Replicantes.

Replicantes.
España, 2009.

Sunset Boulevard

Sunset Boulevard
España, 2009.

El que Busca Encuentra

viernes, 8 de abril de 2011

Una Pequeña Historia de Amor

Vía Libre.


Una Pequeña Historia de Amor.

A. Güiris V.

La verdad es que Rodrigo y Helena si tuvieron sus pequeños “enceres”. ¡¿Para qué negarlo?! Justo sería decirlo y no dejar que se desvanezca el amor y la ilusión que florece siempre en las caries del “Rodri” cuando se lava la boca en las mañanas de resaca. Por ejemplo, ¡y como principal símbolo de su unidad!, tienen esa foto donde aparecen casi juntos –a 5 cuerpos de distancia– en la 8va reunión de la nada apremiante generación 1986 – 1990 a la cual asistimos todos. La única a la que ha de asistir él (pues ha prometido ya no volver), curiosamente la única a la que ha asistido ella; anunciando su presencia con “bombo y platillo” con varios meses de antelación pues ya no vivía en el país cuando ésta se llevo a cabo. Guarda también –y con mucho recelo– ese amuleto en forma de moneda de diez pesos que su prometido le dejó como propina cuando fueron a tomar un par de cervezas al bar donde trabajó como mesero dos años, “Salón Lexico”, así como la anécdota, cuasi novela de aventuras, de cuando se los topó en la calle aquella misma tarde y lo saludaron, ¡le dio la mano!, y los invitó sin esperanza de que en realidad fueran a asistir. Tiene la imagen, en la pupila, en el iris, en la cornea (y aún jura que si lo miras detenidamente la puedes llegar incluso a describir) de cuando entraron por la puerta. Primero él, ¡bah!, no importa, un tipo cualesquiera (bofo y con corazón de marca) y detrás ella, ¡sí!, con ese vestido blanco con el que la ha soñado la mayor de las veces. Con el que practica su vals imaginario… Tiene el mismo sudor de ese día en las manos cuando se enfrenta al atardecer, tiene aún el temblor en las rodillas y las cenizas de los nervios acaecidos. Tiene la exacta versión (doble de lujo) de aquel disco, aún en su forro original, de Chet Baker que compró después de encontrársela con sus amigas en la tienda de discos y oírle decir que sería un bello regalo, una buena seña de que en realidad la conocían. Tiene la discografía completa de Baker bajó el colchón. Tiene una caja cerrada con el perfume que usaba nocturnamente los sábados, la casi notoria sensación de su olor en la mañana siguiente y una descripción detallada de su mascota escrita sobre una servilleta de papel. Tiene el recuerdo, sí, y la promesa de un café, de la broma malgastada que terminó en esperanza y sueño roto. Tiene aún la bondad de no usarla cuando sangra de la nariz en épocas de calor… Es más, aún se sienta en la banca del parque creyendo que ella lo cruzará entre las tres y cuarto y las cuatro y diez para llegar a su casa… Aún se imagina en las ramas de ese abeto, escondido, espiándola con binoculares y siendo ellos apenas unos niños inmersos en la década de los 50s: ella con crinolina y esas faldas bombachas, él –en su intento de ser un tanto más “macho”– con su camiseta blanca, su chamarra negra de cuero y sus gafas oscuras. Incluso aún se ríe al verse caer de aquel árbol enfrente de ella. Aún suspira al casi tocar su pelo mientras ella le cura las heridas después de llevarlo a su casa en la misma fantasía… Aún le lleva serenata, la más bella de todas, mientras se baña. Aún suele creer tener buena voz bajo el manto de la regadera. Aún conserva, sí, esa fotografía donde aparecen casi juntos, sólo a 5 cuerpos de distancia, donde él claramente la mira a ella, y ella posa para el lente.

Sabe que cuenta con sus palabras, con sus vertidas letras en aquella carta anónima que supo, en sus tiempos, le gustó, le gustó mucho, mucho y mucho. Sabe que al menos la guardo en su cajón privado (ese lugar secreto, cual corazón, que tienen las mujeres para las cosas que no deberían ser de naturaleza material) por lo menos un par de años. Sabe que lo buscó, que lo buscó y sabe, a ciencia cierta (y cruda), que nunca lo encontró. Que si lo hizo, fue dentro de un mejor empaque, con diferente nombre y un aliento más fresco… Sabe que ambos lloraron con esa misma película y en esa misma escena, aquella donde Clint Eastwood se le aparece a Meryl Streep en medio de la lluvia. Sabe que conoce la letra de un par de canciones que a él le agradan y que con el tiempo se han convertido en su favoritas. Sabe que en algún momento de su vida, estando un poco ebria, dijo que él le caía bien. Sabe que lo dijo, de varias fuentes. Lo sabe. Es lo único que sabe, y lo que le ha hecho vivir viendo hacía adelante.

No es que uno quiera levantar falsos o mirar las cosas a modo, no, esa teoría no nos concierne del todo aquí. No somos del todo tan optimistas como parece. En realidad, no es que Rodrigo, ahí, tirado a mitad de la calle después de ser atropellado por un taxista se preocupe por la vida y la verdad. Sabe en realidad que él y la “hermosa” (como le gustaba describirla) de Helena tuvieron sus “enceres”, sus asuntos. Aún los recuerda, conserva, guarda y suspira. Sí, suspira mientras los paramédicos le dan la mala noticia, a pregunta expresa suya, de que seguirá vivo, que aún se debe mantener un par de años, acaso un poco más, solventando el grandioso y magnifico esfuerzo de imaginarse una vida a lado de ella. Aún la piensa, sí, la ama y la extraña. Lo ha dicho, se lo ha dicho al cielo mientras lo levantan con la camilla para darle un nuevo reposo. Lo ha dicho, claro, “tuvimos lo nuestro, tu y yo. Lo tuvimos, Helena.” Y entonces se ha dormido y se ha puesto a soñar gritando.

viernes, 1 de abril de 2011

Todos los Fines del Mundo

Vía libre.


Todos los Fines del Mundo.

A. Güiris V.

“Ha fluido la sangre incansablemente en mis venas, yo he fluido a veces con cansancio en las venas de la vida.”

Edmundo Valades.

El pequeño Jacobo dejó de tenerle miedo al fin del mundo a los 28 años. Y no es que ahora, a sus 35, se le pueda describir como un tipo valiente, no, algunos incluso le continúan considerando como noble con tal de ocultarle su frágil carácter. Siempre ha sido un buen tipo. A sus 7 años, por ejemplo, no podía imaginarse otra cosa más que las consecuencias de esa hecatombe final (no el hecho en si), y en su inocencia –perdida en la virginidad de los actos humanos– nunca le fue permitido formar parte del suceso. Se veía fuera de la humanidad, como un único sobreviviente en un mundo que simple y llanamente se había quedado vacío de un día para otro. Se imaginaba pues, bajando a desayunar, solo, con una fuerte aprehensión que le calaba su recién inaugurado corazón por extrañar en demasía a su familia; a su madre y su sazón, a su padre y las “luchitas”, sus hermanos (y los juegos) y sus peluches (y sus abrazos). A los 9, en cambio, cuando ya formaba parte de la palomilla de la cuadra y era ya un ente rebosante de aventuras diurnas (¡como olvidar la cueva y la casa embrujada!) y se atrevía ya a deducir el hecho –que constaba de grandes y cuantiosas explosiones por el cielo cual guerra estadounidense, cual televisión– aún continuaba mirándose como un sobreviviente. El sobreviviente. Le gustaba verse, entonces, surcando las más impresionantes aventuras en solitario, reconquistando el mundo, volviéndose viejo ante las cenizas de todo lo que alguna vez. A sus 15, como todo, las cosas habían cambiado; la complejidad se había perdido en el camino y tan sólo le quedaba en las entrañas –al hacerse presente el pensamiento de ese acto final– el temor universal de morir. Simplemente de morir. A los 19, habiendo ya servido a ciertos pecados de origen, lo único a lo que temía era a no vivir lo suficiente.

Para los 25, cuando la vida le debía de cambiar; venir a menos, como bien le había dicho Raúl, su mejor amigo de la universidad, Jacobo no sentía las deudas que a muchos de sus contemporáneos afligían, que a muchos de sus compañeros y amigos les dolían. Había sobrevivido ya a tres llamados del Armageddon y fuera o no fuera por eso, fuera o no fuera por los consejos de Raúl, Cristián, Osvaldo u otros de sus colegas, Jacobo se había dedicado a vivir en los últimos 5 años rápida y efusivamente. Tanto así que cuando, ¡una vez más!, la moda del Apocalipsis tocó a la sociedad, este se dedicó a mirar por encima de los hombros a todos los temerosos y les espantaba golpeándoles bajo los codos y dejándoles en la conciencia mezclas erróneas de profecías antiguas, mitológicas y modernas para que creyesen que este sí, este sí sería el verdadero final. A cualquier desastre natural, cualquier noticia de mala fe o acto que se supiese negativo, le ponía sentido histórico y de predicción. Le divertía la paranoia social. Le divertía el color del miedo. Le divertía el mundo y la vida, le gustaba sentirse vivo, vivo para seguir viviendo… Al llegar a los 28, como ya se sabe y he dicho, la catástrofe final era una jugarreta más de mala gana para él que algo que en realidad podía tomarse en cuenta. ¿La razón? Digamos que para esa edad, se quiera o no se quiera creer, ya la había conocido. La había tenido de frente. Frente a frente. No obstante, no sería hasta más tarde que la entendería.

La vida, pues, para él, siempre debió ser un simple recuerdo, un simple recuerdo/muro construido por ladrillos de momentos. Momentos mágicos, terribles, andantes y cansinos. La vida se debía de gastar, hasta el más mínimo detalle y sin ahorrarse nada de ella. Se debía de dejar exhausta bajo la vía, bajo las piedras y sin adeudos. Sin cobranzas. Para los 30, entonces, podemos decir que Jacobo había cumplido la primera parte de su proeza; dejarle al fin del mundo los restos de algo que ya había sido consumado en su mayoría. “Para que morir de viejo” se decía, “si se puede morir cansado.” Para esos 30, pues, Jacobo ya había besado a más de 20 mujeres, algunas de ellas de mala fama, había malgastado miles de pesos en revistas, discos, películas y vicios. Había caminado por 3 continentes; viajado, se había perdido y primeramente sentido el miedo de lo desconocido para después enfriarlo con el calor de la adrenalina del explorador. Se había creído todopoderoso y había caído. Había sido arqueólogo, científico, abogado y policía, también luchador. Se había dormido en el desierto y en los bosques. Había nadado en ríos, mares y lagunas. Había sido mordido y había enfermado; incluyendo esos tres días en que no pudo caminar. Se había recuperado. Había olido la tierra mojada al despertarse. Había pescado y había dejado libre a su presa. Había salvado y matado. Había visto los más bellos horizontes; en la sierra, sobre el aire y al límite del océano. Le había visto todos los colores al cielo: verde, morado, azul, rojo, naranja, negro, etc. Había corrido después de romper un vidrio, un alma, una nariz. Había soñado con volar, con leones, con casas y causas perdidas en medio de la selva. Había robado. Había sido un cobarde y un valiente, había ganado y había perdido. Había servido y había sido servido. Había trabajado en un bar como mesero, en una escuela como maestro, en un edificio como conserje, en un viñedo como esclavo. Había tenido su banda de rock donde había sido cantante y guitarrista. Había intentado con el pop secretamente. Había compuesto canciones que nadie jamás escuchó y algunas otras que gustaron a un par de personas. Había dejado sangre en un terreno de futbol americano, de soccer, de baseball y de basquet. Gustaba de ver el Jai Alai y el Golf, ¡les entendía! Había dejado restos de si en las cantinas más pueriles y las discotecas más galantes. Se había drogado, reído sin sentido por más de media hora con sus amigos más cercanos. Había fumado y tragado el humo de la vid hasta sentirse mareado. Se había emocionado hasta las lagrimas con una película, una actuación, una novela, un concierto. Se había quedado sin voz más de cien veces. Había saltado por pozas y cascadas. Sentido frío y calor. Se había roto una pierna y un brazo, quizá también un poco la razón. Había escalado, sepultado y asesinado en pensamientos profundos de ira. Había hecho el amor con más de una mujer en sueños. Y había deseado ser rico y había vivido días u horas como tal. Había cantado e intentado cantar; jamás olvidará cuando lo corrieron de aquella cantina y salió tambaleante y ebrio mientras iba intentando entonar por las calles esa canción tradicional irlandesa que habla de una rosa roja a pesar de estar en un clásico pueblo del bajío. Había visto la vida y la suposición del romance. Había amado.

Había amado, sí, y amado como lo dicta la vida; una vez nada más y sin pedir nada a cambio. Había sido rechazado, rechazado porque la vida era así para él, un muro de momentos que uno construye y no deconstruye. La había conocido de la manera más especial en que se puede ver a una mujer por primera vez; no entre un lecho de rosas, encima de una nube o dentro de la galantería de un sueño hecho realidad, no, sino como una parte más de la vida, de la realidad existente que uno quiere y desea inmediatamente sumar a sus años. Como resorte del alma, como calambre en el cuerpo, como espina en el corazón. Como realidad hecho sueño y con el ojo y el corazón tan abierto como el cielo en un día despejado y hermoso. La había visto y no soltado jamás, su corazón le había prometido jamás abandonarla; no hasta este día al menos que se cuenta hacía el final, no hasta la muerte, no hasta que el mundo termínase. No hasta ese día último, el último día. No hasta que se tuviera que rendir cuentas, donde él entonces hablaría de ella y el mundo hablaría de ellos. Y es que no ha habido día en que no piense en ella a pesar de todo… Había amado, sí, y amado como la vida nos permite; negando y aceptando. La había negado y la había aceptado. La había escuchado, la había soñado, la había olvidado (como ilusión) y sobre todo, la había hecho reír y le había llorado. La había hecho emocionarse y la había decepcionado. Le había dicho que la quería, que la amaba y alguna vez, casi en sueños, le había dado un beso en la frente. Le había visto una noche, quizá la mejor noche de todas, y le había tocado las manos. La había visto feliz, a su lado y sin reparos, queriendo que el tiempo se detuviese y todo pudiese quedar en ese segundo, en ese instante… Alguna vez, acaso, le oyó decirle a ella cosas con cierto cariño hacía él, y él se había sentido fuerte, fuerte tan fuerte como un martillo para comenzar a crear todo de nuevo... Le había ofrecido, sin exigencias, la mayor parte de si mismo. La ocultó, sí, la ocultó como quien oculta la mejor parte del día para los amigos más queridos, como quien esconde el tesoro para la mejor parte de su vida; cuando se pueden por fin contar las riquezas… Pero el mundo y la vida habían escrito la historia de otra manera y con ella, a fin de cuentas, Jacobo se ganó su fin del mundo. Se ganó su valor para hacerle frente a los mitos. No lo entendió hasta ese momento, hasta ese momento en que dejó de tenerle miedo al fin del mundo a los 28. Cuando la dejó partir de su corazón.

“¿Cómo tenerle miedo a la muerte cuando la vida se me ha dado como una bella película sin final? ¿Cómo?” Se pregunta ahora, en estos años, cuando camina por las calles esperanzado a que un meteorito caiga por sobre el horizonte y todo acabe por fin. “¿Cómo sobrevivir sin tener ganas de ir a otro lugar a contar todo lo que hemos hecho aquí?, ¿cómo?”... No lo imagina, no lo concibe. Quizá no lo haga nunca. Nunca. Ahora bien, no podemos decir tampoco que Jacobo haya vivido ya, a sus 35, todo lo que un hombre pueda llegar a vivir en una larga vida como para llegar a esas conclusiones. Éstas, en todo caso, forman parte de esa otra historia que como muchas otras de corte amargo, reverdecen en ocasiones sin dejar de ser narrables… pero ya tendrá su tiempo; ”...todo a su tiempo”, como dice el buen Jacobo, “…todo a su tiempo… y hasta el fin del mundo”. Pero si bien somos honestos por otra parte, ha tachado ya más de los esencial en una lista que dista mucho de los reglamentos seculares, sociales y escolares. Más de los que muchos hombres a los 45 o 50 pueden presumir. Ha vivido, sí, y ha vivido bien. Tanto, que está preparado para sonreír en ese último segundo, en ese último instante en donde está seguro, todos buscarán a quien abrazarse con temor, con sudor frío y dolor; no para ver su vida pasar, sino por todo lo que dejaron de hacer.

Después de los 30, claro, le tomó cierto sentido profundo al sonreír. Y no ha habido otra cosa que lo haga más sonreír que recordar. Recordar e imaginar, imaginar que por fin Dios, o quien debiese ser, quizá la Madre Naturaleza, decida por fin darle gusto a los miedos del hombre y acabar con su creación, hacerlo poco a poco. Dejar que los despidos se presenten con nostalgia mientras una especie de mensajero da cuenta de los hechos de cada uno de los habitantes de esta tierra. Primero las plantas, luego los animales, después el cielo y el infierno y al último el hombre, ya inmerso en un vacío infinito para que por fin se percate de su rol en este mundo. A sus 35, claro, tiene muchas que contar, muchas más que inventar y unas cuantas anécdotas de las cuales apropiarse. Sabe que todo tiene un fin y que el mundo se termina a cada día. Sabe que todos los días se acaba el mundo, que el final no llegará sino hasta que nosotros ya no estemos aquí. Que no nos hemos ganado el derecho de contarlo. Sabe que hay que despertarse a cada día a construir el mundo a pesar de las explosiones, los extrañamientos, los temores a morir y las vidas ya hechas y gastadas. Sabe que todo tiene su fin, que a él se le ha acabado el mundo, que ha tenido su fin y que esa hecatombe tiene, para cada persona, nombre de mujer, de hombre, de premio, tarea o trofeo. Que el mundo es cruel. Que en su lecho de muerte, cuando por fin el mundo a través de él llegue a su final, el último final, su último final, verá primeramente todo eso que hizo y se sentirá cansado, muy cansado. Entonce reirá. Entonces verá todo eso que no hizo, todo eso que faltó, todo eso que es dolor y no lo es a la vez… La vera a ella, lo que nunca pudo hacer y ser. La verá, y su final del mundo habrá llegado de tal manera que nadie se la podrá quitar; será suya, suya para siempre y en memoria, sabe que se la llevará, se la llevará para siempre; para hablar de ella y seguir hablando de ella. Para contar todas sus historias como si hubieran estado siempre juntos… Será su final, su final del mundo, como todos los tienen a diario y en vida... Sí, Jacobo –el pequeño, el noble, el valiente, el frágil– hoy no le tiene miedo al fin del mundo, sabe que llegue como llegue, su destino está pactado para poder sonreírle a la belleza. Y así, sin más ni más, los miedos han quedado atrás. El fin del mundo, en realidad, para él, es muy poca cosa.

jueves, 24 de marzo de 2011

Por un Momento

Vía Libre.

En esta ocasión, les dejó un breve relato que he escrito como parte de las notas de un proyecto que estoy desarrollando.

Por un Momento.

A. Güiris V.

…Me dijo que levantará mi copa, que me acercará a su mesa, que le besase en las sienes y que me dejará vencer por sus rizos postizos mientras pudiera aún sostenerse en píe… Que le dejara sentir mis manos sobre sus hombros a manera de un masaje de nostalgia, “como en aquellos tiempos, como en aquellos días…” Yo no hice más que alzar mi copa e intentarle al menos sonreír, luego –en sueños– me acercaba a su mesa, chocaba las copas, besaba su mejilla y le apartaba su rulos de la oreja izquierda mientras me acercaba a su oído con suma ternura, como si el cuidado exhaustivo de mis dientes que tanto me reprochan mis amigos por fin tuvieran una justificación, y le decía cautelosa y claramente que me hacía falta, que la extrañaba más que el primer día. Que nunca me olvidara, que nunca hiciera el intento por… Que jamás dejase de contar conmigo para andar por el camino. Que aún la amaba, que la amaba mucho, si, más, mucho más, incluso mucho más que al desierto…

Me tomó por buena la sonrisa y me mandó un beso por el aire. Yo cerré los ojos y ella le dio otro sorbo a su cóctel –hasta dejarlo casi vacío (acomparsado el momento de las risas y aplausos de todos sus acompañantes)–, y se dirigió a la barra donde le dio un billete a uno de los cantineros al tiempo que me señalaba. Éste asentó con la cabeza y me miró directamente, le sonrió y le dijo que esperase un poco con la clásica seña de los dedos y despareció. Entonces la vi sola por primera vez. Despreocupada del mundo, contaminada por esa luz verdosa de la esquina de la barra que le hacía resaltar el brillo cansino de sus ojos, sus dispares piernas, su enredado pelo, sus rasposos hombros y la súbita alegría de su sonrisa. La observé tanto que mis manos comenzaron a sudar, mi mente a sentir frío y mi memoria a borrarse. No sabía a bien donde me encontraba, que hacía yo en aquel lugar, a donde me dirigía, cual era mi destino, en que año vivía o si aún lo hacía con ella. Lo único que me pasaba por la mente de manera cristalina era aquella turbia escena de una película de Hitchcock, aquella donde Kim Novak sale del baño transformada en el deseo de James Stewart. Me daba tanto gusto verla ahí, con todos los desperfectos que le conocí en vida que me pregunté entonces por sus lunares, sus pecas, sus marcas de vida y sus malos hábitos. ¿Aún los tendría, aún estarían en ella; o habría sido yo el catalizador para su olvido? ¿Sería acaso una mejor mujer, la mujer de la que me habló era antes de conocerme?... Deseé tanto tomarla por la espalda, desvestirla poco a poco –acariciándole los brazos– y besarle todo el cuerpo para comprobarlo, que se me fueron extinguiendo rápidamente las ganas y las formas. Me volví débil, deseé odiarla pero no pude. Ni siquiera lo intenté… Cerré los ojos y esperé a que desapareciera; que ya no estuviera ahí al abrirlos de nueva cuenta pero ella continuaba infectada por ese verdor, por ese calor de cuento añejo. Me dije a mi mismo lo bella que era y le di el último trago a mi copa.

El cantinero arribó de nueva cuenta haciéndole otra seña que ella agradeció con una mueca de satisfacción. Luego se dirigió a su mesa –casi estoy seguro que sabía que la observaba– y al arribar se sirvió una copa y la levantó al aire como si brindara con el mundo; con las paredes y las luces que de vez en cuando le pegaban en el rostro. Entonces se giró y me miró directamente, me dijo que brindará con ella nuevamente. Le mostré mi copa vacía y se llevó las manos a su boca con un poco de gracia mientras abría de más los ojos. Luego me dio la espalda y se dirigió a la rockola, escogió una canción y en su camino de regreso no dejó de mirarme; ni yo de mirarle. Nos miramos, casi como aquella vez en que nos conocimos en un bar parecido a ese. Pensé en las coincidencias de la vida, en una vida llena de coincidencias amargas.

Al llegar a su mesa mantuvo la mirada sobre mi... Yo no dejaba de buscarle los secretos cuando llevó de nueva cuenta sus manos a la boca en sentido de sorpresa y rió, estaba feliz (y un poco ebria) mientras yo tontamente me mantuve serio. Me señaló algo detrás mío. Ahí se encontraba el cantinero, cóctel en mano, que se acercó a mi oído para decirme que me lo enviaba ella; la señaló. Luego se marchó y la miré, probé el brebaje. Era su cóctel favorito. Levanté la copa en forma de agradecimiento y ella me lanzó un pequeño beso. Luego se giró y tomó la espalda de un hombre, lo besó acaloradamente y le susurró algo al oído. Éste le beso cariñosamente la frente y la tomó de sus manos. Le señaló la salida.

Ambos se retiraban del lugar –colocándose sus abrigos– cuando su canción comenzó a sonar en la rockola. Era “I Just Dropped By To Say Hello” de “Johnny Hartman”. Lo supe de inmediato, no hizo falta el intento de reojo de su parte. Era la melodía que escuchábamos seguidamente en nuestra etapa de crisis. Creo que nunca la había vuelto a escuchar de esa manera, creo que nunca la había vuelto a escuchar. Puedo decir incluso que me volvió a apasionar, era como escucharla por primera vez y de nueva cuenta… Preferible a verlos partir, cerré los ojos y me imaginé bailando entre sus brazos en unos de sus clubs finos de los 40s o 50s en Nueva York, juntos, muy juntos, mientras nos decíamos adiós. Un adiós que nunca tuvimos ni nos otorgamos. Por mi mente sólo pasaron las últimas líneas que me escribió en esa nota de despido mientras la canción tomaba fuerza: “Adiós cariño. Lo que sea que al amor nos haya dado, la vida nos lo ha arrebatado de la misma forma que el viento se lleva los granos de arena del desierto. Ahora descansa, ahora descansa.”

viernes, 18 de marzo de 2011

Notas Irónicas Sobre Un Mundo Mexicanizado (Pt. III)

NOTAS IRONICAS

SOBRE UN MUNDO MEXICANIZADO PT. III

1.- ¿Desear que todos los políticos mexicanos mueran de inmediato será políticamente incorrecto o inocentemente sensato?

2.- Me pregunto si las esposas amarían más a sus parejas si estas le comprarán todo los productos que se anuncian en las madrugadas por medio de los infomerciales televisivos a pesar de dejarlas solas en la cama la noche entera.

3.- Dada la precaria situación actual y nuestra incipiente personalidad colectiva de ir siempre a la contra (seamos honestos), yo me cuestiono: ¿Si las telenovelas nacionales fueran más reales, la vida sería más melodramática?

4.- La verdad, no es que quiera ser un hombre infiel; pero como está la moral hoy en día… que puedo llegar a decir. No soy tan malo por un simple y llano par de ocasiones.

5.- Quién dice que no tenemos personalidad exitosa. No hay día en que no pensemos en alzar las copas.

6.- Los muertos tienen su día. Los vivos tenemos al narco –¡y jugando al alfabeto!

7.- La proeza de hacer que una falta de ortografía fuera mercadologicamente fuerte, pronto la evolucionaremos al hecho de que el incesto sea una tradición familiar. La herencia intrínseca del mediocre Marketing.

8.- …Al final de cuentas, no estamos tan mal educados. Creemos en la tragedia. ¿O alguno de ustedes se ha puesto a pensar en la posibilidad de que después de la hecatombe final sólo sobrevivan los comediantes del “Canal de las Estrellas”?

9.- Dicen que la globalización la trajo el Internet pero yo recuerdo que incluso antes de las computadoras, aquí recibíamos a todas las basuras de otros países para hacerlas sentir dioses.

10.- ¿Será una coincidencia que “Reggaeton” rime con “Maricón” y “Moretón”? Deberíamos preguntárselo a Arjona.

viernes, 11 de marzo de 2011

Paris

Black Swan

REDONDO.

Black Swan

Cisne Negro (Aronofsky, 2010)

Al final resulta un tanto evidente y lógica la evolución del trabajo de Aronofsky como director así como sus anhelos para los años venideros. Ansía llevar su cine; mórbido, esquizoide, depresivo y con retoques de amor (junto a todas las enternecedoras enfermedades que éste puede y pueda concebir) a un nivel que lo acerqué lo más posible a las categorías de “elegante” y “soberbio” en la intima visión de la academia de artes cinematográficas estadounidenses. No podemos negarnos que su cine es en su mayoría muy norteamericano, como tampoco el hacernos ver que el joven realizador de películas como “Phi” (1998) y “Requiem” (2000) –a pesar de contar aún con sus mismos pesados fantasmas– ha crecido en cuanto a su manera de tratar visualmente una historia. No obstante, la forma de contarla aún varía un poco a los niveles que quiere alcanzar.

Y es que en la última media hora de ésta su última cinta, el ritmo vertiginoso de la vida de nuestra actriz resulta tal, que en cierta manera todo lo que a bien se estaba a penas construyendo, se sumerge en una agonía (la agonía de nuestro personaje principal) y la trama se enreda de tal forma que resulta todo en un pisar sobre aire y no saber en donde realmente se encuentra uno como espectador. Entiendo, claramente, que esa fue una decisión tomada por el director (su intención), pero no resulta del todo apreciable en un cine que plenamente tenía miras para ser catalogada como uno de manufactura más “clásica”. Puedo solventar acaso, hipotéticamente, que la película en realidad no enreda a su audiencia por el hecho de que en estos tiempos y años, el público ya está más acostumbrado a disociarse y encontrar sentido a las cosas más tarde que como la pulcritud indica, pero es que si nos referimos a las enraizadas reglas del arte cinematográfico, en muchas de estas secuencias, el valor del “plano” como unidad básica y minima de la narración” se pierde por completo. La duda y el debate, pues; lo sé, podrían resultar un poco candentes; ¿el arte de hacer cine se conforma por modas o vicios obtenidos por un choque cultural de medios y bogas (o bien las bogas de los medios), o aún se estructura bajo los términos de una narratología directa heredada de los asentamientos teóricos?... ¿Cómo ver el cine; como forma o como contenido? Resultará pues, hasta fácil la elección de un balance entre estos dos, pero en la actualidad toda la manufactura audiovisual al parecer se determina bajo estos dos conceptos de manera dividida. Es obvio, abramonós a la sinceridad, ¿para que algo sea considerado de “calidad” debe ser –o más bien parecer– “cool” (aborreciendo el termino), a la usanza del cliché de moda según los estereotipos del momento (en la actualidad la del diseñador ignaro), o bien debe estar sumamente construido bajo los términos antes citados de la cultura y el arte?

“Black Swan”, pues, resulta difícil de criticar plenamente porque bien bebe de ambas partes y a ambas, resulta también conveniente decirlo, deja de entregarles el paquete completo. Entre las sombras de actuaciones más que vistosas (cosa que agrada de sobre manera a la academia), dígase de otra manera: catárticas, rebosantes de energía y extenuación; sobre todo con la historia intrínseca de ese “gran sacrificio” por parte del interprete (la cual siempre es tan explotada como la publicidad misma de la cinta), está la lista de temas y sus tratamientos que tan gustosamente recaen en los devenires sentimentales de una o más de una generación, las cuales con sus socavantes cargas internas hicieron al mismo Aronofsky despegar; anque –claro– él no tenga la culpa y lo haga más que decorosamente… Repito, resulta un tanto lógico que el propio director ande buscando la manera de equilibrar esta pasión que tiene por sus constantes artísticas que nunca le han abandonado, así como por una soltura mucho más clasicista. El camino será largo, no es una tarea del todo sencilla. En este su segundo intentó las cosas han crecido un tanto; no así, falta un ancho camino por abordar y recorrer antes de seguir de largo.

Es por ello, entonces, que “Black Swan” no termina ni cerca de ser la “obra maestra” que muchos gritan a los cuatro vientos. Es una película con una excelente manufactura –de sobra mencionar la excelente puesta en cámara (mención aparte a los operadores)–, las buenas interpretaciones por parte del elenco (en general) pero que deja vacíos en la narración (tomando como medida que la “locura” era un personaje central dentro de la historia y no se nos fue presentada de manera adecuada para ser reconocible y quizá más poderosa hacía el final de ésta), que retrata, relata y se sobre -expone a la explotación de la fabula que determina el eje central de la película misma. Es una cinta que come de la tradición de melodramas como “The Red Shoes” (Powell & Pressburger, 1948) y que muere así, como una tragicomedia. No obstante, alejada de la maestría en la que ha sido catalogada, es una de las mejores tramas que podemos encontrar en el mercado de la industria norteamericana. Dados los tiempos, los años y los estilos, ésta película resulta refrescante y casi hasta conmovedora. El asunto en este caso es sólo no sobregirar las cosas y contextuar. El cine actual ha venido en detrimento con su calidad y su narración por lo que bajo el esquema actual, tenemos aquí una historia que sobresale ante las demás dentro sus hermanas Hollywoodenses. Vale la pena verla, más no desvivirse por ella.


Cisne Negro de Darren Aronofsky

Calificación: 3 de 5 (Buena a secas)

viernes, 4 de marzo de 2011

Biografias del Rockero Desconocido Vol. III

Biografías del

Rockero Desconocido III.


III.- Arturo García Leobardo (1986 - 2009)

Bajista nato –virtuoso infante de su instrumento– murió a la corta edad de 22 años... Durante sus últimos años fue considerado como una de las más grandes promesas del rock nacional. Su instinto para mezclar el folclor latino con géneros tan sui generis como el Jazz, el Surf, el Doo Wop o bien otros estilos tradicionales como el Irlandés o el Hindú, lo convirtieron rápidamente en un símbolo a seguir que pronto apago su flama de manera lamentable.

Nació en el seno de una familia pobre al norte del país, abandonó prontamente por falta de solvencia económica sus estudios (apenas en el tercer grado de educación primaria) y dedicándose entonces a seguir a su padre, él cual lideraba un trío de música norteña que tocaba de cantina en cantina en diversas localidades del estado de Nuevo León. Sus tiempos libres, pues, los dedicó a conocer gente de la zona; las diferencias culturales entre pueblos, y a tomar lecciones de bajo por parte de las instrucciones básicas y precarias que le proporcionaba el ejecutante de dicho instrumento en el pequeño conjunto de su padre. Sus avances, lógica y básicamente, fueron sobresalientes; inculcándole la duda de la cultura musical en sus adentros. Lastimeramente, cuando quiso explotarlos, estos le fueron negados debido a las necesidades básicas de su familia, lo que hizo que tomará la decisión de escaparse de su casa a la temprana edad de 11 años. Durante los siguientes años, su vida se torna en un misterio. Hay quienes dicen que viajó hasta la capital del país y que ahí vivió con un familiar lejano, el cual le dio la oportunidad de adentrarse al mundo musical de la ciudad por parte de algunos amigos, mientras otros tantos relatan que tuvo una vida de vagabundo, pidiendo acogida en los hogares de la gente que conoció en el tiempo en que acompañaba a su padre, que viajó ilegalmente a Estados Unidos y que allí fue arropado musicalmente por músicos callejeros. Sea cual sea la verdadera historia, “El Pequeño”, como fue conocido en su pequeña carrera, apareció (o reapareció) en el mundo a la edad de 17 años siendo ya un verdadero “monstruo” de su instrumento.

Captó la atención de la critica con su primera agrupación, “Jimenez's Rack”; una jam band con bastantes toques sureños (influencias claras de “The Allman Brothers Band” y “Stevie Ray”) que con su primer disco “Huellas de Cabecera” lograron los aplausos de la critica, no así del público nacional… Disuelto este conjunto, “El Pequeño Arturo” se apuró a tocar y acompañar a diversos músicos de jazz, rock, blues y folk entre los que destacaron, “Tino Contreras”, “Julio Revueltas”, “Caetano Veloso”, “Steve Turre”, “Los Jaivas” & Charly García”. Su carrera despegó, entonces, de inmediato y a la edad de 19 años sorprendió al mundo de la industria latinoamericana con su primer proyecto de solista, “Madera”, que con una fusión que claramente se podía apegar al estilo de bandas como las de “John McLaughlin”; “The Mahavishnu Orhcestra” y “Shakti”, una soltura creativa como la de “Five Peace Band” de “Chick Corea”, un repertorio tan diverso como el de “The Derek Trucks” y una alegría en su interpretación como la de “Béla Fleck & The Flecktones”, más específicamente “Victor Wooten”, logró captar la atención y aceptación de un público tan especifico como estricto.

Con “Madera”, pues, logró lanzar al mercado dos discos; “Fuego & Tierra”, “Agua & Aire” y dejar grabada la mitad de lo que hubiera sido su tercer material; “Cristal Diamante” (material que aún no tiene fecha de salida) con el que se convirtió en la mayor promesa musical… Entre su agenda, siempre sobresalió su empeño y organización para poder dedicar su tiempo a acompañar tanto a los músicos que los buscaban par sus giras, como a sus proyectos. Los más allegados a él indican que tenía planeado su segundo proyecto solista, el cual se llamaría “Amarillo-Yellow” (con claras insinuaciones progresivas, sobre todo de “Zappa” y “Genesis”) pero que al momento de su deceso aún estaba en pleno proceso mental.

Arturo García Leobardo, “El Pequeño”, falleció en la ciudad de Sonora al ser alcanzado por una bala en un fuego cruzado por parte de un comando del crimen organizado y la milicia mexicana. A estas fechas, no se ha podido demostrar que lado fue el que alcanzó a quitarle la vida a tan prestigiado músico de la vida nacional. Una serie de incongruencias y actas perdidas en el caso han dejado la investigación “hundida” en la ambigüedad.

En la actualidad se organiza un concierto en honor de “El Pequeño” para recaudar dinero para apoyar el estado de su familia, la cual asistirá, y a la cual jamás volvió a ver. En su viaje al norte, donde lamentablemente perdió la vida, tenía contemplado ir a buscarlos.

Grupos Favoritos: “The Kenny Clarke-Francy Boland Big Band”, “The Band” & “Buddy Guy”

Canciones Favoritas: “The Eternal Triangle” & “Stuck Inside Of Mobile With The Memphis Blues Again”