Replicantes.

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España, 2009.

Sunset Boulevard

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miércoles, 27 de noviembre de 2013

SUBMARINO. Las Series, Vol. 8


SUBMARINO. Las Series, Vol. 8

No te laves nunca las manos antes del pecado. Se gastará más rápido el jabón..
A. Güiris V.

Era tan excéntrico y testarudo como buen amante, me lo confesó Estefanía cierta noche en que las copas se tornaron “volteretas indiscutibles del destino” (como ella le llamó al suceso); su pluma en ese momento se encontraba en su más álgida y acre madures. “Pero no imagines”, me dijo, “tan sólo nos dimos un beso al final de la noche, uno de esos que bien podrían catalogarse como tiernos. Después, claro, de revisarle muy bien la cartuchera y las balas… Si algo te puedo decir, es que maneja muy bien su calibre…” Para muchos, no lo dudo, les habría sido casi imposible sacarse de la mente una imagen sumamente sugestiva en la cual se conjugaran un sillón ahuecado, su mejor amiga y el tipo más demencialmente misterioso del bar al que es asiduo, pero en realidad eso no se me cruzó ni por las sienes en aquel momento, ni ahora, no. Si bien hablo con honestidad, lo que en realidad jamás logré sacarme de la cabeza fue la imagen de un Frankie engalanado en la pasión; detallista y bien entonado en las artes de la seducción. Digo, era como imaginarme una reunión de gángsters en pijama cediendo amorosa y ecuánimemente la parte correspondiente a sus ex-esposas. La de un Marlon Brando joven sin motocicleta, la de un James Deen aún con la cabeza puesta. Pero en parte creo que era esa en realidad su naturaleza, su rol impuesto –por así decir– dentro de nuestro nada peligroso y tampoco cortés ambiente. Sugería, pues, su silueta, una pesadilla y amenaza para nuestros más claros deseos de hombría. “Por algo Dios no exigió llevar a dos Noés en la barca, ¿cierto?”, como sopesó alguna vez Carmelo cuando recibió la demanda de divorcio y potestad.

La sombra de Frankie, quedaba claro, tenía un grosor y peso especifico que nos hacía verlo por debajo de lo hombros. Un grosor y peso específico que hasta ese momento, en aquellas “volteretas del destino”, comprendí que él nunca había sabido, controlado o bien ansiado sino que fuimos nosotros quienes la creamos para estar más unidos en la desdicha. En aquellos años jamás confesé o mencioné parte de las palabras con las que cerramos aquella conversación nocturna Estefanía y yo, pero de haberlo hecho estoy seguro que su figura, lejos de ser destruida, hubiera roto todo aquel mito en que gustan aún vivir todos los hombres que, pongámoslo así, se inclinan ágil y románticamente por la botella antes que por una mujer. Es decir, estar por debajo (respeto) y encima (orgullo) de tantos otros como él: yo bebo más, él bebe más. Pero ahora, a tantos años de los decesos de ambas figuras tan importantes en el sitio, me atrevo a detallarlas con la precisión exacta con la que me fueron mencionadas: “Es curioso como de un tipo tan lleno de misterios no sacas nada de lo cual sospechar en la primera noche que le cedes y pasas con él después de tanto rogarte. No lo sé, tu sabrás más de eso, pero quizá sea esa la razón del porque son tan populares entre ustedes las películas de espías.”

En El Submarino, es cierto, los amoríos eran más comunes de lo que uno podría llegar a suponer. Eran, por así decir, asuntos tan rutinarios como los quebrantos, los cuales eran, implícitamente, más constantes que el calendario... Te cruzabas con ellos de la misma forma en que sonaban las canciones de Sabina: a veces hasta el hartazgo, a veces con clara y honesta empatía y solidaridad. Mayormente se suscitaban en el área de fumar –cuando fue instaurada dicha “ala”– dado que en la barra, debido al poco espacio que dejaban los clientes seculares, sólo se podía aspirar el humo de las hieles del recelo. Muchos renegaban del hecho, sí, se negaban a creerlo hasta que un día la experiencia se les presentaba de la misma forma en que uno secretamente se empeña en beber hasta acabar dormido en la azotea. Todos, y digo todos, pasamos por “esas tersas y tediosas manos de cupido”, como alguna vez simbolizó Mauro, nuestro refinado juglar de cabecera, cuando por fin alguien le compró voluntariosamente su libro de poesías. 

Regularmente, salvando las siempre lógicas excepciones, era en plazos de cierto candor quincenal que las miradas perdidas entre las sonrisas de un hombre ligando y uno ebrio de deseo se conjugaban a futuro cuando aquellas muescas de divertimento las daba, pasados los días, aquel que escuchaba al derrotado en la jornada en que éste último llegaba primeramente a beber y luego a contar –con lujo de detalle– su impotencia ante las ciencias oscuras del amor y el dinero, a sabiendas que su relación nunca más, podría llegar a contabilizarse como parte del misterio y/o milagro del Fénix. “Cuantas veces no he visto salir el dolor por la boca después de una buena ronda de tequilas” solía decir Raúl, que aparentemente tenía una nuez acojinada en vez de corazón, cada que las lagrimabas asomaban cerca de la orilla de los vasos donde conjuraba las micheladas.

Hubo, claro, con el tiempo, ciertas parejas que hicieron creer a varios de los asiduos que el romance podría llegar a buenos términos pasados los años, los ciclos y los tragos. Muchas de estas, sí, se fueron conformando como una parte más de las ganancias del lugar. Vaya, con su presencia el sitio se fue transformando no sólo en un lugar para que ciertos especimenes otrora contraculturales escaparan de su realidad, sino también en un buen rincón para llevar a tus posibles conquistas. Estaban Alfredo y Marina, que aunque pocas ocasiones se les veía juntos, eran parte del linaje debido a que algunos de sus familiares se contaban ya como parte del inmobiliario. Estaban también Nicanor y Manuela, que a su edad siempre mostraron briosamente a las nuevas generaciones como el alcohol no sólo era una moda sino un estilo de vida… Si mal no recuerdo, sólo fue Jimmy él que no entendió del todo las razones de sus cada vez más habituales inasistencias –supongo que ya se los habrá preguntado con ahínco y ahora se encuentran juntos brindando en aquel “lugar mejor”… Se encontraban de igual manera Alberto y Carolina, pareja que orgullosamente inicié en el sitio a base de ron, caña, folclor y que terminó por ser más aplicada e insistente que yo en el tiempo en que comencé a dejar de asistir regularmente, inclusive cuando se separaron. Supe con los años que, como se dice por ahí, el paso de los ciclos y unos buenos roces de mojito los reunieron pasadas varias parejas de por medio, que en el tiempo restante que duró el bar abierto se mantuvieron juntos como una sola silueta dibujada en la pared, pero para esos momentos  yo ya no me encontraba en la ciudad. Obviamente, en cierta parte de la línea del tiempo Marcos y Estefanía fueron una de las parejas más populares, lamentablemente su termino salió peor de lo estipulado. Juntos, sin saber  a ciencia cierta de sus traiciones o trivialidades, hicieron de su quebranto la insignia máxima para que cualquier candor de esperanza en el romance terminará por consumirse en el fondo de la tasa del sanitario. Igualmente podemos hablar de Sussie, quizá la mujer más hermosa que haya pisado nuestros aposentos; deseada y admirada por todo aquel que cruzase la puerta por vez primera, y su cartera, Frankie, nuestro misterio casero que siempre deseó a Estefanía ni tan secretamente y que un día, de luna llena (no exagero), la llevó a la cama dejándole “la sonrisa más grande y honesta de su vida” –palabras de ella– pero que en el fondo resultó no ser más que un ser humano cualquiera; como yo o como aquel que jamás piso el lugar. “Nada de ese príncipe azul que nos inculcan ir a buscar”, me comentó aquella noche de las “volteretas” con los ojos ya brillosos de tanto alcohol y nostalgia. “Es cierto, amigo, es cierto,” y me tomó del hombro, “créeme que incluso algún día pensé en invitarte a los arrumacos conmigo en tu colchón, pero es cierto, muy cierto: El amor, como dicen, no existe. Sólo es parte del imaginario de esa generación que creció viendo los Muppets, o cualquier otro programa de televisión para niños.”

Si de mi habría que hablar, bueno, mis aventuras se cuentan por botellas. Nunca las concluía antes de que perdieran su sabor. Si acaso alguna vez salí del bar con una mujer bajo el brazo, ésta sólo me sirvió para taparme con las colchas de mi cama al quedarme dormido y así despertar con menos frío. Es cierto, lo digo sin rencor; en realidad tampoco me hace sentir del todo orgulloso, pero podría decirse que en aquel tiempo era de ese tipo de borrachos al que de la figura clásica e icónica de un caballero en plena batalla, sólo le entalla el olor de la armadura. Si acaso indago un poco más, en este momento recuerdo una ocasión en que la libido me traicionó quedándose un tanto más despierta que la garganta. Se llamaba, o se hacía llamar Bibby (si es que aún respira); una mujer cuya descripción me daré la libertad de licenciarme a groso modo. Tan sólo diré que era de esa clase, físico, y sobre todo personalidad, que llegado el momento no sabías a ciencia cierta si hacerle “el favorcito” significaba a bien otorgarle un beso en la mejilla, o bien propinarle una bofetada para que por fin –y por vez primera– se sintiera flotando por las nubes.

Kasuo alguna vez escribió en una de sus columnas que los hombres que visitaban aquel “oscuramente atractivo, polvoso y encantador rincón de la ciudad”, eran la “vil y máxima prueba de que las personas feas tampoco terminaban con una vida feliz”. Lo hizo bajo pretexto de un líneas en que enjuiciaba los melodramas nacionales, hasta cierto punto con rencor, utilizando nuestras figuras como explosión más que esclarecedora de las consecuencias en los actos opuestos. Éramos, pues, si mal no recuerdo, masas que chocábamos sin volvernos más complejos o intentos de llegar a un común acuerdo, o desacuerdo, sino más bien testigos del cortejo fúnebre del equipo contrario. Carmelo, que siempre resolvía de tajante manera todos los acertijos del lugar, categóricamente disipó las dudas el mismo día en que perdió la “pujanza por sus hijas” –como describió un cada vez más amargado Marcos– antes del tercer, tal vez quinto tequila, mientras el resto se pasaba el segundo por el escote de las vanidades con cierta tristeza compartida: “Lo único que sigue las jodidas reglas aquí, es todo eso que cantó José José en aquella de El Amor Acaba”.

En realidad nunca hubo algo peor que ver a uno de los nuestros en un estado de total inquietud. Era como querer abastecer con maquillaje a una bien ganada ojera, abrazar una sombra con delicadeza o sustraer el suspiro de los pensamientos en el pleno de un concierto. Era tan imposible “como querer beber pagando la cuenta” dijo Jimmy alguna vez, cuando para variar, traía más aire en las bolsas de los pantalones que en las de sus propios  pulmones. No lo puedo saber a ciencia cierta, pero me supongo que ahora las tristezas se encuentran aún allí, guardadas y preescritas, junto a todas las historias confinadas en el suelo cual hojarasca de memorias, junto a todo hallazgo que no fue descubierto y que ahora se ha tornado tan fantasmal como nosotros, los sobrevivientes, que después del cierre tan trivial nos hicimos limadura como los amores, las vidas, los quebrantos y las bajas pasiones. El destino, pues, bien podría describirse con aquel pasaje que en alguna ocasión encontré debajo del lavabo un 14 de febrero: “Si te dejo esto aquí, es porque con tus actos has rechazado ser la tinta en la pluma de mis hojas en blanco por venir.”

jueves, 4 de octubre de 2012

SUBMARINO. Las Series, Vol. 7


SUBMARINO. Las Series, Vol. 7

Jamás he creído en lo que dice la gente. Puede que estén igual de tristes que yo.
A. Güiris V.

…Entonces comenzaron a aparecer los moños negros en la parte alta de la entrada; retazos de listones y cobijas oscuras que encorvados improvisadamente, perneaban –o bien lo intentaban– el tintero de las presencias y los acuerdos, al igual que los cafés con piquete y las arrugas rebuscadas hasta en la punta del cabello. Recuerdo claramente que era en esos momentos, loables sin lugar a duda, cuando los anteojos de la cordialidad se cegaban en automático y podíamos, uno a uno, notarnos como lo que realmente éramos; simples mortales en un campo lleno de minas buscando una dirección, la que fuese… Eran, pues, esos recovecos de la existencia que apuntalan siempre a encontrar más ceniza dentro del sombrero que en la suela de los zapatos.

Cuando  Jimmy “desapareció”, por ejemplo, éramos aún muy jóvenes como para comenzar a pensar en los alegatos del tributo. Fue en parte eso, tal vez, razón por lo que lo alzamos de primera instancia a los estratos de leyenda en medio de una beatificación bohemia con espuma de cerveza… Pero cuando Don Eusebio, el verdadero dueño del lugar, hizo a bien quedarse helado en la pecera con su anforita recién comprada, el calor (quizá la madures), que emanó en el maduro sinsabor que comenzaba a formarse en nuestros adentros lo cambio todo. Incluso dicen que Frankie –el inescrutable Frankie– al enterarse de lo sucedido, se revisó inmediatamente las heridas de las balas, y es que no quería perder el aplomo necesario para poder contárselo sin una mueca a su mujer, la bella y elegante Sussie. En realidad fue una sorpresa tomada de diferente manera en cada uno de nosotros. Al grado que para algunos se tornó en sospecha, una sospecha de real semblanza de tristeza. Raúl, como pocos, se mantuvo ecuánime y calmo. Resultaba lógico. En parte el deceso le significaba también una liberación contractual y psíquica: vital. No es que en mi pecho cargue un peso de aflicción o martirio desde aquellos añejados yerros, pero hasta este momento jamás le había mencionado a persona alguna el recuerdo de haberle visto un esbozo de sonrisa en el velorio. Justo como si una caricia le rozara el filo de la fortuna anunciándole con la punta de los labios sus alegatos de estadía bajo la promesa de engrosarle la cartera…

No fue, pues, sino hasta al cabo de unos días que se empezó a sugerir el tema con cautela. Cierta noche, en medio del desvelo que brindaban esas pobres jornadas sin clientes ajenos a los ya contabilizados como parte del inmueble, Carmelo se nos acercó para apuntarnos acaecidamente que “una muerte así no debió de ser nada sencilla”, que “lo más hermoso de beber es ese momento en que te secas la garganta intencionalmente para recibir de golpe el dulce sabor del trago elegido…” Que si lo pensábamos bien, el pobre Don Eusebio “se había ido sin siquiera sopesar el ansia” y que por tanto –asumía– era justo que Don Eusebio Montes Escalar descansara eternamente en el mar, aunque la forma en que haya llegado fuera en parte un accidente… (Y no obstante la fama del suceso, lo digo con todo el respeto que se merece, aún sigo asistiendo a algunos servicios donde resguardan la urna de las cenizas dentro del botiquín del sanitario).

Muchas cosas se podrían entonces decir de Don Eusebio. La gran mayoría le desconocía de la misma forma que el resto deseaba no habérselo topado nunca, aunque si somos sinceros –realmente claros y veraces– algo había de orgullo y decoro en poder responderle acertadamente al novel que le señalaba como si de un descubrimiento antropológico se tratara. Don Eusebio, pues, era a la vez basto y festivo, distraído y suspicaz, icónico como cualquier varón que no se guarda la decencia bajo el saco de la sobriedad, sino para la vasta eternidad… Intelectualmente nato; bien podía no entender las razones pero comprendía a la perfección los objetivos del libreto que le había tocado interpretar. De carácter bohemio y caliente; de una tez tan dura que sin lugar a duda podría competir con la cáscara de la mandarina que aún se encuentra colgada en la rama del otoño... De un rostro tan común, neutro y honesto, que incluso cuando hablaba le podías notar las faltas de ortografía.

Estar a su lado, en la barra de El Submarino, era como presumir una foto tuya frente a la fachada del museo Del Prado el día que estuvo cerrado por mantenimiento... Como dejar que alguien más se bebiera el último sorbo de tu cerveza ya caliente, halagar la obra de un ebrio apenas conocido estorbando así tu absorta sátira, o bien beber un trago de agua con azúcar después de un fino ron. Era uno de esos soplos del tiempo que exhortan al  cabildo tornarse lento y pausado, como la vida: “que espera siempre sin aspavientos a que te canse la edad para tomarte de las manos con justicia y recluirte así bajo los puntos finos de la rubrica del tiempo”, como solía recitar Mauro, nuestro íntimo poeta local, cuando alguien hacía alusión al polvo que caía del cielo raso del lugar.

A ciencia cierta, podríamos decir que aquella etapa que inauguró de alguna u otra forma (tal vez sin querer), Don Eusebio, dio en realidad entrada a la edad de la razón. A la época dorada de los cansancios y quebrantos corpóreos de peso, aunque algunos piensen que fue al revés y la razón fue la que dio entrada a la edad. A la terrible verdad del paso del tiempo y su dérmica captura. Para mi al menos, no puedo negarlo, fue una etapa particularmente entretenida en que los anuncios luctuosos del portal no sólo nos advertían del incremento en las posibilidades de ser el siguiente ganador de la “lotería”, sino que también publicaban el tema principal del brindis y los abrazos del día; situación que siempre se agradece en ese tipo de escenarios.

Si mal no recuerdo, después de Don Eusebio siguió Neil, Nil, o Gil, aquel músico de bajo perfil y ronca voz que más tardó en llegar que en irse, luego “Chepito”, que se ganó nuestro cariño a base de “carisma y pendejez” como solía decirle Pancho, el cual no tardó ni tres turnos más para irle a saludar –acaso sólo después de Pedro “El Cazador” (que no mintió en sentirse mal aquella noche) y Marcos, que muchos ya veían con rencor y celo por aquello de sus firmes canas. Más tarde vino Kasuo, que fue un caso especial; lo publicaron en un par de diarios donde laboró a lo largo de su “carrera de accidentadas veracidades”, como le resumió en su velorio Frankie, quien tuvo la mala fortuna de despedirse, con escasos meses de diferencia, de sus dos mujeres: Sussie, “su casual acompañante y eterna compañera” a la cual cedió su mano ya avanzada la enfermedad que le aquejaba, y Estefanía: su real, único y secreto amor, así como mi más ferviente amiga. Mi compañera de incidentes y sucesos a la que aún le llevo, cada que se me permite, un ramo de azucenas…. Si mal no recuerdo, juntos le lloramos nada honrosamente en su primer aniversario al son de “No Other Love” de Jo Stafford....

Después habrá tocado el turno a Mauricio, el Jonah' y un par más que no recuerdo pues eran de la llamada “nueva generación”; la última de ellas más bien, cuando yo ya no visitaba con tanta frecuencia el bar... Por último, si mi memoria no me falla, fue Carmelo en ese aparatoso accidente en la carretera que a todos nos sorprendió, abriéndonos de lleno nuevamente la herida de la nostalgia. Sobre todo porque desde que la muerte se convirtió en nuestro libre albedrío, ensayaba a cada noche sus últimas palabras. Para ciertas personas, hay que decirlo, es de suma importancia tanto oírlas como recitarlas, o bien recetarlas. Yo al menos aún recuerdo las últimas que le oí decir a Don Eusebio aquella noche que sus manos se encontraban de mejor ánimo que su encorvado cuerpo, la última vez que le vi antes de su deceso: “La vida es demasiado inteligente, jamás le he entendido”. Y no sentí añoranza ni ese llamado al extraño vacío que muchos cuentan se tiene cuando se ve partir a alguien que no volverán a ver jamás. Quizá porque se fue casi a gatas, pero no lo sentí ni en ese momento ni ahora, que lo recuerdo frescamente. Me supongo, con firmeza, que esos breves y escasos últimos instantes fueron un resumen espontáneo de la vida que me toco observarle. Escasa, sí, y breve, así fue la vida de Don Eusebio. Y es que siempre, sin lugar a duda, encontró la forma de irse más al fondo en el pozo de las más comunes adicciones. Presumo que todos, de alguna forma, vamos para allá…

En alguna ocasión Jimmy me dijo que la vida era un momento de ansiedad, como cuando te muerde un perro o se te quema la entrepierna; “siempre crees que fue más tiempo del que en realidad pasó.” En su momento, debo decirlo, no le creí y ahora tampoco puedo. Él falleció joven y yo aún sigo aquí, recibiendo las inclemencias del tiempo y la añoranza. Recabando y acotando la sapiencia dejada por aquellos que, sin lugar a duda, se les extraña. Tampoco puedo quejarme, las cicatrices que ha dejado el rezago en ocasiones llaman la atención de ciertas damiselas que en sus años mozos, jamás habrían siquiera intentado acercarse al lugar. Muchas de ellas, lo digo claramente, ni siquiera creen que se hayan suscitado tales historias. La gran mayoría, lo apuntalo en serio, no agradecen siquiera el pasado renacido en la fogata mientras nos desvestimos y besamos. Pero en verdad es lo que menos importa al amanecer siguiente, y siguiente y siguiente… Lo digo francamente, o al menos puedo asumirlo con orgullo, yo aún me paro frente a la ventana de mi estudio cada mañana a esperar el frío. 

miércoles, 7 de marzo de 2012

SUBMARINO. Las Series, Vol. 6


SUBMARINO. Las Series, Vol. 6

Es simple, hay quienes gustan de hincar el diente. Y quienes no mastican ni la vida.

A. Güiris V.

Al menos habló por mi cuenta al decir que nunca olvidaremos el día en que Reginaldo Martínez, sobrino del holgado y pudiente gobernador en turno, ensombreció y cruzó nuestro único y principal portal... No es que los testigos que acreditamos tan peculiar visita nos sorprendiéramos de su tácita presencia, no; bajo su refinado gabán llevaba ese estrepitoso, grandilocuente y grasoso cuerpo que de sobra conocíamos por parte de los coloquiales retratos de escándalo que lograban colarse en la prensa del medio día; muchos de ellos, basta hacer notar, nos servían ocasionalmente como portavasos… Si acaso, aclaro, hubo cierta exaltación –apegándome a la total modestia con la que se puede defender el pueril sentimentalismo de los hombres, o espasmo;  y quizás hasta un suspiro o sonrisa– fue únicamente a razón de la lógica machista que impera en los hombres que deben su éxito a terceros, duodécimos, o milenarios familiares que bajo el cobijo de la historia, únicamente han visto por su propio bien. Es decir, aquellos cuyo punto más fehaciente para hacerse notar, ya no digamos de un talento sino de cierta peculiaridad, es única y exclusivamente el de la belleza que puedan llevar bajo el brazo. La estampa, pues, que daba volumen a la mano que cogía con aventurado temor la facha de Reginaldo Martínez, “El Reggi”, como era nombrado en los mosqueteros titulares de la prensa adquirida, era la de una mujer cuya belleza estaba por encima –o bien en común acuerdo– con la de Susie, la estrepitosa pareja de Frankie, la cual, debe decirse, se vio embestida por míseros instantes. Pero esto, claro, únicamente por aquello de su cotidiana asistencia a nuestra morada… En fin, no olvidaremos el momento, la tarde/la noche o bien el tiempo en que haya sido que se nos dio mejor la sombra, pues aquella fue la única vez en que los pleitos dentro del bar no se aleccionaron al calor de los golpes, sino en una de esas batallas épicas de belleza de las que sólo puede salir triunfador la libido del espectador y el imaginario colectivo del estadio.

Ahora bien, no me gustaría que se llegase a pensar que la asistencia de bellas damas no era recurrente en la explanada del lugar, para nada. En realidad, ver a una mujer agraciada en su interior no era para nada algo ensombrecedor, sino de común acuerdo. De tácito convenio, por así decir, con el alcohol y el paso del tiempo. De tal forma, pues, que los factores importaban tanto para los productos como para los resultados (que no siempre son lo mismo cuando uno se encuentra con las copas encima, o encima de las copas). Es decir, en el bar siempre fueron más eficientes las salidas que las llegadas, justo como en una empresa de autobuses foráneos que ansía con enervante religiosidad que a la gente se le quite esa tonta idea del sedentarismo, como a muchos otros aquella del monógamo cortejo. Es franqueza, total franqueza y virtud, decir que para Raúl, Kasuo, Carmelo y compañía –amplia compañía– las espaldas curveas, los cansinos ojos y los labios secos, siempre fueron de mejor ver que los rostros sobrios y peinados frescos de todas aquellas que, vertidas aún en la razón, no se dejarían ni siquiera cortejar con la promesa del matrimonio o el amor eterno. La conquista, ya lo habrán dicho muchos dictadores, sólo se logra con la insistencia de la desidia, la apatía y la desatención. Aunque tal vez, es cierto, habría que agregarle a ello un poco de risas y otro tanto de ron. Quizá Jimmy –artífice, histrión y héroe local de la bebida convertido ahora lastimera y literariamente en tumba– tenía razón al aseverarle a los asiduos al bar que: “Si uno amará como bebe, habría eructos de pasión.” Que ese era en realidad “el verdadero aroma del amor.”

De lo que no me queda duda, es que aquella ocasión en la que “El Reggi” entró de la mano de tan prodigiosa rubia, todos –y aquí sí puedo asegurar el hecho– todos, se guardaron sus mejores poses para el momento de cruzar miradas. Miradas que matan, dicen algunos, aunque lejos estábamos ya de las cotidianas fantasías de un púber que recién descubre el daño que le puede hacer a su riñón. Lejos, muy lejos de la pasión. Y si bien nos sinceramos un poco, en realidad preferíamos traspasar las paredes de la decencia cada que un tobillo se dejaba rozar por la mirilla del ventanal cubierto con corriente terciopelo color rojo carmín para repartir mejor los gustos. Fue claro: lógico, traslucido. El suceso de esa noche fue para muchos la única, o bien la última, oportunidad de sentirse dentro de la industria de la moda.

Frankie en ese sentido era especial; tanto que la mayoría le observaba por debajo de los hombros como queriéndole encontrar la marca del desodorante en las costuras de la gabardina. Y es que él era realmente el único que había logrado “conquistar” y mantener a una belleza que, a razones de un misterio que con el paso del tiempo fue siendo relegado a la aventura, gustaba de sentarse cómodamente y asistir a nuestras oligárquicas fiestas privadas divirtiéndose realmente en ellas. Al menos yo no recuerdo a nadie ajeno al bar, o en su primera visita a éste, que no volteara a ver a Susie al cruzar el umbral de bienvenida con un dejo de sorpresa y un estruendo de lujuria. Era como ver un árbol de manzanas en medio del desierto: no sabrías a bien que hacer con el  y de nada te servía tenerlo en esas circunstancias. Era un ángel que en silencio gritaba la consigna de la puerta trasera del infierno. Asunto, claro, que cuadraba totalmente cuando Frankie, ebrio, relataba la historia de su verdadero amor: Estefanía, mi estimada y entrañable amiga Estefanía. La cual, debo enjuiciar sin albores de maldad, era tan común como el polvo estancado en el fondo de los vasos. ¿Qué decir?, a muchos no se nos da eso del bueno gusto. Si mal no recuerdo, en cierta ocasión fue el propio Frankie, amarga y llorosamente, el que me dijo que “pocas son en realidad las mujeres que pueden hacer de la entrada de un hogar, una verdadera pasarela”. Que “en realidad todas son demonios, demonios sin vestir a los cuales los hombres no les sirven ni siquiera como la base de la cama.” Algunos, es cierto, se extrañaban. La gran mayoría no lograba comprender como un hombre con tal mujer a su lado, buscaba algo tan –como decirlo amablemente– “trivial”. Pero créanme, al final todo caballero que osa curarse únicamente las heridas de una boca seca, termina por entender el hecho mucho antes de pensar si quiera en firmar el acta del primer divorcio.

Como han de suponer, las mujeres eran un terreno habitual en las conversaciones que giraban en torno a los tragos de anís con tequila. Y es tal vez ahora, que todo ha llegado a su fin, que resulta hasta lógico figurarse que muchos de los asistentes lo hacían con el corazón cenizo y la sonrisa empolvada de falaz machismo. Digo, no era para nada sorprendente encontrarse una historia de infidelidad o de total fracaso como adorno de ornamento en nuestra barra. Es verdad, muchos nos seguían, sí, como otros tantos nos odiaban. Pero era tan sólo que en nuestras latitudes los consejos no se daban con aliento, sino en vasos de cristal repletos de antiséptico. Solía decir Raúl: “Si en realidad quieres algo de fidelidad, mejor adquiere un auto-estéreo”.

En aquellos años la vida no era ni más sencilla ni más compleja que como lo es ahora. Nada en realidad cambia lo suficiente como para después extenderle la mano como si se tratase de un extraño. Al final, como aducía el buen Carmelo en las noches de doloso hastío: “Todas las personas van y vienen, es sólo que en ocasiones nos toca estar cerca de la huida y en ocasiones lejos del retorno.” Digamos al menos que en las cuestiones propias del romance y la pasión, muchas veces nos importa más seguir las vagas pistas que van dejando nuestras conquistas tras sus sombras, que mirarles de frente con el suficiente valor para desearnos, ambos, los buenos días… Es como alguna vez logré escuchar por allí, en una de las esquinas de El Submarino; un lugar con más aristas que divisiones. “Hablar de la belleza es como tocar una guitarra fina, o un violín, sin cuerdas. No se requiere de ningún tipo de educación para sonar sutil. Basta con ser precariamente sentimental.” Aunque tal vez, lo admito, fue Jimmy el que haya acertado objetivamente al decir que: “No hay justicia para tanta belleza en un mundo en que la gente suele equivocarse tanto.”

viernes, 16 de diciembre de 2011

SUBMARINO. Las Series, Vol. 5

SUBMARINO. Las Series, Vol. 5

Entonces llega ese fatídico momento en que te percatas que la muerte y el destino nos son factores que alteren seriamente el semblante de un infarto.

A. Güiris V.

No me atrevería jamás a suponer como fue que la vida de Jonathan Ortega Peñalver se fue forjando con los años. Al fin de cuentas no era más que una de esas personas a las que fácilmente se les puede llegar a imaginar tanto en la cima de la riqueza como en la base de la indigencia. De ese tipo de gente a la que la buena fortuna le sienta tan bien como los harapos de cualquier asunto callejero. Esa clase de individuo, pues, que nace recurrentemente a mediados de año para madurar y sobajar la distinción de la abundancia; junto a la total prepotencia que todo ello conlleva, o bien dotar con un poco de elegancia el breve viso de la pobreza. Era extraño, “casi insólito”, como solía describirle Frankie; no anhelaba dinero, joyas, mujeres o días seculares de descanso. Simple y llanamente gustaba de sentarse en la barra a ver como el tiempo desgastaba el frió de su cerveza mientras los años le pasaban brizando por la espalda.

Recuerdo mansamente los dos únicos días que laboró en las inmediaciones del Submarino, gustaba de servirte con ambas manos los mojitos y limpiar los bordes de los vasos con empeño. Era un tipo sumamente peculiar, con tal inocente objetivo de vida que para la absoluta mayoría era en realidad un indiscutible ridículo. En aquellas jornadas, lo evocó tan humanamente como me ha dejado en los últimos años este cáncer de recuerdos, tantas cosas se fueron suscitando que la memoria no tuvo más remedio que anegarse sobradamente de momentos para rellenar las descomunales noches de habitual hastío. Y no es por menospreciar en cierta parte la “realidad”, o los bellos convivios con los colegas adictos, no. Tan sólo digamos que los instantes que se forjaron en aquellas horas de cotidiano quehacer, fueron tan profundos que cómodamente se inscribieron en nuestras escuelas de hurto nacional sin pagar la colegiatura. Es decir, en muy contadas ocasiones habríamos de encontrar las claves para abrir la bóveda sin golpear el candado del ahorro. Es más, se podría llegar a decir que el anecdotario mismo contaba ya con su propio código postal. Basurto, el bendito hombre que conducía nuestros destinos detrás del volante del camión de las cervezas, lo aseguraba. Y si bien nos sinceramos un poco. Si bien no ponemos cautelosamente serios. No había autoridad mayor con respecto a la orientación y el destino de los hombres pasado el medio día.

Quizá, y esto lo digo con la total sinceridad que cubre el polvo presente de los relatos pretéritos, el verdadero legado del Jonah', como solíamos nombrarle a nuestro ocasional dictador, delegado y sustituto de borrachos familiares, nuncios, laicos y temporales, haya sido el de pasar desapercibido. Ya decía Carmelo que en el mundo sólo podían existir dos tipos de personas importantes (aunque quizá intentó decir relevantes): los que nacen para ser pendejos y los que crecen para ser fantasmas. Los primeros, según su enfrascada teoría de tradicional cosecha familiar, te asustaban por su falta de cordura, mientras los segundos intimidaban a cualquiera con aquellos momentos que se creían haber dejado atrás. Según él, no podía existir una combinación de ambos. Y es que de ser así –aseguraba– al fantasma rápidamente le empezarías a notar los píes por debajo de las enaguas de la hipoteca. La hipoteca. Si mal no recuerdo, esa fue la palabra más compleja que le oí decir jamás. Pero era exactamente ese el efecto que tenía Jonathan Ortega Peñalver en varios de nosotros, aunque no sepa a bien definirlo o me sea imposible entender como es que aún pueda recitar su nombre enteramente sin dificultad. Supongo que Marcos, casual amante de Eva y músico temporal de la orquesta popular “Reynaldo Mancera”, tuvo razón aquella ocasión en que logró concebir que el amor –finalmente– se le había esfumado de la misma manera en que su puro jamás habría obtenido la certificación para cualquier tipo de filtro: “No es que alguien no sepa lo que tiene hasta que lo ve perdido, apreciados camaradas, es sólo que estando perdido te percatas que no tienes nada a que aferrarte alrededor.”

Jamás, y repito, ¡jamás!, me atrevería a forjar la más minima idea de cómo sus años se fueron cortejando –pausada e intrigantemente– con la vida hasta su deceso; acaecido hace unos cuantos meses. Acaso unos cuantos días. Pero a estas alturas, seamos francos, nadie se sorprenderá de saber que ocasionalmente los rumores se adelantan al cristal con que se envicia el trayecto del disimulo, ¿o sí?... En fin, lo recuerdo vagamente, justo como a aquellas personas que al intentar contarles un chiste, mejor le citas un pasaje de la Biblia… En realidad le traté poco, saludándole un par de ocasiones. Sus manos eran pulcras, tersas, finas, como lijadas con el lomo de algún tomo de cierta enciclopedia descontinuada por los plazos. Y si mal no cruzó aquí las ideas, era Eva la que solía decir que los días eran tan recurrentemente naturales y necesarios como los moscos al aire de verano. Había, pues, que perseguirlos con ira y arrebato hasta enmudecerlos de golpe en medio de un charco de sangre para así poder, cansina e irónicamente, descansar en paz. En realidad, no sé que sentimiento me debería nacer. ¡Pobre del Jonah'!, me gustaría decir, pero quizá haya sido lo mejor para él y los suyos. Era un tipo turbiamente universal. Tan extranjero que casi puedo asegurar que en las aduanas le exigían la credencial para votar.

“¿Qué otra cosa se puede exigir?, ¿qué otra cosa?, compañeros...” recitaba prevenidamente con un brindis Mauro, nuestro improvisado beatnik de cantina nacional, cada que uno de los nuestros alcanzaba la gloriosa oportunidad de emprender ese perenne éxodo mayormente conocido como el descanso eterno, “…si la perplejidad del tiempo no se mide mediante la enrevesada complicación de las almas vivas, sino en razón de evocar las buenas acciones de todos aquellos que siempre nos dejan la comida en la mesa el día de muertos…” Claro está, que ante tan lúgubres y anímicos temas, Kasuo, el flagrante periodista de la casa, no podía permanecer callado. Al respecto, nuestro rebosante y engreído hijo de nipones, siempre expresó que el miedo a morir no era tan efectivo como el temor a saber que algunos de nosotros continuáramos vivos después suyo. Supongo que con el tiempo, y las despedidas de los últimos años, la vida le ha ido cobrando el peaje de sus lagrimas atenuándole el pelo con el preciso tono del material con que fabrican la primera plana.

Es ahora, quizá, que lo conmemoró mejor, que la mente está más clara por los años, que en realidad no recuerdo haberlo visto muchas veces de la mano de una dama. Pero en fin, ya todos sabemos que hay gente que vive como si no hubiera mañana, mientras otros disimulan que el pasado jamás ha sido ejecutado en algún paredón. No podría confirmarlo, no me atrevería, pero el Jonah', también llamado Jonathan Ortega Peñalver, tal vez (quizás) vivó como pocos. A conciencia de que un día había que irse a penar a otro lado, a otra esquina, a otro bar… Que más decir, pues, de un hombre cuyas últimas palabras, se rumora, fueron las siguientes: “El corazón siempre será pequeño comparado con las dunas que han de ir demarcando la ribera de nuestro perfil, amigos míos. Así que a mi, tan sólo dejadme descansar. Es obvio que algunos partiremos sin siquiera poder asumir el rol de un espejismo.”

viernes, 18 de noviembre de 2011

SUBMARINO. Las Series, Vol. 4

SUBMARINO. Las Series, Vol. 4

Lo siento, es sólo que en ocasiones me recuerdan más por el aliento que por el retrato.

A. Güiris V.

…A nadie le sorprenderá, entonces, que Raúl bebiera en otros bares. Solía decir Carmelo que un ser humano debe ser cliente y patrón para sentirse plenamente lleno, íntegro, leal. Por su parte, Lalo, estimada mano derecha de Raúl, afirmaba que un cantinero tenía el total derecho a ser asiduo a otros linajes, oler otro tipo de rincones y encontrarse al día siguiente con las manos vacías de la misma forma en que se había deleitado ganándose los centavos; ocupando profusamente las responsabilidades de la apasionante ironía de la vida (aunque si mal no recuerdo, esta última parte la mencionaba mas bien como: “partiéndose uno el lomo como burro mientras la vida nos escupe las agallas con sus pinches risas”)… Al final de cuentas, rezaba Mauro cuando nos seguía sombríamente el juego, todo era tan sólo una cuestión de enfoques: “Justo como la espiritualidad de un sacerdote que se fortalece los fines de semana inequívoca y equitativamente al arrebato de fe de sus parroquianos.” Repito, a nadie debe sorprenderle que Raúl fuera adepto a otras tabernas; era y continua siendo normal el encontrar a tu cantinero predilecto en busca de sus retiros el mismo día en que el mundo recopila las pujanzas y los retos. Recuerdo uno en especial al que asistía consecuentemente en las madrugadas. Su inercia era tan legendaria como el horario irregularmente precoz; los recién llegados a la capital siempre asistían a primeras instancias de la noche creyéndole encontrar abierto, para finalmente optar –a razones ocultas del ser que yo jamás he concebido– por retornar con alborozada sintonía junto al canto de los gallos y experimentar ciegamente el amanecer. Estar ahí, me dicen, era como sumergirse profundamente dentro de una máquina del tiempo construida dentro de un reloj de arena: los minutos eran polvo que perneaban cansinamente las comisuras de la manta y la mezclilla, la barra un oasis que en vez de ilusionar secaba las almas de los hombres que se atrevían a cruzar, y en la degustación de los “vinos”, ¡bueno!, digamos que siempre te quedabas con cierto sabor a recebo en el paladar.

Juan Ernesto Gómez, al que malamente vociferábamos como Godinez cuando el alcohol nos hacía su presa, fue una especie de sociólogo que Raúl conoció (o reconoció), allí y que al cabo de unos cuantos meses dragó su propia tumba al intentar hacer un estudio dentro de nuestros aposentos, cuyos resultados fueron los siguientes: un enojo, una deuda y una loca trasnochada con Carmelina, el travesti de casa que llevaba el sello del albergue justo en medio de sus pantaletas. A él jamás lo volvimos a ver, a ella tal vez... Algunos dicen que murió de cáncer en cierto territorio foráneo –otra cantina–, unos más que su alejamiento fue a causa de la vergüenza (o la venganza, pude haber oído mal)… o tal vez, y quizás el amor. Y es que de esa pasión, como bien solía decir Frankie, sólo se puede expresar su sensación de olvido: “Algunos, estimado amigo mío, como Eva, o como tu, gustan del cariño para relegar la anterior pesadilla de pareja que tuvieron; los sinsabores de su tacto, las quemaduras de humo en que se fueron convirtiendo sus labios, la dirección errónea de sus venas cual mapa sin tesoro, las pistas cenitales de su abatida respiración, e inclusive, la amarga sensación del sudor que emanaba de su pecho en un día de común frío. Otros, en cambio, como yo y todos los que aquí asistimos, simple y llanamente nos olvidamos del trabajo, los hijos, el dinero, el orgullo y la mortandad”.

En el Submarino, pues, todos éramos parte de un núcleo ocasional que se encontraba muy de vez en cuando en otro sitio para refrescar memorias, nociones y sentimientos. Si mal no me equivoco, Carmelo solía afirmar que toda familia perdía su encanto el mismo día en que te hacías consciente de que era para siempre. Pero eso, créanme, en realidad no era tan negativo como el flujo del tiempo en si, y es que todos, o la gran mayoría al menos, no soñábamos con un futuro sino que anhelábamos envejecer en el pasado. Gente como Eva y potencialmente Estefanía, en un libro de antaño o bien una de las originales imprentas. Gente como Frankie o como Mike, posiblemente en una cartuchera de los años 20s. Gente como Mauro o Marcos, sin duda alguna en una pieza virgen de mármol griego. Otros, como Pedro el Cazador o el Ballenas, seguramente en una escopeta del siglo 19… Y Susie, gente como Susie, bueno… en gente como Susie pero 10 años más verde… Supongo que muchos se habrán sentido decepcionados cuando, al igual que los recién llegados a la ciudad, se encontraron por fin con las puertas cerradas del lugar… Más aún cuando al regresar, acompañados ya del canto de los gallos, la hallaron en exacta posición dentro de la penumbra en que se había ido convirtiendo nuestra antigüedad.

“No hay a quien no le llegue su hora”, decía Carmelo cuando te mostraba la puerta abierta con una enorme sonrisa y las sanas intenciones de desearte unas buenas noches que nunca terminaban por concretarse… No lo sé, quizá tenía razón, quizá tan sólo asumía las ganas de sortear la fortuna de los hombres que se acuestan temprano para despertarse con la vida echada al borde de la cama. ¿Quién puede saberlo? El caso aquí, tal vez, es como alguna vez escribió Kasuo al cierre de unas de sus aburridas columnas de la edición vespertina dominical: “Cada quien es responsable de ir forjando su camino, sabiendo exactamente donde acomodar los clavos para aquellos que intenten seguirnos nuestros pasos. Y es que uno, en realidad, nunca sabe cuando hay que retornar.”

viernes, 4 de noviembre de 2011

SUBMARINO. Las Series, Vol. 3


SUBMARINO. Las Series, Vol. 3

No creas que es algo muy importante, simplemente es algo que me hubiera gustado hacer cuando muriera.
A. Güiris V.



En el submarino los días de calor no pasaban desapercibidos por la cotidianidad. Creíamos que nadie se emborracharía por el hecho de refrescar nuestras sedientas corazas ante el enfático ataque del sol, pero todos terminábamos por dejar la comida en la cesta del sanitario al advenimiento del consecuente día como bien figuraba Mauro, nuestro poeta maldito loca "en tributo a nuestras cenas familiares de la infancia". 

En el bar, pues, nunca se hablaba de la familia; de los padres, de las madres, de los hijos (si acaso se tenían, o se querían aceptar), así como de las edades. Eran simplemente temas que no tenían cabida como la política, los gustos personales o la religión no la tienen en cualquier sitio donde se quiera contar con buena salud; esa venenosa particularidad del bienestar como también solía llamarle Mauro, y que en nuestro caso nunca fue una razón de suficiente peso cuando alguien fallecía y nos enterábamos más tarde de su padecimiento. No, no era un argumento de relevancia para impedirle a la costumbre revelarse como lo que es, cosa de todo los días, sino tan sólo un asunto regional que cada uno debía aprender a restarle la importancia necesaria. Solía decir Carmelo, el fastuoso portero del lugar, que la vejez no te llegaba sino hasta que el médico te persignaba en vez de prevenirte, te tomaba el vaso en vez del pulso y te abría los ojos para saber si aún gesticulabas. El azar, ese mentado vals de suspenso, formaba tan importante parte del lugar como el reverso a la cartas en una partida de gángsters. Y es que sin este, el mundo que galante y gustosamente habitábamos abotonándolo con polvo y niebla de etanol, habría estado desnudo de repruebo. Bien lo apuntalaba quejosamente José, el malencarado, malhablado y despreocupado trabajador social que siempre nos venía a contar los problemas más penosos y quejosos de la gente cuando se encontraba ebrio: “La vida es esa perra que no deja de ladrarte cuando quieres escaparte de tu suerte.”

Ejemplos, pues, sobraban para clasificar y denotar nuestras bajezas: cierta madrugada –lo recuerdo casi como si estuviera a punto de suceder– Pedro el Cazador le apostó a Kasuo que tan sólo con permanecer 15 minutos en el sanitario de hombres, podría salir diciendo quien era el responsable de haber ingerido que alimento ya cedido ante el mosaico amarillo que gobernó perennemente el soso tono del mingitorio durante los primeros siete años de vida del lugar. A lo que Kasuo, ostentoso de la realidad como solían ser la mayoría de los periodistas constantes al lugar, respondió con alto grado de jactancia al asegurar que incluso con cinco minutos menos, obtendría no sólo los mismos resultados, sino también el poder, y el placer, de indicar la hora en que fueron ingeridos. Frankie y yo, que habíamos llegado tarde en dicha ocasión por asistir a un funeral, fuimos los elegidos para juzgar las acciones, pero en realidad poco nos duro el gusto. Posterior a los alegatos iniciales –cervezas y rones de por medio– las conclusiones llegaron por si solas en un acto de apreciada justicia y exaltada armonía de devoción y cariño al re-conocer, ellos mismos, sus propios alimentos en el lavamanos del baño de mujeres.

La memoria era un refrigerador, todos queríamos congelar nuestros recuerdos el tiempo necesario para no quemarlos. Y es que si fuera así, “sabrían amargos”, comentó solemnemente Eva en aquella ocasión en que abrimos el cajón de nuestras ideas menos mundanas, mientras los tequilas mantenían nuestras nociones a flote. “Todo mundo, ¡todo mundo!” –aporté entonces– “necesita un madero para salir a flote, y lo más cercano aquí a ello es la barra”. Aunque pensándolo bien, reflexioné de igual manera al tiempo que soltaba el argumento, lo mismo podía ser ese soporte como también el pedazo de tablón que usaban los marinos para enviar un polizón a navegar. La barra, en si,era una etapa floreadamente dominguera –como presumiblemente aderezaba Raúl en las quincenas– donde en vez de apostarse los ligues y el honor, se desafiaba mejor la resistencia. Era de todos sabido, y conocido, que lo que caía en las manos de sus aposentos era transformado en restos de un tesoro ya vejado. El bar, entonces, podía ser visto como una especie de cofre abandonado en una isla desierta en la que todos sus tesoros se encontraban ya resguardados en algún museo de clase mundial. Lo dirimido, obviamente, se encontraba aún allí, abandonado por falta de valor o nulidad. Si bien insistías, como muchos al dejarse llevar por el brillo del latón en sus primeras veces de visita, e intentabas dar con aquello que jamás se había encontrado, tan sólo te hubieras hallado cansado de contar arena, inundando tus labios lentamente de sabor a mar.

…A la vida se le tenía respeto, a la muerte se le justificaba con un poco de resabio a caña, y a la salud se le negaba dándole la espalda. Eran las experiencias cosa de todos los días; anclas de los vicios otorgados por un innombrable ardor que provenía del inframundo. Bien decía Carmelo que era el calor lo que nos acercaba al infierno. Y quien, si no él, debía ser el curador de nuestro delirio. “A ver muchachos”, nos retaba constantemente, “¿quién conoce a alguien que no le gusta pecar? Quién chingada-madre conoce a alguien que prefiera gastarse las ganas con un cubo de hielo? Mírenme, mírenme a mi –aquí– cuidándoles diariamente las cenizas de la espalda…” Mauro, que solía jactarse de las resolutivas del buen guardafangos (como solía designarle Raúl al puesto de Carmelo), alguna vez lo definió como “una de las uñas más largas de Cancerbero.” Y es que ante todo, fue nuestra siempre honrada alarma –y garra– cuando una exuberante mujer se acercaba... Quien halla alguna vez visitado el bar, sabrá que bastaba tan sólo un par de piernas enfundadas en una falda cruzando el umbral de las ventanas, para que el milagro de la resurrección se revelará ante las cajas torácicas de la asidua clientela por medio de un suspiro que exhalaba tanto esperanzas falsas de una vida mejor, como un exacerbado olor a azufre.

El verano, sí, el verano, siempre fue una etapa que todos disfrutamos, aunque la mayoría lo negaba o simplemente lo ignoraba. Solía decir Raúl que era esa la mejor etapa del año para un cantinero. Y es que, si nos ponemos a pensar un poco en sus alegatos, en efecto el año se ha partido en dos y todo el mudo exige inconscientemente cierta venganza de lo aún no acontecido y esperado. No es la navidad, con sus atmósferas de ilusión y de esperanza embarnecidas con el rubor que pinta el frío y adornan los colores, no. No era una etapa familiar sino secularmente franca de amigos y calores carnales. Eran los días de calor, pues, claramente donde el beber era en realidad cosa de todos los días… En cierta ocasión de entusiasmo, Mauro, nuestro aterrizado poeta de casa, dijo que todos los asiduos al lugar eran como hielos. Se deshacían en la barra justo como las promesas de la perennidad en los albores de la humanidad, dejando tras de si un incontable número de difuntos.

viernes, 21 de octubre de 2011

SUBMARINO. La Serie, Vol. 2


SUBMARINO. La Serie, Vol. 2

Avísame cuando hayas de morir. No quisiera, en esa ocasión, ganarte la partida.
A. Güiris V.

Por ejemplo… el pequeño, tímido y virginal Job siempre se sentía nauseabundamente atraído por los folclóricos zapatos de Jacobo. Jacobo & Job, (Job & Jacobo), aquellas estatuas de polvo y sal a las que pocos se atrevían siquiera lejanamentea saludar, y cuyo sitio se encontraba siempre en la zona más oscura del lugar –la esquina septentrional, como le decía Mauricio cuando aún no hallaba las sombras del mezcal en las tapas de solvente que compraba antes de iniciar una más de sus “orgánicas” pinturas. Aquellas casi míticas siluetas de nostalgia que quedaron retratadas por la lente de Paulina en un otoño cualquiera y cuya impresión vagó y divagó por todos los rincones del sitio hasta que encontró su idónea ubicación detrás del espejo de la barra, donde se decía –a secretas voces– se encontraba un viejo mapa que rezaba las verdaderas razones del amor.

A Eva, en alguna ocasión, le germinaron unas incansables ganas de acariciarles de los hombros, pero hacerlo, nos dijo en otro momento de amansada cavilación, hubiera sido como quedarse en las comisuras con la sangre que le escurre al campeón de los pesos pesados después de la más cruenta pelea de box; no sabes en realidad de la de quien se trata. Así que, cual cinturón de campeonato recién curtido, se enamoró de ellos –primero de uno y luego del otro–engañando así, imaginariamente, a su novio, Marcos, profesor decano de la facultad de música y ejecutante de tuba en la orquesta sinfónica, que se refería a ellos con su vieja, conocida y repetida –hasta el cansancio– fabula del violín viejo: “Si un violín acaso tiene más polvo que música, estimados compañeros, los extremos de sus razones siempre han de ser evocativos. Bien puede que se trate de un objeto históricamente invaluable, claro, pero si lo pensamos bien y le damos la vuelta a la moneda de la desdicha, puede que retrate una extraordinaria función de ornamento y decoración”. Raúl, que solía hacerle caso más por respeto a su mal gusto que por sus canas, optó por su teoría y en ocasiones les mandaba un par de cervezas a cuenta de la casa.

Joder tío, dijo Frankie en la semana que le estuvo de moda la madre patria; ocasión en que se me encargó insistentemente la tarea de llevarles un par de mojitos gratis, si estos chavales tuvieran al menos un poco de valor y de conciencia, harían prontamente una fortuna como espectáculo de circo. Piénsalo bien, me dijo casi litúrgicamente, si a ese Job le marcáramos un poco más la venas y el labio leporino y al tal Jacobo le alargáramos unos centímetros más las patas, tendríamos a un par de personajes de los que la gente pagaría una buena cantidad de perras. Puedo jurarlo. Créeme tío, yo sé de lo que habló. Recuerda aquel viejo refrán: “Hasta de una sabana puede salir una gran carpa.”

Testarudamente, Francisco Arreola González, el “Pancho”, otrora mesero del lugar, los buscaba diariamente en las paginas centrales de la nota roja con un enervante ímpetu. Apalabraba su honor al hecho de que algún día habría de encontrarlos allí, atrapados infraganti en una de sus fechorías. Lo hacía principalmente para compensar aquella ocasión en que le detuvo la policía por orinar en la vía pública cerca de una casa de citas y fue inmortalizado en el obituario de la decencia, a un costado de los masajes. Pero su misterio no quedaba allí, en el propenso alejamiento a los problemas a citar, no. Ampliamente rebasaban el empacho y el candor, dando paso a la inercia y dejadez como lo descubrió en cierta tarde Darío, el considerado cocinero del Submarino, cuando instó por preguntarles sus aficiones y obtuvo por respuesta que le pidieran la cuenta. Nadie en realidad lograba dar con el nexo que nos hacía saber sus verdaderos nombres.

En realidad eran recónditos, viajeros de otro tiempo: el futuro, no podía ser de otra forma. Solía decir Mauricio que nunca había tenido tanta certeza de que lo mejor de la vida siempre es lo que se ha ido quedando y no lo que está por venir. No podían ser divisiblemente pretéritos, no, su olor era demasiado moderno… Turbiamente, el color de su piel, así como su vida misma –y todo lo que les rodeaba– era igualmente material de un inagotable debate en las horas de hastío en el bar. Algunos, como Kasuo y Mike, los perneaban de una tonalidad rosácea, alrededor de los 34 y con un oficio de construcción estéril. Otros, como José y El Ballenas, los miraban de diferente color; un tanto más sesgado hacía el morado, de unos 27 y sin labor afianzada. Raúl y yo, que optamos siempre por no opinar, coincidíamos que cuando se avecinaba la madrugada, bien podrían formar parte del elenco secundario de una película de la época de oro del cine mexicano.

Eran quietos, callados y eminentes como lo ha de ser un blasón hecho de plomo el día de su debelación; la jornada en que hasta las palomas le respetan. De tan monótono sigilo que uno no podía hacer otra cosa que hablar, rezar y amar por ellos. No es que no tuvieran corazón, era únicamente que la vida les había cobrado sin descuento el estreno de su alma. Bien decía Kasuo que a ese tipo de personas hay que recordarles con magra sorpresa, como si 15 minutos atrás te hubieras enterado de su deceso. Simple y llanamente hay algo que no cuadra en el universo.