Replicantes.

Replicantes.
España, 2009.

Sunset Boulevard

Sunset Boulevard
España, 2009.

El que Busca Encuentra

martes, 22 de marzo de 2016

El Hijo de Saúl

REDONDO.

Saul Fia
El Hijo de Saúl (László Nemes, 2015)

Con su primer largometraje, László Nemes nos recuerda la importancia de las formas en el cine. Nos enfrenta sin tapujos al “como” de su trama apegándose a la libertad de los estilos, los sistemas y hasta manías desenfocándonos, literalmente, el contenido, sustento y contexto (el “que” de su cinta) que no sobaja ni hace menos a pesar de las apariencias. Relaciona de manera sumamente eficaz el entorno y la personalidad de su personaje para hacernos vivir la atrocidad con un grado de intimidad constante y sostenida pocas veces visto y logrado en la pantalla grande. 
El entramado en si resulta narrativamente sencillo pero su naturaleza es de una amplitud dramática tal, que la catarsis obtenida es un recorrido de expiación encarnizado y sumamente cautivante. Un camino entre sombras, luces y colores deslavados, hombres muertos cuyos cuerpos no son más que una dificultad y hombres vivos cuyo destino es el mismo que la puesta en cámara: no se encuentra más que a escasos pasos de distancia. El hijo de Saúl es una película sugestiva, una impresión obtenida de las facciones inmarchitables de la segunda guerra mundial: Saúl es parte de los sonderkommandos en un campo de concentración y cree ver el cuerpo de su hijo, del cual sabe nada o casi nada, por lo que decide darle un entierro formal en vez de incinerarlo poniendo en riesgo su vida y el de toda su unidad, la cual se prepara para un motín armado. 
La libertad artística ejecutada por László Nemes es de una soltura completamente hábil y competente que aunque muchos elementos no se detallen, se sienten en pleno y suman al drama tatuado en las miradas y gestos de nuestros personajes. La eminente y formidable cámara de Mátyás Erdély se complemente de tal forma con el diseño de producción de László Rajk y el invisible trabajo de edición de Matthieu Taponier para adquirir una sencillez que atrapa y guía de una forma cuasi espontánea. Estamos ahí, sumidos en esa experiencia tan atroz como humana. El diseño sonoro come aparte, el trabajo de dicho departamento crea una atmósfera áspera e indomable que todo que aquello que no se ve por el marco utilizado para la narrativa, cobra vida y peso; es un volumen esencial y trascendente. 
Ganadora del gran premio del Jurado en la pasada edición del Festival de Cine de Cannes, la ópera prima de Nemes es de alta intensidad, una apuesta que malamente muchos han descrito como sencilla pero que es completamente lo contrario. El carácter de su lenguaje: una cortina homogénea ante una agilidad sobrecogedora e imponente nos recuerda las prerrogativas del cine, sus exenciones, sus licencias y sus privilegios autorales. La formalidad no es un clasicismo sino un ejercicio de consolidación, de riesgo y buena ejecución. 
El Hijo de Saúl, pues, deriva en una película perspicaz, bien pensada, que se debe entre lo que muestra y lo que esconde a conciencia. Una trama humana ya contada pero que se renueva gracias a un inteligente y talentoso uso de los elementos técnicos y artísticos. Una prueba de que las conjugaciones pueden allanarse y aún así explotar con fuerza, con garbo, con cierto grado de crueldad y belleza. Y es que en pocas palabras podríamos indicar que esta obra de László Nemes es lo más cercano a lo que el cine, fielmente, se ha acercado a amoldarse como retrato. 

El Hijo de Saúl de László Nemes

Calificación: 4 de 5 (Muy Buena)

lunes, 7 de marzo de 2016

Casualidades

CASUALIDADES.

Es curioso como Alejandra definió la vida de su esposo, Alejandro, aventándole su máquina de rasurar a la espalda después de una discusión acalorada la noche de un 27 de noviembre. Es curioso porque si él no hubiera hecho por cerrar la puerta de su cuarto nada hubiera desviado el artefacto hacía sus sienes tirándole fatalmente sobre el suelo soltando sus últimos respiros dentro de un charco de sangre. Es curioso porque si lo pensamos bien, si lo pensamos abiertamente bien, ambos colaboraron en el acto y es quizá lo más importante que hayan hecho como pareja, como marido y mujer sin mirar, irónicamente, hacía atrás: sin reparo de sus consecuencias y de sus actos como nos han enseñado que el verdadero amor dicta. Por supuesto al juez eso no le pareció en si una excusa ni una nota digna del común anecdotario: una curiosidad, una de esas casualidades del destino… como que Abelardo siempre estuvo completamente enamorado de ella y que si bien habría hecho lo imposible por rescatarle de ese amargo matrimonio, no movió ni un ápice para ayudarle a salir de la cárcel. Resulta entonces curioso como Alejandra definió la vida de su esposo y la de su secreto amante en el mismo acto de ira y con los mismos resultados para ambos. Y es que después de haberse hecho el desaparecido, el cuerpo de Abelardo fue encontrado entre la basura de un centro comercial 47 meses después de dictada la sentencia. Llevaba en la mano una especie de carta de amor donde únicamente había escrito el nombre de ella con la grasa automotriz que cercaba sus restos. “Alej”, decía, y su cuerpo ensangrentado y frío a un lado. 

La visité un par de ocasiones en la cárcel, la última de ellas en compañía de Marianne, una de esas mujeres que siempre se aparecen en tu vida cuando es sombría pero que al encontrar refugió en la alegría desaparecen más rápido que las sombras en un cuarto oscuro. Se notaba distraída, un poco dubitativa, sí, pero con ese sentido del humor que en el bar siempre nos pareció más que encantador, así como sus piernas. “Resulta un poco absurdo que todas aquí se preocupen por su destino…”, me dijo en aquella ocasión con ese timbre de voz que no te puede arrebatar las desgracias ni los lamentos, “…pero ahí está, ahí está…” y entonces me miró a los ojos con una profundidad que aún me despierta por las noches cuando en realidad lo que miraba era mi libertad, “…está frente a nosotros, entre los barrotes de acero y la fría pared de concreto donde cuelga el sanitario.” No supe a bien que responder y guardé un silencio que aún me mantiene encadenado a la calle cuando me libero del trabajo. Quizá debí decirle lo de Abelardo, que estaba muerto, que siempre la amó, que le había intentado escribir algo antes de acabar como acabó pero que no pudo concluirlo. Que lo cautivó de pies a cabeza desde la primera vez que arribó con ese vestido blanco marfil, ese papiro en los labios pintados de oscuridad y la actitud de imposible. Que siempre pensó en ella y que su sentimiento bien podría definirse como el sonido de la trompeta de Art Farmer cuando interpretaba una balada… O quizá que desde que estaba cautiva todos nos habíamos convertido de a poco en él, que por fin había logrado seducirnos plenamente pero que no debía preocuparse por nada, que para todos mantenía su estatus –más que nunca en ese momento– de inalcanzable. No lo sé, quizá hubiera sonreído, quizá hubiera partido en llanto. La verdad es que no dije nada, me quedé tan callado como siempre después de un abandono, así que fue ella quien rompió el silencio con la mirada centrada en otra parte; consciente de todos los pasos que daría hasta su celda por los consecuentes años que le quedaban de vida… “¿Sabes?,” dijo a media voz y a manera de despido, “el destino no es ni triste ni alegre. Simplemente es cierto. Y si un consejo te puedo dar, ese es que mantengas los ojos bien abiertos; nunca se sabe cuando debas cubrirlos con otra mirada.” Entonces se levantó y se alejo lentamente, muy lentamente, como aquello que ves con certeza pero en el fondo sabes que no debería de existir, que no debía de estar allí, vivo frente ti: un hermoso monstruo que guía a la locura, que divide almas y voluntades en pedazos con un suspiro y un “quizá” y un “tal vez” o una sonrisa. Un especie única que te hace consciente de no existir en otra parte pero que en cuatro paredes sucumbe a su voluntad y fortaleza. Mortales que viven en fantasías para siempre y que uno siempre tendrá para si. Sueños vivientes y verdades imposibles. 

Su partida; su figura alejándose de mi por un pasillo sombrío me recordó en todo caso aquella carta que encontré cierta noche de desvelo en la cantina, tristemente oculta y arrugada por debajo del inodoro. Rezaba escrita a mano y con una caligrafía bastante endeble: “Hubo un tiempo, cariño, que si bien podíamos vernos a los ojos sin el mero intento de la ira o la risa, no significó nunca el amor. No bastaba que supiéramos si Ben Keith tocaba o no en ese disco de Neil Young, o que pudiéramos mirarnos a los ojos cuando el random colocaba a Karen Dalton en las bocinas de la casa. Tampoco que llorásemos internamente cuando Keith Jarrett ejecutaba Shenandoah en el estudio, no. Nuestra relación, en si, siempre fue un tanto evocativa. Como ese programa de Aunque Ud. No lo Crea, ¿lo recuerdas? Por más que se esmeraran en presentar como algo imposible cada caso, al final sabías que terminaría por ser más que plausible. Y es que sino, ¿para que lo hacían? ¡No había sorpresa alguna!, bastaba únicamente con encontrar la lógica del programa para no volverlo a ver, o para jamás encontrar una impresión sincera. Aunque, quizá, es cierto, éramos tan sólo exactamente lo contrario… Hoy te dejo, sí, pero no porque quizá no hayamos encontrado nunca la pasión, sino porque he entendido que siempre fuimos la pieza clave en dos rompecabezas completamente diferentes.”

Es curioso como Alejandra unió vidas a través de la tragedia. Como amasó todas las formas alrededor suyo después de sufrir y atormentarse, aunque quizá sea un acto normal en la curvatura de las experiencias. Al final de cuentas la gente se conoce, se trata y luego desaparece. No existe el “para siempre”, no puede simplemente ser. Somos mortales. Quizá el amor tan sólo sea ese intento necio de hallarse de repente siendo la excepción de la regla. Encontrarse en medio de la nada siendo parte de uno de esos rincones que no son el Ying y el Yang sino el mundo entero, no sólo lo bueno y lo malo sino todo lo intermedio. Recuerdo que la ultima vez que pisé el bar mencioné su nombre en un acto de autonomía, sin pensarlo, meditarlo o razonarlo; simplemente con la mente en blanco mi boca quiso pronunciarlo. Todos guardamos silencio y las ventanas se empañaron a media tarde de verano. El invierno nos rozó y brindamos en silencio y sin esmero. 

No hace mucho supe a mal que su última apelación fracasó. Que morirá en la cárcel. Me lo redactaba ella en una carta que depositó su abogado en mi buzón personal del trabajo a medio día en mitad de la semana. No contaba muchas cosas, tan sólo su resignación acaso. El cierre de la misiva lo dejaba muy claro: “"Al llegar la hora no sabré si habré vivido lo suficiente, pero me queda claro que todo lo que pasé si bien no cabe en una Biblia, si llena al menos dos tomos de una enciclopedia.” En ocasiones pienso en ella, como pienso en muchos más, pero especialmente de Alejandra siempre me llega cierto candor, cierto sinsabor a la boca. Quizá sea el gusto por la fortuna que nos tocó vivir, aquella misma que tuvo el ciego que se dio por seguir los pasos de un suicida y ambos acabaron arrollados por el tren.

martes, 2 de febrero de 2016

The Revenant

REDONDO.

The Revenant
El Renacido (Alejandro G. Iñárritu, 2015)

Al final, The Revenant resulta por ser un película de un entramado simple. Una cinta que más que exigir, se autodemanda más méritos técnicos y sacrificios físicos que temperamentos actorales y cinematográficos; su director ciertamente atiende favorable y directamente a los criterios de una industria estadounidense en pos de los vistosos premios y el predicamento externo: aquel llamamiento al uso portentoso del presupuesto y la tecnología –mostrar poderío– con el que no cuentan otros circuitos; mismos que deben resolver sus temas, sus planificaciones y su escritura fílmica con los elementos formales que Hollywood a hecho a un lado en pos de una estética preciosista forzada pero sumamente bien vendida a los mercados foráneos y cierto sector de la crítica: las películas deben magnificarse visualmente, comercializar y comercializarse en “apantallantes” looks antes que aplicarse al drama, entender-exponer-y-explotar una gama emotiva variada en tesituras y niveles, así como interesarse en estructuras si bien sencillas sí con volúmenes y capas narrativas frescas.
Como en su anterior cinta “Birdman”, igualmente multipremiada, el recurso mecánico/estético se apodera desde el primer momento del filme pero con ciertos alejamientos a éste favoreciendo una fotografía exponencialmente beneficiada (y pensada así, claro) por los paisajes naturales a detallar. El siempre eficiente y bello pincel lumínico de Lubezki queda plasmado una vez más, su mano sobresale (ante la redondez que siempre debe buscarse en una obra fílmica). El reto le favorece, sí, pero de igual manera hay un dejo ya constante en sus más recientes proyectos. La historia come aparte; si bien el cine se debe a la interpretación del espectador (no puede no prestarse al factor simbólico y analítico) el encadenamiento de sucesos tiene vaivenes y elementos que más que abrirse a un factor de definición complejo, hacen ver una mano caprichosa por parte del realizador. Pero no es nada de lo cual sorprenderse, desde finales de los 80 los máximos exponentes fílmicos del cine norteamericano han logrado su sello a base de caprichos. No debería negarse ante esto el propio Inárritu al por fin haberse inmerso dentro del campo de producción donde siempre quiso estar. Se nota a sus anchas. 
La trama central; una cruenta aventura de supervivencia y dedicado martirio bajo el pretexto de venganza que no llega a exponerse siquiera como expiación, queda evidente desde el inicio del conflicto, no hay mayores cánones a los cuales asirnos como espectadores. La fabricación de la trama queda enraizada en múltiples referencias que más que una edificación tributo, parece más una construcción recurso. Acaso el mejor acierto del director es mantener la trama en acciones la mayor parte del tiempo; deja a sus melodramáticos personajes callados y sufriendo. Cuando el dialogo aparece, la presunta profundidad y capacidad ideológica de la cinta queda muy por debajo de su estética; es plana y hasta cierto punto ingenua. 
The Revenant, como producción, toma otras dimensiones. Hace notar a leguas la privación, el esfuerzo y la dedicación por parte de todos los miembros del crew. Parte del discurso fílmico y mercadológico ronda ante estos propios factores; lo escuchamos en diversas entrevistas y foros que dirigen los elogios más resplandecientes de la industria estadounidense. Pareciera que la cinta quisiera gritar todo lo que hubo detrás de cada secuencia y plano en vez de sumergirnos en la belleza de sus parajes expresivos y ornamentales como función principal. No es una cinta que se inscriba en la contemplación, su ritmo intermedio no llega a una lentitud que se defina a través del uso del tiempo como arma y herramienta. The Revenant, finalmente, sorprende porque ha vendido su plástica y el performance de su rol protagónico de una forma sumamente eficiente y sin caer del todo en disimulos. Supo guiar al espectador a las piezas que querían explotar de tajo, no obstante su historia no deja de ser un apoyo a ese discurso de supremacia blanca y machismo norteamericano con el que justifican toda su verborrea en contra de quienes no están de su lado. 

El Renacido de Alejandro G. Iñárritu
Calificación: 3 de 5. (Buena).


lunes, 23 de noviembre de 2015

Pacto Criminal

REDONDO.

Black Mass
Pacto Criminal (Scott Cooper, 2015)

Queda más que clara la apuesta cinematográfica del otrora actor Scott Cooper en esta su tercera y tal vez más afianzada película como director. Y es que al igual que en su ópera prima, “Crazy Heart” (2009), el peso del entramado se centra en la vena actoral de personajes ensimismados, de bondad y moralidad dudosa pero que sobre todo son conocedores de su rol y su talento, lo que para bien o para mal crea una empatía con el espectador, una amalgama que desea sombría y afanosamente detallar el transcurso de sus descendientes espirales así como de sus lógicas consecuencias. Un terreno diegético que abraza el error pero desea su condena, una atmósfera ambivalente que en momentos logra cautivar pero que siempre se ha quedado a unos cuantos pasos de una solidez plena. 
Con “Black Mass”, su más reciente entramado, las cosas no cambian en demasía; es más, se abocan al mundo criminal, lo que hace explotar un grado de madurez en la mano de Cooper como realizador pero sin llegar, claro, a la altura de las grandes realizadores de este estilo. Inspirada en diversos momentos claves de la extensa vida criminal de James “Withey" Bulger; más que nada en la relación –alianza– que sostuvo con el FBI y que le dio camino de total alevosía, el encadenamiento de sucesos es anacrónico pero elemental para un guión secamente bien escrito por  parte de Mark Mallouk y Jez Lutterworth (basados ellos en los archivos novelizados por Dick Lehr y Gerard O’ Neill) que nos inyecta desde un principio la visión de nuestro personaje principal: “Whitey". Su visión, sí, para entender y captar sus manías y sus poder después. La lógica de este film se basa, pues, en un retorcido razonamiento cuya lógica se resquebraja cada que el camino es más abierto y descarado por parte de las autoridades. Una especie de juego de caza que no tiene inferencia en la presa hasta que las cosas explotan en el campo del sentido común.
A medio camino de cintas que van desde “Goodfellas” (Scorsese, 1990) y hasta “American Gangster” (Scott, 2007), el filme se sostiene gracias a la diligente fotografía de “Masanobu Takayanagi”, que recrea las épocas expuestas con sutileza y efectividad, así como el montaje de “David Rosenbloom” y el diseño de “Stefania Cella” que apoyan a la perfección el tratado estético-visual de la obra. El trabajo actoral, a bien, pesa aparte como ya hemos mencionado con antelación: sobre un diverso grupo de caracteres cuyo fin está el soporte de la actividad de nuestro protagonista, rol central que sorprende medianamente debido a la más que asequible actuación del más que mediático Johnny Depp. Uno de esos iconos hollywoodenses que se había dejado seducir por representaciones de características tan similares y “coloridas” en la industria que su rango actoral se había tornado irónicamente gris. 
Por sobre la ilegalidad, la permisividad y una cara que globaliza la siempre aparente inmaculable justicia estadounidense, “Black Mass” no asombra, es cierto, pero se mantiene en ritmo y forma: se presenta y se protege bajo un estilo; uno que es ciertamente difícil de roer pero que es abrazado con valor. No está al nivel de lo exigido en el género pero entretiene y no se sobaja ni decae en ritmo de manera mayúscula. No cabe duda que Copper logra, con esta su más reciente entrega, nutrir su cine de a poco. No es brillante pero es capaz y apto, cosa que es difícil hallar cada vez más en una industria enlosada en las facturas de las salas de cine que esperan masivas entradas. Su cine es y trata de ser honesto, realizado con ganas y  soltura. Con cierto deseo y un encanto que esperemos termine algún día por despertar. 

Pacto Criminal  de Scott Coper
Calificación: 3 de 5. (Buena a secas). 


miércoles, 18 de noviembre de 2015

Spectre

REDONDO.

Spectre 007
007 Spectre (Sam Mendes, 2015)

Lo que Sam Mendes y su equipo obtuvo con “Skyfall”: inducir madurez y sapiencia a uno de los iconos más populares y queridos de la cinematografía occidental, queda por completo descartado en esta su más reciente cinta. No es que haya dejado un listón lo bastante alto como para volverlo a encontrar, no. El tratamiento de la más reciente trama de James Bond retorna a un punto cero que carece de dichas atributos y cualidades que tanto habían hecho meditar las profundidades de un personajes tan conocido y reconocido por más de medio siglo.
Con “Spectre”, pues, nos encontramos ante un personaje caricaturesco que nuevamente hace un uso apremiado de diversos gadgets y trucos pseudo-tecnológicos para poder salvar la vida en el último de los instantes, pero que a diferencia de las otras tantas miles de veces que lo ha hecho, carece casi por completo de carisma, de volumen y de ese sentido de emoción y aventura que hicieron del personaje uno de los más recordados y estereotipados en el cine. Su peso como carácter se sobaja simplemente a ser colocado en medio de parajes naturales y citadinos de portento meramente decorativo, esperando que el espectador lo digiera sin ningún sentido más que el estético. La narrativa queda relegada a un simple brochazo sobre un lienzo irregular que no termina siquiera por cuajar y/o permearse de algo homogéneo. No hay redondez alguna a la cual asirse. 
Claro, no podemos negarnos al hecho de una organizada y opulenta producción, el acaudalado presupuesto se muestra de una manera desmeñada a cada instante, en cada escena y cada secuencia. Durante su metraje llega un momento en que en realidad se puede llegar a cuestionar si la hechura de la filmación en realidad fue un pretexto de turismo desmedido o de engreimiento sobre la potestad de llevar a cabo el rodaje sobre algunas de las avenidas y sitios más relevantes de las ciudades elegidas. Los elementos técnicos, mayormente bien logrados (aunque no por completo sin sus pormenores), quedan relegados a un encadenamiento de sucesos que en realidad tienen poco que ofrecer… Y es que la historia y sus elementos son de lo más predecibles, el espectador puede y se adelanta con harta facilidad a todos los recovecos a los que nos lleva la cinta sin la mayor complicación; los hechos se arman primeramente en la mente del público para después confirmarse en la cinta de una manera plenamente elemental, pero sobre todo bajo la apuesta de un sentido del humor por demás ordinario, ramplón y con momentos sin ninguna justificación, o bien bajo pretextos que se van diseñando sobre la marcha de una trama cuya naturaleza parece cuasi espontánea. 
Lamentablemente el trabajo de “Sam Mendes”, uno de los directores más respetados de su generación, da fuertes pasos en reversa. La elección de un guión sin sustento y una dirección actoral menor (no saca partido alguno de sus personajes; tanto los ya fabricados como los recién integrados) deja sin brillo la buena labor –a secas realmente– de su fotógrafo “Hoyte Van Hoytema” y su montador “Lee Smith”. Caso aparte la partitura de “Thomas Newman” (excesiva mayormente) y la música elegida para algunas de las secuencias de acción; mismas que se acercan más peligrosamente a un manejo de videoclip que al de una articulación más formalmente cinematográfica. 
No queda duda, entonces, que la franquicia retorna a este juego de aventuras (o desventuras más bien dicho) bajo el toque adolescente y juvenil que traspasa lo inverosímil como en sus momentos más gustados por los seguidores. La saga resquebraja lo hecho en su anterior factura y se relega a lo que más le ha servido, se niega a la evolución y la crítica de los tiempos actuales. Se vende como lo hizo bajo el gobierno mexicano para la re-elaboración del guión y se deja vencer por casi todas las aristas. Resulta una cinta menor que no logra siquiera el cariño de sus antecesoras… Al menos esperemos que Mendes de un paso a la izquierda y vuelva a los sitios brillantes que anteriormente había mostrado.

007 Spectre de Sam Mendes

Calificación: 2.5. de 5. (Bastante Regular).

jueves, 12 de noviembre de 2015

Candados

Candados.


Abigail cruzó el umbral con la cara de aquel que ha ido al baño a desahogarse y a mitad del recorrido le han colocado la canción que más le revienta la nostalgia… Si bien su pelo enmarañado había sucumbido al polvo resarcido por los meses del invierno, su vestido mantuvo a bien la figura de una mujer que gustaba de asumirse carmesí. La sonrisa con que saludó era una imitación, su saludo vil costumbre. La belleza de sus palabras, y la suya: silencio. Jimmy solía decir que nunca debíamos fiarnos de unos dientes plenamente blancos, que “una pulcra encía asomaba la costumbre de un caníbal por limpiarse a detalle los pecados”, que más bastaba aferrarnos al abrazo sudoroso, retorcido y vengativo de un púgil alejado de su cuadrilatero. “La sangre se confundirá en los ríos de la guerra bajo un extraño acto de justicia, hermanos… Suena extraño, lo sé, pero es cierto… La batalla, a pesar del perdedor, hermana a fin de cuentas en un cansino abrazo.”

Nadie siquiera intentó deslindarse las miradas con el resto, todo el hecho resultaba tan significativo como indiscutible el maltrato que Martín le daba al piano bajo pretexto de John Lewis. El semblante de sus pasos cruzando el siempre irregular arco que formaba el humo del tabaco no le había sentado para nada bien. No hacía falta preguntarle su procedencia y actividades del día, el brillo desgastado de sus labios, sus manos cenizas y apagadas así como el asomo de ginebra entre la sombra de sus ojos cumplían la excepción a la regla de siempre mostrarse cautivos y asombrados ante la belleza y elegancia de una dama que recién se ha maquillado. No es que no quisiéramos hacerla sentirse un tanto mejor y compartir la desdicha, no, pero al verla entrar así, con tacones silentes ante las maderas crujientes del lugar y bajo candados colgando de sus sentimientos nos hizo a todos morir un poco y lentamente. Había tirado las ganas en el callejón contiguo, las ansias en el bar de enfrente –la competencia– y se le había esfumado su talento de inquebrantable como ennegrecido su talento a un trompetista con los primeros síntomas del Parkinson. Una nube le perseguía como a Jimmy las malas noticias y la pólvora de las balas cada que viraba en alguna de las esquinas del barrio oeste. Su detonante de mujer se había ahogado en un ligero charco de flores mojadas con notas de Baker y Jarrett, de Tatum y de Webster. Nuestra beldad sucumbía a emociones humanas, nuestra mujer fatal dejaba de serlo; se bajaba del ring sin guantes y con la cartera perdida vaciada de efectivo y repleta de pañuelos usados. Morimos un poco, sí… morimos. Algo dentro de nosotros nos dejaba para siempre.

El asunto resultaba en sí en algo trivial, una nota más del corazón. Una gota más al vaso perdido de las propinas no otorgadas por nosotros los asiduos. En realidad no era algo para asombrarse; se había enamorado de David Arguenta, un tipo con un rostro tan bien parecido que sus ropas siempre olían a las paginas de publicaciones de moda y etiqueta. Era un buen tipo, no puedo negarlo, pero era uno de esos tantos que llevaba a leguas el destino pactado en cada día de pago. No es que no tuviera en realidad algún talento oculto, no, pero al igual que a un James Dean (por ejemplo), sabíamos a ciencia cierta que la fortuna se le acabaría tan pronto le quitaran esa sonrisa del rostro. Conversé con él un par de veces, y si mal no recuerdo trabajaba como asistente de una figura importante en uno de esos sindicatos cuya relevancia es la misma que la de sus incompresibles siglas; quizá era más bien un Jimmy Stewart. Joaquin era quien solía decir que en la política todo resultaba ser lo mismo “todos trabajan siendo el perro de un perro aún más grande”. Con Abigail nunca toqué el tema, acaso apenas cruzábamos palabra, pero supe con el tiempo que le conoció en una de esas reuniones quincenales en casa de David, nuestro laureado cronista, donde se solían apostar hasta los enunciados, los retablos y las primeras planas de los diarios.

No puedo decir que fuera amor a primera vista, nadie nunca en el bar creyó en algo parecido a ello, pero podemos afirmar que fue más bien un amor a primeras de cambio. De esas pasiones promesa que llegan contrariadas; cuando uno mayormente las desea pero no las necesita para nada. De las que se sabe, claro, que duran lo que un sueño a una noche de juerga. Lo que un abrazo al recuerdo, lo que una ceniza al polvo. Lo que una canción al álbum, lo que una sonrisa a una mueca  y un eslabón a los brios de libertad. 

Nadie hubiera imaginado verla así, escondiendo su tristeza y depresión detrás de unos labios partidos, unas chapas retocadas, unas zapatillas altas y un nuevo corte de pelo. Bajo la falsa apuesta a un grupo de hombres que se toman un par de horas cada fin de semana para verse agotar y acabar de a poco, la escena no resultaba muy digna que digamos. Cada que entraba por esa puerta –que cruzaba aquel umbral– todo momento se volvía especial: blanco y negro, elegante, suspicaz y con un poco de suspense en la belleza. Quizá lo más cercano que habremos de vivir a ese primer plano de Grace Kelly en Rear Window de Hitchcock… Aquel frío día de febrero no fue la excepción, quizá y hasta fue el más grande de todos sus momentos. Suele pasar que las desdichas son la tinta de la pluma que ha de escribir el epitafio de los apesumbrados. Y en esta ocasión, sobre estas hojas donde suelo escribir acerca de mis amigos muertos, puedo decir que las cosas no terminan así. Si bien Abigail desapareció por años sin que nadie supiera de ella, a la larga resurgió como una mediana escritora que ha sabido vender, a la fecha, su obra a lo largo del continente que osa decir entender a Cervantes. ¡Qué puedo decir!, la justicia no es para todos, así como el sazón no se encuentra en cada sartén que uno compra en la confitería. 

No hace mucho fue que durante un viaje me topé con unos de sus libros. Me hice de él y lo leí en el trayecto. No puedo asegurar que lo que puso ahí se trate de una referencia clara a esos momentos que hoy conmemoro, pero a bien puedo decir que yo lo tomé de esa manera debido a que me hubiera gustado pensarlo así cuando estuve en momentos parecidos, y vaya que los hubo… El texto es el inicio de unos de los capítulos centrales y reza lo siguiente: “Lo que en realidad pasó, cariño, es que siempre hubo un desierto entre ambos. Y aunque podríamos haber intentado cruzarlo y buscarnos a mitad de sus arenas, créeme que de haberlo logrado, a pesar del sudor en la lucha, todo esfuerzo habría servido únicamente para compartirnos esa sed, esa inevitable sed, de vernos cada día.”

lunes, 2 de noviembre de 2015

Sicario

REDONDO.

Sicario
Tierra De Nadie: Sicario (Dennis Villeneuve, 2015)

En la ultima escena de Sicario, Dennis Villeneuve resume el discurso de su más reciente trama de una manera por demás sencilla y directa: la familiaridad de una sociedad con el disparo y bajo el vestido de la violencia; la bienvenida de estos factores a la usanza diaria y cotidiana… y es que al fin y al cabo, la vida debe continuar –aunque no se sepa hasta cuando– ¿qué no?
Bajo el guión del primerizo (en dicho rubro) Taylor Sheridan, el drama se inspira abiertamente en los secretos a voces del mundo del narco mexicano bajo los limites de la legalidad por parte de las autoridades de los Estados Unidos por detenerle el paso en su territorio: un mundo lleno de tratos ocultos e interrogantes cuya respuesta no llega bajo palabras sino en acciones que se alejan de lo que podría parecer el modo más justo. El entramado aunque bien presuponga en su camino un número importante de incógnitas resulta fácil de seguir, el objetivo es claro y aunque no se nos mantenga al tanto de los pormenores (nuestro personaje principal, novata en estos enceres, no entiende del todo el quehacer de sus nuevos mandos así como el suyo propio dentro del cometido), vamos captando el descenso a un mundo amoral donde la supervivencia y la resistencia son los fantasmas invisibles en el camino. 
La dirección actoral de Villeneuve es de choque, contrasta las personalidades de los personajes en núcleos; disimiles parejas cuyos componentes dispares mantienen propósitos comunes con intenciones discretamente diferentes. El laberinto temático de las opciones, pues, las elecciones por continuar, seguir o mantenerse al frente de batalla sea cual sea la causa y la meta se abren paso de esta manera, con la tesitura de abrir y dejar paso a la fuerza actoral más que a una puesta en cámara que resulta sencilla pero sumamente eficiente. La apuesta por mantenerse cerca del crudo ámbito del mundo retratado se manifiesta en la llana manera de los elementos restantes, asunto que suma a la belleza de una trama áspera y severa. 
La minimalista música de Jóhann Jóhansson hábilmente genera una atmósfera de incomodidad y presagio de una espesura que se carga sobre los hombros incluso saliendo de la sala. Igualmente el trabajo –siempre sobresaliente– de Roger Deakins tras la cámara ayuda a mantenernos dentro de las acciones de un pequeño grupo cuya cerrazón se va volviendo el nudo de cierta incertidumbre que habrá de resolverse de alguna u otra manera. La cámara se mantiene al filo del limite entre el diegético espacio de nuestros personajes y el universo del crimen que se retrata. Nótese la escena en que se presentan los cuerpos colgados; la escencia se queda dentro de la acción de las figuras centrales de la trama (y su plan) más que detallar dicho escenario. Nos mantenemos cercados en la visión de los protagonistas (algo que el mismo director ya había resulto de buena manera en su anterior cinta Prisioners). 

Los decorados de Patrice Vermette igualmente recaen en la naturalidad, en el mero aspecto de los espacios que se recrudecen con el contenido de la violencia expuesta: descubierta, abnegada; sacada a la luz con un falso asombro y una cotidiana pesadilla. El cuadro, de aspecto vació por la gama de colores usada, se recarga con el contenido. No estamos pues ante una cinta que explore la violencia de una manera atroz sino una que la revela de una manera cuasi documental aunque para el desenlace se caiga (en cierta escena clave) un poco en toques melodramáticos.
Sicario, que malamente en México tuvo que renombrarse, resulta un cuadro vivo de la situación actual que se vive a menor o mayor medida en algunas de las regiones  más empobrecidas del país. Dennis Villeneuve retrata la situación con el toque que ya lo caracteriza: ecuánime y desde la distancia con soltura y elegancia. Con crudeza, gusto y garbo. Bajo la plástica de nuestros días y de los que habrán de venir, deriva en no más que un fresco. No más que eso. 

Tierra De Nadie: Sicario de Dennis Villeneuve
Calificación: 3 de 5. (Buena).