Replicantes.

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España, 2009.

Sunset Boulevard

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España, 2009.

El que Busca Encuentra

domingo, 26 de marzo de 2017

Fuera de mi Camino

REDONDO.

Dnevnik Masinovodje
Fuera de mi Camino (Milos Radovic, 2016)

Bajo un humor negro picaresco, un realismo mágico sutil y personajes entrañables, se abre paso con garbo y carisma “Fuera de mi Camino”, una obra irónicamente bella que se da a la tarea de retratar a la muerte como una oportunidad hacía la aventura, hacía el destino y, por qué no, hacía las metas del profesionalismo laboral. En la cinta de Radovic, se nos integra a un mundo lleno de color y malsanas aspiraciones que nos dirigen y comunican literalmente por las vías de un tren; vehículo motor que sedimenta y alimenta las vidas, tragedias, nostalgias y experiencias de los caracteres en pantalla. 

Poseedora de un brillo particular, el entramado se presenta de manera clara y con vasta sencillez a beneficio de la vivacidad que se pretende y bien se logra. Ilija es un chofer de tren que, como todos en su rubro, lleva la cuenta de todas aquellas personas a las que lamentablemente ha matado a lo largo de su carrera. A punto del retiro, adopta a un niño que al crecer pretende seguirle los pasos. Las preguntas e indecisiones, obviamente, se dirigen hacía las posibilidades del oficio, hacía el cuidado y el límite de integración a ese mundillo donde la virginidad es, literalmente, la vida. 

Con una puesta en cámara eficientemente natural, la estética del film nos inunda con un manejo atrayente que nos deja respirar el campo emotivo de los personajes; nos permite vivir el accionar de quienes habitan el encadenado junto con sus sueños, sus pasados, sus inspiraciones, sus ilusiones y planes atrozmente bondadosos. Ataviada en un estilo propio de comedia negra, el refinado sentido del humor abraza de solida manera. Mucho ayudan las notas de Mate Matisic y Simun Matisic que acompañan el detallado montaje de Djordje Markovic y la bella fotografía de Dusan Joksimovic. Resaltan, al igual, las sobrias pero competentes y eficaces actuaciones del elenco; la dirección nos hace comprenderlos, entender sus decisiones: celebramos los resultados y consecuencias de sus actos. Comprendemos la vida, festejamos la muerte. Radovic, pues, nos hace cómplices de estos devenires junto a su cálido drama sobre asesinatos sin sentimientos de culpa. 

“Fuera de mi Camino” es una lección de valores tergiversados puestos en pantalla de una manera elegante e ingeniosa. Es un hermoso juego de perspectivas que nos hacen sentir un gran apego a las expectativas. En su camino, a través de las vías que trazan y han trazado la vida de los personajes –entre la tanta muerte que han visto desfilar– queda la esperanza del retorno de un viaje que siempre llevan en el dibujo del amor. 

Milos Radovic une su tono humorístico distinguidamente con una belleza irónica y potente. Su trama se compromete con una cordial nostalgia que atrapa y se estima a la brevedad. Logra adentrarnos en un universo que exige la mortandad para lograr las metas del cotidiano vivir. Nos asocia a sus intereses y hace sumamente disfrutable el recorrido. Cargada de atractivos momentos, lucidos y afectuosos, “Fuera de mi Camino” es una cinta que se agradece en su claridad y candor. Su viaje nos hace encontrarnos con nuestro más hermoso lado oscuro. Con nuestra sonrisa maldita más profunda y, a la vez, nuestro más evocativo sentido de esperanza. 

Fuera de mi Camino de Milos Radovic

Calificación: 3.5. de 5 (Muy Buena).

martes, 21 de febrero de 2017

Manchester by the Sea

REDONDO.

Manchester by the Sea
Manchester Junto al Mar (Kenneth Lonergan, 2016)

Desde los primeros minutos de Manchester by the Sea, los elementos nos indican claramente la línea del filme y nuestra posición como espectadores en el: somos testigos –más no compañeros– de una peregrina cápsula del tiempo que irá develando de a poco un mundo donde el pasado y sus tragedias continúan dominando. Donde la decepción y la culpa juegan un rol que no ha encontrado salida y abraza sofocando las acciones y actos de quienes han tenido que seguir andando en el. 
El realizador apuesta por un uso pausado del ritmo, una mano uniforme y hasta cierto punto sencilla en la presentación de los temas para ir narrando su historia. Enfoca su drama en situaciones comunes para implicarnos en la cinta; llama a una tragedia para ir develando un tiempo que había sido puesto a un lado. Acerca las cicatrices y las abre sin mucha espera para conocer las respuestas a todo aquello que flota pero que no se quiere respirar: muerte, desamor, apatía y responsabilidad como losas de carga.
El entramado en si es sencillo: después de la muerte del hermano mayor, el menor debe volver al pueblo del que ha huido para hacerse cargo de los asuntos legales, el sepelio y, sobre todo, del hijo de este: un adolescente que no tiene mayor horizonte que lo vivido día a día. Es de entender, claro, que las pesadillas irán apareciendo, que los protagonistas de estas se presentarán de manera incomoda para ponerle un poco más de presión a todo el asunto. El camino es hosco, nada ayuda a nada, nadie ayuda a nadie. La aparente desconexión entre la familia y allegados, así como la elemental relación con terceros no es otra cosa más que la humanidad; exigida por sus deseos, necesidades, privaciones y carencias. No obstante, el caos no reina y todo sale a flote con una naturalidad que se agradece y pone los acentos estilísticos más notorios a la obra.
Estamos, pues, ante un devenir de sensaciones y razones que le dan sentido a la catarsis obligada por la que se verá obligado a pasar –junto a su áspera y ceñuda personalidad– nuestro personaje central; Cassey Afleck en una eficaz actuación contenida que sostiene la naturalidad del drama, así como permitiendo la apertura de un umbral de humor negruzco y elegante que pocas veces se ve funcionar tan en equilibrio como en este filme. 
Los elementos técnicos quedan en un plano secundario. El montaje de Jennifer Lame en ocasiones resulta un tanto brusco, su manejo en las elipsis no suele ser constante y el ritmo en ocasiones se rompe y varía en el campo emotivo que se ha logrado en escena. La fotografía de Jody Lee Lipes es funcional, favorece a la cinta pero tampoco amplía el espectro de la trama; sus planos son bellos por el origen natural de ellos pero su potencia recae en las actuaciones. Caso aparte es el uso de la música, no tanto la partitura original de Lesley Barber (que pasa un tanto, o mucho desapercibida) sino a la elección de las composiciones de Handel como base para el drama, compañía que une los tragos amargos y las cavilaciones dentro de ellos. 
Manchester by the Sea resulta, entonces, en una cinta sujeta al paso de un ensimismado personaje que se percata que, en ocasiones, las buenas intenciones no son las mejor manera de solucionar las cosas. Es un viaje vencido desde el inicio, una reducción de la tristeza, una coartada para seguir adelante sin pedirle respuestas a nadie. Es un camino que enseña negando y muestra que tirando la toalla también se pueden lograr los mejores tratos si es así como la vida nos ha ido llevando debido a nuestros actos. El secreto, claramente, recae en siempre ir un paso delante de ellos. 

Manchester junto al Mar de Kenneth Lonergan

Calificación: 3 de 5 (Buena).

miércoles, 15 de febrero de 2017

Hell Or High Water

REDONDO.

Hell Or High Water
Enemigo de Todos (David Mackenzie, 2016)

El cine siempre ha tenido cierta fascinación por el Sur estadounidense; una marquesina cuyos horizontes parecen alejarnos de una lógica moral convenida pero que al final de cuentas nos escupe a rajatabla la naturaleza humana a través de todos sus elementos y en todas direcciones: su puesta de sol, su noche, los parajes cuasi incrustados en la carretera y sus personajes: actitudes, sacrificios, anhelos, acentos y malsano entretenimiento.
Con “Hell Or High Water” nos encontramos, pues, en terreno ya explorado, en una radiografía ya revelada en buena o mala medida pero que no obstante, resulta refrescante: bien actuada, vibrante y hasta cierto punto honesta. Después de un recorrido nada corto, el realizador escocés David Mackenzie encuentra una vía para rastrear de nueva cuenta –en esos desérticos espacios– los motivos y razones, las manías y las fronteras del afán, el ansía, el porvenir y las aspiraciones. De paso, claro, empotrarse en un cine que acapara las ventanillas más importantes del circuito. Y eso, claro, es hasta cierto punto justo. Su trabajo es pulcro, minucioso, al servicio de la historia y sus histriones. No acapara, su mano es imperceptible y deja que el entramado se vaya desarrollando con una naturalidad plena cuyas consecuencias, también ya de sobra conocidas, nos llevarán al arrebato, la furia, el atropello y la impotencia. 
Los sucesos son claros desde el arranque; nos enfrascaremos en el viaje de un par de hermanos que han decidido robar pequeños bancos. El ritmo queda entonces marcado desde la secuencia inicial. Los motivos y objetivos de ambos bandos (el policía veterano que intentará detenerlos), irán develándose de tal forma que la implicación con nuestros personajes sea emotivamente contrastante hacía el final de la cinta. Y si bien el pretexto inicial no queda asentado claramente en su primera parte, es hasta cierto punto dibujado a través de las acciones y los diálogos, mismos que nos toman de la mano y no nos sueltan. Serán la guía durante este viaje dividido al presente texano, donde el machismo estadounidense reina entre bromas racistas, rostros cansados, miradas furtivas, actitudes reacias, facciones rugosas, caminos cuasi vacíos y la siempre obstinación por las armas. 
El resultado, si bien es parte de ese ya celebre imaginario conocido, atrae y convence. El director no trata de jugar con las formulas sino que apuesta por revestir y delinear a sus personajes de manera clara y coherente; con cierta humanidad, con cierto humor, con cierta desesperanza. Ayuda por supuesto la fotografía de Giles Nutggens, que sin tampoco querer cambiar la convención visual y estética de este tipo de cintas, nos regala retratos potentes y sumamente bellos. Igualmente el montaje de Jake Roberts, cuya precisión nos hace sumergirnos cada vez más en el pico consecuencia de las situaciones. Razón aparte cabe dentro de la banda sonora, cuya elección musical y partitura compuesta por Warren Ellis y Nick Cave acompaña; abraza cálida y nostálgicamente a lo largo del trayecto. 
“Hell Or High Water” es, pues, una cinta que se inscribe plenamente en ese estilo sureño de los Estados Unidos. En su geografía, en sus personalidades; fortalezas y debilidades. No asume y presume de más sino que nos adentra sencilla y eficazmente dentro de sus atardeceres. Grita quedamente que ese sueño americano tan vendido ya no existe, que quizá jamás lo haya hecho. Que de ser medianamente cierto, únicamente es parte de un quimérico anhelo que sólo se logra aplastando los del prójimo y denotando que la justicia es y siempre ha sido parcial ante los deseos de un mejor destino. 

Enemigo de Todos de David Mackenzie

Calificación: 3.5 de 5 (Muy Buena). 

sábado, 17 de diciembre de 2016

Arrival

REDONDO.

Arrival
La Llegada (Dennis Villeneuve, 2016)

Como claro preámbulo a una de las cintas más esperadas por los cinéfilos en el 2017, “Blade Runner 2049”, Dennis Villeneuve se inscribe de lleno en la ciencia ficción con una cinta que si bien tiene sus ligeros detalles, nos hace esperar con ansias una obra justa y merecedora del legado de su antecesora. Y es que con “Arrival" da muestras de una mano cada vez más controlada en la cadencia, una madurez latente en la tesitura de sus temas así como una exploración más fresca de los mismos. De paso, claro, se da el lujo –y la libertad– de sacarse la espinita y por fin manejar a sus anchas ciertos elementos que había bocetado ya en anteriores cintas. Si bien su obra se ha ido abriendo de a poco a un mercado más global, ésta no ha dejado de otorgarse a desafíos más complejos y profundos en las aristas narrativas, estéticas, histriónicas y dramáticas a cada paso. Su filmografía es, pues, su propia escuela; seminario que intenta captar lo sombrío y taciturno de la naturaleza humana. 
El conflicto plenamente narrativo de “La Llegada” es simple y hasta lógico, su primera parte inclusive puede definirse así. No obstante, el trasfondo que se nos irá develando de paulatina manera abre un envase que doblega la incógnita propia de nuestros personajes en pantalla. Es un miramiento a lo desconocido, a los temores de ello: las posibilidades, la pertinencia, el beneficio y la convivencia. “Arrival" no es una elemental cinta de encuentros extraterrestres, es un filme anacrónico ilustrado a través del lenguaje; lo que conlleva éste no sólo como proceso comunicológico sino como exploración en el campo emotivo y temporal. Villeneuve se nota suelto y escrupuloso dentro de un género que en muchas ocasiones ha sido maltratado; arrinconado en recovecos cercanos a la fábula, lo exacerbado y lo no formal.
Bajo una batuta de estética puntual, y agraciadamente sin hacer alarde de espacios y figuraciones recargadas en su estética, el entramado se desarrolla en espacios comunes, en un circulo de hechos que a la par que se presentan de manera más concreta, se van profundizando en el subtexto. Estamos, pues, ante un filme que se puede dar el corte de “inteligible” aunque tampoco se inscriba por completo en ese campo. “La Llegada” resulta al final en una película bien hecha, seria y formada al detalle. Aunque parezca que no pasan muchas situaciones diferentes a lo largo del camino, en el fondo se revela la materia de aquello que nunca ha sido puesto a prueba.
Como ejercicio guionistico la cinta carece de una redondez total. El entramado diseñado de Eric Heisserer peca en ocasiones de falta de desenvolvimiento. Si bien la voz en off que divide parte de la estructura fílmica hacía la mitad de la cinta se justifica para un metraje más acomodado, podría haber sido tratada con un poco más de calma. Igual pasa con las elipsis temporales a la “Nolan” que se suscitan hacía la parte final de la cinta, donde dicho sea de paso, el estilo cíclico presentado se torna un tanto más intrincado. Parte de ello bien podría haber funcionado mejor si se obviaban las posturas críticas a los actuales enemigos económicos e ideológicos de los Estados Unidos. Pero claro, hay que dejar la marca de la casa. 
En los demás elementos técnico/creativos hay poco que escarbar. Es una constante de Villeneuve el hecho de amalgamar de manera precisa la homogeneidad de los elementos de sus cintas. Tanto la fotografía realizada por Bradford Young, como la música de Johánn Jóhannssonn (basada realmente en muchos de los temas de sus anteriores trabajos) y el montaje de su editor de cabecera, Joe Walker, van de la mano. No sobrepasan el todo del filme, participan en el entramado desde su rincón de manera efectiva y sin protagonizar. Igualmente, como ya es costumbre en los filmes de este realizador, la dirección actoral es de un muy buen corte. Sus talentos se muestran eficaces en el set, con personajes que han construidos sus niveles de atención dentro del entramado final. 
Si bien el paso de Dennis Villeneuve ha sido un tanto zigzagueante –no todos esos retos fílmicos de los que hablamos al inicio han dado un resultado cien por ciento óptimo– continúa siendo uno de los directores a seguir. Su mano va imponiendo un sello particular, uno que se adentra a las líneas no visibles de un filme. Es un cineasta que gusta de detallar sus contenidos de tenaz manera antes que al vestido decorativo (aunque también hay algo de ello). Y con “Arrival”, claro, nos da además una prueba en su manejo de géneros, de que su discurso puede incursionar en distintas fronteras de manera clara y capaz dejándonos a espera de más. No sólo la secuela antes citada, sino más desafíos cinematográficos que seguro estaremos disfrutando. 

La Llegada de Dennis Villeneuve

Calificación: 3.5 de 5 (Buena). 

jueves, 8 de diciembre de 2016

Sully: Hazaña en el Hudson

REDONDO.

Sully
Sully: Hazaña en el Hudson(Clint Eastwood, 2016)

Sabemos de antemano que cuando Tom Hanks se deja ver en la pantalla grande la bandera de los valores estadounidenses más ortodoxos ha de ondearse por todo lo alto dentro del metraje presencial, sobre todo hacía su parte final (y resolutiva). Ahora bien, cuando detrás del encadenado de acciones se haya alguien como Clint Eastwood, es de suponer que dicho aire ondeante habrá de multiplicarse. Y es que estamos ante dos de las figuras más representativas de dichos intereses morales por parte de nuestro vecino del norte. El primero, claro, es una figura en la que ha recaído a lo largo de su carrera la interpretación norteamericana de la bondad, mientras el segundo se rodea de figuraciones de alcance, autoridad, poderío y, aunque suene irónico a sus 86 años, de fuerza y vitalidad. Si bien no podemos negarnos ante esos hechos, tampoco podemos negarnos al factor de que Eastwood quizá sea uno de los directores más formales y pulcros de la última década. Si bien sus trabajos más recientes fluctúan tanto en sus propias acciones como dentro de su propia filmografía, con Sully nos enfrentamos ante la reintegración plena de su cine más efectivo. 

La historia en si parece calzada para ponderar los bonos normativos de la sociedad estadounidense, exaltando –e integrándose– en la siempre inicua batalla entre el interés y la honestidad. Es una trama predispuesta, pues, para ello, y quizá otra mano la habría llevado a rebuscar ciertos elementos que dieran como resultado una obra exacerbada, pero no es el caso aquí. En la balanza de los hechos presentados: la narrativa y el campo emocional, se percibe la madurez del realizador, su soltura dentro del control de la ficción y su buen tacto. Es el propio encadenamiento el que se viste y respira con cierta pericia a favor del espectador, quien más que verse obligado, se dejará llevar más o menos libremente para dar sus valoraciones y experimentar el dramatismo propio del filme. 

Anacrónicamente Eastwood nos coloca de lleno y de manera eficaz en el centro del conflicto; la película no se centra dramáticamente en el afamado contratiempo aéreo que dio la vuelta al mundo, sino en lo que se suscitó después con los protagonistas de los hechos. Para ello se apoya en un doble debate. El principal es aquel donde las fuerzas burocráticas intentarán, como es sabido, lavarse las manos sacrificando la carrera del piloto; nuestro personaje central, él cual sostiene la disputa interna entre los nombramientos populares de héroe, así como los oficiales y mediáticos de posible fraude y peligro. No obstante, con cierta obligación y haciendo uso del tiempo como representación fílmica –sobre cavilaciones e inflexiones de nuestro eje humano central– el realizador nos hará parte de ese vuelo bajo un comando elegante y hábil desde distintos puntos de vista. Se revisita el acontecimiento bajo unidades separadas para poder lograr un climax en conjunto: accidente y resolución del caso. 

La fotografía de Tom Stern y el montaje de Blu Murray sobresalen en el valor adecuado; están a disposición del filme y a pesar de desplegarse de manera sobresaliente son invisibles durante la proyección. La partitura de la Tierney Sutton Band y Christian Jacoby encaja y se mimetiza con el estilo del propio Clint Eastwood acentuando los momentos claves. Sobresale igualmente el control y la colaboración de Hanks y el director. La actuación del histrión es calma, estoica (bajo las parámetros que le conocemos) y permite que el flujo de la cinta provea y le provea. Hacía tiempo que no veíamos a un Tom Hanks tan efectivo en un filme que no busca otra cosa más que narrar un fragmento y una versión de las cicatrices que van construyendo al Nueva York post 9/11.Por la parte técnica no hay más que agradecer. 

Sully es, entonces, una película particularmente sencilla. Una cinta sin aspavientos que no busca dobles fondos o profundidades en el sistema, se aboca a sus personajes y humaniza el hecho sin criticar de más, sin ataques frontales. Al verla no queda más que identificarse bajo su ritmo y pasar un tiempo placentero de un cine sobrio, claro, sin pretensiones y disfrutable. Un cine que no busca más que mostrarse y, sobre todo, escribirse y realizarse bien. Y vaya que en estos tiempos, y en esa área del mundo–honestamente- es más que suficiente.

Sully: Hazaña en el Hudson de Clint Eastwood

Calificación: 3.5 de 5 (Buena a secas). 


martes, 29 de noviembre de 2016

Bellas de Noche.

REDONDO.

Bellas de Noche
Bellas de Noche (Maria José Cuevas, 2016)

El tema y universo elegido por la documentalista debutante Maria José Cuevas se apetece literalmente hacía las grandes luces; las aristas que trastoca dentro del imaginario colectivo es amplio y harto interesante. Lamentablemente su mano se deja conquistar por sus personajes para que la obra se torne a leguas condescendiente; correcta en lo político y medianamente en lo social, alejándonos por completo de temas discutibles que harían enfrentarnos al escaparate del espectáculo y su doble moral dentro de la industria nacional. 
Si bien el seguimiento que hace de 5 vedettes nos trae a la mente –ya sea como recuerdo o virginalmente– aquella época de entretenimiento nocturno centralizado en luminarias cuya ropa servía tanto para lucir su cuerpo, como para reflejar los "brillos" de una sociedad que escapaba así a sus deseos e ideales, termina por quedarse corto en profundidad y pobre en consistencia. Indaga muy escuetamente el mundillo detrás del espectáculo dejándose abatir por el carisma de sus “bellas”, ganándole estas la partida. Y es que más que historias de vida y/o rastreos de su carrera profesional; más que retratos íntimos, logra una peligrosa camaradería obteniendo respuestas cuasi planificadas en llanas entrevistas y no confesiones que pusieran en juego todos los factores detrás de la maquila de aquellas figuras, cuasi heroínas sexuales, que tanto sirvieron a los medios para la pantalla social y que después hicieron a un lado con la misma convicción. 
Los homogéneos temas que se intentan poner sobre la mesa se entretejen de manera truncada: momentos aletargados, sosos y algunos bellos e interesantes (los menos) en los cuales podemos alejar a estas 5 damas de ese pasado glamuroso que hizo de sus nombres parte dorada de la farnadula, o bien de este intento de justicia mediática –que al parecer fue el pretexto inicial para la fabricación del filme. Igualmente su parte final, donde el documental se obliga a adentrarse a la lucha que tienen estas mujeres frente a un mundo que si bien no las ha olvidado, las sigue utilizando como patiños, siluetas o vil existencia de nostalgia. Igual la cinta.
Las partes técnicas distan mucho más aún del contenido. Los encuadres en ocasiones salen sobrados, demasiado amplios y vagos en composición. El montaje es previsible; denotado mayormente por las acciones previas, lo que ahoga al ritmo y hace que el proyecto termine por no marcar un ritmo pertinente; la obra se siente más larga de lo que realmente es. 
Bellas de Noche, pues, resulta ser un ejercicio de añoranza que queda a deber. Señala un camino que deja abierto y expuesto a distintas interrogantes que se pierden frente al espectador. Es un producto bonachón que no dice más de lo que se puede ver en pantalla, no hay un volumen temático ni preciso al debate; se enmarca la sensibilidad de estas mujeres a través de sus inseguridades, faltas de criterio, excentricidades e ignorancia. No se trataba tampoco de atropellar las personalidades y desenmascarar a diestra y siniestra un periodo lleno de irregularidades, no, pero sí de revelar claramente ciertas guías; de encontrar la honestidad y el diálogo en reflexiones sin tapujos. Curioso resulta entonces al final que estas damas terminen por mostrarse más desnudas en los pietajes de las cintas de sus años mozos, que en estos sus relatos y supuestos retratos de certeza. 

Bellas de Noche de Maria José Cuevas

Calificación: 2.5 de 5 (Regular). 

viernes, 11 de noviembre de 2016

Hasta Luego Leonard Cohen.

Hasta Luego Leonard Cohen.

Como mucha de mi música favorita; aquella que me ha acompañado durante años enfundada en un abrazo en conjunto, conocí a Leonard Cohen en un viejo casete pirata que tenían mis hermanas entre sus álbumes, libros y fotografías cuando apenas me iba a entrar la pubertad; se trataba de su disco de éxitos de 1975. Y sí bien por esos años lo que yo buscaba era un sonido enérgico cargado de riffs ácidos de guitarra y potencia a lo más vil para -según mis creencias de entonces- alejarme de todo, no pude más que rendirme ante sus canciones casi a la primera escucha. En la aparente sencillez de las notas que brotaban de la bocina de la grabadora había una sazón de nostalgia, de sapiencia; ecos de experiencia brutal, de dolo y un apasionamiento por las espinas del amor. En los recovecos de su lirica comencé a conocer el serpenteante mundo de sentimientos al que me dirigía y en el que aún camino y aún me explicó ocasionalmente con sus frases. Fue él, pues, incluso antes que Dylan, quien me enseñó que no todo era experimentación en el mundo sonoro sino también contenido. No se trataba únicamente de sonar bien sino de decir algo, tener discurso y total franqueza. 

Aquel casete no sé si aún exista en alguna caja cargada de polvo en la casa donde crecí la mitad de mi vida; en realidad no recuerdo si logró superar el desgaste que le hice conocer aquellos días, meses y quizá años. Viendo hacia atrás, esas horas me parecen ahora un horizonte tan lejano como vasto el universo que me hizo conocer: sentimientos y emociones embotelladas al vacío del plástico, del laser y de la era digital. Enseñanza pura de que la belleza no es nunca una dama bien vestida sino una que disfruta de su desnudez para, de vez en cuando, violentarse y alzar la voz. Que señala con enojo y se ensucia sin apuros para acariciarte y mostrar al mundo valerosamente su llorosa mirada, su cansada fragancia y las marcadas cicatrices que le dejaron las jornadas de vida. La beldad como una catarsis repleta de elegancia. 

Si bien no recurro tan a menudo a su discografía, cada que me regalo dicha oportunidad algo en el aire me respalda y me hace respirar de una manera bucólicamente honesta; me hace sentir acogedoramente simple, llano, solitario. Una sombra capaz de encontrarse la sonrisa entre las penas. Una carcajada repleta de las condenas que da la felicidad... Si bien el mundo de sus letras, de su narrativa, de sus encuentros y reencuentros han marcado a miles, a cada uno le ha creado su propia firma. Su propio sello con su propia tinta y su propio sabor. El mío no sonará del todo tan especial; se remonta y remontará siempre a ese casete viejo y pirata de mis hermanas en que le escuché por vez primera. Y es que a través de todo el paraje en que me ha acompañado indirectamente, no me queda más que aclararle a manera de despedida -ahora que tristemente nos ha dejado- que así como hizo a bien decir y cantar alguna vez, yo, como miles de sus seguidores, sólo he tratado a mi manera de ser siempre libre.