Un poco distante, relajante e iraciblemente coqueto. Un acercamiento nada vital a la experencia propia de mis memorias (a corto y a largo plazo). Escritos, fotos y una que otra sorpresa.
Replicantes.
España, 2009.
Sunset Boulevard
España, 2009.
El que Busca Encuentra
miércoles, 27 de noviembre de 2013
SUBMARINO. Las Series, Vol. 8
martes, 16 de octubre de 2012
Promo: 7mo Aniversario El Submarino
jueves, 4 de octubre de 2012
SUBMARINO. Las Series, Vol. 7
miércoles, 7 de marzo de 2012
SUBMARINO. Las Series, Vol. 6
viernes, 16 de diciembre de 2011
SUBMARINO. Las Series, Vol. 5
SUBMARINO. Las Series, Vol. 5
Entonces llega ese fatídico momento en que te percatas que la muerte y el destino nos son factores que alteren seriamente el semblante de un infarto.
A. Güiris V.
No me atrevería jamás a suponer como fue que la vida de Jonathan Ortega Peñalver se fue forjando con los años. Al fin de cuentas no era más que una de esas personas a las que fácilmente se les puede llegar a imaginar tanto en la cima de la riqueza como en la base de la indigencia. De ese tipo de gente a la que la buena fortuna le sienta tan bien como los harapos de cualquier asunto callejero. Esa clase de individuo, pues, que nace recurrentemente a mediados de año para madurar y sobajar la distinción de la abundancia; junto a la total prepotencia que todo ello conlleva, o bien dotar con un poco de elegancia el breve viso de la pobreza. Era extraño, “casi insólito”, como solía describirle Frankie; no anhelaba dinero, joyas, mujeres o días seculares de descanso. Simple y llanamente gustaba de sentarse en la barra a ver como el tiempo desgastaba el frió de su cerveza mientras los años le pasaban brizando por la espalda.
Recuerdo mansamente los dos únicos días que laboró en las inmediaciones del Submarino, gustaba de servirte con ambas manos los mojitos y limpiar los bordes de los vasos con empeño. Era un tipo sumamente peculiar, con tal inocente objetivo de vida que para la absoluta mayoría era en realidad un indiscutible ridículo. En aquellas jornadas, lo evocó tan humanamente como me ha dejado en los últimos años este cáncer de recuerdos, tantas cosas se fueron suscitando que la memoria no tuvo más remedio que anegarse sobradamente de momentos para rellenar las descomunales noches de habitual hastío. Y no es por menospreciar en cierta parte la “realidad”, o los bellos convivios con los colegas adictos, no. Tan sólo digamos que los instantes que se forjaron en aquellas horas de cotidiano quehacer, fueron tan profundos que cómodamente se inscribieron en nuestras escuelas de hurto nacional sin pagar la colegiatura. Es decir, en muy contadas ocasiones habríamos de encontrar las claves para abrir la bóveda sin golpear el candado del ahorro. Es más, se podría llegar a decir que el anecdotario mismo contaba ya con su propio código postal. Basurto, el bendito hombre que conducía nuestros destinos detrás del volante del camión de las cervezas, lo aseguraba. Y si bien nos sinceramos un poco. Si bien no ponemos cautelosamente serios. No había autoridad mayor con respecto a la orientación y el destino de los hombres pasado el medio día.
Quizá, y esto lo digo con la total sinceridad que cubre el polvo presente de los relatos pretéritos, el verdadero legado del Jonah', como solíamos nombrarle a nuestro ocasional dictador, delegado y sustituto de borrachos familiares, nuncios, laicos y temporales, haya sido el de pasar desapercibido. Ya decía Carmelo que en el mundo sólo podían existir dos tipos de personas importantes (aunque quizá intentó decir relevantes): los que nacen para ser pendejos y los que crecen para ser fantasmas. Los primeros, según su enfrascada teoría de tradicional cosecha familiar, te asustaban por su falta de cordura, mientras los segundos intimidaban a cualquiera con aquellos momentos que se creían haber dejado atrás. Según él, no podía existir una combinación de ambos. Y es que de ser así –aseguraba– al fantasma rápidamente le empezarías a notar los píes por debajo de las enaguas de la hipoteca. La hipoteca. Si mal no recuerdo, esa fue la palabra más compleja que le oí decir jamás. Pero era exactamente ese el efecto que tenía Jonathan Ortega Peñalver en varios de nosotros, aunque no sepa a bien definirlo o me sea imposible entender como es que aún pueda recitar su nombre enteramente sin dificultad. Supongo que Marcos, casual amante de Eva y músico temporal de la orquesta popular “Reynaldo Mancera”, tuvo razón aquella ocasión en que logró concebir que el amor –finalmente– se le había esfumado de la misma manera en que su puro jamás habría obtenido la certificación para cualquier tipo de filtro: “No es que alguien no sepa lo que tiene hasta que lo ve perdido, apreciados camaradas, es sólo que estando perdido te percatas que no tienes nada a que aferrarte alrededor.”
Jamás, y repito, ¡jamás!, me atrevería a forjar la más minima idea de cómo sus años se fueron cortejando –pausada e intrigantemente– con la vida hasta su deceso; acaecido hace unos cuantos meses. Acaso unos cuantos días. Pero a estas alturas, seamos francos, nadie se sorprenderá de saber que ocasionalmente los rumores se adelantan al cristal con que se envicia el trayecto del disimulo, ¿o sí?... En fin, lo recuerdo vagamente, justo como a aquellas personas que al intentar contarles un chiste, mejor le citas un pasaje de la Biblia… En realidad le traté poco, saludándole un par de ocasiones. Sus manos eran pulcras, tersas, finas, como lijadas con el lomo de algún tomo de cierta enciclopedia descontinuada por los plazos. Y si mal no cruzó aquí las ideas, era Eva la que solía decir que los días eran tan recurrentemente naturales y necesarios como los moscos al aire de verano. Había, pues, que perseguirlos con ira y arrebato hasta enmudecerlos de golpe en medio de un charco de sangre para así poder, cansina e irónicamente, descansar en paz. En realidad, no sé que sentimiento me debería nacer. ¡Pobre del Jonah'!, me gustaría decir, pero quizá haya sido lo mejor para él y los suyos. Era un tipo turbiamente universal. Tan extranjero que casi puedo asegurar que en las aduanas le exigían la credencial para votar.
“¿Qué otra cosa se puede exigir?, ¿qué otra cosa?, compañeros...” recitaba prevenidamente con un brindis Mauro, nuestro improvisado beatnik de cantina nacional, cada que uno de los nuestros alcanzaba la gloriosa oportunidad de emprender ese perenne éxodo mayormente conocido como el descanso eterno, “…si la perplejidad del tiempo no se mide mediante la enrevesada complicación de las almas vivas, sino en razón de evocar las buenas acciones de todos aquellos que siempre nos dejan la comida en la mesa el día de muertos…” Claro está, que ante tan lúgubres y anímicos temas, Kasuo, el flagrante periodista de la casa, no podía permanecer callado. Al respecto, nuestro rebosante y engreído hijo de nipones, siempre expresó que el miedo a morir no era tan efectivo como el temor a saber que algunos de nosotros continuáramos vivos después suyo. Supongo que con el tiempo, y las despedidas de los últimos años, la vida le ha ido cobrando el peaje de sus lagrimas atenuándole el pelo con el preciso tono del material con que fabrican la primera plana.
Es ahora, quizá, que lo conmemoró mejor, que la mente está más clara por los años, que en realidad no recuerdo haberlo visto muchas veces de la mano de una dama. Pero en fin, ya todos sabemos que hay gente que vive como si no hubiera mañana, mientras otros disimulan que el pasado jamás ha sido ejecutado en algún paredón. No podría confirmarlo, no me atrevería, pero el Jonah', también llamado Jonathan Ortega Peñalver, tal vez (quizás) vivó como pocos. A conciencia de que un día había que irse a penar a otro lado, a otra esquina, a otro bar… Que más decir, pues, de un hombre cuyas últimas palabras, se rumora, fueron las siguientes: “El corazón siempre será pequeño comparado con las dunas que han de ir demarcando la ribera de nuestro perfil, amigos míos. Así que a mi, tan sólo dejadme descansar. Es obvio que algunos partiremos sin siquiera poder asumir el rol de un espejismo.”
viernes, 18 de noviembre de 2011
SUBMARINO. Las Series, Vol. 4
SUBMARINO. Las Series, Vol. 4
Lo siento, es sólo que en ocasiones me recuerdan más por el aliento que por el retrato.
A. Güiris V.
…A nadie le sorprenderá, entonces, que Raúl bebiera en otros bares. Solía decir Carmelo que un ser humano debe ser cliente y patrón para sentirse plenamente lleno, íntegro, leal. Por su parte, Lalo, estimada mano derecha de Raúl, afirmaba que un cantinero tenía el total derecho a ser asiduo a otros linajes, oler otro tipo de rincones y encontrarse al día siguiente con las manos vacías de la misma forma en que se había deleitado ganándose los centavos; ocupando profusamente las responsabilidades de la apasionante ironía de la vida (aunque si mal no recuerdo, esta última parte la mencionaba mas bien como: “partiéndose uno el lomo como burro mientras la vida nos escupe las agallas con sus pinches risas”)… Al final de cuentas, rezaba Mauro cuando nos seguía sombríamente el juego, todo era tan sólo una cuestión de enfoques: “Justo como la espiritualidad de un sacerdote que se fortalece los fines de semana inequívoca y equitativamente al arrebato de fe de sus parroquianos.” Repito, a nadie debe sorprenderle que Raúl fuera adepto a otras tabernas; era y continua siendo normal el encontrar a tu cantinero predilecto en busca de sus retiros el mismo día en que el mundo recopila las pujanzas y los retos. Recuerdo uno en especial al que asistía consecuentemente en las madrugadas. Su inercia era tan legendaria como el horario irregularmente precoz; los recién llegados a la capital siempre asistían a primeras instancias de la noche creyéndole encontrar abierto, para finalmente optar –a razones ocultas del ser que yo jamás he concebido– por retornar con alborozada sintonía junto al canto de los gallos y experimentar ciegamente el amanecer. Estar ahí, me dicen, era como sumergirse profundamente dentro de una máquina del tiempo construida dentro de un reloj de arena: los minutos eran polvo que perneaban cansinamente las comisuras de la manta y la mezclilla, la barra un oasis que en vez de ilusionar secaba las almas de los hombres que se atrevían a cruzar, y en la degustación de los “vinos”, ¡bueno!, digamos que siempre te quedabas con cierto sabor a recebo en el paladar.
Juan Ernesto Gómez, al que malamente vociferábamos como Godinez cuando el alcohol nos hacía su presa, fue una especie de sociólogo que Raúl conoció (o reconoció), allí y que al cabo de unos cuantos meses dragó su propia tumba al intentar hacer un estudio dentro de nuestros aposentos, cuyos resultados fueron los siguientes: un enojo, una deuda y una loca trasnochada con Carmelina, el travesti de casa que llevaba el sello del albergue justo en medio de sus pantaletas. A él jamás lo volvimos a ver, a ella tal vez... Algunos dicen que murió de cáncer en cierto territorio foráneo –otra cantina–, unos más que su alejamiento fue a causa de la vergüenza (o la venganza, pude haber oído mal)… o tal vez, y quizás el amor. Y es que de esa pasión, como bien solía decir Frankie, sólo se puede expresar su sensación de olvido: “Algunos, estimado amigo mío, como Eva, o como tu, gustan del cariño para relegar la anterior pesadilla de pareja que tuvieron; los sinsabores de su tacto, las quemaduras de humo en que se fueron convirtiendo sus labios, la dirección errónea de sus venas cual mapa sin tesoro, las pistas cenitales de su abatida respiración, e inclusive, la amarga sensación del sudor que emanaba de su pecho en un día de común frío. Otros, en cambio, como yo y todos los que aquí asistimos, simple y llanamente nos olvidamos del trabajo, los hijos, el dinero, el orgullo y la mortandad”.
En el Submarino, pues, todos éramos parte de un núcleo ocasional que se encontraba muy de vez en cuando en otro sitio para refrescar memorias, nociones y sentimientos. Si mal no me equivoco, Carmelo solía afirmar que toda familia perdía su encanto el mismo día en que te hacías consciente de que era para siempre. Pero eso, créanme, en realidad no era tan negativo como el flujo del tiempo en si, y es que todos, o la gran mayoría al menos, no soñábamos con un futuro sino que anhelábamos envejecer en el pasado. Gente como Eva y potencialmente Estefanía, en un libro de antaño o bien una de las originales imprentas. Gente como Frankie o como Mike, posiblemente en una cartuchera de los años 20s. Gente como Mauro o Marcos, sin duda alguna en una pieza virgen de mármol griego. Otros, como Pedro el Cazador o el Ballenas, seguramente en una escopeta del siglo 19… Y Susie, gente como Susie, bueno… en gente como Susie pero 10 años más verde… Supongo que muchos se habrán sentido decepcionados cuando, al igual que los recién llegados a la ciudad, se encontraron por fin con las puertas cerradas del lugar… Más aún cuando al regresar, acompañados ya del canto de los gallos, la hallaron en exacta posición dentro de la penumbra en que se había ido convirtiendo nuestra antigüedad.
“No hay a quien no le llegue su hora”, decía Carmelo cuando te mostraba la puerta abierta con una enorme sonrisa y las sanas intenciones de desearte unas buenas noches que nunca terminaban por concretarse… No lo sé, quizá tenía razón, quizá tan sólo asumía las ganas de sortear la fortuna de los hombres que se acuestan temprano para despertarse con la vida echada al borde de la cama. ¿Quién puede saberlo? El caso aquí, tal vez, es como alguna vez escribió Kasuo al cierre de unas de sus aburridas columnas de la edición vespertina dominical: “Cada quien es responsable de ir forjando su camino, sabiendo exactamente donde acomodar los clavos para aquellos que intenten seguirnos nuestros pasos. Y es que uno, en realidad, nunca sabe cuando hay que retornar.”
viernes, 4 de noviembre de 2011
SUBMARINO. Las Series, Vol. 3
viernes, 21 de octubre de 2011
SUBMARINO. La Serie, Vol. 2
A Eva, en alguna ocasión, le germinaron unas incansables ganas de acariciarles de los hombros, pero hacerlo, nos dijo en otro momento de amansada cavilación, hubiera sido como quedarse en las comisuras con la sangre que le escurre al campeón de los pesos pesados después de la más cruenta pelea de box; no sabes en realidad de la de quien se trata. Así que, cual cinturón de campeonato recién curtido, se enamoró de ellos –primero de uno y luego del otro–engañando así, imaginariamente, a su novio, Marcos, profesor decano de la facultad de música y ejecutante de tuba en la orquesta sinfónica, que se refería a ellos con su vieja, conocida y repetida –hasta el cansancio– fabula del violín viejo: “Si un violín acaso tiene más polvo que música, estimados compañeros, los extremos de sus razones siempre han de ser evocativos. Bien puede que se trate de un objeto históricamente invaluable, claro, pero si lo pensamos bien y le damos la vuelta a la moneda de la desdicha, puede que retrate una extraordinaria función de ornamento y decoración”. Raúl, que solía hacerle caso más por respeto a su mal gusto que por sus canas, optó por su teoría y en ocasiones les mandaba un par de cervezas a cuenta de la casa.
Yo & El Cine
Cortinilla from A. Güiris V. on Vimeo.
Dos Días En Noviembre from A. Güiris V. on Vimeo.
Trailer "Los Buenos Borrachos (La Máquina Del Tiempo)" from A. Güiris V. on Vimeo.
Rave No. 1 from A. Güiris V. on Vimeo.
Boletazo En Los Mojos from A. Güiris V. on Vimeo.
Sobre la Luna en pleno Día.... from A. Güiris V. on Vimeo.
Vampirito from A. Güiris V. on Vimeo.
Rave No.2 from A. Güiris V. on Vimeo.
Ocio from A. Güiris V. on Vimeo.
Mario Cuellar - Paris from A. Güiris V. on Vimeo.