasi absolutista, Cuarón muestra una gran pericia en la realización cinematográfica al equilibrar los pesos de los diversos departamentos que encabeza. Su guión es una cornamenta que se abre al detalle, sosegando el tiempo, pero presentando un conflicto sencillo al cual asirnos de manera natural, su preciosista fotografía se integra de manera lógica al plan discursivo de la trama y el montaje nos permite respirar en plenitud todos esos maravillosos ecos del pasado que consiguen las pasmosas actuaciones y la aprehensión de los departamentos de arte, el soberbio diseño sonoro y el excepcional manejo de extras. La belleza de sus retablos, entonces, no se impregnan solo en el campo visual; son las resonantes texturas obtenidas las que logran que la cinta sea un verdadero periplo temporal. 

Roma, octavo largometraje en forma dentro de la amplia filmografía de Alfonso Cuarón, no sólo se permite llevar a sus personajes a ver un guiño de la propia obra del director –no sólo los ilusiona con casi un acto de magia– sino que nos hace participe de ello desde la misma fila que nuestros protagonistas. De esta manera,  claro, nos revela con soltura dentro de esa superficie inquietamente descriptiva. Nos dibuja y representa… Nos obsequia a nosotros mismos con una alta honestidad sobre un admirable retrato de un país que si bien se ha mantenido estancado, ha sido a través de su gente más servil que el adalid diario siempre hace su aparición y se manifiesta para moverlo y seguirlo moviendo sin llegar aún a algún lado.


Roma de Alfonso Cuarón
Calificación: 3.5 de 5 (Muy Buena).



sábado, 8 de diciembre de 2018

La Balada de Buster Scruggs


REDONDO.

The Ballad of Buster Scruggs
La Balada de Buster Scruggs(Joel & Ethan Coen, 2018)

Peregrinas en ritmo, forma, práctica, e incluso gusto, resultan las viñetas que presentan los Hermanos Coen en su más reciente entrega. Un compendio de historias que si bien no se entrecruzan, sí hallan un punto de unión tanto en los parajes genéricos del western como en su muy particular y límpido estilo. Una cinta que si bien parece a las primeras de cambio irregular, termina por ser un ardid sumamente bien ejecutado para introducirnos en sus manías más profundas; en sus temas, sus cadencias, su sentido del humor y demás elementos –tan particulares muchos de ellos– que han originado esa atmósfera que ha rodeado su filmografía por más de 30 años. La Balada de Buster Scruggs bien puede terminar siendo una película plenamente para sus más fieles allegados, sí, aunque también es una ventana –y posibilidad– para ingresar en su universo. Quizá incluso un llamado a toda una generación que no ha tenido la oportunidad de explorarlo. 

Buster Scruggs es, pues, tan sólo el botón inicial de una colección de estampas humanas y narrativas que reflejan, reviran y convocan a los cánones morales y estéticos estadunidenses para desdibujarlos desde la sátira, la introspección y la obstinación de permanencia de los mismos. De esta manera, claro, lo que se obtiene va más allá de un simple mosaico de formas y tonos; la diversidad se presenta a manera de un collage de valores y tradiciones que delinean fina pero pujantemente el sentir y personalidad del norteamericano común: la perspicacia de sus acciones: la necedad por el auto-enaltecimiento de su imagen a través del disparate, la indulgencia como castigo o bien una segunda y fatal oportunidad, la casualidad como artimaña o fiel compañera de la mala fortuna… la búsqueda del porvenir equidistante a la conveniencia de la utilidad y el consumismo sin remordimiento alguno. De la misma manera los sacrificios y tenacidades de la soledad (de la pertenencia) y los sueños hacía un improbable y quizá imposible futuro se introducen; ocasiones que se van dando durante largas jornadas de viaje, de un multiculturalismo adverso y los diversos matices éticos que se confabulan y unen cuando un misterio se devela para generar un aire de vacilación y de sospecha, de una incertidumbre a tal grado que es incluso allí, en ese vacío, donde los realizadores han decidido concluir la obra.

Con la siempre esperada manifestación de talento en la construcción y dirección de sus personajes, el ornamento visual (otro de los grandes acentos en el cine de este pasmoso dueto) corre bajo la fotografía de Bruno Delbonnel, cuya labor unifica las diferentes maquetaciones con un tono elegante y explicativo en los diferentes escenarios, ad hoc al diseño de producción de Jess Gonchor que no se queda de lado. La música de Carter Burwell por su parte realza, exagera, media y colorea dependiendo sea la necesidad de la expresividad en pantalla. El montaje es de destacar pues impulsa un ritmo que atrapa con un garbo y soltura pocas veces visto en este tipo de películas. Ya sea con meras acciones o un ejemplar uso en la abundancia en diálogos, siempre avanza, no se detiene ni decae. Su homogeneidad abraza y guia por un camino multifacético que demuestra interés a cada paso. 

Al final, La Balada de Buster Sruggs resulta ser el cántico de la tradición estadounidense, de la tan anunciada y tan vendida esperanza que nunca acaba de llegar pero que siempre se avista ya sea como espejismo o como prédica moral, religiosa y política. Dentro de estos agraciados cuentos los Coen exhiben sus años dentro del mundo del séptimo arte, desnudan sus cicatrices y hacen sudar la exigua conciencia de su gente; combustible que ha llenado los recipientes de su imagen como cineastas de culto. El laberinto, pues, que se inicia con su tan dispar vaquero nos entreteje en un mundo que siempre se contradice, siempre se contrapone y siempre se exterioriza como poderoso a pesar de toda su ignominia y todos sus temores. Justo como nuestros vecinos del norte. 


La Balada de Buster Scruggs
Calificación: 3 de 5 (Buena a Secas). 





martes, 11 de septiembre de 2018

Rojo Amanecer

REDONDO.

Rojo Amanecer
Rojo Amanecer (Jorge Fons, 1989)

Esta representación fílmica de uno de los acontecimientos más oscuros y encubiertos de la historia del México reciente termina irónicamente por auto-retratarse; quizá hasta mordazmente. Y es que mientras más se ha ido sabiendo –con el paso de los años– sobre la forma en que la producción pudo ser llevada acabo entre la prohibición directa por parte de las instancias oficiales; la restricción de sitios donde localizarla y los escasos recursos técnicos y capitales conque se contó, menos datos y certezas se han ido dando a la luz sobre los actos y los hechos que se perpetuaron durante la noche y madrugada de los fatídicos 2 y 3 de Octubre de 1968 en la Plaza de las Tres Culturas: objetivo clave y principal por parte de la cinta y todos los inmiscuidos en ella. Si bien logró ser proyectada –sin faltar la prominente censura– gracias a la presión social, este documento hito de la filmografía nacional es una pieza ficticia en el rompecabezas real de un borroso y lacerante recuerdo colectivo. Su valor, fuera de las cuestiones periciales de la cinematografía más escrupulosa, recae en abrir un pequeño retablo en donde poder exigir una verdad a todas luces negada.

Con un guion bien-intencionado que declina en diversas dialogaciones sobre-explicativas, sumario hasta cierto punto inocente pero vigoroso para dejar en claro las disyuntivas y disertaciones que se pusieron en juego durante el año y la situación expuesta, el entramado se manifiesta fundamentalmente dentro de un simple condominio de la clase media: morada familiar que frente a nuestros ojos se irá convirtiendo de apoco –y bajo un ritmo aprisionante– en una oscura cueva llena de temores, una mazmorra de zozobra, una impotencia palpable y hasta un sepulcro de esperanzas y certidumbres. Apostados en una construcción de personajes con matriz generacional y tendencia socio-política, la cinta apuesta y se expone al foco más álgido de las demandas estudiantiles del 68 con dichos caracteres: dos universitarios adeptos a la causa (uno de tendencia más intelectual que el otro), una madre dedicada a su hogar que tendrá que captar toda arista del problema sobre la marcha, un abuelo que vive de sus memorias post-revolucionarias, un padre burócrata que atiende únicamente a los rumores de la represalia sin miras a un futuro, una adolescente, un infante, y por si fuera poco, un grupo de desconocidos que han sumado tanto a la causa como a las tensiones que van en aumento y abruman mayúsculamente al grupo que estrechamos como nuestro. Y sin excusa de su postura ante el conflicto, sin consulta o merced, todos a excepción de uno habrán de perecer ante el alevoso brazo de la autoridad. La nueva generación despierta, entonces, con la ropa de noche entintada de la sangre de sus seres queridos y se abre paso ante un lavatorio de penas y un también germinante silencio que aún perdura hasta nuestros días.

Con Rojo Amanecer nos enfrentamos, pues, a una obra que pertenece tanto a su realizador, Jorge Fons, como a todo ese esforzado grupo que con bravura desafiaron a ese sistema que aún hoy ensombrece temáticas, suprime evidencias y retoca convenciones a beneficio y comodidad. Nos referimos no sólo al elenco que se puso en riesgo a cada día de rodaje sino también a los miembros del crew que aportaron su labranza, a mayor o menor medida de las condiciones dadas, para otorgar un punto de inflexión en la apertura mediatica del país. No olvidemos, claro, el admirable y delicado apoyo de Valentin Trujillo para que este proyecto pasará de un onirismo a una efectiva conclusión.

A casi 30 años de su obligado estreno es que se proyecta nuevamente en salas presentándose a nuevas generaciones que a bien pueden reconocer el lento proceso de mudanza de valores y de desarrollo nacional… A casi 50 años de los hechos que aún se adeudan a los familiares y a la sociedad en general, es que se nos exhibe para desnudarnos y evaluarnos tanto personal como colectivamente. Y quizá sea porque las verdades en este país aún pueden verse únicamente por una pequeña ventana desde el cenit del discernimiento; ese insonoro rincón que hemos fundado ya sea por miedo, cobardía, olvido o simple y llanamente porque no hay espacio alguno en que los gritos puedan ser escuchados. O quizá porque simplemente todos vivimos encerrados en un pequeño cuarto donde sólo podemos ver al horizonte un futuro y un pasado que se aleja sin nosotros poder movernos.


Rojo Amanecer de Jorge Fons

Calificación: 3 de 5 (Buena). 

martes, 4 de septiembre de 2018

Tiempo Compartido

REDONDO.

Tiempo Compartido
Tiempo Compartido (Sebastian Hofmann, 2018)

Si bien en su primer largometraje Sebastian Hofmann palpaba el terror fantástico bajo una pesadez e incertidumbre sumamente ajena a los cánones más usuales dentro del cine nacional, en esta su segunda entrega se aboca a los géneros y estilos con una habilidad y fuerza similar. El surrealismo se mezcla con lo trágico y quimérico sazonado con un diligente uso de diversos elementos melodramáticos; su ahora colorida estética es mordaz e ironiza el universo/prisión en el que maniata a sus personajes: seres incompletos –en su interior y su exterior, faltos de esas piezas claves para su total felicidad– y que se nos presenta eficientemente como una ventana para ser testigos, no cautivos, de la pesadilla que irá devorando todo aquello que intente despertar de su letargo. Su discurso, pues, no cambia, los elementos más internos en la disertación de su Halley (2012) se reflejan con una madurez y uso de las formas de manera mucho más fértil y versátil, dicho de otra manera: las cínicas consecuencias de la inevitable, imposible e irreverente búsqueda del bienestar son las reglas del juego. 

Sobre un escenario donde las ofertas de ilusiones son más importantes que la obtención de la promesa en si, dos ejes narrativos se abren camino con el fin de escapar de un laberinto amorfo que se alimenta de un ego maquinal que les ha engañado y gusta de mentir a cada paso; que ha cegado incluso a sus más cercanos bajo el encantamiento de los supuestos de responsabilidad y el deber. Por un lado nos encontramos a una pareja que labora dentro de las inmediaciones de un complejo vacacional en búsqueda de la futura conveniencia profesional: sustitutos individuales e interpretaciones de la probidad y la justicia. Por el otro nos hallamos ante un pequeño núcleo familiar que opta por toparse con las segundas oportunidades que augura la vida bajo marquesinas comerciales, slogans y videos institucionales en un tiempo compartido que se encuentra sobre el mismo “firmamento” de la pareja inicial. La unión de las metas de quienes se ven obligados a disentir de esta invisible y omnipresente mente que controla dicho cosmos, es un paso lógico para la obtención de ese renacimiento anhelado sobre los procesos de enfermedad y curaciones que se relegan a subtextos pero que de a poco acaparan los primeros planos de la cinta.

Si en Halley nos hallábamos frente a una especie de muerto viviente con el empecinamiento de seguir existiendo a pesar de la putrefacción de su cuerpo, en Tiempo Compartido nos encontramos de frente al proceso de creación de otra clase de entes autómatas, seres cuasi fenómenos cuya dicha es sólo un artificio mercantil que absorbe una perniciosa disertación en la que han de ser regocijados con placebos: su mente y capacidad de abstracción/análisis ha de quedar corrompida. Su esencia es la de ser cápsulas producto que brindan la falacia de la ventura, la prosperidad y la bonanza. La clase media mexicana que se otorga a miramientos y ensoñaciones a las que no pertenece naturalmente se reflejan de sobremanera en un tejido que roza la fábula y la fantasía. 

Con un elenco que sobresale gracias al balance de los propios estilos actorales de cada histrión y la explotación de los mismos bajo la esencia propia del filme, Sebastian Hofmann nos otorga un fino piso que acapara un agridulce y negruzco sentido del humor, una puesta en escena y cámara sumamente más pensada y compleja que en su anterior entrega; menos cáustica, más delicada, pero igual de pujante y enérgica que nos absorbe gracias a la confabulación de la fotografía de Matías Penachino y el Diseño de Producción de Claudio Rámirez Castelli. La partitura de Giorgio Giampà resalta de sobremanera por sus atmósferas, mezclas de estremecimiento e inocentes entonaciones, que nos abrazan por el recorrido del entramado y que empatan e incrementan los temas y emociones proyectadas. 

Ganadora por mejor guión en el pasado festival de Sundance, de un Mayahuel en Guadalajara y dos Arieles en los apartados de actuación, esta continuación en la carrera de Hofmann nos apremia al pensamiento de estar frente a un realizador cuya mano tiene la clara visión por explorar diversas veredas donde pueda hacer encajar todos esos estremecimientos en que se conjugan las tragedias cotidianas con las peores experiencias oníricas y fantasiosas. Su Tiempo Compartido nos revela, pues, al final, que la entusiasmada esperanza por tropezar con la prosperidad puede terminar también en un acto de conspiración e intriga fatídica. 


Tiempo Compartido de Sebastian Hofmann.

Calificación: 3 de 5 (Buena).