Replicantes.

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España, 2009.

Sunset Boulevard

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El que Busca Encuentra

martes, 21 de diciembre de 2010

The Wall Tour 2010

Aquí dejó algunas fotos del Concierto del The Wall llevado a cabo el Sábado 18 de Diciembre del 2010 en el Palacio de los Deportes. Fueron humildemente tomadas desde mi sitio y con mi celular.







The Wall Tour 2010

Vía Libre.


Sobre Roger Waters y El Muro.

Advertencia: Este no es un texto que pudiera calificarse como reseña y mucho menos crónica. Es un escrito inspirado por el pasado concierto de la gira "The Wall" en México. Un texto sobre Roger Waters, sus últimas giras y su legado.

Roger Waters & el The Wall Tour 2010.

En alguna ocasión Roger Waters mencionó que los más “recatados” fanáticos de Pink Floyd no elegirían al “Dark Side Of The Moon” o el “The Wall” como su disco favorito entre la amplía discografía de la banda, que ese honor recaería mejor en alguna otra de las tantas producciones que hizo alado de sus anteriores colegas de profesión. Y no es que el otrora líder de la ya desaparecida legendaria agrupación inglesa quisiera desprestigiar con la mención de dichas palabras la zona comercial de su trabajo discográfico, sino el atribuir y sumar (creo yo) a la carga emocional de sus devotos, un agradecimiento al seguimiento pleno de su carrera… En todo caso, si nos sinceramos un poco, el compromiso con lo dictado en aquel comentario tenía algo o mucho de razón. A nadie –seamos francos– conocedor a detalle de los pormenores de la banda, le sería sorpresivo el realizar un ejercicio de calculo. Es más, a ninguno le resultará ajeno el hecho de dividir a los más fervientes admiradores de esta agrupación, una de las más conocidas del progresivo, en dos grandes y principales bloques para la elección del disco de sus predilectos. Por una parte se encuentran aquellos que se han inclinado siempre por su primera etapa musical –los primeros 7 discos– y en cuyo caso la gran mayoría elige al “Meddle” de 1971 por clásicos como “One Of These Days”, “Fearless” y la indiscutible y fabulosa “Echoes”, así como también el “Atom Heart Mother” de 1970 por “Fat Old Sun”, “Summer '68” e “If”. Por otro lado, claro está, en contraparte pero no en contra de los agrados anteriores, se hallan los admiradores (en lo que debo incluirme) que prefieren la segunda etapa de la agrupación, última donde participaría el músico citado en esta cuestión, por producciones como “Animals” de 1977 y “Wish You Were Here” de 1975 por temas como “Dogs”, “Shine On Your Crazy Diamond”, “Sheep” o la homónima y bellísima “Wish You Were Here”.

Ahora bien, resulta un poco curioso y hasta contradictorio que el mismísimo Roger Waters se haya embarcado en los últimos años en un par de giras que llevaron por el mundo el universo sonoro de esos dos discos que citamos en sus propias palabras como los menos estimados por sus admiradores al inicio de este asunto lírico. Pero repito, aquel comentario habría sido –y lo habrá (me atrevo a afirmar)– tan sólo un santo y seña para sus adeptos en forma de la palma de una mano golpeando sus espaldas; las nuestras en todo caso; los que hemos seguido no el camino de adoquines amarillos sino de ladrillos blancos, prismas resueltos en arcoiris, cerdos voladores, diamantes perdidos, brisas de acero, corazones atómicos, almohadas de viento, puentes quemados, dominios astronómicos y controles dados bajo el corazón del sol (por citar algunos referentes). Y es que el caso aquí, quizá, en una humildad desteñida por los propios egos en juego; el del mismo Waters que es bastante conocido y el de nosotros, los fanáticos de corazón –y años– que podemos darnos el lujo de contar con ese kilometraje andado de los lustros, que justifico las andadas en un simple examen de conciencia. Una revaloración de aquellos materiales que no sólo han quedado para los fans, sino para el mundo musical en general. Materiales con la calidad acostumbrada –alta muy alta– además del buen recibimiento de la industria. Algo así, pésenos donde nos pese, que no debería de, en el orgullo de haber elegido ya nuestro álbum favorito, se llama legado… No podemos negarlo, ambos discos en falsa disputa desde el inicio de este texto revolucionaron no sólo el género al que se atiene la banda, sino la música popular para siempre. Ya sea en el hecho de la ingeniería de sonido en un “Dark Side Of The Moon” que hizo que la producción de un álbum jamás volviera a ser pensada y diseñada de la misma manera (y en cuyo caso tiene mucho merito Alan Parker), como en el de un show mass-media interdisiciplinar por todas luces como se intentó en sus años con el “The Wall”… Es el legado, el legado, pues, de los años de fabricar historias, diseñar resonancias, crear universos y mantener sobre todo a flote una ideología pacifista y humana; que nos encontramos aquí, en estos años, con la oportunidad de una revaloración de aquellos álbumes que marcaron para siempre cierta historia de la música.

Es un mundo globalizado, sí (que en cierta parte le dio la razón a muchas de las cosas dichas en los 70s por la banda), con los avances tecnológicos a flor de piel (y aquí espero no sonar arcaico en un par de años aunque el anhelo sea casi imposible) y con un poder de nostalgia tan mayor como el ejercito de hombres, mujeres y niños al servicio de los himnos culturales del pasado. Es el mundo en el que Roger Waters se ha embarcado en esta década que termina, con el relanzamiento no únicamente sonoro sino visual, muy visual, de sus obras más sonadas en el mundo nuestro.

Ahora bien, tuve la afable oportunidad de vivir ambas giras. De asistir al foro sol y revivir en una primera parte clásicos de Pink Floyd, clásicos de Waters en su carrera de solista, de gritar a los cuatro vientos muchas de sus letras y rendirle un merecido homenaje a Syd Barrett cuando su rostro apareció a la mitad de “Shine On Your Crazy Diamond.” Asimismo, tuve la oportunidad de ver ese cerdo volando sobre las cabezas de los asistentes. Reviví, pues, como era anunciado, el “Dark Side Of The Moon” en su totalidad, sintiéndome ajeno a este mundo y creyendo que allí, cerca de mi sitio, existía algo mejor a lo que aspirar y aprehenderse. Fui bañado por ese arcoiris gigante como cascada y mi cerebro nunca supo a donde mirar con el sonido cuadrofónico que nos hacía perdernos en el entorno. Fui participe del juego cerebral, y la luna –la misma luna– se dejó conquistar posando por encima del escenario... Algunos lo recordarán con grácil caricia de soberbia, con presunción. Fue quizá una de las noches más bellas que hayamos vivido hasta ese entonces. Nuestros anhelos estaban casi en su entereza sedados, fue algo único y especial que, lejos de la arrogancia de mencionar que he podido asistir a muchos conciertos en lo que van de mis años de experiencia musical, dictó y rigió un nivel imposible de alcanzar. Fue algo espectacular, una fuerza mayúscula. El mundo, pues, comenzó a ser más simple desde ese día.

No fue hasta hace unos meses, cuando los rumores comenzaron a sonar, que al cabo de unos cuantos días el anuncio oficial se hizo: Roger Waters saldría de gira nuevamente, esta vez, con el show de “The Wall”. Las primeras declaraciones fueron tomadas como exacerbadas ya que el músico inglés dijo que si bien no había vuelto a retomar este espectáculo en 20 años, esto se debía a que la tecnología para realizarlo tal cual él siempre lo había visto, no había sido creada. Muchos no supimos que pensar, así que imaginamos, lo hicimos como lo habíamos hecho momentos antes de entrar al Ex-Autodromo Hermanos Rodríguez para alejarnos del mundo. ¿Qué traería consigo ahora este hombre con un ingenió casi exclusivo en lo que se respecta a los conciertos de rock? No pasaron ni muchas semanas ni muchos ruegos para saber que la ciudad de México estaba en la lista de las ciudades en las que aterrizaría la gira. La lucha por los boletos comenzaba, pero esa, al cabo de su desenlace, muchos ya la conocen.

Con boleto en mano, pues, al igual que muchos de mis colegas más allegados y ajenos, esperé. Esperé como quien desea arribar a la meta de un largo camino donde nada se sabe y todo puede pasar. Conservado en mi integridad, por azares de la fortuna, me presenté esa noche junto a mi fe y unas expectativas muy altas, inclusive más que eso (siendo la primera vez que me dejaba conquistar antes del concierto en si; esto debido a mi anterior experiencia ya citada) en un palacio de los deportes al que he asistido tantas veces, pero en esta ocasión con la inusitada inocencia con que un niño espera el comienzo del show circense –o los pubertos contemporáneos (o jóvenes mediocres e inmaduros) el arranque de una nueva cinta de Harry Potter o algún capitulo más de cualquier situación de esta boga vampirezca tan sosa como trivial– para dejarme llevar por lo que para mi y muchos era un momento trascendental en nuestros agrietados relojes de arena. Sentado, por fin, en mi asiento, frente a un muro frente apenas construido y un enorme hueco al centro, esperé, esperé de nueva cuenta pero tan sólo los últimos minutos que limitaban un anhelo ni siquiera pensado o soñado en mis listas de gente a ver o escuchar en persona... A las 20:30, como ya se sabe, el show dio comienzo con la extraña característica de que la mayoría de los presentes sabíamos ya el orden de las canciones a escuchar, la historia a escuchar, pero faltaba el ritmo, el acercamiento a la actualidad y sobretodo, la grandiosa presencia de la puesta en escena en cada una de las interpretaciones. El show individual de cada una de las partes. Marionetas gigantes, juegos de luces, explosiones, sonido circundante, proyecciones alusivas como criticas a una sociedad consumista y sobre todo bélica es lo que nos fue inundando no sólo la mirada y los oídos, sino el sentimiento y la pasión que para cuando acabó la primera melodía, ya no existía más adentro sino a flor de piel.

Canción tras canción, entonces, ladrillo tras ladrillo que fue armando el muro hasta completarlo y ofrecernos una de las pantallas más grandes y peculiares jamás vistas, fue que se suscitó la noche. Fue que las minutos y las horas se fueron extinguiendo hasta el arribo de ese momento, crucial en el espectáculo, en que todas las voces presentes –que no habían dejado de soplar a la distancia los ecos de las letras con la energía de la chimenea de un barco– exigieron el derrumbamiento de esa pared construida por la ensombrecida historia de “Pink”, personaje central de la historia de “The Wall” que el muro cayó. Y calló. El concierto, que se había convertido en una aventura onírica excepcional e inaudita había llegado a su última melodía, a su último fragmento; con los retazos sobre el suelo de aquella construcción que habíamos visto poco a poco erigirse, había llegado el fin a una velada que de nueva cuenta nos dejó a los presentes con las ansías agotadas y la sangre alborotada. Con la mirada sumida en el extravío de un delirio mágico y las pesadillas agotadas en seis simples cuerdas de guitarra. El momento de despertar ante una realidad más cruda y mordaz, la cual también había sido participe dentro de los mensajes dentro del show había arribado y el contacto era innegable. Al salir del foro todo era como antes. Como siempre ha sido y ha de ser…

Está bien, sí, quizá las pasiones se desbordan sobre la mesa cuando uno recuerda tales eventos, pero creo que ciertas personas –que saben de lo que hablo por experiencia propia– perdonarán tan trastabillado texto. Es causa natural de lo vivido. No siempre se está dentro de las entrañas de un sueño tan conmovedor como impresionante.

El concierto pues ha quedado atrás. Se ha rebasado y superado ya la línea de la expectativa, de la hora cero y ahora hay que ir delimitando los terrenos de los vivido… Quizá, si no es traición, podríamos asentar las pasiones y detallar más en el mensaje. Aquel donde se critica al consumismo y a ciertas marcas que, hay que decirlo también, deben formar parte del equipo técnico de la gira. ¿Será entonces como la regla del marketing mundial solicita: una critica y publicidad al mismo tiempo? No lo sé, quizá tan sólo sean ironías de un mundo enrizado en los pequeños objetos pero no en los pequeños detalles… Ocurrencias y sarcasmos de un momento vago donde la comunicación se ha intentado dar paso, quizá (aún recuerdo a aquel “hijo de Dios” que al finalizar el concierto aventó su vaso a media cerveza contra ciertos humanos de mi sección) pero que por otro lado, en su naturaleza social, nunca se sabe a ciencia cierta si se logrará. ¿Basta con soñar tal vez, con vivir el sueño como lo hemos hecho los asistentes a tal evento, a tales eventos; a las dos giras donde el buen Roger Waters se ha redimido, ha sonreído y nos ha revitalizado dos discos que al principio, en palabras suyas de hace algunos años, citó como alejados del gusto en primer plano de sus admiradores? No lo sé, lo que me queda claro es que nos ha mostrado su ingenio, nos ha cacheteado con su lagado y nosotros, gustosamente, hemos puesto no únicamente la otra mejilla sino todo el espíritu de nostalgia y creencia en ese movimiento contracultural que alguna vez, hace décadas atrás, tuvo la noble ilusión de hacer del mundo un lugar mejor a través de la música. ¡Vaya!, que tiempos aquellos. De tan sólo recordar lo mal que está todo este asunto, incluyendo el musical, me dan ganas de volver a ese gusano del tiempo pasado donde las cosas se decían con valor y ensoñación. ¿No podríamos vivir en un mundo así al menos un par de años?, ¿no podrían ese par de giras repetirse y perdernos en sus alucinantes laberintos de buenos deseos?

Yo aquí termino, sin recelos ni conclusiones determinantes. Me quedo con la pasión desbordada en dos de las noches más alocadas y bellas de lo que será mi entera vida al final de mis recuentos. Sé que quienes estuvieron ahí, empuñando su voz en conjunto con la mía en esos días, lo entenderán y sentirán una fuerza similar. Me despido con los puños cerrados, mirando al cielo y soñando en alumbrar todos los espacios oscuros de las personas, y derrumbando todas las murallas y fonteras sociales del mundo.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Dos Días En Noviembre

Dos Días En Noviembre from A. Güiris V. on Vimeo.

Cabo de Año: 2010

REDONDO.


2010. ¿El Año en el que ya no hubo contacto?

El año termina con el segundo verano cinematográfico; un par de meses irónicamente invernales donde las grandes apuestas de los estudios inundan los cines sin dejar opción más que a lo industrial. No será, entonces, para nadie sorpresivo que en estas fechas navideñas las únicas alternativas sean, como siempre, tan radicales como tradiciones entre si; cintas familiares que rozan en lo cursi del amor y “el mensaje”, hasta tramas de un horror generalizado y cada vez más pulverizadas hacía lo grotescamente explicito. Pero si bien nos alejamos tan sólo un poco de la tradición del “no sé que hacer en estos días”, bien podíamos optar por entretenernos al recordar las cosas que marcaron (para bien o para mal) el paso de la pantalla en este año que esfumado ya está por un lado, o bien por el otro: las cosas que se nos promete para aquel que comienza con la lucha férrea de los premios más importantes de la industria. Un año que sin duda alguna, se alejó de la fantasía y la analogía de una guerra cada vez menos mediática para afanarse más en los sectores oníricos de una realidad social de la que no se quiere, en realidad, despertar del todo (con el fin de no encontrarse con la mortandad real) como en "Inception" de Nolan, o –mejor aún– para encerrarse en un imaginario colectivo de pesadillas urbanas –muy mal manejadas por cierto– en una secuela de "Paranormal Activity" (Tod Williams) que resultó ser un ejercicio un tanto peor que el original que ya era lo bastante malo como para ejecutarlo. Asimismo, como no es de extrañarse en esta crisis creativa de Hollywood que cada vez es más cínica, se nos traen de regreso las comedias exabruptas de una sociedad que intenta, hipócritamente, hacer un acto autoreflexivo de la burla en cintas como "Due Date" (Todd Phillips), que al menos sí cumple con el objetivo de la carcajada, u otras con un humor tan involuntario como el llamado perdido y nostálgico de la selva que resulto ser "The Expendables" (Stallone) como refritos tras refritos de películas de culto en el mercado de la añoranza que resultaron por pasar tan inadvertidos como los protagonistas mismos, ejemplo claro: "Karate Kid" (Harald Swart)… En fin, la nota buena, como ya suele ser también costumbre, la dieron los estudios de animación al madurar algunos de sus personajes más entrañables; "Toy Story 3" (Lee Unkrich) y "Shrek Forever After" (Mike Mitchell) aunque esta no se puede quitar del saco las referencias a películas de nostalgia como "Back To The Future" (Zemeckis) que también fue traída de nuevo a la pantalla para los jóvenes veteranos.
No es de sorprenderse que la falta de ingenio en la industria continúe en el próximo año que nos alienta a creer, como suele ser lo habitual, en los primeros meses con sus películas de mayor calidad; en este caso, las que resulten premiadas y que como siempre, nos han de llegar con un atraso desmedido. La lista no es tan larga pero si esperanzadora: "Black Swan" (Arronofsky), "Social Network" (Fincher), "True Grit" (Coen), "Hereafter" (Eastwood), "The King's Speech" (Hooper), "The Fighter" (Russell). Aunque cabe decir, también gastadamente, que para el verano próximo se nos avecina una nueva oleada (sí, una nueva) de súper héroes que cruzan las paginas de sus comics a la pantalla grande cuyas esperanzas fílmicas dejan mucho que desear en sus primeros avances; "Thor" (Branagh), "Green Lantern" (Campbell) así como historias que retomando géneros o estructuras clásicas se reforman única y exclusivamente en el campo visual de lo que resultará, casi sin dudas, meros aspavientos de efectos espaciales como "Cowboys And Aliens" (Favreau) o "Real Steel" (Levy). También será el año del regreso de Ron Howard a la comedia romántica "The Dilemma", de la nueva entrega de los nuevos disparates de Roland Emmerich "Anonymous" y de Michal Bay en una nueva secuela dominguera de "Transformers: Dark Of The Moon" y por fin, ¡por fin!, la última parte de "Harry Potter" para ya dar vuelta a la hoja a esa boga juvenil de hechiceros melodramáticos. ¡Ah!, y claro, como olvidarlo, también el final de la saga de "Twilight" en algo que ni siquiera vale la pena gastar unas cuantas palabras. ¿Nos espera, pues, un buen año? No podría afirmarlo, tampoco negarlo. Será como la tradición dictamina, con altibajos donde las crestas cada vez son más escasas. El cine no requiere de nueva sangre, es la industria la que está obligada a abrir un poco más los ojos. Simple y llanamente eso. Que curioso que no lo hace… Ustedes al menos háganlo y tengan un muy feliz y reconfortante año.

Hype!

REDONDO.


Hype! (Doug Pray, 1996)

Mientras que bandas se afanaban más en cierta moda visual preestablecida por el mercado en una década que ha pasado ya a la historia por su estética sobre-actuada y exagerada como fue la de los 80s, no muy lejos de allí –aunque ocultos en una región perdida sobre la sociedad mercantil estadounidense– se afanaba el próximo movimiento musical que habría de poner a la industria de rodillas para después, como todo, terminar siendo utilizado y apagado en un desenlace parecido al de aquellos “rockeros” ochentenos, en lo que fue un simple pase de estafeta de lo que está en boga y no.
Ese movimiento, naturalmente, fue el industrialmente nombrado y conocido como “Grunge” que entre otras cosas, no obstante de marcar a una generación (la “Generación X”), daría paso, entre otras cosas, a lo “alternativo” comercialmente hablando en años posteriores. Pero, ¿qué hay de cierto en la leyenda regida en el ámbito de un sonido (que no lo fue, como tampoco movimiento)?, ¿qué hay de todas esas voces que se apagaron cuando 4, o más bien 5, bandas apenas alcanzaron el main stream? ¿Qué hay que decir del “grunge” (nomenclatura jamás aceptada por sus ejecutantes) a través de estos, sus sobrevivientes? ¿Qué es lo que realmente sucedió en Seattle en esa década que cubre el ultimo lustro de los 80s y el primero de los 90s? Pues bien, muchas de las respuestas a esos cuestionamientos básicos que nunca nadie se hizo en su época, las logra con gran mano narrativa el realizador Doug Pray en su documental Hype! a través de un viaje tan honesto como real sobre los lugares originales, las causales voces (no sólo en lo tonal, sino en el diseño grafico, en la producción musical, la fotografía, etcétera) y los grandes perdedores de este llamado a las grandes ligas. Hype!, pues, no es sólo el llamado a los fanáticos de este ciclo musical de los 90s, sino a todos aquellos gustosos del documental musical y social, a todos aquellos críticos de la música y la industria, sí, pero sobre todo –y sin temor a exagerar– a todos aquellos gustosos de un cine contado sin ataduras y con una frescura insospechada.

Hype! de Doug Pray
Calificación: 4 de 5 (Más que Buena).

The Last Waltz

REDONDO.


The Last Waltz (The Band, 1978)

En “El Día de Acción de Gracias” (tradición pilar de la cultura estadounidense) de 1976, “The Band”, una de las bandas con mayor tradición en la cultura del rock de la década de los 60s y 70s, ofreció al público su recital de despedida en una especie de banquete/concierto. La velada comenzaría, pues, con una cena (como dicta la tradición), para proseguir con un baile de pareja y cerrar la noche con un concierto de rock que, sin precedentes en esa época, se convertiría en la leyenda que hoy es considerada una de las mejores interpretaciones en vivo de dicho género. Y es que “The Band”, esa banda que entre muchas otros tantos legendarios momentos acompañó a Dylan en su primera gira a Inglaterra, no se presentó a la cita sola en el Winterland Ballroom de San Francisco, sino que acompañada por algunos de los músicos y amigos con quienes había trabajado con antelación durante su carrera como el mismísimo Dylan, Neil Young, Eric Clapton, Ron Wood, Dr. John, Van Morrison, Joni Mitchell, Ronnie Hawks, Emmylou Harris, The Staples, Paul Butterfiled y demás, se alzaron victoriosos sobre un escenario que jamás volvió a tener el mismo valor después de aquella noche.
Para los que conocen bien la historia, sabrán que el concierto no sólo quedo enmarcado en un audio hoy reconocido por su valor histórico, sino que también se tuvo la afable posibilidad de documentarlo en una película bajo la mano de un joven Martin Scorsese en uno de los mejores filmes sobre el rock que se hayan realizado hasta la fecha. Ahora bien, hablando sobre el material discográfico, fue en 1978 (año en que se estrenó la cinta) que salió a la venta una primera versión, de tres Lps, que contenía básicamente lo que se encontraba en el documental. Cosa que cambió no hace muchos años, en el 2002, cuando en un boxset de 4 discos de colección salieron a la luz mucho más grabaciones de audio de esa noche que ha enmarcado ya un hito en la historia del rock.
Ya sea en película o disco en versión de 1978, o del 2001, The Last Waltz de The Band es un material que cualquiera que se haga nombrar como gustoso del rock, debe tener obligadamente en su colección. Y claro, si son todos, mejor aún.

The Last Waltz de The Band
Calificación: 5 de 5 (Imprescindible).

jueves, 25 de febrero de 2010

The Hurt Locker

REDONDO.


The Hurt Locker
Zona de Miedo (Kathryn Bigelow, 2008)

El primer gran acierto que tiene la directora Kathryn Bigelow al comenzar su trama en su cinta sobre Irak, es el presentarnos su historia a través de una cita que es un tanto desconcertante. No obstante, la gravedad de la misma no es tanto su contenido como sí la fuente de donde proviene. La afamada directora de películas de acción, se apoya en una citación de su propio personaje central y de esta manera, nos invita y sube a un estrepitoso viaje de acción que es realmente excitante y cautivador.
Desde ese momento y con una muy buena mano, no deja que el espectador se pierda en una maraña de enredos extras a lo que en realidad se dispone la trama. En el cine de acción, obviamente, lo más sano es que el espectador se percate de inmediato del argumento y se deje llevar por las secuencias que, no está de más decirlo, deben ir creciendo conforme pasen los minutos. Y es que en este género no se puede dar uno el lujo de ir matizando conforme la historia avanza. Las cosas claras desde el inicio ayudan a que el auditorio, por supuesto, no se pierda dentro de la cinta pensando y repensando lo que se suscita frente a ellos. Y como he dicho, el primero (de muchos) aciertos de la directora, es dejarnos específicamente claros de que va su historia incluso antes de mostrarnos la primera imagen.
The Hurt Locker, entonces, es una cinta de acción plena que se sitúa en Irak, pero sin todo el mecanismo discursivo del bien o el mal que en realidad, si somos un poco honestos, es exhaustivamente cursi en otro tipo de cintas que tocan el tema. Y es que ese otro de los grandes aciertos que se encuentran en esta cinta, pues la directora hace a bien decidirse por guiarnos a través del Sargento William James (en una muy buena actuación de Jeremy Renner), nuestro personaje principal, que se encuentra estoicamente más allá de ir en contra o a favor de una guerra que ya es hasta ridículamente polémica en la vida real.
Y como una buena cinta de acción, desde que se nos presenta la historia, la emoción de adrenalina no decrece en ningún momento, salvo los pequeños lapsos, necesarios todos ellos, claro, donde la directora se da el lujo de hacernos ver el posible lado más humano de nuestro personaje principal.
Kathryn Bigelow da rienda suelta, entonces, a una cinta que, como ya mencioné, se aleja de descalificar o polarizar –aún más– la guerra de Irak y se centra en algo que si nos ponemos a pensar, es en realidad aún mucho más tétrico. Y es que nuestro carácter central tiene una pequeña manía: es en realidad un adicto a las guerras, y simplemente no hay algo que no le gusté más que enfrentarse al peligro cara a cara, y si se puede, desnudos también, ¿por qué no?. Estamos, pues, ante un personaje fascinante que le gusta colocarse en los abismo más oscuros de la humanidad. Y fuera de todo esto, le sumamos su carisma y su interés por parte de esa cultura que ha invadido, no obstante de ser esposo y padre de familia. Cosa que al parecer no puede son su pequeña enfermedad. Y así, alejado de toda condescendencia humana, en realidad es un ingeniero que desactiva bombas y siempre se salta los protocolos para, ¿por qué no?, ponerle un poco más de sazón al asunto.
Entonces, claro, nuestra directora, toma las riendas de la telaraña y sin más, en secuencias que no dejan más que ver la ya trabajada mano de sus venas de amante de la acción, seguimos a este Sargento junto a sus dos compañeros que tiene más miedo de morir que de seguir viviendo. Y sobra decirlo tal vez, pero el choque de estas ideologías crea un ambiente tan de acuerdo con los conflictos que se ven en pantalla, que en realidad la película no deja que se te escape ningún detalle de ella.
Ahora bien, dentro del orden, esta cinta no es en si un film de Irak. El conflicto bélico en realidad es sólo un mísero pretexto de ubicación para poder contarnos la historia de un hombre que ronda la muerte por senderos inhospitos con total gusto y agrado. Y que aunque la vea de frente en muchas ocasiones, en realidad nunca nada le ha valido para irse con ella.
Kathryn Bigelow, pues, logra con The Hurt Locker, una combinación de calidad en los elementos que centran y rigen los códigos de acción con los de la guerra. Hace alusión a un tema de moda, y sale muy bien librada. Acompañada de la excelente cámara de Barry Ackroyd, que con sus acercamientos nos cierra más al universo de este complejo hombre que en realidad, lo único que busca es la excitación de estar cerca del abismo, se suma a los talentos de la edición de Chris Innis y Bob Murawski que sin querer estar detrás, crea ese ambiente de invisibilidad entre los cortes que uno en realidad aprecia las secuencias como si las cosas se estuvieran suscitando en el momento. La música de Marco Beltrami y Buck Sanders logra al igual su acometido, pasando desapercibida pero multiplicando la emoción cuando se le requiere.
No lo sé yo del todo. Divagare acaso, pero creo fervientemente que en esto de la guerra de Irak, al parecer las mujeres han dado una muy buena enseñanza a los directores hombres de acción, que al parecer sólo quieres ponerse en alguno de los lados. Y no me refiero sólo a esta cinta, no, pues debido a la temática, cabe aquí también traer a colación los 4 capítulos que dirigió Susana White para la tan bien, muy llevada miniserie de HBO, Generation Kill (2008).
The Hurt Locker, pues, es una cinta a ver. Es una película que atrapa y no cede en ningun momento. Es una real cinta de acción. Un trabajo de alta manufactura y más allá de lo recomendable. Queda claro al indagar en sus interiores, por supuesto, que es, sin duda alguna, una de las mejores cintas el año.

Zona de Miedo de Kathryn Bigelow
Calificación: 4 de 5 (Muy Buena).