Replicantes.

Replicantes.
España, 2009.

Sunset Boulevard

Sunset Boulevard
España, 2009.

El que Busca Encuentra

martes, 21 de febrero de 2017

Manchester by the Sea

REDONDO.

Manchester by the Sea
Manchester Junto al Mar (Kenneth Lonergan, 2016)

Desde los primeros minutos de Manchester by the Sea, los elementos nos indican claramente la línea del filme y nuestra posición como espectadores en el: somos testigos –más no compañeros– de una peregrina cápsula del tiempo que irá develando de a poco un mundo donde el pasado y sus tragedias continúan dominando. Donde la decepción y la culpa juegan un rol que no ha encontrado salida y abraza sofocando las acciones y actos de quienes han tenido que seguir andando en el. 
El realizador apuesta por un uso pausado del ritmo, una mano uniforme y hasta cierto punto sencilla en la presentación de los temas para ir narrando su historia. Enfoca su drama en situaciones comunes para implicarnos en la cinta; llama a una tragedia para ir develando un tiempo que había sido puesto a un lado. Acerca las cicatrices y las abre sin mucha espera para conocer las respuestas a todo aquello que flota pero que no se quiere respirar: muerte, desamor, apatía y responsabilidad como losas de carga.
El entramado en si es sencillo: después de la muerte del hermano mayor, el menor debe volver al pueblo del que ha huido para hacerse cargo de los asuntos legales, el sepelio y, sobre todo, del hijo de este: un adolescente que no tiene mayor horizonte que lo vivido día a día. Es de entender, claro, que las pesadillas irán apareciendo, que los protagonistas de estas se presentarán de manera incomoda para ponerle un poco más de presión a todo el asunto. El camino es hosco, nada ayuda a nada, nadie ayuda a nadie. La aparente desconexión entre la familia y allegados, así como la elemental relación con terceros no es otra cosa más que la humanidad; exigida por sus deseos, necesidades, privaciones y carencias. No obstante, el caos no reina y todo sale a flote con una naturalidad que se agradece y pone los acentos estilísticos más notorios a la obra.
Estamos, pues, ante un devenir de sensaciones y razones que le dan sentido a la catarsis obligada por la que se verá obligado a pasar –junto a su áspera y ceñuda personalidad– nuestro personaje central; Cassey Afleck en una eficaz actuación contenida que sostiene la naturalidad del drama, así como permitiendo la apertura de un umbral de humor negruzco y elegante que pocas veces se ve funcionar tan en equilibrio como en este filme. 
Los elementos técnicos quedan en un plano secundario. El montaje de Jennifer Lame en ocasiones resulta un tanto brusco, su manejo en las elipsis no suele ser constante y el ritmo en ocasiones se rompe y varía en el campo emotivo que se ha logrado en escena. La fotografía de Jody Lee Lipes es funcional, favorece a la cinta pero tampoco amplía el espectro de la trama; sus planos son bellos por el origen natural de ellos pero su potencia recae en las actuaciones. Caso aparte es el uso de la música, no tanto la partitura original de Lesley Barber (que pasa un tanto, o mucho desapercibida) sino a la elección de las composiciones de Handel como base para el drama, compañía que une los tragos amargos y las cavilaciones dentro de ellos. 
Manchester by the Sea resulta, entonces, en una cinta sujeta al paso de un ensimismado personaje que se percata que, en ocasiones, las buenas intenciones no son las mejor manera de solucionar las cosas. Es un viaje vencido desde el inicio, una reducción de la tristeza, una coartada para seguir adelante sin pedirle respuestas a nadie. Es un camino que enseña negando y muestra que tirando la toalla también se pueden lograr los mejores tratos si es así como la vida nos ha ido llevando debido a nuestros actos. El secreto, claramente, recae en siempre ir un paso delante de ellos. 

Manchester junto al Mar de Kenneth Lonergan

Calificación: 3 de 5 (Buena).

miércoles, 15 de febrero de 2017

Hell Or High Water

REDONDO.

Hell Or High Water
Enemigo de Todos (David Mackenzie, 2016)

El cine siempre ha tenido cierta fascinación por el Sur estadounidense; una marquesina cuyos horizontes parecen alejarnos de una lógica moral convenida pero que al final de cuentas nos escupe a rajatabla la naturaleza humana a través de todos sus elementos y en todas direcciones: su puesta de sol, su noche, los parajes cuasi incrustados en la carretera y sus personajes: actitudes, sacrificios, anhelos, acentos y malsano entretenimiento.
Con “Hell Or High Water” nos encontramos, pues, en terreno ya explorado, en una radiografía ya revelada en buena o mala medida pero que no obstante, resulta refrescante: bien actuada, vibrante y hasta cierto punto honesta. Después de un recorrido nada corto, el realizador escocés David Mackenzie encuentra una vía para rastrear de nueva cuenta –en esos desérticos espacios– los motivos y razones, las manías y las fronteras del afán, el ansía, el porvenir y las aspiraciones. De paso, claro, empotrarse en un cine que acapara las ventanillas más importantes del circuito. Y eso, claro, es hasta cierto punto justo. Su trabajo es pulcro, minucioso, al servicio de la historia y sus histriones. No acapara, su mano es imperceptible y deja que el entramado se vaya desarrollando con una naturalidad plena cuyas consecuencias, también ya de sobra conocidas, nos llevarán al arrebato, la furia, el atropello y la impotencia. 
Los sucesos son claros desde el arranque; nos enfrascaremos en el viaje de un par de hermanos que han decidido robar pequeños bancos. El ritmo queda entonces marcado desde la secuencia inicial. Los motivos y objetivos de ambos bandos (el policía veterano que intentará detenerlos), irán develándose de tal forma que la implicación con nuestros personajes sea emotivamente contrastante hacía el final de la cinta. Y si bien el pretexto inicial no queda asentado claramente en su primera parte, es hasta cierto punto dibujado a través de las acciones y los diálogos, mismos que nos toman de la mano y no nos sueltan. Serán la guía durante este viaje dividido al presente texano, donde el machismo estadounidense reina entre bromas racistas, rostros cansados, miradas furtivas, actitudes reacias, facciones rugosas, caminos cuasi vacíos y la siempre obstinación por las armas. 
El resultado, si bien es parte de ese ya celebre imaginario conocido, atrae y convence. El director no trata de jugar con las formulas sino que apuesta por revestir y delinear a sus personajes de manera clara y coherente; con cierta humanidad, con cierto humor, con cierta desesperanza. Ayuda por supuesto la fotografía de Giles Nutggens, que sin tampoco querer cambiar la convención visual y estética de este tipo de cintas, nos regala retratos potentes y sumamente bellos. Igualmente el montaje de Jake Roberts, cuya precisión nos hace sumergirnos cada vez más en el pico consecuencia de las situaciones. Razón aparte cabe dentro de la banda sonora, cuya elección musical y partitura compuesta por Warren Ellis y Nick Cave acompaña; abraza cálida y nostálgicamente a lo largo del trayecto. 
“Hell Or High Water” es, pues, una cinta que se inscribe plenamente en ese estilo sureño de los Estados Unidos. En su geografía, en sus personalidades; fortalezas y debilidades. No asume y presume de más sino que nos adentra sencilla y eficazmente dentro de sus atardeceres. Grita quedamente que ese sueño americano tan vendido ya no existe, que quizá jamás lo haya hecho. Que de ser medianamente cierto, únicamente es parte de un quimérico anhelo que sólo se logra aplastando los del prójimo y denotando que la justicia es y siempre ha sido parcial ante los deseos de un mejor destino. 

Enemigo de Todos de David Mackenzie

Calificación: 3.5 de 5 (Muy Buena). 

sábado, 17 de diciembre de 2016

Arrival

REDONDO.

Arrival
La Llegada (Dennis Villeneuve, 2016)

Como claro preámbulo a una de las cintas más esperadas por los cinéfilos en el 2017, “Blade Runner 2049”, Dennis Villeneuve se inscribe de lleno en la ciencia ficción con una cinta que si bien tiene sus ligeros detalles, nos hace esperar con ansias una obra justa y merecedora del legado de su antecesora. Y es que con “Arrival" da muestras de una mano cada vez más controlada en la cadencia, una madurez latente en la tesitura de sus temas así como una exploración más fresca de los mismos. De paso, claro, se da el lujo –y la libertad– de sacarse la espinita y por fin manejar a sus anchas ciertos elementos que había bocetado ya en anteriores cintas. Si bien su obra se ha ido abriendo de a poco a un mercado más global, ésta no ha dejado de otorgarse a desafíos más complejos y profundos en las aristas narrativas, estéticas, histriónicas y dramáticas a cada paso. Su filmografía es, pues, su propia escuela; seminario que intenta captar lo sombrío y taciturno de la naturaleza humana. 
El conflicto plenamente narrativo de “La Llegada” es simple y hasta lógico, su primera parte inclusive puede definirse así. No obstante, el trasfondo que se nos irá develando de paulatina manera abre un envase que doblega la incógnita propia de nuestros personajes en pantalla. Es un miramiento a lo desconocido, a los temores de ello: las posibilidades, la pertinencia, el beneficio y la convivencia. “Arrival" no es una elemental cinta de encuentros extraterrestres, es un filme anacrónico ilustrado a través del lenguaje; lo que conlleva éste no sólo como proceso comunicológico sino como exploración en el campo emotivo y temporal. Villeneuve se nota suelto y escrupuloso dentro de un género que en muchas ocasiones ha sido maltratado; arrinconado en recovecos cercanos a la fábula, lo exacerbado y lo no formal.
Bajo una batuta de estética puntual, y agraciadamente sin hacer alarde de espacios y figuraciones recargadas en su estética, el entramado se desarrolla en espacios comunes, en un circulo de hechos que a la par que se presentan de manera más concreta, se van profundizando en el subtexto. Estamos, pues, ante un filme que se puede dar el corte de “inteligible” aunque tampoco se inscriba por completo en ese campo. “La Llegada” resulta al final en una película bien hecha, seria y formada al detalle. Aunque parezca que no pasan muchas situaciones diferentes a lo largo del camino, en el fondo se revela la materia de aquello que nunca ha sido puesto a prueba.
Como ejercicio guionistico la cinta carece de una redondez total. El entramado diseñado de Eric Heisserer peca en ocasiones de falta de desenvolvimiento. Si bien la voz en off que divide parte de la estructura fílmica hacía la mitad de la cinta se justifica para un metraje más acomodado, podría haber sido tratada con un poco más de calma. Igual pasa con las elipsis temporales a la “Nolan” que se suscitan hacía la parte final de la cinta, donde dicho sea de paso, el estilo cíclico presentado se torna un tanto más intrincado. Parte de ello bien podría haber funcionado mejor si se obviaban las posturas críticas a los actuales enemigos económicos e ideológicos de los Estados Unidos. Pero claro, hay que dejar la marca de la casa. 
En los demás elementos técnico/creativos hay poco que escarbar. Es una constante de Villeneuve el hecho de amalgamar de manera precisa la homogeneidad de los elementos de sus cintas. Tanto la fotografía realizada por Bradford Young, como la música de Johánn Jóhannssonn (basada realmente en muchos de los temas de sus anteriores trabajos) y el montaje de su editor de cabecera, Joe Walker, van de la mano. No sobrepasan el todo del filme, participan en el entramado desde su rincón de manera efectiva y sin protagonizar. Igualmente, como ya es costumbre en los filmes de este realizador, la dirección actoral es de un muy buen corte. Sus talentos se muestran eficaces en el set, con personajes que han construidos sus niveles de atención dentro del entramado final. 
Si bien el paso de Dennis Villeneuve ha sido un tanto zigzagueante –no todos esos retos fílmicos de los que hablamos al inicio han dado un resultado cien por ciento óptimo– continúa siendo uno de los directores a seguir. Su mano va imponiendo un sello particular, uno que se adentra a las líneas no visibles de un filme. Es un cineasta que gusta de detallar sus contenidos de tenaz manera antes que al vestido decorativo (aunque también hay algo de ello). Y con “Arrival”, claro, nos da además una prueba en su manejo de géneros, de que su discurso puede incursionar en distintas fronteras de manera clara y capaz dejándonos a espera de más. No sólo la secuela antes citada, sino más desafíos cinematográficos que seguro estaremos disfrutando. 

La Llegada de Dennis Villeneuve

Calificación: 3.5 de 5 (Buena). 

jueves, 8 de diciembre de 2016

Sully: Hazaña en el Hudson

REDONDO.

Sully
Sully: Hazaña en el Hudson(Clint Eastwood, 2016)

Sabemos de antemano que cuando Tom Hanks se deja ver en la pantalla grande la bandera de los valores estadounidenses más ortodoxos ha de ondearse por todo lo alto dentro del metraje presencial, sobre todo hacía su parte final (y resolutiva). Ahora bien, cuando detrás del encadenado de acciones se haya alguien como Clint Eastwood, es de suponer que dicho aire ondeante habrá de multiplicarse. Y es que estamos ante dos de las figuras más representativas de dichos intereses morales por parte de nuestro vecino del norte. El primero, claro, es una figura en la que ha recaído a lo largo de su carrera la interpretación norteamericana de la bondad, mientras el segundo se rodea de figuraciones de alcance, autoridad, poderío y, aunque suene irónico a sus 86 años, de fuerza y vitalidad. Si bien no podemos negarnos ante esos hechos, tampoco podemos negarnos al factor de que Eastwood quizá sea uno de los directores más formales y pulcros de la última década. Si bien sus trabajos más recientes fluctúan tanto en sus propias acciones como dentro de su propia filmografía, con Sully nos enfrentamos ante la reintegración plena de su cine más efectivo. 

La historia en si parece calzada para ponderar los bonos normativos de la sociedad estadounidense, exaltando –e integrándose– en la siempre inicua batalla entre el interés y la honestidad. Es una trama predispuesta, pues, para ello, y quizá otra mano la habría llevado a rebuscar ciertos elementos que dieran como resultado una obra exacerbada, pero no es el caso aquí. En la balanza de los hechos presentados: la narrativa y el campo emocional, se percibe la madurez del realizador, su soltura dentro del control de la ficción y su buen tacto. Es el propio encadenamiento el que se viste y respira con cierta pericia a favor del espectador, quien más que verse obligado, se dejará llevar más o menos libremente para dar sus valoraciones y experimentar el dramatismo propio del filme. 

Anacrónicamente Eastwood nos coloca de lleno y de manera eficaz en el centro del conflicto; la película no se centra dramáticamente en el afamado contratiempo aéreo que dio la vuelta al mundo, sino en lo que se suscitó después con los protagonistas de los hechos. Para ello se apoya en un doble debate. El principal es aquel donde las fuerzas burocráticas intentarán, como es sabido, lavarse las manos sacrificando la carrera del piloto; nuestro personaje central, él cual sostiene la disputa interna entre los nombramientos populares de héroe, así como los oficiales y mediáticos de posible fraude y peligro. No obstante, con cierta obligación y haciendo uso del tiempo como representación fílmica –sobre cavilaciones e inflexiones de nuestro eje humano central– el realizador nos hará parte de ese vuelo bajo un comando elegante y hábil desde distintos puntos de vista. Se revisita el acontecimiento bajo unidades separadas para poder lograr un climax en conjunto: accidente y resolución del caso. 

La fotografía de Tom Stern y el montaje de Blu Murray sobresalen en el valor adecuado; están a disposición del filme y a pesar de desplegarse de manera sobresaliente son invisibles durante la proyección. La partitura de la Tierney Sutton Band y Christian Jacoby encaja y se mimetiza con el estilo del propio Clint Eastwood acentuando los momentos claves. Sobresale igualmente el control y la colaboración de Hanks y el director. La actuación del histrión es calma, estoica (bajo las parámetros que le conocemos) y permite que el flujo de la cinta provea y le provea. Hacía tiempo que no veíamos a un Tom Hanks tan efectivo en un filme que no busca otra cosa más que narrar un fragmento y una versión de las cicatrices que van construyendo al Nueva York post 9/11.Por la parte técnica no hay más que agradecer. 

Sully es, entonces, una película particularmente sencilla. Una cinta sin aspavientos que no busca dobles fondos o profundidades en el sistema, se aboca a sus personajes y humaniza el hecho sin criticar de más, sin ataques frontales. Al verla no queda más que identificarse bajo su ritmo y pasar un tiempo placentero de un cine sobrio, claro, sin pretensiones y disfrutable. Un cine que no busca más que mostrarse y, sobre todo, escribirse y realizarse bien. Y vaya que en estos tiempos, y en esa área del mundo–honestamente- es más que suficiente.

Sully: Hazaña en el Hudson de Clint Eastwood

Calificación: 3.5 de 5 (Buena a secas). 


martes, 29 de noviembre de 2016

Bellas de Noche.

REDONDO.

Bellas de Noche
Bellas de Noche (Maria José Cuevas, 2016)

El tema y universo elegido por la documentalista debutante Maria José Cuevas se apetece literalmente hacía las grandes luces; las aristas que trastoca dentro del imaginario colectivo es amplio y harto interesante. Lamentablemente su mano se deja conquistar por sus personajes para que la obra se torne a leguas condescendiente; correcta en lo político y medianamente en lo social, alejándonos por completo de temas discutibles que harían enfrentarnos al escaparate del espectáculo y su doble moral dentro de la industria nacional. 
Si bien el seguimiento que hace de 5 vedettes nos trae a la mente –ya sea como recuerdo o virginalmente– aquella época de entretenimiento nocturno centralizado en luminarias cuya ropa servía tanto para lucir su cuerpo, como para reflejar los "brillos" de una sociedad que escapaba así a sus deseos e ideales, termina por quedarse corto en profundidad y pobre en consistencia. Indaga muy escuetamente el mundillo detrás del espectáculo dejándose abatir por el carisma de sus “bellas”, ganándole estas la partida. Y es que más que historias de vida y/o rastreos de su carrera profesional; más que retratos íntimos, logra una peligrosa camaradería obteniendo respuestas cuasi planificadas en llanas entrevistas y no confesiones que pusieran en juego todos los factores detrás de la maquila de aquellas figuras, cuasi heroínas sexuales, que tanto sirvieron a los medios para la pantalla social y que después hicieron a un lado con la misma convicción. 
Los homogéneos temas que se intentan poner sobre la mesa se entretejen de manera truncada: momentos aletargados, sosos y algunos bellos e interesantes (los menos) en los cuales podemos alejar a estas 5 damas de ese pasado glamuroso que hizo de sus nombres parte dorada de la farnadula, o bien de este intento de justicia mediática –que al parecer fue el pretexto inicial para la fabricación del filme. Igualmente su parte final, donde el documental se obliga a adentrarse a la lucha que tienen estas mujeres frente a un mundo que si bien no las ha olvidado, las sigue utilizando como patiños, siluetas o vil existencia de nostalgia. Igual la cinta.
Las partes técnicas distan mucho más aún del contenido. Los encuadres en ocasiones salen sobrados, demasiado amplios y vagos en composición. El montaje es previsible; denotado mayormente por las acciones previas, lo que ahoga al ritmo y hace que el proyecto termine por no marcar un ritmo pertinente; la obra se siente más larga de lo que realmente es. 
Bellas de Noche, pues, resulta ser un ejercicio de añoranza que queda a deber. Señala un camino que deja abierto y expuesto a distintas interrogantes que se pierden frente al espectador. Es un producto bonachón que no dice más de lo que se puede ver en pantalla, no hay un volumen temático ni preciso al debate; se enmarca la sensibilidad de estas mujeres a través de sus inseguridades, faltas de criterio, excentricidades e ignorancia. No se trataba tampoco de atropellar las personalidades y desenmascarar a diestra y siniestra un periodo lleno de irregularidades, no, pero sí de revelar claramente ciertas guías; de encontrar la honestidad y el diálogo en reflexiones sin tapujos. Curioso resulta entonces al final que estas damas terminen por mostrarse más desnudas en los pietajes de las cintas de sus años mozos, que en estos sus relatos y supuestos retratos de certeza. 

Bellas de Noche de Maria José Cuevas

Calificación: 2.5 de 5 (Regular). 

viernes, 11 de noviembre de 2016

Hasta Luego Leonard Cohen.

Hasta Luego Leonard Cohen.

Como mucha de mi música favorita; aquella que me ha acompañado durante años enfundada en un abrazo en conjunto, conocí a Leonard Cohen en un viejo casete pirata que tenían mis hermanas entre sus álbumes, libros y fotografías cuando apenas me iba a entrar la pubertad; se trataba de su disco de éxitos de 1975. Y sí bien por esos años lo que yo buscaba era un sonido enérgico cargado de riffs ácidos de guitarra y potencia a lo más vil para -según mis creencias de entonces- alejarme de todo, no pude más que rendirme ante sus canciones casi a la primera escucha. En la aparente sencillez de las notas que brotaban de la bocina de la grabadora había una sazón de nostalgia, de sapiencia; ecos de experiencia brutal, de dolo y un apasionamiento por las espinas del amor. En los recovecos de su lirica comencé a conocer el serpenteante mundo de sentimientos al que me dirigía y en el que aún camino y aún me explicó ocasionalmente con sus frases. Fue él, pues, incluso antes que Dylan, quien me enseñó que no todo era experimentación en el mundo sonoro sino también contenido. No se trataba únicamente de sonar bien sino de decir algo, tener discurso y total franqueza. 

Aquel casete no sé si aún exista en alguna caja cargada de polvo en la casa donde crecí la mitad de mi vida; en realidad no recuerdo si logró superar el desgaste que le hice conocer aquellos días, meses y quizá años. Viendo hacia atrás, esas horas me parecen ahora un horizonte tan lejano como vasto el universo que me hizo conocer: sentimientos y emociones embotelladas al vacío del plástico, del laser y de la era digital. Enseñanza pura de que la belleza no es nunca una dama bien vestida sino una que disfruta de su desnudez para, de vez en cuando, violentarse y alzar la voz. Que señala con enojo y se ensucia sin apuros para acariciarte y mostrar al mundo valerosamente su llorosa mirada, su cansada fragancia y las marcadas cicatrices que le dejaron las jornadas de vida. La beldad como una catarsis repleta de elegancia. 

Si bien no recurro tan a menudo a su discografía, cada que me regalo dicha oportunidad algo en el aire me respalda y me hace respirar de una manera bucólicamente honesta; me hace sentir acogedoramente simple, llano, solitario. Una sombra capaz de encontrarse la sonrisa entre las penas. Una carcajada repleta de las condenas que da la felicidad... Si bien el mundo de sus letras, de su narrativa, de sus encuentros y reencuentros han marcado a miles, a cada uno le ha creado su propia firma. Su propio sello con su propia tinta y su propio sabor. El mío no sonará del todo tan especial; se remonta y remontará siempre a ese casete viejo y pirata de mis hermanas en que le escuché por vez primera. Y es que a través de todo el paraje en que me ha acompañado indirectamente, no me queda más que aclararle a manera de despedida -ahora que tristemente nos ha dejado- que así como hizo a bien decir y cantar alguna vez, yo, como miles de sus seguidores, sólo he tratado a mi manera de ser siempre libre.

jueves, 4 de agosto de 2016

Pautas Finales.

Pautas Finales. 

De las pocas cosas que se pueden asegurar sobre la historia de Saúl, una de ellas es que su biografía se cuenta mejor, y toma mucho más interés y fuerza, si tomamos como punto de partida el momento en que dejó de estar entre nosotros. Otra, es que sus más grandes pasiones asomaron siempre cierta comunidad con el resto de los hombres de la barra: adoraba a las mujeres, el licor y la buena música. Algunos incluso cuentan que cuando invitaba a alguna dama a un día de campo la canasta, en vez de ir llena de emparedados y gaseosas, iba repleta de long plays y discos de 45 que iban desde la Andrew Oldham Orchestra hasta el Splinter Group de Peter Green pasando, claro, por Bettye Lavette, Erma Franklin y Rare Earth, los primeros blancos en lanzar un Hit con la Motown Records que tanto presumía cada que tenía oportunidad. Era un amplio seguidor de las cuerdas de Mike Bloomfield, Roy Buchanan y Robin Trower, así como un pensador extraño y un corazón errante. En cierta ocasión, cuando arribé a la barra en una de mis tantas crisis amorosas, se me acercó con su siempre interesante aliento a vodka y hierbabuena para indicarme con el humo de su tabaco cálidamente en el oído una de sus tantas frases memorables: “En ocasiones, amigo mío, el amor tan sólo es despertarse abandonado para sonreírle al lado vacío de la cama. Créeme, entre menos dientes tengas, más cerca estarás de saber quien realmente quieres que la llene.”

En su rostro se dibujaba su espalda y su faz era en si vil opacidad. Su naturaleza era de contrastes: en apariencia tenía una actitud sobria pero en realidad, al asearse, era capaz de emborrachar al jabón y el estropajo. De algunos era conocido que solía dormir desnudo y circundado a tres simples pasos de lo que le resumía: su tocadiscos, su cava, su colección de acetatos, su frigobar y la tan famosa agenda musical de conquistas de una sola noche que se alzaba como oscuro trofeo entre sus revistas para adultos. En ella, es cierto, encontré a dos de mis más grandes fracasos  –dos de esos nombres que se clavan en lo nervios cada que se escuchan– cuando tuve la oportunidad de tenerla en mis manos aquella tarde que Frankie y yo indagamos en su casa buscando algunas pistas y señales sobre su desaparición. Su caligrafía, debo reconocer, era de una manuscrita sobresaliente y elegante, por lo que no pude más que suspirar: pocas veces se encuentran dolores tan fuertes tan bellamente escritos: la mano y la tinta como destino de una hoja en blanco. Cuando a Abelardo, nuestro flamante cantinero le detectaron el tumor que acabaría con su vida, por ejemplo, apenas y se entendía el número de la cédula del doctor en un dictamen que siempre nos pareció más bien una mala impresión del horóscopo matutino. “Mejor hubiera sido imprimirme la sentencia en los obituarios de la nota roja”, dijo la última vez que le visitamos en el hospital a reserva de un epitafio.

No es de sorprenderse, entonces, que Frankie fuese quien más le hecho de menos y quien en realidad más le busco hasta el hartazgo. Su amistad era una de esas relaciones mayormente cronometradas con la arena de las tumbas. Digamos que ambos disfrutaban de ver como la lavadora se llenaba de sangre después de una  típica jornada laboral. No obstante su naturaleza profesional, tenía su carisma y cierto talento para hacerte sentir abatido ante sus momentos de acida ternura. En una ocasión, en cierta etapa de quebranto, creyó que vistiéndose como los “exitosos” de las publicaciones empresariales le cubriría el polvo de la gloria y la conquista, pero lo único que logró fue que le diera un fuerte enfisema que le dejo en cama por un par de semana del cual jamás se recupero del todo. Inclusive le cambio el semblante y el tono de voz, pero así era Saúl, un matón a sueldo con más dilemas que cicatrices. ¡Que se podría esperar de alguien cuyo proyecto de autobiografía inconclusa comenzaba así!: “¿Qué tanto confiaría usted en un hombre cuyo único amor de verano fue en otoño… y sin una gota de libido cerca?

El último día en que supimos de él fue el mismo en que se despidió de los escenarios locales Alma Julia. Aquella gran cantante de aterciopelada voz y pelo crespo que Frankie siempre resumió a través de su vestuario. “Cerrados los ojos te imaginas la mejor caída de seda a través de curvas y solturas excéntricas en una piel madura y elegante. Al abrirlos te das cuenta que esa voz se he hecho con todos los vestidos propicios a lucirse mejor en otro cuerpo”. Siempre había tenido un talento nato y por fin, en el bar, habíamos logrado que se diera cuenta de ello; había decidido apostar por una carrera de verdad y mudarse a la gran ciudad; dejar el barrio, dejar el sitio y vernos desde el brillo de las marquesinas de la avenida central. Con una versión inmejorable de “Little Person” de “Jon Brion” cerró la noche y sus actuaciones en el lugar. Posteriormente la vi un par de ocasiones en la televisión como corista de una de esas bandas con más trayectoria y fama que energía, sus actuaciones estuvieron repletas de garbo y elegancia pero después le perdí de vista. Sé que llevó una buena vida y que en recientes años le detectaron Alzheimer, que la internaron en un lugar cuyo extraño nombre supongo intenta balancear el importante e inminente olvido de sus glorias. Supongo que aquella fue una velada de despedidas, de nostalgias futuras y presentes. Yo me encontraba con el reto de dejar el cigarrillo y otros tantos con el objetivo de recuperar la vista bajo lentes fabricados con los vidrios rotos de los ceniceros. 

De Saúl en si jamás supimos casi nada a ciencia cierta. De lo poco que sabemos, de lo poco que indagamos, todo, o casi todo, lo hemos inventado y reinventado alrededor de todos estos años. Sabemos con mediana seguridad que nació en una casa al norte de la ciudad –hogar de una partera– entre 1945 y 1947. Que hubo momentos durante su vida, días incluso, en que bien podía pasar por ser un tipo común y corriente, una persona a la cual catalogársele sin más miramientos que como normal. Aunque eso, claro, era quizá tan sólo porque no había dormido bien la siesta, como solía decirnos Clara, su hermana menor, cuando preocupada salía a las calles a buscarlo y lo encontraba –medianamente sobrio– en el primer lugar en que le se ocurría buscarlo. Socialmente siempre fue una sombra pero en excentricidades siempre dejaba al resto como una triste penumbra. Entre sus aficiones y deseos siempre tuvo el anhelo de ser un escritor, pero a ese oficio él se refería siempre como el de ilusionista; sus tres libros de cabecera eran Moby Dick de Melville, La Conjura de los Necios de Kennedy Toole y Los Detectives Salvajes de Bolaño. La canción que más le ponía triste la encontró muy tarde en el camino: The Way It Will Be de Gillian Welch. Y por lo que sabemos, y sé, jamás tuvo un amor de amores exceptuando la música. En alguna ocasión le escuche debatir en una mesa: “Me gustaría decir que los amantes de la música siempre hemos tenido la razón, que siempre hemos sido los poseedores de la solución al mundo. Pero, claro, si lo dijéramos así –si lo confesáramos– deberíamos entonces de dejar de oír tanta música de manera tan personal. En todo caso sería mejor afirmar que el mundo se ha equivocado en todo para mantenernos esperando hasta la muerte y darnos cuenta que el cielo, eterno e inexistente, es el que siempre ha estado errado.”

Jamás volvimos a saber de él. Y a pesar de que muchos le daban por muerto en un ejercicio de atraer buen karma y justicia, Frankie nunca lo dio por perdido; incluso en su lecho de muerte aseguró sentir que en algún rincón del mundo él se divertía a expensas de todos nuestros talonarios del seguro social. Las teorías, claro, se arremolinaron como un extenso directorio. Había quienes aseguraban haberlo visto encima de un descapotable en ciertos caminos desérticos, así como aquellos que aseguraban que en sueños les había confesado sus crímenes y los lugares donde había enterrado los cuerpos y el oro… Yo, en cambio, jamás lo imaginé siquiera, pero ahora que lo pienso bien, tal vez me habría gustado observarle desde una cenital por una carretera vacía; con el pelo un tanto largo escondido en una gorra de baseball, barba y bigotes tupidos; lentes negros de aviador y pies enfundados en botas vaqueras acelerando hasta encontrar el mar, el eterno azul; donde se hundía con todo y carro para no volver a aparecer jamás. En realidad, de sus días, poco recuerdo del cigarro, acaso el eco de sus tonos cuando me tocó la garganta después de un buen trago de licor. Como solía decirnos el propio Saúl cada que se despedía en el medio de las nubes de alquitrán y hielo seco: “Si mi destino hubiera sido el de ser un genio, creanme que habría decidido nacer en otro sitio.”

…Fumé, pues, mi último cigarrillo el mismo último día en que supimos algo de Saúl. No fue en realidad durante una tarde de lluvia ni mucho menos en una de otoño con viento y hojarasca bailando en el suelo adoquinado. En aquellos días pocas personas eran realmente las que se dejaban ver por el bar; el humo nos había perdido de vista. Ricardo, el portero de aquellas monótonas jornadas solía anunciar el ambiente con esa frase al abrirte la puerta: “La fumarola se ha visto en el espejo, señor, después de un par de copas ha decidido irse de viaje y se ha extraviado. Sea usted bienvenido. Bienvenido.”